Etiqueta: cine

  • Treinta años de Cinemanía: una celebración de los «clásicos modernos» en la Sala Equis

    Treinta años de Cinemanía: una celebración de los «clásicos modernos» en la Sala Equis

    En otoño de 2025 Cinemanía celebra su trigésimo aniversario regresando al lugar donde nace la cinefilia. En colaboración con la Sala Equis de Madrid, la revista ha organizado un ciclo especial que recopila diez «clásicos modernos» entre 1995–2025.

    Cada martes, durante los meses de octubre y diciembre, vuelven a la gran pantalla títulos que la audiencia y expertos consideran verdaderas “obras maestras” del cine reciente.

    El objetivo es «recordar, descubrir y seguir pensando en el cine juntos»: rescatar una experiencia colectiva en una época dominada por el consumo individual.

    Antes de enumerar las diez de obras seleccionadas, es necesario comprender el concepto de «clásico moderno».

    ¿Qué entendemos por «clásico moderno» dentro del cine?

    Lo «clásico moderno» son películas posteriores a 1959 que rompen con los márgenes del cine clásico centrándose en la visión creativa del director.

    Este concepto se refiere a un punto intermedio entre películas antiguas consideradas hitos del cine y estrenos recientes sin recorrido. Esta intersección se traduce en obras relativamente jóvenes que se comportan como clásicos, ya que tienen la capacidad de influir y dialogar con la tradición.

    Según la teoría cinematográfica entendemos el término «clásico», entre otras cosas, como aquello que persiste a lo largo del tiempo y que, como afirmó Roger Ebert: «sigue siendo joven porque siempre encuentra un nuevo espectador».

    En cambio, lo «moderno» rompe con las convenciones y se caracteriza por las rupturas temporales, la psicología profunda de los personajes, lo subjetivo, los finales abiertos… No obstante, existen obras que aunque pertenezcan a nuestro tiempo contienen la madurez, el influjo cultural y la capacidad de perdurar.

    De aquí nace este híbrido que no necesita envejecer para que se le de relevancia, no depende del éxito comercial, su contexto trasciende e interpela emocionalmente con distintas generaciones.

    Los diez “clásicos modernos” seleccionados

    Este concepto articula el calendario de películas programadas en la Sala Equis este 2025:

    1. Tesis (Alejandro Amenábar, 1996)
    2. Deseando amar (In the Mood for Love, Wong Kar-wai, 2000)
    3. Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
    4. Oldboy (Park Chan-wook, 2003)
    5. Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003)
    6. Eternal Sunshine of the Spotless Mind (¡Olvídate de mí!, Michel Gondry, 2004)
    7. There Will Be Blood (Pozos de ambición, Paul Thomas Anderson, 2007)
    8. La La Land (Damien Chazelle, 2016)
    9. Parásitos (Gisaengchung, Bong Joon-ho, 2019)
    10. Aftersun (Charlotte Wells, 2022)

    «Lalaland» como ejemplo de transcendencia

    De todas las opciones de la lista elegí ir a ver «Lalaland», aunque ya la haya visto cincuenta veces. Lo curioso es que siempre me emociona de la misma manera, como si siguiera esperando ver a Mia eligiendo su vida con Sebastian. Y creo que eso es justo lo que la hace especial.

    La La Land es un ejemplo para comprender qué significa un “clásico moderno”. Es cierto que podemos ver referencias del pasado: Los paraguas de Cherburgo, Un americano en París o Cantando bajo la lluvia, pero la película de Damien Chazelle no mira al musical de Hollywood tradicional como un modelo a seguir, sino como un legado para reinterpretar desde su punto de vista crítico.

    El musical se divide en dos trayectorias que se complementan a la perfección: por un lado, los cánones del musical clásico, la coreografía y el color; y por otro, el final trágico que rompe con la trama lineal clásica. Ésto último, acompaña a la idea moderna de que los sueños no siempre se cumplen y que en la vida real hay que sacrificar la felicidad.

    El color, proveniente del Technicolor, deja de ser un elemento superficial para convertirse en una extensión emocional de los personajes. Incluso su historia de amor se puede entender a través del rojo, amarillo y verde. Huyen del final feliz: eligen la melancolía y la aceptación de que dos personas pueden amarse sin coincidir.

    Es una película profundamente consciente de su tradición, pero sabe que el espectador de hoy carga con expectativas románticas idealizadas y, al mismo tiempo, acepta un final como éste con un escepticismo que el género musical clásico no contemplaba.

    Desde su estreno, el musical ha generado debates sobre la identidad creativa, la parte asociada al arte, la tensión entre fantasía y realidad o la reformulación de un género que parecía agotado. Y eso hace que se comporte como una película destinada a permanecer.

    Este ciclo importa: construir el canon del futuro

    Es importante destacar la intervención cultural por parte de Cinemanía y la Sala Equis en un momento en que el modo de ver el cine lo domina el consumo individual, fragmentado y doméstico. El hecho de que hayan programado diez películas recientes que ya muestran signos de perdurar y todas los sitios de la sala estuviesen llenos representa un despertar de la sociedad.

    La sala de cine conserva algo que ninguna otra experiencia puede replicar para los cinéfilos: el ritual compartido. La oscuridad, la pantalla grande, la presencia de espectadores desconocidos que se reúnen por un mismo motivo…

    En conclusión, lo que hoy llamamos “clásico moderno” depende de la capacidad de una obra para conectar generaciones y generar pensamiento crítico y emocional.

    Que Cinemanía ofrezca estos títulos al espacio donde nació la cinefilia implica reconocer que por su madurez estética e influencia no nos podríamos imaginar un futuro sin estas obras.

    Treinta años después de su fundación, la revista reafirma que el canon no es una circunferencia perfecta, sino una masa que siempre está en movimiento y se construye cada vez que un espectador vuelve a ver una película en distintas etapas de su vida o cada vez que una generación la hace suya.

    Los clásicos no sobreviven sin razón, lo hacen porque seguimos recurriendo a ellos en distintos contextos. Por eso, programarlos hoy es también una forma de imaginar el futuro del cine.

  • «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    El cine de Guadagnino ha sido siempre un reflejo de la fragilidad del deseo. En Queer, nos enfrenta al anhelo de conexión y al miedo a un amor esquivo, explorando la torpeza, la evasión y la necesidad de pertenecer como ecos de nuestras propias incertidumbres.

    En un tren de Madrid a Barcelona, divago sobre la soledad, abrazando la incomodidad inherente a este tipo de reflexiones. Pero el trayecto, acurrucado en mi asiento, no es más que otro instante en el que pensamientos como estos asaltan mi mente. A veces sucede en el supermercado; otras, mientras espero en una estación de metro. En el fondo, no deja de ser un síntoma del replanteamiento constante de nuestra existencia como acto de supervivencia.

    Conforme maduramos —si es que estamos dispuestos a hacerlo—, resulta inevitable trazar un camino vital moldeado por nuestras ambiciones, cuya forma depende de las aspiraciones laborales, románticas, sociales y culturales que nos imponemos —¿o que nos son impuestas?—.

    Guadagnino, por su parte, lo ha vuelto a lograr. Una vez más, expone en primer plano aquello que tanto nos aterra: la incertidumbre sobre lo que realmente queremos en la vida, especialmente en el amor. Y es que estos 135 minutos de metraje no son sino una excusa para confrontarnos con nuestra propia sensibilidad. Un filme dirigido a un público ávido de historias casi extrasensoriales, que nos sumerjan en una trama sobre personajes en busca de una conexión que trascienda los límites de lo tangible.

    Y es precisamente una de esas reflexiones la que me acompaña en silencio tras salir del cine: ¿es realmente tan difícil encontrar a alguien con quien conectar en un mundo marcado por la liquidez del amor?

    El eco del deseo

    Queer, adaptación de la novela homónima de Burroughs publicada en 1985, nos sitúa en el epicentro de la historia a William Lee (Daniel Craig). Asiduo a los opiáceos y rey indiscutible de la vida nocturna mexicana, se ha convertido en la encarnación del frenesí y en esclavo del tempus fugit. Como muchos hombres de su entorno, oscila entre la autoaceptación y la liberación sexual concebida como un espejismo envuelto en el velo seductor de la lujuria. Las noches de excesos, asfixia y penumbras desembocan en encuentros sexuales casi furtivos, consumados en habitaciones de hotel donde flota la falsa promesa de satisfacción. Espacios donde solo hay lugar para un pacto tácito entre desconocidos: el intercambio de placer con la condición del olvido. 

    Aun así, la narrativa nos permite identificar —más pronto que tarde— el verdadero anhelo del protagonista: un encuentro romántico que sacie su hambre de conexión humana, lejos de las miradas lascivas que se cruzan de un extremo a otro en un bar gay y cuyo recorrido concluye con el orgasmo en brazos de alguien cuyo nombre no recuerdas… o que ni siquiera llegaste a conocer.

    Es precisamente su primer encuentro con Eugene Allerton (Drew Starkey) —y los que le siguen— lo que da origen a un complejo entramado de dinámicas interpersonales. Sus reuniones terminan transformando los roces en caricias y, enmarcadas por una propuesta lumínica que invita al intimismo más puro, se convierten en el lenguaje de dos amantes que hablan con miradas cargadas de palabras y propósito: “I wanna speak… without speaking”.

    Luca Guadagnino en el set de Queer.

    Ser visto

    Pese a ello, Guadagnino sabotea las intenciones de Lee al encarnar en Allerton la problemática central que ya ha explorado en otras obras de su filmografía: ¿por qué me cuesta reconocer quién soy en realidad? ¿Acaso quiero liberarme de aquello que más temo? —“Is it better to speak or to die?”—.

    Así, la relación entre ambos se desliza lentamente por una espiral de apegos convertidos en un auténtico campo de batalla entre la ansiedad por ser amado y la evitación, donde la única bandera blanca parece ondear en el conformismo de una de las partes —“All I ask is be nice to Papa, say… twice a week? That isn’t excessive, is it?”—. No es casual que el rechazo intermitente de uno despierte en el otro un deseo aún más feroz de alcanzar una meta que se aleja con cada intento: la de ser correspondido.

    Aun así, el director nos deja claro que no son el misticismo, la telepatía ni los viajes extradimensionales los que dotan de profundidad a las relaciones. En su ausencia, solo queda la aceptación de lo inevitable: la ruptura. Y con ella, el inicio de un camino propio que enfrente los temores de envejecer en soledad… o, peor aún, atrapado en la inestabilidad.

    Lo que nos une en el silencio

    La complejidad de la propuesta cinematográfica de Guadagnino no radica en sus alegorías ni en sus escenas casi sinónimos de poemas visuales, sino en el desafío que nos plantea: enfrentarnos a nosotros mismos a través de la identificación. No se trata de marcar casillas con tics sobre los efectos del deseo en nosotros, sino de admitir la existencia de aquello que nos horroriza y las decisiones que tomamos para deshacernos de lo que creemos intolerable. Decisiones cuyo remedio suele parecer la huida de la soledad a cualquier precio.

    El amor, como tantas otras cosas que realmente valen la pena, ha de ser torpe. Sin su inevitable patosidad, querer se convierte en un frívolo cálculo y el cariño, en su propio obstáculo, alimentado por el miedo del ”¿y si…?”. Al final, junto al misterio embellecido del porvenir, solo nos queda la paciencia, aferrándonos a la esperanza de que los vínculos que construimos no se desvanezcan por la ausencia de torpeza.

    Mientras tanto, reímos, celebramos, lloramos, salimos, trabajamos y viajamos. Y en algún punto de ese trayecto —quizá en un tren de Madrid a Barcelona—, la incomodidad de nuestros pensamientos se diluye. Porque sabemos que existen personas capaces de hacernos abrazar la verdadera intimidad: la de las miradas cargadas de propósito. La de hablar sin palabras.