Decía Rainer Maria Rilke que las cosas no son tan palpables y decibles como nos querrían hacer creer casi siempre; que la mayor parte de los hechos son indecibles, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra, cuya existencia perdura junto a la nuestra, que desaparece. (Cartas a un joven poeta, 2005)
La verdadera tarea del que escribe –ya sea de manera asidua o para una ocasión especial- es cristalizar tanto esos hechos como la misma existencia que golpean. Aún más cuando el que escribe es amante porque el amor desea, por encima de todo, hacer entrega.

Efectos de la ausencia
En una terraza de Tirso de Molina, Alma me habló por primera vez de correspondencia amorosa.
- “Realmente, el destinatario no es tan importante siquiera, las cartas de amor son, antes que cualquier otra cosa, una confesión.»
Me quedé pensando un rato. Esa noche, cuando volví a casa, agarré el pesadísimo libro que descansaba sobre la mesa del escritorio: Albert Camus y María Casares. Correspondencia 1944-1959. Releí algunas páginas y, con ellas, mis notas. Era verdad.
158- María Casares a Albert Camus
Martes por la tarde (31 de enero de 1950)
Hace un día maravilloso. He salido un momento para ir a recoger una mesita que había visto y que he comprado para ponerla delante de la chimenea del salón.
Luego almorcé en compañía de dos jóvenes, a las que he conocido en el teatro Montparnasse, y de Pitou. Una de esas compañeras, Jacqueline Maillan, es una «viviente´´, como dices tú, que oculta bajo una apariencia «alegre y jovial´´ un trasfondo de pena (…). Tremendamente simpática y conmovedora.

En las cartas que se envían María y Albert, el amor que sienten el uno por el otro se traduce en la necesidad imperante de hacerse continuamente partícipes de lo que sucede a su alrededor. Se relatan con detalle lo cotidiano, trazando así la silueta de la ausencia de su amante. Cuándo te echo de menos, qué lugar ocuparías en esta casa que habito, en esta sucesión de gente, de noches, que te describo.
Se entregan los paisajes de lo diario en un acto que pone de manifiesto el rasgo fundamental de los amantes: querer saberlo todo. Todo lo que el otro piensa, todo lo que el otro hace.
Recuerdo una de las tardes perezosas de este último agosto en que concluí: una sabe que está realmente enamorada cuando de ella emana una pena profunda al pensar que nunca podrá presenciar la infancia de la persona a la que ama.
Ese es el cometido de las cartas de amor: la entrega última de lo decible y lo indecible. Mucho más que una ceremonia procesional de piropos y vocativos mimosos –que no han de desmerecerse nunca porque, como decía Fernando Pessoa (radiante poeta portugués):
Todas las cartas de amor son
ridículas
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

–las cartas de amor son rigurosísimos registros de aquello que, en el curso natural de las conversaciones presenciales, hubiera sido omitido. El remitente da forma a todos esos hechos que advierte Rilke, construyendo así una intimidad que impregna la carta y que detona en las manos correctas.
No hay secretos entre el que escribe y el que lee. La carta permite enmarcar con exactitud en qué estado anímico se escribe, a qué huele la habitación donde se escribe, si hace frío. De este modo, la forma es también el contenido. La carta es sagrada y es litúrgica porque es transustancial. Cristo convertía el agua en vino como la correspondencia amorosa convierte lo indecible en dicho. Y en dicho para siempre.
La verdad no caduca
Dos semanas quizá, después de la conversación con Alma, me llamó mi madre. Una llamada como cualquier otra, “¿cómo estás, cariño, qué tal te trata Madrid?”. No sé cómo, porque yo no comenté nada sobre mis pensamientos recurrentes en materia de correspondencia, pero me acabó contando que hacía unos días había encontrado unas antiguas cartas con su primer amor. Y añadió:
- «Nosotros no teníamos la posibilidad de enmendar el mensaje o añadir aclaraciones posteriores como vosotros hacéis en whatsapp, Iria. Por eso nos esforzábamos en elegir las palabras y cuidábamos tanto la caligrafía. No sabíamos cuándo llegaría, si llegaba. La dedicación a ese momento era absoluta. Eso era lo bonito.»
Claro. La carta trabaja con lo perenne. Lo que se escribe en la carta alcanza al otro en un tiempo y espacios desconocidos. Por tanto, la declaración que se haga tiene que ser eterna. Esto es: su verdad no puede depender de ninguna circunstancia más que del amor que se siente por aquel a quien se escribe.
Es por eso que se anhela tanto una carta de un amor correspondido. Porque la promesa de que cada palabra ha sido escogida con sumo cuidado, descartando otras muchas en el intento, por no ser lo suficientemente certera, exacta, perenne; nos remite a lo irreductible de lo que sienten hacia nosotros cuando no estamos delante. Cuando el hechizo del relato, de la luz de los bares y las farolas, de los salones y los lechos, no acompañan la escena.
La carta de amor es siempre el destilado de lo que el amante verdaderamente siente. Y eso es lo que toda persona enamorada desea. Saber qué provoca en el otro, por qué es amada. Saber que no está sola en el sublime acantilado del querer.

Sólo en la carta cabe
Además, el texto escrito es siempre más proclive a soportar declaraciones más salvajes, más rotundas. Todos nos hemos encontrado alguna vez paralizados ante el o la responsable de nuestros desvelos, aun habiendo tenido clarísimo, unos minutos atrás, cómo sonaba exactamente aquella confesión.
En el diálogo, el acecho de una reacción inminente condiciona, irremediablemente, lo que se dice. Los ojos, la comisura indiscreta del otro; hasta el escucharse a uno mismo decir según qué cosas, transforma el mensaje, atenúa la intencionalidad. Atenta contra la pureza del discurso romántico.
La carta de amor es tan delicada como férrea, de mejillas rosadas y manos curtidas. En el momento de la redacción, tal como dijo Alma, el destinatario desaparece. No el cómo su ausencia y existencia modifican tu ser y tu estar, sino su imponente corporalidad. Es entonces cuando, en la absoluta privacidad que se genera entre el yo y la carta, se sentencia con la verdad sin alterar sus magnitudes.
531- Albert Camus a María Casares
Jueves (11 de diciembre de 1952), 7 de la tarde
(…)
Te quiero, querido amor mío, más de lo que sabría decirte con la cabeza brumosa de esta noche, pero te tengo cogida la mano, estás aquí.
Escribe, Penélope mía, te beso apasionadamente.
A.

