Autor: Iria López Costas

  • La Neomudéjar: El museo como oasis, cuerpo y aquelarre.

    La Neomudéjar: El museo como oasis, cuerpo y aquelarre.

    La Neomudéjar es museo vivo, un organismo que se transforma con cada exposición como lo hace el cuerpo con cada vivencia. Las obras son devueltas a su razón original, las resucita.

    El primer día que entré en aquel lugar, pensé: No sé quién dirige este sitio, pero todo, dede el espacio, que se devora a sí mismo replegándose en hiedras de herrumbre, hasta la curaduría, que devuelve a la obra su dimensión extracorpórea, convierten La Neomudéjar en el aquelarre artístico perfecto.

    Y entonces, una pregunta comenzó a rondar mi imaginario, sin piedad:

     ¿Qué convierte a un museo en un museo?

    Vista exterior de La Neomudéjar

    Más allá de consideraciones descriptivas o institucionales, al debate sobre la ontología del museo subyace siempre una tendencia necrofílica.

    Esta discusión se instaura como tal en el siglo XX, con la eclosión de la Teoría Crítica. La disciplina, liderada por un grupo de pensadores acuñados como la Escuela de Frankfurt, respondía -entre otras- a la necesidad de repensar radicalmente la filosofía del arte y la cultura desde la cual se venía interpretando, hasta el momento, toda producción de la industria occidental.

    Casi todos los textos de la Escuela resultarían relevantes para este artículo, especialmente por su carácter subversivo, que es exactamente lo que consigue encarnar La Neomudéjar (prometo ahondar en esta cuestión más tarde, permítanme por el momento continuar con la historia). El caso es que uno de estos autores, Walter Benjamin, publica un ensayo que coloca en el foco a la institución del museo: Historia y Coleccionismo, del 89.

    Walter Benjamin

    Este hombre se dio cuenta de que el arte, lo estético, no podía -ni debía- estudiarse sin realizar un análisis exhaustivo de sus condiciones de aparición. ¿Esto qué significa?

    Pues que ni el comisariado de una exposición ni la traducción de una obra literaria son actividades inocentes.

    El primer caso, por ejemplo. Las obras que se exponen en una sala, el orden en que se exponen y la narrativa que las cohesiona conforman una versión de los hechos que se presenta como la mejor- en los casos más considerados- o como la única -en los más escandalosos-. 

    Cuando la realidad es que uno de los grandes pilares de la genealogía artística, del nacimiento del arte, ha sido siempre la resistencia.

    La industria cultural tiene la obligación ya no política, sino moral, de no olvidarlo.

    Dirigir una exposición sobre géneros como el house o la música disco ignorando el hecho de que fueron concebidos en la ebullición afroamericana, latina y queer de los suburbios de Estados Unidos como un escape a la represión corporal de su realidad, es arrancarle el alma, la razón de ser, a dicha manifestación artística. Y manipular la verdad cultural.

    Larry Levan, el mesías del house.

    Cuando el coleccionismo y su consiguiente materialización en el museo no exigen a la mirada que “renuncie a la actitud tranquila, contemplativa frente a su objeto, para hacerse consciente de la constelación crítica en la que dicho fragmento del pasado se encuentra precisamente con el presente” (Benjamin, 1989, p.91), es que algo no está bien.

    Si el museo no articula sus obras de manera que conserven su razón vital, entonces, efectivamente, la institución museística será fetichista, perversa y necrófila. Y los que mueren son siempre los mismos.

    En los bares, en las calles, en las casas o en los discursos.

    Los mismos.

    La Neomudéjar como resurrección

    Empezaba estas líneas hablando de la arquitectura del museo. Probablemente, porque es lo que más caracteriza al espacio y la decisión está lejos de ser únicamente estética.

    Como tampoco lo es el jardín que lleva a aquella sala en que se conserva un Generador Atlas Diesel de Estocolmo, que aprovisionó en su momento la estación del Mediodía. Ni la sofisticadísima librería, que sin duda hace justicia a su reconocido archivo transfeminista kuir (ATK); ni la barra de vino y cerveza que conecta ambas estancias.

    La huella ferroviaria del Museo.

    Ni los artistas que, de vez en cuando, puedes encontrar ultimando sus lienzos en las plataformas superiores, como ánimas guardianas de la estructura.

    A Walter Benjamin le hubiera encantado La Neomudéjar, no me cabe duda.

    Todos estos elementos conforman una arquitectura del sentido, una coreografía de la presencia que mantiene las obras en su más vivo esplendor.

    Una vez lo comprendo, acude veloz a mi memoria una cena, un verano: Hay una diferencia entre el erudito y el que verdaderamente comprende, me dijo alguien una noche. Mientras chupaba la cabeza de una gamba rizada y escarlata, mis cejas dibujaron una V.

    “El erudito clava las mariposas, las estudia anatómicamente una vez muertas, y entonces, las exhibe.

    El que verdaderamente comprende, las observa en vuelo, capta su naturaleza. Convive con el saber dejándose envolver, dejándose calar; formando parte del mismo.”

    La Neomudéjar es un oasis.

    Trucos y pócimas cerca de la Línea 1

    James George Frazer, un antropólogo escocés, escribe en 1890 La rama dorada. En uno de los capítulos, habla de magia simpatética, un término que trata de condensar la idea de que “lo semejante produce lo semejante”.

    Definitivamente, La Neomudéjar es un espacio místico.

    Lo son las vigas metálicas que se alzan, robustas e incansables, en una poética de lo resistente, pero también del rastro, de la huella. Lo son las paredes que, alguna vez abandonadas por el orden hegemónico, resucitaron replegándose sobre sí mismas y dando lugar a impensables paletas terrosas y cerúleas sobre las que se extienden las obras de aquellos que también se replegaron alguna vez sobre sí mismos, y en cuyos pliegues irrumpieron una epistemología, una estética y una política propias.

    Sí, quizá no haya respondido a la pregunta de ¿Qué convierte a un museo en un museo?, pero una cosa tengo clara, y es por qué La Neomudéjar es, sin duda, mi museo favorito de Madrid:

    Por su dimensión simpatética.

    Porque el cuerpo del museo es el mismo que el de quienes allí exponen, el de quienes allí se habla y, seguramente, el de quienes allí acuden.

    Porque en él se viven cosas que no se viven en ningún otro.

    Citas:

    Benjamin, Walter. “Historia y Coleccionismo: Eduard Fuchs. En: Discursos Interrumpidos I. Trad.
    Jesús Aguirre. Taurus, Madrid, 1989a, 89—135.

  • La carta de amor: Hacer justicia al discurso romántico

    La carta de amor: Hacer justicia al discurso romántico

    Decía Rainer Maria Rilke que las cosas no son tan palpables y decibles como nos querrían hacer creer casi siempre; que la mayor parte de los hechos son indecibles, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra, cuya existencia perdura junto a la nuestra, que desaparece. (Cartas a un joven poeta, 2005)

    La verdadera tarea del que escribe –ya sea de manera asidua o para una ocasión especial- es cristalizar tanto esos hechos como la misma existencia que golpean. Aún más cuando el que escribe es amante porque el amor desea, por encima de todo, hacer entrega.

    Rilke

    Efectos de la ausencia

    En una terraza de Tirso de Molina, Alma me habló por primera vez de correspondencia amorosa.

    • “Realmente, el destinatario no es tan importante siquiera, las cartas de amor son, antes que cualquier otra cosa, una confesión

    Me quedé pensando un rato. Esa noche, cuando volví a casa, agarré el pesadísimo libro que descansaba sobre la mesa del escritorio: Albert Camus y María Casares. Correspondencia 1944-1959. Releí algunas páginas y, con ellas, mis notas. Era verdad.

    158- María Casares a Albert Camus

    Martes por la tarde (31 de enero de 1950)

    Hace un día maravilloso. He salido un momento para ir a recoger una mesita que había visto y que he comprado para ponerla delante de la chimenea del salón.

    Luego almorcé en compañía de dos jóvenes, a las que he conocido en el teatro Montparnasse, y de Pitou. Una de esas compañeras, Jacqueline Maillan, es una «viviente´´, como dices tú, que oculta bajo una apariencia «alegre y jovial´´ un trasfondo de pena (…). Tremendamente simpática y conmovedora.

    Casares y Camus, felices.

    En las cartas que se envían María y Albert, el amor que sienten el uno por el otro se traduce en la necesidad imperante de hacerse continuamente partícipes de lo que sucede a su alrededor. Se relatan con detalle lo cotidiano, trazando así la silueta de la ausencia de su amante. Cuándo te echo de menos, qué lugar ocuparías en esta casa que habito, en esta sucesión de gente, de noches, que te describo.

    Se entregan los paisajes de lo diario en un acto que pone de manifiesto el rasgo fundamental de los amantes: querer saberlo todo. Todo lo que el otro piensa, todo lo que el otro hace.

    Recuerdo una de las tardes perezosas de este último agosto en que concluí: una sabe que está realmente enamorada cuando de ella emana una pena profunda al pensar que nunca podrá presenciar la infancia de la persona a la que ama. 

    Ese es el cometido de las cartas de amor: la entrega última de lo decible y lo indecible. Mucho más que una ceremonia procesional de piropos y vocativos mimosos –que no han de desmerecerse nunca porque, como decía Fernando Pessoa (radiante poeta portugués):

    Todas las cartas de amor son

    ridículas

    No serían cartas de amor si no fuesen

    ridículas.

    F. Pessoa

    las cartas de amor son rigurosísimos registros de aquello que, en el curso natural de las conversaciones presenciales, hubiera sido omitido. El remitente da forma a todos esos hechos que advierte Rilke, construyendo así una intimidad que impregna la carta y que detona en las manos correctas.

    No hay secretos entre el que escribe y el que lee. La carta permite enmarcar con exactitud en qué estado anímico se escribe, a qué huele la habitación donde se escribe, si hace frío. De este modo, la forma es también el contenido. La carta es sagrada y es litúrgica porque es transustancial. Cristo convertía el agua en vino como la correspondencia amorosa convierte lo indecible en dicho. Y en dicho para siempre.

    La verdad no caduca

    Dos semanas quizá, después de la conversación con Alma, me llamó mi madre. Una llamada como cualquier otra, “¿cómo estás, cariño, qué tal te trata Madrid?”. No sé cómo, porque yo no comenté nada sobre mis pensamientos recurrentes en materia de correspondencia, pero me acabó contando que hacía unos días había encontrado unas antiguas cartas con su primer amor. Y añadió:

    • «Nosotros no teníamos la posibilidad de enmendar el mensaje o añadir aclaraciones posteriores como vosotros hacéis en whatsapp, Iria. Por eso nos esforzábamos en elegir las palabras y cuidábamos tanto la caligrafía. No sabíamos cuándo llegaría, si llegaba. La dedicación a ese momento era absoluta. Eso era lo bonito.»

    Claro. La carta trabaja con lo perenne. Lo que se escribe en la carta alcanza al otro en un tiempo y espacios desconocidos. Por tanto, la declaración que se haga tiene que ser eterna. Esto es: su verdad no puede depender de ninguna circunstancia más que del amor que se siente por aquel a quien se escribe.

    Es por eso que se anhela tanto una carta de un amor correspondido. Porque la promesa de que cada palabra ha sido escogida con sumo cuidado, descartando otras muchas en el intento, por no ser lo suficientemente certera, exacta, perenne; nos remite a lo irreductible de lo que sienten hacia nosotros cuando no estamos delante. Cuando el hechizo del relato, de la luz de los bares y las farolas, de los salones y los lechos, no acompañan la escena.

    La carta de amor es siempre el destilado de lo que el amante verdaderamente siente. Y eso es lo que toda persona enamorada desea. Saber qué provoca en el otro, por qué es amada. Saber que no está sola en el sublime acantilado del querer.

    Carta de Alex Turner a Alexa Chung

    Sólo en la carta cabe

    Además, el texto escrito es siempre más proclive a soportar declaraciones más salvajes, más rotundas. Todos nos hemos encontrado alguna vez paralizados ante el o la responsable de nuestros desvelos, aun habiendo tenido clarísimo, unos minutos atrás, cómo sonaba exactamente aquella confesión.

    En el diálogo, el acecho de una reacción inminente condiciona, irremediablemente, lo que se dice. Los ojos, la comisura indiscreta del otro; hasta el escucharse a uno mismo decir según qué cosas, transforma el mensaje, atenúa la intencionalidad. Atenta contra la pureza del discurso romántico.

    La carta de amor es tan delicada como férrea, de mejillas rosadas y manos curtidas. En el momento de la redacción, tal como dijo Alma, el destinatario desaparece. No el cómo su ausencia y existencia modifican tu ser y tu estar, sino su imponente corporalidad. Es entonces cuando, en la absoluta privacidad que se genera entre el yo y la carta, se sentencia con la verdad sin alterar sus magnitudes.

    531- Albert Camus a María Casares

    Jueves (11 de diciembre de 1952), 7 de la tarde

    (…)

    Te quiero, querido amor mío, más de lo que sabría decirte con la cabeza brumosa de esta noche, pero te tengo cogida la mano, estás aquí.

    Escribe, Penélope mía, te beso apasionadamente.

                                                                                                                                                  A.

  • Parthenope y el poder del cigarrillo

    Parthenope y el poder del cigarrillo

    El 25 de diciembre se estrenaba en los cines españoles el último trabajo de Paolo Sorrentino: Parthenope. Producida por A24, The Apartment Pictures, Pathé Films y Saint Laurent Productions -entre otras-, esta oda a la juventud, la belleza y la nostalgia intercala cada escena con al menos un cigarro. ¿Qué clase de fetiche encuentra Sorrentino en el acto de fumar? ¿Por qué es imprescindible para la película?

    El ritmo de Parthenope

    La realidad es que uno de los grandes desconciertos que provoca la obra de Sorrentino es su ritmo narrativo.  En el caso de Parthenope, la película se construye en los silencios.

    Sorrentino impone una cadencia contemplativa inevitable. Los planos que retratan a Celeste Dalla Porta, así como los que enmarcan la mirada ajena sobre ella, se dilatan hasta el punto de obligar al público a participar en lo que sucede. El cine de Sorrentino es siempre interactivo: es el espectador el que tiene que descifrar el significado que esconden desde los diálogos hasta cada una de las piezas de la banda sonora.

    Sin embargo, escoger un ritmo para la contemplación no es precisamente sencillo. Cada vez lo es menos, de hecho. La contemplación pausada pierde fuelle ante el frenetismo urbano en que estamos inscritos.

    Y aún así, nos queda siempre el cigarro.

    Gary Oldman, John Cheever en Parthenope

    La pausa contemporánea por excelencia es el cigarro. Lo que pretende Sorrentino en Parthenope no es muy distinto a lo que sucede en las cocinas de las previas en casa, en la entrada de los locales y a la salida de los teatros.

    El cigarro permite pensar, digerir, lo que se vive.

    Uno se fuma un cigarro caminando, con los cascos puestos. Esperando a alguien, encaramado en la repisa de alguna boca de Metro. Después de una sesión extensa de balanceo en un pub, cuando le apetece huir del bullicio. O en una terraza, durante una conversación estimulante con amigos, mientras otros hablan. O después de hacer el amor.

    Sorrentino obliga a aquello que muy acertadamente dijo Anne Carson en The Beauty of the Husband (2001): aguantar la belleza. Atreverse a contemplar. Parthenope fuma porque está más interesada en observar qué sucede a su alrededor que en implicarse en las cosas.

    De hecho, Sorrentino obliga en esta película a desprenderse del pudor. Lo presenta como enemigo de la belleza. Algunas escenas pueden llegar a resultar incómodas, como cuando Parthenope se encuentra de repente sentada en una sala del suburbio napolitano, rodeada de gente que presencia como una liturgia la relación sexual entre dos jóvenes que se muestran claramente intimidados, a la que se refieren como la gran fusión. O como el vínculo a tres que existe entre Parthe, su hermano Raimondo (Daniele Rienzo) y su amor de juventud, Sandrino (Dario Aita).

    Como espectador, estas secuencias te colocan en una posición compleja, porque lo que estás viendo, aunque se escapa de todo lo que puede parecerte natural o moral, es inevitablemente bello. Y genuino. Sorrentino es capaz de capturar lo bizarro con una cantidad de matices que te convence, te atrapa.

    Parthenope coquetea con todo y con todos, pero no desde un lugar necesariamente erótico. Es más parecido a esta curiosidad arrolladora que acompaña a la juventud, y que necesita desgranarlo todo pero que teme a su vez la posible decepción que sigue al descubrimiento. Lo amargo de hacerse adulto -propone Sorrentino- es de hecho llegar al fondo de las cosas, descubrir efectivamente que tras las tensiones del deseo a veces sólo queda el humo.

    La película como un proceso de seducción

    Los silencios de Parthenope, de todos modos, no son sólo una invitación al espectador. También son los momentos en que la seducción que envuelve la película, se dispara. El magnetismo de la actriz y de los planos guarda relación con este ritmo narrativo que mencionaba unas líneas atrás, tan dilatado.

    Lo que hace que una persona sea magnética tiene que ver, en muchas ocasiones, con que emana la sensación de que no llega tarde a ningún sitio. Parthenope se recrea en sus gestos como Sorrentino lo hace en su dirección. 

    El acto de exhalar adquiere aquí un gran protagonismo.

    El cigarro participa inevitablemente y desde el principio de los tiempos en el imaginario de la osadía y la seducción, que en la película se presentan como sinónimos. El ritmo de la seducción es el mismo que el del cigarro: requiere que el resto de cosas que suceden a nuestro alrededor se detengan, pasen a un segundo plano.

    No es ninguna casualidad que la joven, en un momento dado, cite a Georges Bataille –reconocido y alabado escritor erótico- diciendo -por supuesto cigarro en mano-:

    – Dígame, ¿no cree usted que el deseo es un misterio y, el sexo, su funeral?

    Parthenope («Parthe»)

    La realidad es que esta película está llena de preguntas. Parthe repite en varias ocasiones que todo lo que ella anhela es tener siempre la respuesta correcta. Sin embargo, en esta proyección nadie está dispuesto a responder ni revelar nada del todo.

    Depende de ti, que la estás viendo, encontrar el hilo oculto que conecta las relaciones entre los personajes, aquello que se dice sin decirse. El guión de Parthenope no se caracteriza por su extensión, sí por su puntería. Todas las intervenciones son breves pero compactas. Es por ello que requieren de una caladita de por medio.

    Las relaciones ambigüas de Parthenope

    Sin embargo, esta tarea no es precisamente fácil teniendo en cuenta las características de los personajes de Sorrentino: eclécticos y cínicos, cuando no exuberantes y terriblemente sensibles.

    Parthenope se encuentra con muchos de estos arquetipos a lo largo de las dos horas y media: su profesor de antropología (Silvio Orlando), renegado de la Academia y guardián de un secreto; la adoradísima Greta Cool –un juguete roto de la actuación- (interpretada por Luisa Ranieri); un cura en quien recae la presión de una hazaña tal como el milagro anual de San Genaro (Peppe Lanzetta); y el más importante de todos: el brillante y alcohólico John Cheever, interpretado por Gary Oldman.

    La decisión de Sorrentino a la hora de escoger a John Cheever como el autor que no sólo lee apasionadamente nuestra protagonista, sino con el que además comparte algunas escenas, no es ninguna casualidad. Ambos creadores comparten las mismas pasiones temáticas: la juventud, la nostalgia, el placer. Cheever es una referencia clave en la película hasta el punto de que, la primera escena en que Parthenope aparece en pantalla, parece inspirada por uno de sus cuentos más famosos: The Swimmer –que, por cierto, te recomiendo que leas porque son 17 páginas sin desperdicio-.

    En fin, es sabido que el director napolitano no deja nada al azar. Al fin y al cabo, Parthenope es el nombre de la sirena que, en la mitología de la ciudad, funda sus ruinas.

    La sirena, también reconocido símbolo de seducción.

    Parthenope saliendo del mar

    Cara al final

    Parthenope va creciendo y el cigarro va a su vez desapareciendo de la pantalla. La película termina con ella ya anciana (pasando el testigo a Stefania Sandrelli), jubilándose como catedrática de antropología. De vuelta en Nápoles, revisa melancólicamente su juventud, y parece entonces haber encontrado algunas de las respuestas.

    Quizá porque, tal y como le advirtió su adorado profesor:

    La antropología es ver. Es dificilísimo ver, porque sólo puedes ver correctamente cuando todo lo demás desaparece. Y todo lo demás es la juventud, la pasión y, por qué no, el amor. La ínfima posibilidad de volver a reír ante un hombre que se cae en medio de una calle del centro.