‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

Escrito por

en

,

Algunas exposiciones no se recorren: se habitan. Proust y las Artes es una de ellas. Más que ordenar influencias o trazar genealogías, propone un clima. Uno en el que los objetos no ilustran una obra, sino que la respiran. Como si al mirarlos pudiéramos entender algo del deseo profundo que mueve a quien escribe. O a quien recuerda.

Conviene señalar que, cuando leas estas líneas, aún estarás a tiempo de visitar Proust y las Artes, la exposición que acoge —no sin resonancia— el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza; un lugar que para mí sigue siendo más que un museo: un refugio abrumador, casi doméstico. Abierta al público hasta el 8 de junio de 2025, la muestra articula un diálogo preciso entre la literatura de Marcel Proust y las múltiples disciplinas artísticas que influyeron de forma decisiva en su obra. Responsables del prensado de los volúmenes que llevo hojeando cada noche y de la reorganización de un imaginario que creía ya configurado.

No es imprescindible haber leído En busca del tiempo perdido para adentrarse en esta propuesta curatorial. El recorrido trasciende lo estrictamente literario: interpela desde lo personal, lo sedimentado, lo que resiste al tiempo. Al igual que Proust transformó sus referentes estéticos en una arquitectura de la memoria, la exposición articula un conjunto de piezas —pintura, escultura, música, artes decorativas— que actuaron como detonantes de su universo sensorial, o como prolongaciones inevitables del mismo. Más que una exposición sobre un autor, se trata de una reflexión sobre cómo el arte no solo da forma a una obra, sino también a una manera de ver.

Por ello, dejarse conducir por el recorrido de la exposición es, también, una forma de habitar aquello que dio forma a la sensibilidad de Proust. Atestiguamos un París aristocrático, atravesado por corrientes estéticas y filosóficas cuya discusión permeaba los salones, las páginas y los gestos. Ese entramado intelectual y social no solo alimentó su escritura, sino que dejó una huella profunda en su forma de entender el tiempo, la belleza y la memoria; elementos que hoy reconocemos como legado y como herencia viva.

El Círculo de la Rue Royale, James Tissot, 1868. 

El archivo de mi bolsillo

Meto la mano en el bolsillo interior de una chaqueta que llevaba tiempo sin usar. Encuentro un corcho de vino, probablemente rescatado de una noche compartida, conservado con la intención —quizá inconsciente— de fijar un instante. Sin proponérnoslo, asistimos constantemente a la construcción de una memoria privada, resistente al desgaste del tiempo, hecha de objetos mínimos. Tarjetas de visita olvidadas, postales alojadas entre las páginas de un libro, o playlists que intentan preservar el sonido preciso de una mañana de domingo. Ídolos discretos que acumulamos con los años, y que acaban configurando una narrativa personal, casi secreta.

De alguna forma, todo eso —lo aparentemente irrelevante— es responsable de la aparición de ideas que, en un principio, no imaginábamos posibles. La obra de Proust, vasta y minuciosa, nace precisamente de esa atención rigurosa a lo cotidiano, a aquello que miraba con una devoción casi absoluta. Sus viajes a Venecia, por ejemplo, revelan una fijación temprana por la sensibilidad artística, por la arquitectura gótica y por una ciudad que, aún hoy, parece empeñada en preservar una idea de belleza detenida en el tiempo. En este sentido, la exposición se configura como un diario visual e íntimo, donde se despliega todo aquello que fascinaba a Proust y que, lentamente, fue sedimentándose en un compendio emocional y, más tarde, literario.

La Dogana y San Giorgio Maggiore, atribuida a Johannes Vermeer, hacia 1670.

Arqueología íntima

No conviene subestimar el valor de esos objetos que decidimos preservar para fijar un instante. Hay un placer —a veces culposo— en volver a morder nuestra propia magdalena, como si ese gesto sencillo pudiera restituir, aunque sea por un segundo, un momento de felicidad ya vivido. Tal vez lo interesante del espacio material que habitamos reside justamente en su capacidad de convertirse en excusa: en la posibilidad de condensar, en pequeños fetiches, fragmentos de una realidad que ya fue.

Eso sí, sin caer —inadvertidamente— en el trampantojo de la nostalgia o en el mito de una edad de oro idealizada. Porque, seamos honestos, a veces sucede. El recuerdo de lo imperfecto queda atrapado en un objeto cualquiera, que con el tiempo se convierte en símbolo de aquello que se añora en medio de la agitación del presente. En el caso de Proust, el refugio en las artes no le ahorró el aislamiento de una enfermedad prolongada. Fue entre las paredes de una habitación clausurada —convertida en mundo propio— donde comenzó a escribir En busca del tiempo perdido, impulsado por una ambición estética que hoy digerimos, en parte, gracias a los museos y a obras como la suya. Incluso en el encierro, su mirada permanecía orientada hacia la belleza.

Hôtel des Roches Noires, Trouville, Claude Monet, 1870.

Por eso tratamos de no olvidar la responsabilidad emocional que asumimos —consciente o inconscientemente— al recuperar esa forma de magia íntima, casi química, que se activa cuando volvemos a meter la mano en el bolsillo y encontramos, por ejemplo, un corcho de vino. El vértigo del pasado se impone, a veces disfrazado de un síndrome de Stendhal que no proviene de una obra colgada en la pared, sino de nuestro propio imaginario, moldeado por aquello que vivimos y decidimos guardar.

Se produce entonces una suerte de comunión entre el presente y ese objeto aparentemente banal, al que reconocemos como la raíz de algo que consideraríamos incluso más bello que en el momento original. El germen de una obra, quizá, o de una sensibilidad que se alimenta de fragmentos —artísticos, filosóficos, afectivos— que vamos reuniendo para entendernos un poco más.

Y tal vez no quede otra opción que rendirse al temblor emocional de ese reencuentro con tiempos anteriores. Con una versión de nosotros mismos que, por un instante, vuelve a ser posible. Con las mañanas de domingo. Con una playlist en bucle.

Retrato de Marcel Proust, Jacques-Émile Blanche, 1892