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    Parthenope y el poder del cigarrillo

    El 25 de diciembre se estrenaba en los cines españoles el último trabajo de Paolo Sorrentino: Parthenope. Producida por A24, The Apartment Pictures, Pathé Films y Saint Laurent Productions -entre otras-, esta oda a la juventud, la belleza y la nostalgia intercala cada escena con al menos un cigarro. ¿Qué clase de fetiche encuentra Sorrentino en el acto de fumar? ¿Por qué es imprescindible para la película?

    El ritmo de Parthenope

    La realidad es que uno de los grandes desconciertos que provoca la obra de Sorrentino es su ritmo narrativo.  En el caso de Parthenope, la película se construye en los silencios.

    Sorrentino impone una cadencia contemplativa inevitable. Los planos que retratan a Celeste Dalla Porta, así como los que enmarcan la mirada ajena sobre ella, se dilatan hasta el punto de obligar al público a participar en lo que sucede. El cine de Sorrentino es siempre interactivo: es el espectador el que tiene que descifrar el significado que esconden desde los diálogos hasta cada una de las piezas de la banda sonora.

    Sin embargo, escoger un ritmo para la contemplación no es precisamente sencillo. Cada vez lo es menos, de hecho. La contemplación pausada pierde fuelle ante el frenetismo urbano en que estamos inscritos.

    Y aún así, nos queda siempre el cigarro.

    Gary Oldman, John Cheever en Parthenope

    La pausa contemporánea por excelencia es el cigarro. Lo que pretende Sorrentino en Parthenope no es muy distinto a lo que sucede en las cocinas de las previas en casa, en la entrada de los locales y a la salida de los teatros.

    El cigarro permite pensar, digerir, lo que se vive.

    Uno se fuma un cigarro caminando, con los cascos puestos. Esperando a alguien, encaramado en la repisa de alguna boca de Metro. Después de una sesión extensa de balanceo en un pub, cuando le apetece huir del bullicio. O en una terraza, durante una conversación estimulante con amigos, mientras otros hablan. O después de hacer el amor.

    Sorrentino obliga a aquello que muy acertadamente dijo Anne Carson en The Beauty of the Husband (2001): aguantar la belleza. Atreverse a contemplar. Parthenope fuma porque está más interesada en observar qué sucede a su alrededor que en implicarse en las cosas.

    De hecho, Sorrentino obliga en esta película a desprenderse del pudor. Lo presenta como enemigo de la belleza. Algunas escenas pueden llegar a resultar incómodas, como cuando Parthenope se encuentra de repente sentada en una sala del suburbio napolitano, rodeada de gente que presencia como una liturgia la relación sexual entre dos jóvenes que se muestran claramente intimidados, a la que se refieren como la gran fusión. O como el vínculo a tres que existe entre Parthe, su hermano Raimondo (Daniele Rienzo) y su amor de juventud, Sandrino (Dario Aita).

    Como espectador, estas secuencias te colocan en una posición compleja, porque lo que estás viendo, aunque se escapa de todo lo que puede parecerte natural o moral, es inevitablemente bello. Y genuino. Sorrentino es capaz de capturar lo bizarro con una cantidad de matices que te convence, te atrapa.

    Parthenope coquetea con todo y con todos, pero no desde un lugar necesariamente erótico. Es más parecido a esta curiosidad arrolladora que acompaña a la juventud, y que necesita desgranarlo todo pero que teme a su vez la posible decepción que sigue al descubrimiento. Lo amargo de hacerse adulto -propone Sorrentino- es de hecho llegar al fondo de las cosas, descubrir efectivamente que tras las tensiones del deseo a veces sólo queda el humo.

    La película como un proceso de seducción

    Los silencios de Parthenope, de todos modos, no son sólo una invitación al espectador. También son los momentos en que la seducción que envuelve la película, se dispara. El magnetismo de la actriz y de los planos guarda relación con este ritmo narrativo que mencionaba unas líneas atrás, tan dilatado.

    Lo que hace que una persona sea magnética tiene que ver, en muchas ocasiones, con que emana la sensación de que no llega tarde a ningún sitio. Parthenope se recrea en sus gestos como Sorrentino lo hace en su dirección. 

    El acto de exhalar adquiere aquí un gran protagonismo.

    El cigarro participa inevitablemente y desde el principio de los tiempos en el imaginario de la osadía y la seducción, que en la película se presentan como sinónimos. El ritmo de la seducción es el mismo que el del cigarro: requiere que el resto de cosas que suceden a nuestro alrededor se detengan, pasen a un segundo plano.

    No es ninguna casualidad que la joven, en un momento dado, cite a Georges Bataille –reconocido y alabado escritor erótico- diciendo -por supuesto cigarro en mano-:

    – Dígame, ¿no cree usted que el deseo es un misterio y, el sexo, su funeral?

    Parthenope («Parthe»)

    La realidad es que esta película está llena de preguntas. Parthe repite en varias ocasiones que todo lo que ella anhela es tener siempre la respuesta correcta. Sin embargo, en esta proyección nadie está dispuesto a responder ni revelar nada del todo.

    Depende de ti, que la estás viendo, encontrar el hilo oculto que conecta las relaciones entre los personajes, aquello que se dice sin decirse. El guión de Parthenope no se caracteriza por su extensión, sí por su puntería. Todas las intervenciones son breves pero compactas. Es por ello que requieren de una caladita de por medio.

    Las relaciones ambigüas de Parthenope

    Sin embargo, esta tarea no es precisamente fácil teniendo en cuenta las características de los personajes de Sorrentino: eclécticos y cínicos, cuando no exuberantes y terriblemente sensibles.

    Parthenope se encuentra con muchos de estos arquetipos a lo largo de las dos horas y media: su profesor de antropología (Silvio Orlando), renegado de la Academia y guardián de un secreto; la adoradísima Greta Cool –un juguete roto de la actuación- (interpretada por Luisa Ranieri); un cura en quien recae la presión de una hazaña tal como el milagro anual de San Genaro (Peppe Lanzetta); y el más importante de todos: el brillante y alcohólico John Cheever, interpretado por Gary Oldman.

    La decisión de Sorrentino a la hora de escoger a John Cheever como el autor que no sólo lee apasionadamente nuestra protagonista, sino con el que además comparte algunas escenas, no es ninguna casualidad. Ambos creadores comparten las mismas pasiones temáticas: la juventud, la nostalgia, el placer. Cheever es una referencia clave en la película hasta el punto de que, la primera escena en que Parthenope aparece en pantalla, parece inspirada por uno de sus cuentos más famosos: The Swimmer –que, por cierto, te recomiendo que leas porque son 17 páginas sin desperdicio-.

    En fin, es sabido que el director napolitano no deja nada al azar. Al fin y al cabo, Parthenope es el nombre de la sirena que, en la mitología de la ciudad, funda sus ruinas.

    La sirena, también reconocido símbolo de seducción.

    Parthenope saliendo del mar

    Cara al final

    Parthenope va creciendo y el cigarro va a su vez desapareciendo de la pantalla. La película termina con ella ya anciana (pasando el testigo a Stefania Sandrelli), jubilándose como catedrática de antropología. De vuelta en Nápoles, revisa melancólicamente su juventud, y parece entonces haber encontrado algunas de las respuestas.

    Quizá porque, tal y como le advirtió su adorado profesor:

    La antropología es ver. Es dificilísimo ver, porque sólo puedes ver correctamente cuando todo lo demás desaparece. Y todo lo demás es la juventud, la pasión y, por qué no, el amor. La ínfima posibilidad de volver a reír ante un hombre que se cae en medio de una calle del centro.