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  • HOKE Y EL ESTADO DEL DIRECTO EN EL RAP ESPAÑOL

    HOKE Y EL ESTADO DEL DIRECTO EN EL RAP ESPAÑOL

    Cuando tuvo lugar el concierto de Hoke en Vistalegre allá por finales de marzo yo debería de haber publicado una crónica sobre el concierto en este medio. Como muchos sabréis, en lugar de hacer eso, me apresuré a poner un par de tweets sobre lo que me había parecido el show que acabaron causando más revuelo del deseado. Ahí me di cuenta de que hay una conversación mucho más grande detrás de todo esto y que una sencilla crónica para cumplir no sirve para trazar el dibujo que estoy tratando de mostraros con esto. Toca ponerse serios, vamos a sentarnos a hablar como adultos.

    Salí desencantado del concierto de Hoke. No es sorpresa para nadie, lo dejé bastante claro en aquellos infames tweets que tantas fatigas me costaron a posteriori. Las razones fueron principalmente la calidad del sonido, el show per se y el precio de las entradas. Los temas no tienen fallo, tanto Tres Creus como BBO me parecen proyectos sobresalientes, pero a la hora de preparar un directo hay mucho más allá de confiar en los temas y lanzar un beso al aire y a donde caiga, hay que dar un show, que por algo se llaman así. 

    El modelo de directo estándar en el mundo del rap actualmente se encuentra en un punto medio entre la comodidad y la mediocridad, en muchas ocasiones conviviendo estas dos posibilidades. No hablo solo de Hoke, sino de la escena en general. No hay más que pasarse por cualquier festival en el que predominen estos géneros para ver que la variedad de la oferta entre los artistas que componen el cartel suele ser bastante escasa. Parece que no hay interés por invertir algo más de cara a permear en el imaginario colectivo y aportar a este microcosmos de nuestra cultura, el interés se limita a hacer la bolsa y salir por patas.

    Es una sensación que lleva mucho tiempo rondando mi cabeza, toda la generación de los últimos 7 años en el rap mainstream español ha llegado a un punto de comodidad en el que saben que tienen un público que les va a respaldar y ya no ven la necesidad de currarse las cosas porque el dinero va a llegar igualmente. Ya no queda nada de ese hambre que les hizo llegar a donde están, o mejor dicho, han perdido el fondo que tenían de chorbo…

    Si esta fuese la tónica general en el 100% de los casos pues no nos quedaría más que exhalar un solemne “es lo que hay” y seguir pagando por conciertos a medio fuelle, pero lo cierto es que no es así, todavía hay artistas que cuidan sus directos y tratan de ofrecer algo distinto a la historia de siempre. Desde el obvio Ralphie Choo, que tiene uno de los mejores directos de nuestro país, pasando por artistas más pequeños como Teo Lucadamo, que se vale de su carisma natural y la banda que le acompaña para elevar su obra al siguiente nivel. No es una cuestión de tener más o menos ingresos, porque los dos ejemplos que he puesto son muy dispares en cuanto a su posición actual, pero ambos se las apañan para entregar un trabajo de calidad con lo que tienen a mano. Se pueden hacer las cosas bien.

    Otro hecho desencadenante que me ha hizo llegar a este punto en el que no estoy dispuesto a tragar más fue sin duda el concierto de diciembre de 2024 de Yung Beef en el mismo Vistalegre. Ya se habló de esto en su día, pero si no sois capaces de dimensionar la importancia de este evento, tened en cuenta que el mayor impacto cultural de un show de Yung Beef hasta entonces era aquel concierto del Primavera Sound de 2018 con Yung Beef subido en una jaula de metal haciendo el cafre, Hakim en modo hypeman pegando berridos ininteligibles y Bad Gyal como cameo haciendo twerk en mitad del show. Nadie se esperaba que una figura tan establecida como Yung Beef diese más que eso, ser un punkarra y demostrar que lo que opinemos le importa bien poco, como ha hecho descuidando su directo en todas las oportunidades que ha tenido a lo largo de su carrera. En esta ocasión de diciembre fue algo totalmente distinto, Yung Beef decidió tomarse su show en serio, y dio un repaso a toda su carrera mientras cantaba al micro en vez de dejar la música sonar. Contaba con una escenografía cambiante que seguía una narrativa, y se respiraba un cuidado y un simbolismo que se grabó en la retina de todos los asistentes. Este concierto costaba menos de treinta euros, pero valía cada céntimo. Un ejemplo de buen hacer que vino de la mano de Velódrome, que se ocupó del aspecto creativo y nos dejó este concierto para la historia.

    Este concierto sienta un precedente, tampoco en el sentido de que ahora no se pueda bajar el nivel de esto, sino que si Yung Beef se lo había tomado en serio el resto podían ponerse las pilas también, cada uno a su manera. Obviamente los artistas del panorama tomaron nota de aquel concierto, y por eso hubo conversaciones entre el equipo de Hoke y Velódrome para su Vistalegre que iba a tener lugar tres meses más tarde, aunque al final no llegaron a nada. Y no quiero decir que fue por dejadez, desconozco los motivos reales, pero lo que sí entiendo es que hay una diferencia en la envergadura y el presupuesto de Yung Beef y el de Hoke, que sigue siendo un proyecto independiente y considerablemente más pequeño que el del granadino.

    Aquí toca abrir otro melón, y es el precio de las entradas. Un inciso importante aquí es que no es solo el equipo de los artistas el que elige el precio total, sino que las tiqueteras suelen inflarlo para maximizar beneficios y cubrir costes. En el caso de Hoke, la entrada suponía unos 45 euros más 5 de gastos de gestión cortesía de LiveNation. Un billete de los naranjas entero para un show que no estaba a la altura de ese precio, pero no os confundáis, todavía no he visto un concierto de rap en España que esté a la altura de ese precio. Parece que todos los puntos negativos del bolo fueron o bien por causas ajenas o factores externos. La inflación es algo que afecta a todos los artistas y ya si seguimos tirando del hilo llega a todos los aspectos de nuestra vida. No podemos escapar de ella, pero volviendo al ejemplo de Yung Beef, donde se podían comprar entradas por 27 euros, se hace complicado entrever la verdad de todo esto.

    El hermetismo en el caso de Hoke es otro de los factores que nos llevan a este punto. Si bien yo he podido hablar desde el desconocimiento en el pasado e incluso en este mismo texto, a la hora de contrastar la información nos encontramos con una serie de barreras que nos impiden conocer la verdad. Ya hemos hablado del dinero, pero también hay que hablar del sonido. Todos los artistas que han cantado en el Palacio Vistalegre coinciden en que la acústica es pésima y que tiene una reverberación de seis segundos que no hace más que dar dolores de cabeza a los técnicos, pero por algún motivo se siguen haciendo conciertos teniendo este espacio como una de las principales opciones. En el caso de Hoke fue un concierto reducido de 5000 personas de aforo, mucha grada vacía implica mucho rebote del sonido, así que no paran de acumularse los problemas. Miguel Grimaldo fue el técnico de sonido de este concierto, y días después habló en X sobre los malabares que tuvo que hacer para el momento en el que sacaron una cabina en la que Hoke cantó Moondial.

    Este momento de la cabina fue lo más destacable de todo el concierto porque encapsulaba a la perfección lo que es Hoke, esa timidez camuflada de misticismo que necesita privacidad para sacar su talento a relucir, un rollo Clark Kent/Superman bastante simbólico si me preguntan. Hoke rapea bajito, muy bajito, y esto se notaba en comparación a cuando salían colaboraciones como Ergo Pro, que no tiemblan cuando toca soltar berridos. Tampoco se mueve mucho, pero la gente no lo espera. Aquí podríamos entrar al debate de por qué a las artistas femeninas se les exigen coreografías y movimiento para considerar que hacen un buen show mientras que a los masculinos se les aplaude por quedarse tiesos, pero me parece que está muy manido y que tampoco nos lleva a ninguna parte además de ser un argumento muy dogmático.

    ¿Fue el Vistalegre la tumba de su ambición? Pues tampoco creo que haya que ponerse tan dramáticos, pero con este gran ejemplo quiero hacer una reflexión sobre el estado general de los shows dentro de nuestro gremio. La gente va a ver conciertos por muchos motivos: por compartir con sus amigos, por fomo, para soltar energía, para relajarse, para dejarse llevar y llorar un poquito, pero sobre todo para disfrutar de la música a un nivel superior que el que tienen disponible en sus móviles las veinticuatro horas del día. Creo que como artista todo suma a la hora de crear tu imaginario, no solo las canciones que subes a plataformas, sino tu forma de comunicarte, de vestirte, de interactuar con tus fans, y sobre todo de cómo muestras tu proyecto al gran público. Los conciertos son oportunidades de hacer todo eso y llevarlo al siguiente nivel, pero muchas veces queremos saltar muchos escalones de una sola vez y nos la acabamos pegando, o peor aún, nos quedamos en el mismo escalón para siempre. Como público tenemos en nuestras manos la posibilidad de influir en esta cultura que tanto disfrutamos, y una de las maneras es esperar un mimo y un cuidado cuando estamos pagando por algo. Conformarse y complacer solo nos lleva al estancamiento, a veces hay que pedir o incluso exigir (qué poco me gusta esa palabra) para que todo avance, para que la cultura se mueva y que crezcamos de la mano con ella.