Un artículo sobre Las playas de Agnès
Actualmente, he de decir que me da mucha pereza bañarme; no por nada relacionado con lo otaku – que podría ser, si no, en específico, en la piscina y en el mar.
De pequeño me encantaba lanzarme al agua y estar ahí metido hasta que las yemas de los dedos se me arrugasen, pero ahora no tengo esa misma ilusión. Por muy raro que parezca prefiero, o estar encerrado como un cromañón en casa, o quemarme la piel y decir que luego será moreno.
La gracia de lo inesperado
Hace unos días estaba en La Barceloneta tomando el sol, quemándome como dios manda. Entre mi piel pidiéndome que me vaya de ese lugar y el calor y la humedad juntas, decidí meterme en el agua por mero instinto de supervivencia.
Una vez dentro, empecé a sonreír como un niño pequeño; volví a tener el sentimiento de poder – corrijo, querer – estar todo el día nadando y luchando con el agua para que la marea no me trague hasta que, no solo las yemas, sino mi cuerpo entero quedase arrugado por el agua. En ese momento entendí aún más lo que Agnès Varda comparte en Las playas de Agnès (Varda, 2008).
A simple vista, Las playas de Agnès, según Filmaffinity, es un documental autobiográfico en el que “explora sus memorias a través de fotografías, vídeos, entrevistas, representaciones y narraciones de su vida.” (Filmaffinity)
En un nivel simplista y reducido de lo que es el filme de Agnès, efectivamente, la sinopsis es correcta; sin embargo, es una redacción que hace injusticia a una pieza fílmica más intimista que La espigadora y los espigadores (Varda, 2002).
¿Acaso lo nuevo es solo lo desconocido?
Empecemos por la palabra que emplea la persona que redactó esa sinopsis: “explora […].” (Filmaffinity). Dicho por la RAE, consiste en “Reconocer, registrar, inquirir o averiguar con diligencia una cosa o un lugar.” (RAE)
Es decir, moverse por unos espacios nuevos. Los cuales, no tienen por qué quedar aislados en el sentido literal de esta palabra; pueden ser lugares que llevan sin visitarse mucho tiempo.
Quiero creer que Agnès podría haber tenido un razonamiento similar que le llevase a entender por qué le gustan tanto las playas:
“Si abrieran a la gente encontrarían paisajes. Si me abrieran a mí encontrarían playas.” – A. Varda.

El abanico de la playa
La playa, además de ser un sitio donde bañarse, tomar el sol, jugar a algún deporte y exhibir el cuerpo que uno ha estado cuidando y trabajando a lo largo de todo el año, es muchas más cosas: una curandera natural, tanto a nivel mental como a nivel físico – por las propiedades del agua marina. Lo que das te lo cambia por algo renovado.
Algo que Agnès refleja muy bien la imagen que se adjunta a continuación.

También puede ser un recreo de arquitectura, hasta que la marea lo tira todo abajo. Una máquina del tiempo cuando en la arena se entierra algo de valor personal y se desentierra cuando han pasado los años. E, incluso, puede simbolizar el interior del individuo. Oscuridad y claridad a su vez. Puede ser bruto o calmado, pero siempre atractivo.
Es más, Agnès le da un significado distinto con algo tan sencillo como es el flujo de los ríos: el recorrido que el agua de estos fenómenos naturales realiza desde que nace hasta que desemboca en el mar. El mar, por tanto, se podría estimar como el resultado, pero ¿y si el resultado estuviese realmente en el nacimiento y no en la desembocadura?
¿El pasado puede ayudar?
Siendo esto el tema del filme: ir hacia atrás para poder avanzar. Agnès, lo refuerza a lo largo del documental con varios planos estáticos de ella caminando hacia atrás; ya sea en un espacio, de su pasado, con gente a su alrededor o solitario

El motivo que conduce al individuo a encaminarse hacia atrás para progresar varía en función de la necesidad que tenga: fisiológica, social, de estima o de autorrealización. Comúnmente, sobre todo en el arte, suelen ser estas dos últimas.
Llega un punto de tu vida en el que para avanzar debes revisitar cierta parte de las experiencias que has vivido; si no, la relación que mantendrás contigo mismo y con tu círculo cercano presente y futuro serán superficiales.

El peligro de la melancolía
Una visita que la cineasta francesa propone hacerla desde una perspectiva lo más objetiva posible:

– En absoluto, pero me gusta ver las fotos.” – A. Varda.
Es decir, “Nadie se baña dos veces en el mismo río.” (Heráclito). Ese estudio del pasado no puede ser añorando y anhelando los tiempos de antes o intentando recuperar una versión que fuiste/tuviste. Es como si siendo joven, y estudiante, no aprovechases las ventajas monetarias en eventos culturales (cine, museos, etc.).

Un viaje en el que no hay que desesperarse. Agnès hasta visita su casa de la infancia para ver qué es lo que saca en claro de ello:
«En lo que respecta a ‘la casa de la infancia’, nada.»
Navegación conjunta e/o individual.
Ese viaje marítimo puede ser extenso o corto en función de lo que uno haya vivido.

Un recorrido por lo fragmentado que, al igual que en La espigadora y los espigadores (Varda, 2002), Agnès aconseja que sea colectiva; indirecta o directa, pero si el individualismo puede perder ante el colectivismo, que así sea.
Por ejemplo, en mitad de su viaje, Agnès ayuda a Blaise y Vincent, los hijos de Pierre: un actor que salió en su película La Pointe Courte. La ayuda que les proporciona es regalarles imágenes exclusivas de las tomas falsas de su padre – a quien no pudieron conocer. De este modo, logra que puedan vivir satisfechos en el presente al revisitar su pasado; en este caso, uno al que materialmente no podían acceder. No porque no quisieran.

Un trabajo colectivo que es obligatorio, sobre todo, cuando se trata de tus amigos.

¿Ese viaje consiste solo en navegar?
Agnès aporta una herramienta que permite al viajero tomar un papel más activo que pasivo: la pesca. En el mar, además de todo lo que ya he mencionado, también se lleva se pesca. Aunque, como es sello de Agnès, después de hablar un poco del significado textual de esta actividad gastronómica, lo lleva a su campo: mar de recuerdos. Ir hacia atrás, no solo conlleva navegar por el inmenso mar de experiencias que has tenido, sino tirar la red al agua y seleccionar aquellos recuerdos que, en un principio, ayuden a cubrir esa necesidad.
Estado de la navegación
Iniciar una nueva relación, romper una, tener una conversación con tus amigos o con tus padres, comenzar un proyecto personal… etc. La travesía marítima puede ser tranquila o tormentosa; depende de las enseñanzas que hayas sacado de esas vivencias, de las que te hayan enseñado en tu educación y, en especial, cómo las apliques. La propia Agnès lo manifiesta:
“Gracias a las enseñanzas del Sr. Mestre, Linou y yo navegamos en vela por el lago de Thau.»
Lo fraccionado
Retomando lo que he mencionado antes de que el individuo: atormentando o calmado es atractivo.

Hace unas semanas estuve de viaje en Praga con las personas que más quiero en este mundo. Una de ellas dijo: “Que las catedrales tengan la piedra negra me parece de tener un aura infinita.”. Y es que, traducido a un lenguaje menos coloquial, realmente, es bello ver el callo de las experiencias que han tenido, tanto la catedral como las personas. ¿Por qué? Porque la evolución intrapersonal, conforme más mayores nos hacemos, más se aprecia para establecer un vínculo con una persona; como si es romántico o de amistad.
Algo similar dice Kanye West en su canción colaborativa con Paul McCartney Only One:
“Not you are not perfect, but you are not your mistakes.”
¿La catedral de Praga es menos bonita por ver su historia marcada en su piel? No, la hace más bella. Al igual que las imperfecciones de un humano. Pero más bello será si, éste, es consciente de ellas y saca provecho de ellas; como las baldosas de la capilla en la que Agnès hizo una exposición de retratos de Jean Vilar. Lo que lleva a hablar de la fragmentación que ya se ha adelantado con anterioridad en este artículo.

¿La fragmentación es irreparable?
Esa visita a tu mar de recuerdos y experiencias nunca suele ser de buen agrado: momentos embarazosos, vivencias que abrieron heridas o que te recuerdan que aún debes sanar/tratar. Situación que te hace cuestionar si el trabajo que te has atrevido a hacer merece la pena, te pasa a ti y a Agnès:
“Mis recuerdos revolotean en torno a mí como moscas confusas. No sé. Dudo si recordar todo eso. Los recuerdos son como moscas que revolotean. Trocitos de memoria desordenada.”
Algo que Carolina Durante expresa de manera similar en la canción Verdes, Césped de su último álbum Elige tu propia aventura:
“Tus recuerdos como moscas, no me dejan nunca en paz. Sobrevuelan mi cabeza, se posan y luego se alejan. Y aunque a veces me haga el tonto, escucho siempre ese ruidito de fondo, tan molesto y que me hace tanto daño.”
Las versiones de la fragmentación
En este caso, sobre una relación que se ha roto. Pero esa idea de recuerdos fragmentados que hay que explorar está. Una idea que está presente, incluso, en Todo final es un comienzo de Dolly Alderton; la diferencia está en que, en esta novela, el protagonista se niega tozudamente a no querer explorar esos recuerdos desde una intención de crecimiento.
La narrativa de Verdes, Césped es no saber qué interpretar ante ese dolor que los recuerdos generan. Y en Las playas de Agnès, Agnès se lanza a la piscina con la intención de nadar hasta que las yemas de sus dedos se queden arrugadas.
Pese a que haya momentos en los que la rendición es lo más fácil, a la larga, es lo que peores resultados va a dar. Es igual que un puzle: tenemos todas las esquinas hechas, ahora toca la parte más dura, quedarse con los patrones del dibujo para ir poco a poco rellenando el acertijo.
“Vas colocando las piezas hasta que lo juntas todo.” – A. Varda
“Pero queda un hueco en el centro.”, A. Varda. ¿Qué es ese hueco? En este punto del viaje, uno está a las puertas del nacimiento del río, del origen de todo el flujo que has recorrido.
“Pasa en las mejores cenas. Cuando se hace un silencio y alguien dice: ¡Cántate algo!” – A. Varda.
I was drownin’, but now I’m swimming!
Ante esa incertidumbre, lo mejor que hay que hacer es tirarse de cabeza y nadar. Como he comentado antes, el viaje hacia atrás y, por tanto, hacia delante puede ser colectivo o individual. Y el salto, también tiene esas dos posibilidades: puedes encontrar el sentido que tanto andabas buscando en compañía o solo dependiendo de lo que te pida el instinto, pero hay que hacerlo; al igual que el viaje y el salto, el nado puede ser colectivo si uno lo desea.
¿Sólo un filme autobiográfico?
¿Por qué es una obra dirigida al espectador y no para contar simplemente su vida? ¿Qué es lo que hace que sea una obra para que el espectador haga el mismo trabajo que hace ella? El acto de mirar a la cámara.

Por lo que el objetivo de Agnès no es solo mostrarnos su vida para que entendamos mejor su persona y su personaje – si es que en su caso hay diferencia alguna, si no, también, incitarnos a ello.
Conclusión
Entonces, querida/o lector ¿con qué motivo pescarás en tu mar para recomponer lo fragmentado?




