El olvido y la nostalgia nos han traído de vuelta últimamente el reggaeton antiguo, a Chief Keef o incluso el 2016 como pack completo, pero algo se ha apoderado últimamente del terrorífico nicho del “underground” en España: una guerra de clones.
Es aquella frase que te dice tu madre cuando ve que has comprado unos pantalones de campana: las modas son cíclicas. Es de esas cosas que asumes como obvias y que acabas repitiendo porque, tal y como auguraba tu madre y antes de eso tu abuela, es cierta. Las influencias han existido siempre, es imposible no asemejarse mínimamente a lo que consumes cuando te pones a hacer algo y una parte de nuestra escena se ha construido en torno a ellas. A nadie se le escapan las acusaciones de “ser Drake” hacia C.Tangana en 2016, el cómo Yung Beef trajo 808 Mafia o incluso que cuando Kidd Keo aún sonaba fresco fue por hacer una especie de Spanish Remix de Débrouillard de Damso.

Claro está, el panorama nacional era bastante más desolador por entonces, las referencias se traían de fuera, y no solían ser desde luego tan exageradas, adaptando incluso el pitch de la voz. Aquí no estamos hablando de importación de un sonido o de semejanzas mínimas, la receta secreta que parece haberse popularizado consiste en coger un artista de nicho que sigue haciendo música y replicar casi al milímetro su sound selection, estructuras, referencias o incluso los flows, aunque por supuesto peor.
Esto resulta ya sintomático, no son casos aislados sino una fórmula y es que estamos a un paseo por TikTok de descubrir al nuevo clon del artista nicho de turno. La explicación de este éxito es simple, cuando escuchas algo que ya te suena, tu cerebro no tiene nada a lo que acostumbrarse, no hay disonancia alguna, ni un proceso de entender su universo; no te “enamoras” del artista porque ya lo conoces de alguna parte. Hay veces que, si salta en aleatorio, simplemente asumes que es del artista original y continúas tu camino, y eso es premiado por el algoritmo. Además, si copiar se vuelve un estilo en sí mismo, uno siempre se siente más legitimado a hacerlo.

Un caso especialmente asombroso es el de Diegales. Este chico, antes de ser conocido como el Claudio Montana de pega, ha coqueteado con un caso de personalidad múltiple: en Te quiero interpreta a Delaossa, en Diego hace de RALY o, en café con chocolate, de tarchi. En otro tema, mientras realiza sus ya habituales ejercicios mímicos de Claudio, su productor se encarga de replicar punto por punto el sonido de Ultralágrima en Sobre cómo volar una cometa, y resulta difícil no sonreirse. Tampoco es una cuestión de apuntar con el dedo, en este nuevo armario tenemos también versiones de 8belial, mvrk, Hoke o Metrika, porque cualquier artista en auge es susceptible de ser multiplicado, especialmente si su ritmo de producción no es frenético.
En cuanto a estos imitadores no pienso ser el gris de mochila que no deje a los chavales que camelen, pero esto no es camelar, sino que roza la falta de amor propio. Siempre hubo en la cultura urbana un cierto orgullo de ser metafóricamente el “padre de” y ante todo una verguenza de ser el “hijo/clon de”, sobre todo si tu padre no era de tu círculo o era contemporáneo, pero parece haberse desvanecido ante la perspectiva de pegar un tema. Si el mejor argumento que tienes para ser escuchado es haberle robado la identidad sonora o incluso visual a alguien quizás no deberías estar haciendo música, sino copywriting. Permitidme ser un romántico, pero prefiero un artista malo que un clon, al menos es más honesto. Por lo demás, un artista malo puede convertirse, eventualmente, en uno bueno, pero si intentas construir el edificio por el tejado e imitar el producto final de alguien que lleva años construyendo, en el mejor de los casos tendrás una cáscara pulida, que además de estar completamente hueca, brilla menos que la original.

Ahora bien, no va solo de los propios clones. Esto sería bastante menos relevante si la respuesta del público no los hubiese posicionado en el centro del debate público y sobre todo, si no fuese una respuesta sintomática: necesitar más. Permitidme ser más romántico aún, pero el encanto de un artista reside precisamente en la atmósfera que lo envuelve, en la persona que lo sustenta. Mataría por tener una librería infinita de temas de ciertos artistas, pero no es posible, y ahí está la gracia de esperar un release, de emocionarse, desesperarse o acabar decepcionado, de rebuscar snippets o de enseñarselo a alguien como si fuese una parte más de tí. Porque la figura por detrás importa. Estos neoartistas ni traen nada nuevo, ni traen nada mágico, sólo se regodean en la forma olvidando que el casio de tenía tu abuelo nunca será igual al que hay en la relojería de tu barrio, por mucho que el modelo se parezca. Que esto valga nos hace resultar caricaturescos como agentes de consumo.
Si en la época en la que el contenido de redes está siendo cada vez más conformado por agentes de IA —no hay más que abrir YouTube o Twitter para verlo— lo último que se necesita es un reciclaje humano de referencias que además siguen produciéndose. Quizás lo mejor sea fingir un olvido colectivo de sus nombres, dejar de pretender que es algo involuntario u orgánico y señalar sin mucho ánimo pero con el labio algo torcido al que lo siga intentando si se quiere mantener cierta emoción en todo esto.




