Autor: Álex Muñoz

  • ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    Algunas exposiciones no se recorren: se habitan. Proust y las Artes es una de ellas. Más que ordenar influencias o trazar genealogías, propone un clima. Uno en el que los objetos no ilustran una obra, sino que la respiran. Como si al mirarlos pudiéramos entender algo del deseo profundo que mueve a quien escribe. O a quien recuerda.

    Conviene señalar que, cuando leas estas líneas, aún estarás a tiempo de visitar Proust y las Artes, la exposición que acoge —no sin resonancia— el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza; un lugar que para mí sigue siendo más que un museo: un refugio abrumador, casi doméstico. Abierta al público hasta el 8 de junio de 2025, la muestra articula un diálogo preciso entre la literatura de Marcel Proust y las múltiples disciplinas artísticas que influyeron de forma decisiva en su obra. Responsables del prensado de los volúmenes que llevo hojeando cada noche y de la reorganización de un imaginario que creía ya configurado.

    No es imprescindible haber leído En busca del tiempo perdido para adentrarse en esta propuesta curatorial. El recorrido trasciende lo estrictamente literario: interpela desde lo personal, lo sedimentado, lo que resiste al tiempo. Al igual que Proust transformó sus referentes estéticos en una arquitectura de la memoria, la exposición articula un conjunto de piezas —pintura, escultura, música, artes decorativas— que actuaron como detonantes de su universo sensorial, o como prolongaciones inevitables del mismo. Más que una exposición sobre un autor, se trata de una reflexión sobre cómo el arte no solo da forma a una obra, sino también a una manera de ver.

    Por ello, dejarse conducir por el recorrido de la exposición es, también, una forma de habitar aquello que dio forma a la sensibilidad de Proust. Atestiguamos un París aristocrático, atravesado por corrientes estéticas y filosóficas cuya discusión permeaba los salones, las páginas y los gestos. Ese entramado intelectual y social no solo alimentó su escritura, sino que dejó una huella profunda en su forma de entender el tiempo, la belleza y la memoria; elementos que hoy reconocemos como legado y como herencia viva.

    El Círculo de la Rue Royale, James Tissot, 1868. 

    El archivo de mi bolsillo

    Meto la mano en el bolsillo interior de una chaqueta que llevaba tiempo sin usar. Encuentro un corcho de vino, probablemente rescatado de una noche compartida, conservado con la intención —quizá inconsciente— de fijar un instante. Sin proponérnoslo, asistimos constantemente a la construcción de una memoria privada, resistente al desgaste del tiempo, hecha de objetos mínimos. Tarjetas de visita olvidadas, postales alojadas entre las páginas de un libro, o playlists que intentan preservar el sonido preciso de una mañana de domingo. Ídolos discretos que acumulamos con los años, y que acaban configurando una narrativa personal, casi secreta.

    De alguna forma, todo eso —lo aparentemente irrelevante— es responsable de la aparición de ideas que, en un principio, no imaginábamos posibles. La obra de Proust, vasta y minuciosa, nace precisamente de esa atención rigurosa a lo cotidiano, a aquello que miraba con una devoción casi absoluta. Sus viajes a Venecia, por ejemplo, revelan una fijación temprana por la sensibilidad artística, por la arquitectura gótica y por una ciudad que, aún hoy, parece empeñada en preservar una idea de belleza detenida en el tiempo. En este sentido, la exposición se configura como un diario visual e íntimo, donde se despliega todo aquello que fascinaba a Proust y que, lentamente, fue sedimentándose en un compendio emocional y, más tarde, literario.

    La Dogana y San Giorgio Maggiore, atribuida a Johannes Vermeer, hacia 1670.

    Arqueología íntima

    No conviene subestimar el valor de esos objetos que decidimos preservar para fijar un instante. Hay un placer —a veces culposo— en volver a morder nuestra propia magdalena, como si ese gesto sencillo pudiera restituir, aunque sea por un segundo, un momento de felicidad ya vivido. Tal vez lo interesante del espacio material que habitamos reside justamente en su capacidad de convertirse en excusa: en la posibilidad de condensar, en pequeños fetiches, fragmentos de una realidad que ya fue.

    Eso sí, sin caer —inadvertidamente— en el trampantojo de la nostalgia o en el mito de una edad de oro idealizada. Porque, seamos honestos, a veces sucede. El recuerdo de lo imperfecto queda atrapado en un objeto cualquiera, que con el tiempo se convierte en símbolo de aquello que se añora en medio de la agitación del presente. En el caso de Proust, el refugio en las artes no le ahorró el aislamiento de una enfermedad prolongada. Fue entre las paredes de una habitación clausurada —convertida en mundo propio— donde comenzó a escribir En busca del tiempo perdido, impulsado por una ambición estética que hoy digerimos, en parte, gracias a los museos y a obras como la suya. Incluso en el encierro, su mirada permanecía orientada hacia la belleza.

    Hôtel des Roches Noires, Trouville, Claude Monet, 1870.

    Por eso tratamos de no olvidar la responsabilidad emocional que asumimos —consciente o inconscientemente— al recuperar esa forma de magia íntima, casi química, que se activa cuando volvemos a meter la mano en el bolsillo y encontramos, por ejemplo, un corcho de vino. El vértigo del pasado se impone, a veces disfrazado de un síndrome de Stendhal que no proviene de una obra colgada en la pared, sino de nuestro propio imaginario, moldeado por aquello que vivimos y decidimos guardar.

    Se produce entonces una suerte de comunión entre el presente y ese objeto aparentemente banal, al que reconocemos como la raíz de algo que consideraríamos incluso más bello que en el momento original. El germen de una obra, quizá, o de una sensibilidad que se alimenta de fragmentos —artísticos, filosóficos, afectivos— que vamos reuniendo para entendernos un poco más.

    Y tal vez no quede otra opción que rendirse al temblor emocional de ese reencuentro con tiempos anteriores. Con una versión de nosotros mismos que, por un instante, vuelve a ser posible. Con las mañanas de domingo. Con una playlist en bucle.

    Retrato de Marcel Proust, Jacques-Émile Blanche, 1892

  • ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    Hay discos que no sólo se escuchan: se viven, se habitan y se recuerdan. Cleopatra, de The Lumineers, es uno de ellos. Un álbum que desde 2016 sigue latiendo en quienes lo hicieron suyo. Esta es una crónica sobre una banda, una película y un viaje emocional que empieza en una carretera americana y termina, de algún modo, en Madrid.

    La noche madrileña se dispone, una vez más, a ser escenario de uno de los rituales musicales más esperados del año: el regreso de The Lumineers, en concierto. Justo en la antesala de ese estío que cada año suspende la ciudad en un paréntesis latente, como si Madrid necesitara despojarse de sí misma para recobrar el aliento. Camino por Malasaña cuando uno de los carteles de la gira, aferrado a una pared descascarillada, irrumpe en mi trayecto con la contundencia de lo inevitable. La fecha, destacada en mayúsculas, me reclama. Y con ella, la urgencia de escribir. Quiero escribir sobre el grupo y sobre ese álbum que, sin previo aviso, vino a definir lo que suena de fondo en casa o vibra en mis auriculares mientras camino hacia algún lugar.

    Quiero detenerme en el imaginario que lo sustenta, en el concepto narrativo que da forma a cada canción, a los silencios entre tracks, y que he recomendado tantas veces con la devoción con la que se comparten ciertas películas o poemas. Hay entusiasmos que no se explican, se contagian. Sobre todo cuando el otro ya conoce aquello de lo que hablamos y basta un gesto o un verso para entendernos. Y es precisamente esto lo que despliega Sleeping on Floors. Isaac Ravishankara concibe un largometraje cuya sinopsis visual —presentada en forma de videoclip— acompaña una de las piezas homónimas más emblemáticas de la banda y, a su vez, da inicio a Cleopatra: un álbum tejido con melodías que esta noche esperamos escuchar en vivo, como quien asiste a un reencuentro con algo íntimo y largamente esperado.

    Portada del álbum «Cleopatra»

    Km 0

    Un primer plano de Cleo abre el film, anticipando el deseo inminente de huida junto a Anthony. Juntos dejan atrás su hogar en California y emprenden un rumbo incierto hacia Nueva York. Son figuras arrastradas por esa emoción ambigua, agridulce, de quien necesita escapar sin saber del todo si ha elegido bien, pero obedeciendo unas instrucciones que resuenan —casi a gritos— dentro de la cabeza. La intuición, una vez más, impone su ley. Así comienza un viaje de varios días a través del país, con un propósito silencioso pero firme: construir un nuevo hogar juntos. Uno donde, por ahora, cada noche se duerme sobre un suelo distinto siendo el trayecto en sí el único territorio posible hasta alcanzar el destino final.

    A medida que avanza la trama, somos testigos de la comunión entre dos almas enamoradas. Por supuesto, no exentas de sus fracturas emocionales, de sus miedos, de esos saltos al vacío —y siempre de espaldas— que sólo el amor se atreve a dar. Justamente ahí reside una de las cosas que más me fascinan de su vínculo: la decisión de recorrer una carretera incierta, con paradas imprevistas y encuentros fugaces con personas que también arrastran sus propias historias en reparación. Ravishankara no sólo condensa en ochenta minutos la poética sonora de The Lumineers, sino que consigue algo aún más delicado: hacernos sentir cerca, casi cómplices, de dos personajes que apenas acabamos de conocer durante una noche que se parece demasiado a las nuestras. Una noche en la que también nosotros queremos sentir.

    Fotograma inicial de la película «Sleeping on Floors»

    ¿En qué suelo dormirás tú?

    El espacio que Ravishankara concede al espectador se sitúa lejos de la perfección técnica a la que nos ha acostumbrado la industria audiovisual, pero muy cerca de algo más valioso: el cumplimiento pleno de su propósito. Nos lleva lejos, con Cleo y Anthony, en un coche desvencijado que atraviesa los paisajes abiertos de Estados Unidos, mientras la emoción —más que la nitidez— guía la mirada. Por eso, tanto si hoy asistes al Movistar Arena como si dejas que las canciones suenen a todo volumen en casa, no estarás simplemente escuchando un disco ni viendo una película. Estarás habitando una historia pensada para volverse parte de ti, de tu memoria y de ese momento en el que le recomendaste a alguien una canción de The Lumineers.

    “It’s better to feel pain, than nothing at all

    The opposite of love’s indifference

    So pay attention now

    I’m standing on your porch screaming out

    And I won’t leave until you come downstairs.”

    — Stubborn Love, The Lumineers

  • MBFW: Este no es un artículo de moda, es un artículo sobre ti.

    MBFW: Este no es un artículo de moda, es un artículo sobre ti.

    La moda nos habla de algo más que tendencias: de nuestra identidad. No se trata de qué llevamos, sino de cómo nos define lo que elegimos ponernos. Aquí, la pasarela se convierte en un espejo.

    Encuentro mi asiento entre el vaivén de asistentes y el destello incesante de los flashes. Las luces se apagan, la señal inequívoca de que algo significativo está a punto de comenzar. En el ambiente se percibe una expectación latente, una tensión contenida que se traduce en silencios compartidos y miradas atentas. Asistir a un desfile de moda es, en sí mismo, un acto colectivo: lo hacemos con miradas analíticas, entusiasmo mesurado y una predisposición casi ritual hacia lo que estamos a punto de presenciar. Sobre la pasarela no desfilan solo prendas, sino discursos visuales, manifiestos textiles que definen no solo el rumbo de la industria —¡ay!, la industria—, sino también la manera en la que entendemos la identidad a través del vestuario.

    Prefiero situarme en el umbral entre la exaltación y el escepticismo, dejando margen para la sorpresa y la reinterpretación. Cada colección supone una propuesta estética, pero también un reflejo de los códigos culturales y emocionales del momento. Y si hay algo que se comparte en este espacio, antes, durante y después de cada desfile, es precisamente la búsqueda de un lenguaje propio: la moda como construcción de identidad. Un escenario donde la prenda deja de ser un mero objeto utilitario para convertirse en un vehículo de expresión, en la primera impresión que comunicamos al mundo.

    Studio Cumbre desfilando en la MBFW 2025 – IFEMA

    El discurso

    Hace unos meses me preguntaron si la moda es una forma de arte. A simple vista, la respuesta parece obvia, pero la cuestión es más compleja de lo que aparenta. Existe una tendencia a desestimarla frente a disciplinas como la pintura o el cine, en parte porque su dimensión más visible suele estar dominada por la fugacidad del fast fashion y la ostentación de logos. Y sí, todo eso es frívolo. Pero reducir la moda a esa superficialidad es ignorar su verdadera naturaleza: un fenómeno cultural que atraviesa épocas, estructuras y significados. Incluso en su faceta más comercial, la moda sigue siendo una construcción simbólica, un lenguaje que opera tanto en lo individual como en lo colectivo. Basta con recordar la escena de El diablo viste de Prada, donde Meryl Streep desmonta la ilusión de libre elección en el vestir, trazando el recorrido de una prenda desde su concepción en los HQ de una firma hasta sus innumerables derivaciones en el mercado masivo. Por su parte, Roland Barthes señalaba en El sistema de la moda que el vestido no es solo una prenda, sino un entramado de signos, un discurso visual que comunica significados más allá de la función utilitaria. Porque, nos guste o no, la moda es un reflejo de nuestro tiempo, con todas sus contradicciones.

    El pulso de la moda española

    En Menchén Tomás, comparto asiento con Lucía, que me habla de cuales de las prendas que vemos desfilar son un adelanto de las tendencias que marcarán el próximo ciclo. Los trajes estructurados combinados con blusas oversize en mujeres, los tejidos de gran caída y las sedas brillantes —cuya calidad se intuye incluso a la distancia, como si su tacto flotara en el aire— componen una colección que encapsula nuestra primera experiencia en la MBFW. Un día después, Jnorig sacude los sentidos con una propuesta que impacta desde la primera salida a pasarela. Las siluetas de sus prendas evocan un vanguardismo que inyecta frescura al panorama de la moda española, mientras que la paleta cromática —dominada por negros y rojos intensos— y los accesorios, como las máscaras que sugieren un misterio latente, refuerzan una estética de claras influencias asiáticas. Su colección es un recordatorio de que la identidad es un territorio amplio y mutable, un espacio en el que convergen referencias diversas y donde cada individuo encuentra puntos de anclaje distintos. La moda, en este contexto, se convierte en un reflejo de esa pluralidad, un espectro con matices casi infinitos en el que es posible reconocerse, aunque sea fugazmente, en los atuendos que desfilan ante nuestros ojos y se graban en la retina.

    Jnorig desfilando en la MBFW 2025 – IFEMA

    El domingo está reservado para la pasarela EGO, el escaparate de las marcas emergentes españolas. Jóvenes diseñadoras que revitalizan la moda nacional con una mirada innovadora, donde el diseño y la sensibilidad trascienden los diez minutos fugaces de desfile. Studio Cumbre despliega una propuesta de sobriedad calculada: tejidos de gran presencia, una paleta cromática contenida pero exquisita, volúmenes y geometrías que convierten la pasarela en una galería de formas escultóricas. Por su parte, Alineo Studio nos arrastra a las profundidades del océano con una colección que parece fluir con la misma cadencia que el agua. Tejidos de movimiento amplio y colores vibrantes se despliegan dentro de una narrativa que nos transporta al fondo marino. Los modelos emergen en pasarela como criaturas anfibias, envueltos en una estética que sugiere un renacimiento acuático, una metamorfosis etérea entre la moda y el mito.

    Alineo Studio desfilando en MBFW 2025 – IFEMA

    La forma que habitamos

    Al despertar al día siguiente, reflexiono sobre cómo nos percibimos y cómo nos perciben después de un fin de semana saturado de estímulos. Nos preocupa, de manera consciente o inconsciente, el qué llevar y el cómo, ya sea para integrarnos, destacar o desaparecer entre la multitud. Pero, de algún modo, durante estos días de moda, todos coincidimos en un mismo espacio donde la expresión personal se impone sobre cualquier otra intención. La identidad se despliega como un lenguaje silencioso, una necesidad de afirmarse desde dentro. No solemos detenernos a pensar en todo lo que entra en juego cuando elegimos cómo presentarnos al mundo, pero, en ese instante en que las luces se apagan y el primer diseño aparece en pasarela, algo en todos nosotros converge: el deseo de ver, de ser visto y, en última instancia, de reconocernos.

  • Fuera de horario: cómo intimar con «Las Meninas»

    Fuera de horario: cómo intimar con «Las Meninas»

    La noche altera nuestra percepción de los espacios, los llena de matices que pasan desapercibidos bajo la luz del día. El Prado abierto a deshoras no es solo una visita, es una invitación a mirar distinto, a encontrarse con el arte en su estado más íntimo.

    Recibo una notificación de Iria. “Tenemos que ir.” Un mensaje escueto, acompañado de un enlace a un artículo que, al fin, revelaba las fechas de apertura del Museo del Prado en un horario insólito: durante el concubio —esa “hora de la noche en que suelen recogerse las gentes a dormir”, según San Isidoro—. Y tanto que tenemos que ir.

    Existe una norma no escrita que convierte la nocturnidad en un universo alternativo, una realidad transfigurada donde todo adquiere otra densidad, otra cadencia. Hace poco intentaba explicarlo, con cierta emoción, al hablar de la noche y su singular placidez: cómo altera la fisonomía de mi apartamento, cómo me recreo observando mis pocos metros —mi refugio— bañados por la luz siempre (siempre) cálida de las lámparas y las velas. O al caminar por la calle, espiando sin culpa los fragmentos de intimidad que otros apartamentos dejan entrever tras sus contraventanas entornadas. Techos parlanchines, el fulgor intermitente de un televisor, cenas aún en curso, sobremesas dilatadas, manteles con cercos de vino.

    Por eso, imaginar el Prado inserto en esa segunda dimensión me parece una de las experiencias más sugerentes. No asistimos a una mera visita, sino a un pacto inédito con el arte, impulsados por una curiosidad que desafía la diurnidad a la que nos hemos habituado. No es el qué, sino el cuándo. Nuestra percepción se dilata por cada instante en que intentamos descifrar lo que leemos, escuchamos y vemos. Si de noche todos los gatos son pardos, ¿acaso el arte no muta también según la hora en que se contempla?

    La laguna de Venecia. Antonio Muñoz Degrain (1886). Museo Nacional del Prado.

    Habitar la mirada

    Me acerco un poco más, como si quisiera rozar con la nariz la superficie del lienzo. Me detengo en los detalles, en las texturas. Clavo la mirada en puntos precisos, buscando respuestas a preguntas que quizá aún no me he formulado. Cuando me giro, no hay nadie en la sala. Estoy a solas con El Guernica. En una de mis muchas visitas al Reina Sofía, se produce un instante de intimidad no buscada —o quizás sí—. Es una aproximación similar a la que sentimos al escuchar, por primera vez, una canción capaz de alterar la química de nuestra mente, o al reencontrarnos con una melodía que nos devuelve, con toda su carga emocional intacta, a un momento ya vivido.

    La intimidad con la obra no es un mero ejercicio de observación, sino un diálogo silencioso en el que el tiempo se contrae. Frente a un cuadro, la mirada no solo recorre sus formas, sino que las habita, las reinterpreta, las somete a una lectura que no es nunca la misma. El Prado de noche no es el Prado, es otro espacio, otro pacto. Como el estudio de un pintor al amanecer o la luz tamizada de un museo vacío, el recinto se transforma en un umbral donde la experiencia estética se vuelve más táctil, más febril. Jacques Rivette nos invita a su reflexión en La Belle Noiseuse (1991): la contemplación de una obra es, en sí misma, un acto de creación. El artista y el espectador, separados en el tiempo y el espacio, quedan unidos en la misma tensión, en la misma espera. ¿Dónde termina la pintura y dónde comienza la mirada que la dota de sentido? Acaso ahí, en esa suspensión, en ese instante de desvelo, es donde el arte alcanza su máxima intimidad.

    Ataque nocturno a Lille. Peter Snayers (1650). Museo Nacional del Prado.

    Si nadie mira

    Al terminar la película, me pregunto qué nos lleva a esperar durante horas antes de entrar. Tal vez nos atraiga la idea de que una noche en el museo nos ofrezca algo de quietud, un ritmo más pausado en medio de la celeridad. Puede que la posibilidad de recorrer un espacio sin el bullicio del día nos parezca una forma sutil de transgresión. O quizá, simplemente, buscamos una nueva manera de relacionarnos con el arte representada en una forma de intimidad a la que no estamos acostumbrados. Rainer Maria Rilke hablaba de la necesidad de habitar la duda, de sostener la incertidumbre sin impaciencia. La pintura o la escultura no solo nos revelan a quienes las contemplamos, sino que nos interpelan, nos someten a una forma de silencio que es, a la vez, pregunta y respuesta.

    Sea como sea, ojalá las noches en un museo como el Prado nos ofrezcan esa quietud, ese extraño y placentero sentimiento de pequeñez que surge al enfrentarnos a la inmensidad de una galería, rodeados de obras que nos acompañan en su silencio. La intimidad que necesitamos nos eriza la piel. Y suspiramos de emoción al darnos cuenta de que, al girarnos, no hay nadie más en la sala.

    Si hay algún tipo de magia en este mundo, debe estar en el intento de entender a alguien, en compartir algo. (Before Sunrise, 1995).


    3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños. Goya (1814). Museo Nacional del Prado.
  • «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    El cine de Guadagnino ha sido siempre un reflejo de la fragilidad del deseo. En Queer, nos enfrenta al anhelo de conexión y al miedo a un amor esquivo, explorando la torpeza, la evasión y la necesidad de pertenecer como ecos de nuestras propias incertidumbres.

    En un tren de Madrid a Barcelona, divago sobre la soledad, abrazando la incomodidad inherente a este tipo de reflexiones. Pero el trayecto, acurrucado en mi asiento, no es más que otro instante en el que pensamientos como estos asaltan mi mente. A veces sucede en el supermercado; otras, mientras espero en una estación de metro. En el fondo, no deja de ser un síntoma del replanteamiento constante de nuestra existencia como acto de supervivencia.

    Conforme maduramos —si es que estamos dispuestos a hacerlo—, resulta inevitable trazar un camino vital moldeado por nuestras ambiciones, cuya forma depende de las aspiraciones laborales, románticas, sociales y culturales que nos imponemos —¿o que nos son impuestas?—.

    Guadagnino, por su parte, lo ha vuelto a lograr. Una vez más, expone en primer plano aquello que tanto nos aterra: la incertidumbre sobre lo que realmente queremos en la vida, especialmente en el amor. Y es que estos 135 minutos de metraje no son sino una excusa para confrontarnos con nuestra propia sensibilidad. Un filme dirigido a un público ávido de historias casi extrasensoriales, que nos sumerjan en una trama sobre personajes en busca de una conexión que trascienda los límites de lo tangible.

    Y es precisamente una de esas reflexiones la que me acompaña en silencio tras salir del cine: ¿es realmente tan difícil encontrar a alguien con quien conectar en un mundo marcado por la liquidez del amor?

    El eco del deseo

    Queer, adaptación de la novela homónima de Burroughs publicada en 1985, nos sitúa en el epicentro de la historia a William Lee (Daniel Craig). Asiduo a los opiáceos y rey indiscutible de la vida nocturna mexicana, se ha convertido en la encarnación del frenesí y en esclavo del tempus fugit. Como muchos hombres de su entorno, oscila entre la autoaceptación y la liberación sexual concebida como un espejismo envuelto en el velo seductor de la lujuria. Las noches de excesos, asfixia y penumbras desembocan en encuentros sexuales casi furtivos, consumados en habitaciones de hotel donde flota la falsa promesa de satisfacción. Espacios donde solo hay lugar para un pacto tácito entre desconocidos: el intercambio de placer con la condición del olvido. 

    Aun así, la narrativa nos permite identificar —más pronto que tarde— el verdadero anhelo del protagonista: un encuentro romántico que sacie su hambre de conexión humana, lejos de las miradas lascivas que se cruzan de un extremo a otro en un bar gay y cuyo recorrido concluye con el orgasmo en brazos de alguien cuyo nombre no recuerdas… o que ni siquiera llegaste a conocer.

    Es precisamente su primer encuentro con Eugene Allerton (Drew Starkey) —y los que le siguen— lo que da origen a un complejo entramado de dinámicas interpersonales. Sus reuniones terminan transformando los roces en caricias y, enmarcadas por una propuesta lumínica que invita al intimismo más puro, se convierten en el lenguaje de dos amantes que hablan con miradas cargadas de palabras y propósito: “I wanna speak… without speaking”.

    Luca Guadagnino en el set de Queer.

    Ser visto

    Pese a ello, Guadagnino sabotea las intenciones de Lee al encarnar en Allerton la problemática central que ya ha explorado en otras obras de su filmografía: ¿por qué me cuesta reconocer quién soy en realidad? ¿Acaso quiero liberarme de aquello que más temo? —“Is it better to speak or to die?”—.

    Así, la relación entre ambos se desliza lentamente por una espiral de apegos convertidos en un auténtico campo de batalla entre la ansiedad por ser amado y la evitación, donde la única bandera blanca parece ondear en el conformismo de una de las partes —“All I ask is be nice to Papa, say… twice a week? That isn’t excessive, is it?”—. No es casual que el rechazo intermitente de uno despierte en el otro un deseo aún más feroz de alcanzar una meta que se aleja con cada intento: la de ser correspondido.

    Aun así, el director nos deja claro que no son el misticismo, la telepatía ni los viajes extradimensionales los que dotan de profundidad a las relaciones. En su ausencia, solo queda la aceptación de lo inevitable: la ruptura. Y con ella, el inicio de un camino propio que enfrente los temores de envejecer en soledad… o, peor aún, atrapado en la inestabilidad.

    Lo que nos une en el silencio

    La complejidad de la propuesta cinematográfica de Guadagnino no radica en sus alegorías ni en sus escenas casi sinónimos de poemas visuales, sino en el desafío que nos plantea: enfrentarnos a nosotros mismos a través de la identificación. No se trata de marcar casillas con tics sobre los efectos del deseo en nosotros, sino de admitir la existencia de aquello que nos horroriza y las decisiones que tomamos para deshacernos de lo que creemos intolerable. Decisiones cuyo remedio suele parecer la huida de la soledad a cualquier precio.

    El amor, como tantas otras cosas que realmente valen la pena, ha de ser torpe. Sin su inevitable patosidad, querer se convierte en un frívolo cálculo y el cariño, en su propio obstáculo, alimentado por el miedo del ”¿y si…?”. Al final, junto al misterio embellecido del porvenir, solo nos queda la paciencia, aferrándonos a la esperanza de que los vínculos que construimos no se desvanezcan por la ausencia de torpeza.

    Mientras tanto, reímos, celebramos, lloramos, salimos, trabajamos y viajamos. Y en algún punto de ese trayecto —quizá en un tren de Madrid a Barcelona—, la incomodidad de nuestros pensamientos se diluye. Porque sabemos que existen personas capaces de hacernos abrazar la verdadera intimidad: la de las miradas cargadas de propósito. La de hablar sin palabras.