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  • El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    Recorría la exposición Max Ernst: Surrealismo, Arte y Cine en el Círculo de Bellas Artes de Madrid cuando algo me detuvo en seco. Rodeado de formas oníricas, collages imposibles y bestiarios inventados, un cuadro destacaba por encima del resto. La tentación de San Antonio brillaba con una intensidad casi antinatural, como si los monstruos que lo habitan siguieran susurrando algo al espectador. Me acerqué. Leí el cartel. Y entonces descubrí una historia extraordinaria.

    En 1945, el productor David L. Loew y el director Albert Lewin organizaron un concurso insólito: invitaron a once artistas de renombre a pintar su interpretación de las tentaciones de San Antonio. El cuadro ganador aparecería en su próxima película, The Private Affairs of Bel Ami, basada en la novela de Guy de Maupassant. El jurado era tan ecléctico como influyente: Marcel Duchamp, Alfred H. Barr Jr. (fundador del MoMA) y el marchante Sidney Janis. Entre los participantes, nombres como Salvador Dalí, Leonora Carrington, Paul Delvaux, Dorothea Tanning o Ivan Le Lorraine Albright. La competición era feroz. Pero ganó Ernst.

    Su lienzo no solo acabó colándose en la película, sino que lo hizo con honores: fue el único segmento rodado en color en una cinta por lo demás completamente en blanco y negro. Un gesto sutil pero contundente, que transformaba ese momento del filme en una irrupción de pesadilla. Un paréntesis en el que el arte abría una ventana al subconsciente.

    La tentación de San Antonio (1945), Paul Delvaux

    El anacoreta y sus visiones

    San Antonio Abad fue un monje egipcio del siglo III, considerado uno de los padres del monacato cristiano. Según las fuentes hagiográficas, se retiró al desierto para vivir en soledad y oración, pero allí fue asediado por visiones demoníacas que intentaban quebrantar su fe. Estas tentaciones han sido representadas durante siglos por artistas como El Bosco, Matthias Grünewald, Pieter Brueghel el Viejo y, en el siglo XX, Salvador Dalí. Cada interpretación proyecta no solo el tormento espiritual del santo, sino también los miedos colectivos de su época.

    Ernst reinterpretó este mito desde una perspectiva surrealista, filtrando la iconografía cristiana a través del lenguaje del inconsciente. En su cuadro, San Antonio aparece postrado en una postura vulnerable, envuelto en una túnica roja que lo convierte en el epicentro visual. Alrededor, una jauría de seres híbridos —mezcla de insectos, pájaros y organismos imposibles— lo rodean en un paisaje árido y perturbador. No hay un cielo protector ni una fuente de redención: solo el reflejo de sus terrores. Ernst dijo que los monstruos no vienen de fuera, sino de dentro. Que San Antonio, como todos nosotros, lucha contra los fantasmas que él mismo ha generado.

    La tentación de San Antonio (1945), Leonora Carrington

    De Maupassant al celuloide

    La novela original de Maupassant, Bel Ami (1885), narra el ascenso social de Georges Duroy, un hombre sin escrúpulos que seduce a mujeres influyentes para trepar en la jerarquía parisina. En su adaptación cinematográfica, Albert Lewin buscaba subrayar el conflicto moral del protagonista, su corrupción progresiva, su incapacidad para resistir el poder, el deseo y la ambición. La imagen de San Antonio tentado por demonios funcionaba como un espejo simbólico de ese conflicto: el cuerpo y el alma frente al mundo y sus ofertas.

    Por eso, en un momento clave de la película, el personaje principal contempla la pintura de Ernst. La escena actúa como una alegoría directa de su crisis interior. En lugar de describir con palabras el dilema del personaje, Lewin lo proyecta visualmente en un cuadro, dando al arte plástico un papel narrativo fundamental. Es un ejemplo brillante de cómo el cine puede dialogar con otras disciplinas para construir significados más complejos.

    La tentación de San Antonio (1945), Dorothea Tanning

    El surrealismo y sus demonios

    El encargo llegó en un momento crucial para el surrealismo. En 1945, con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, muchos de sus exponentes vivían exiliados en América. El movimiento, nacido en París en los años 20 de la mano de André Breton, buscaba liberar al arte de la lógica, el control y la moral burguesa. Para ello, se adentraba en el subconsciente, los sueños y el automatismo.

    Max Ernst, alemán de nacimiento, había pasado por el dadaísmo antes de convertirse en una figura clave del surrealismo. Su obra mezclaba la ironía con lo mítico, lo científico con lo erótico, y lo religioso con lo grotesco. La tentación de San Antonio condensa todas estas tensiones. Es al mismo tiempo una visión espiritual, una pesadilla y una sátira. En ella no hay ángeles ni demonios como absolutos morales: hay arquetipos descompuestos, signos flotantes de un alma que se descompone.

    La tentación de San Antonio (1946), Salvador Dalí

    Las tentaciones de los otros

    Aunque la pintura de Ernst fue la ganadora, el concurso dio lugar a una serie de obras fascinantes que merecen ser recordadas. La versión de Salvador Dalí, por ejemplo, muestra a San Antonio enfrentando una columna de elefantes con patas de insecto que cargan símbolos de deseo: una mujer desnuda, un obelisco, una torre barroca. La obra, más onírica y teatral, refleja el estilo característico de Dalí, quien se consideraba el heredero directo de los místicos españoles.

    Paul Delvaux presentó una escena más estática, poblada de mujeres desnudas y figuras clásicas entre ruinas, como si la tentación fuera la melancolía por un mundo perdido. Ivan Albright, por su parte, optó por un enfoque más físico y grotesco, con texturas cargadas y cuerpos en descomposición.

    La propuesta de Leonora Carrington, por su parte, se alejaba de lo monumental y apostaba por una atmósfera íntima y esotérica, donde las tentaciones adoptaban formas femeninas ambiguas y rituales, envueltas en un lenguaje simbólico profundamente personal.

    Cada cuadro, aunque no seleccionado, fue una lectura personal del deseo, la fe y el tormento. En conjunto, forman una colección de visiones que dicen tanto del mito como de quienes lo reinterpretan.

    La tentación de San Antonio (1945), Horace Pippin

    Una batalla simbólica

    Es sorprendente pensar que en pleno auge del arte de vanguardia, un grupo de artistas tan innovadores decidiera enfrentarse a un tema religioso clásico. Pero ahí está el poder del mito: su capacidad para regenerarse en nuevos lenguajes. El concurso de La tentación de San Antonio no fue un simple encargo decorativo. Fue un duelo simbólico entre los demonios internos de una época y las herramientas del arte moderno para representarlos.

    La exposición en el Círculo de Bellas Artes no solo nos permite contemplar la obra ganadora en todo su esplendor, sino que ofrece una ventana a ese instante en que cine, pintura y literatura se cruzaron para contar una misma historia desde ángulos distintos. Hasta el 5 de mayo, Madrid se convierte en ese desierto simbólico donde San Antonio sigue resistiendo, y donde los monstruos, al menos por un momento, pueden ser contemplados sin miedo.