Autor: Jose Lupión

  • Microdramas: Historias sin tiempo 

    Microdramas: Historias sin tiempo 

    Llevo un tiempo observando diariamente en las tiendas de alimentación o en el metro a personas absortas en telenovelas en vertical de corta duración. Esta curiosidad me hizo indagar qué eran exactamente estas miniseries diseñadas para no soltar al espectador ni un instante. Aquí la unidad mínima de sentido es el minuto y lo que encontré es el nacimiento de un lenguaje que, aunque es heredero del cine parece haber tomado un camino radicalmente distinto. 


    Las imágenes suelen ser archivos que reflejan los contextos sociales/culturales de una época, pero más allá de ocupar ese lugar, el cine también ha sido y es un lugar de dar lugar al pensamiento. Una parte necesaria en todo el proceso desde la escritura hasta que está en manos del espectador exige un proceso de digestión que ahora estamos vomitando. Lo que tenemos ahora el microdrama no es una evolución de este sino su hijo bastardo. 

    La industria del microdrama 

    En China, esta lógica se ha convertido en industria.  Filman en vertical para pantallas de teléfono y fragmentan historias en noventa episodios de apenas dos minutos.  

    Se distribuyen en aplicaciones como FlexTV, ReelShort o DramaBox. Historias de consumo rápido, con argumentos directos y arquetípicos: amores imposibles, traiciones familiares, ascensos sociales, venganzas, etc. 

    Títulos como La sexy esposa del presidente, La novia del rey lobo o El jefe detrás de las escenas es mi esposo. 

    El rodaje dura alrededor de dos semanas. El presupuesto para el rodaje rara vez supera los 200.000 dólares, pero la mayor parte del dinero de la serie no se invierte en la obra, sino en publicidad: hasta un millón por campaña. La lógica es clara: producir barato, circular rápido y capturar la atención. 

    Y funciona, algunas series de Flex TV generan millones de dólares semanales. 

    No es un fenómeno marginal. El mercado chino de microdramas superó los cinco mil millones de dólares en 2023 y sigue creciendo a un ritmo vertiginoso. Lo que empezó como entretenimiento desechable se ha convertido en la nueva industria cinematográfica de China. 

    El modelo también está estudiado al milímetro: los primeros episodios son gratuitos; después, el espectador paga por desbloquear capítulos o soporta bloques interminables de anuncios. No se compra una historia. Se compra dopamina. 

    El formato proviene de las novelas web chinas, relatos breves publicados diariamente, diseñados para leerse en menos de diez minutos y generar dependencia. El microdrama hereda esa misma lógica: consumo fragmentado, recompensa inmediata, continuidad infinita. 

    Un nuevo lenguaje audiovisual 

    Reducir los microdramas a un suceso puntual sería mirarlo con demasiada distancia. Lo interesante es que están desarrollando un nuevo lenguaje. 

    Primero, la verticalidad cambia la composición: el encuadre obliga a otra mirada del rostro. Segundo, el tempo: la edición hiperacelerada, el punto de giro cada minuto y la elipsis instantánea configuran un ritmo que no da lugar a la inmersión sino a la captación continua. Tercero, el algoritmo es el criterio que moldea la narrativa. El guion deja de ser de un autor para estar marcado por un algoritmo dramaturgo que dicta cuándo cortar, cuándo aparecer un cliffhanger y qué imagen repetir. 

    Cuando el tiempo se acorta, el lenguaje cambia, los planos largos desaparecen, la puesta en escena se simplifica y el subtexto y la ambigüedad se eliminan. Todo se vuelve frontal. Podríamos decir que el microdrama no es “cine corto”. Es otra especie diferente a él:  Una ficción adaptada al ecosistema del algoritmo, el cual no solo marca lo que ves, sino que crea el lenguaje audiovisual que más le favorece. 

    Psicología del consumo 

    Este modelo no solo transforma cómo se produce. También transforma cómo miramos y fragmenta la mirada. 

    Muchos prefieren pagar o aguantar bloques interminables de publicidad con tal de conocer el desenlace. La experiencia guarda menos similitud con ver una serie asemejándose más a jugar a una máquina tragaperras narrativa. 

    La historia deja de ser un recorrido emocional y se limita a una sucesión de estímulos. Ya no se recuerda la trama completa; solo se persiguen momentos. Es la lógica de la gratificación instantánea aplicada a la ficción: enseña a esperar menos y a exigir más estímulo por unidad de tiempo, reconfigurando lo que es soportable en una narración. 

    Perder la noción del tiempo haciendo scroll durante media hora resulta más cómodo que enfrentarse a una película de dos horas. La concentración prolongada se siente como un esfuerzo innecesario. 

    La mutación con la IA

    En este contexto, la inteligencia artificial aparece casi como consecuencia directa. 

    Si el microdrama ya reduce el relato a fórmula (rostros, diálogos funcionales, escenarios repetibles) la automatización del proceso parece el siguiente paso lógico. Guiones generados por patrones, actores digitales, decorados virtuales, montaje automático. 

    La IA no solo abarata costes, sino que introduce otro lenguaje. 

    No crea desde la experiencia humana, sino desde el cálculo de probabilidades. Aprende qué giro engancha más, qué duración retiene mejor y qué rostro genera más clics. 

    Es la narración optimizada y el riesgo es evidente: cuando la lógica del algoritmo predomina, la imagen deja de explorar lo desconocido y comienza a repetir lo que ya funciona. La ficción se vuelve predecible, y completamente prefabricada. 

    Cierre 

    No se trata de demonizar el formato, toda época inventa sus propias formas. Pero conviene preguntarse qué desaparece cuando la duración se comprime tanto. No se trata de prohibir la brevedad. Pero esta golpea con la experiencia del cine. El tiempo muerto de una película es tiempo de pensamiento y ese tiempo de suspensión dota a la obra de profundidad haciendo que pueda pertenecer en el espectador.  Aceptar la prisa como criterio estético es eliminar el lugar para el pensamiento.  

    No compro el argumento de que este formato puede democratizar el acceso y cree oportunidades, un lugar donde la obra pasa al último plano no profesionalizas el sector solo industrializas la adicción por eso hay que exigir marcos que protejan la creatividad y el trabajo artesano el cual adquirirá un valor distintivo ante la producción en masa. 

    No es cuestión de romanticismo contra modernidad, pero creo que no debemos premiar estructuras que olvidan por completo la búsqueda de la novedad en la narrativa o que ni siquiera busquen emocionar al espectador sino tan solo hacerle recordar emociones primarias universales. Quizás el problema no es la brevedad de la obra, sino que nosotros no sepamos habitarlas más tiempo. 

    Hay que saber convivir con tu tiempo, es necesario. Pero quizás debamos poner el foco en el proceso, en el desarrollo de una historia dándole el tiempo necesario para escribirse y para nacer.  

    Profesionalizar los procesos artísticos confronta de manera directa con la vocación que nos sumerge a él que suele ser la espontaneidad y la pasión. Pero la profesionalización de este no tiene que entenderse como un sinónimo de robotizar los procesos de desarrollo. Las imágenes necesitan tiempo para existir y para llegar a ser. 

  • ¿Ser cristiano vuelve a molar? 

    ¿Ser cristiano vuelve a molar? 

    En un mundo acelerado, donde la información circula sin pausa, vuelven los ritos antiguos para un mundo sin dirección. La religión se transforma y se infiltra de formas que revelan una necesidad profunda de arraigo, comunidad y sentido. El regreso de lo sagrado no es casualidad: es síntoma, la religión emerge como respuesta a la ansiedad de pertenencia y al vacío de certezas en un mundo polarizado.  

    La pregunta es ¿qué vacío del presente está cubriendo? 

    I. El regreso de lo sagrado 

    Tras décadas de caída drástica del cristianismo en España, parece existir hoy un repunte que debe entenderse como un fenómeno sociocultural que va más allá de las clases sociales. No hablamos de una vuelta uniforme a la fe tradicional, sino de un fenómeno mucho más complejo: la necesidad de creer. La religión, entendida como sistema de valores y rituales, sigue funcionando como marco de referencia, incluso cuando las personas adoptan prácticas espirituales de manera estética o selectiva. Este regreso de lo sagrado no se da solo a través de instituciones ni de iglesias tradicionales. Las iconografías cristianas siguen ocupando espacios dentro de la vida contemporánea. Este fenómeno subraya que, aunque el imaginario religioso se consuma a veces de manera estética, las estructuras del ritual y la jerarquía simbólica permanecen, adaptándose a nuevas plataformas y lenguajes. La sacralidad persiste, pero se traduce a formatos que la sociedad actual puede asimilar, muchas veces sin cuestionar su origen o sin estar de acuerdo con él. 

    II. La estructura religiosa permanece 

    Si observamos el comportamiento social, los sistemas de autoridad y las formas de comunicación, es posible trazar un paralelismo entre la lógica religiosa y la forma en que organizamos nuestras vidas hoy. De la figura de Dios a la de un influencer no hay tanta diferencia: emiten preceptos, construyen comunidades de seguidores y establecen sus propios códigos de ética y moralidad. La diferencia es que, mientras Dios posee una dimensión trascendente y metafísica, los ídolos contemporáneos suelen ser planos o no tienen un poder de trascendencia que supere la banalidad: su autoridad depende de su reputación y capacidad de movilizar masas, más que de un fundamento espiritual profundo. 

    En este sentido, la modernidad no ha suprimido ni reemplazado las estructuras ni la búsqueda de lo trascendente; solo ha transformado sus manifestaciones. La tecnología y la omnipresencia de las redes amplifican la lógica ritual: likes, comentarios, suscripciones y reproducciones funcionan como liturgias laicas, rituales diarios que organizan la vida de las personas y refuerzan una forma de fe colectiva basada en visibilidad y reconocimiento. El mundo actual sigue pensando como iglesia, aunque la sacralidad se presente bajo nuevos ropajes o de maneras diferentes. 

    III. Estrés generacional 

    Todo este fenómeno coincide en un panorama en el que está apareciendo un retroceso ideológico y un auge de ideas conservadoras muy presentes en gran parte de la juventud, a pesar de no venir de la mano, este paradigma religioso beneficia a estos grupos conservadores.  

    La búsqueda de sentido, el deseo de pertenencia y la necesidad de estructuras continúan siendo temas presentes y necesarios en las personas. Vivimos en un mundo cambiante de valores donde estos son inestables al estar sujetos a una evolución constante. Pero en este terreno aparece una necesidad en las personas de aferrarse a sistemas ideológicos o estilos de vida ya conocidos. Los jóvenes se acercan a la religión, o a prácticas espirituales que reinterpretan símbolos religiosos, no por obediencia, sino por una búsqueda de comunidad, identidad y guía emocional. 

    En esta misma línea, la película Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa (2025) pone en el foco cómo los jóvenes se acercan a la religión como refugio ante la complejidad del mundo, interpretando rituales y prácticas religiosas como espacios de introspección y consuelo. Y lo que revela no es la fortaleza de las iglesias, sino la fragilidad del mundo contemporáneo

    Esta vuelta a lo sagrado no implica necesariamente un retorno a dogmas estrictos. Muchas de las prácticas espirituales contemporáneas desde retiros y ejercicios de mindfulness combinan el anhelo de pertenencia con una reinterpretación estética de lo religioso. La religión se convierte en un vehículo de intimidad, un espacio donde el cuerpo y la conciencia se experimentan como territorios de significado. Iconografías clásicas, gestos rituales y símbolos persistentes son apropiados y resignificados por individuos que buscan sentido en un mundo en constante cambio, donde la ansiedad generacional y la incertidumbre del futuro alimentan la necesidad de arraigo. 

    IV. Nuevas formas de sacralidad 

    Este regreso de la religiosidad coincide con un subjetivismo religioso, donde la experiencia individual prima sobre la institución. La secularización de Europa occidental ha debilitado la influencia de las iglesias tradicionales, pero no ha eliminado la búsqueda de lo sagrado. Hoy asistimos a un fenómeno híbrido: una religiosidad que se despliega en la vida cotidiana donde los rituales se actualizan para adaptarse a los códigos contemporáneos. La religión se reconfigura a través de nuevas formas de sacralidad infiltrándose en hábitos, estéticas urbanas, arquitectura y, sobre todo, en la manera en que los individuos dan sentido a su existencia, se ha secularizado y al reducirse a forma, ha ganado alcance

    Aquí, la corporalidad juega un papel clave. Los gestos, y rituales físicos se convierten en una forma de habitabilidad del mundo religioso. El cuerpo se reconfigura como territorio de la sacralidad contemporánea: desde prácticas de meditación hasta rituales cotidianos de autocuidado y contemplación. El cuerpo se vuelve portador de significado y permite que los individuos experimenten lo sagrado de manera directa, desvinculándolo de la ortodoxia institucional y convirtiéndolo en un fin en sí mismo. 

    V. Conclusión 

    El retorno del cristianismo y de otras formas de espiritualidad no debe entenderse como un fenómeno nostálgico ni como un capricho cultural o moda pasajera. Surge de la necesidad de construir sentido en un mundo incierto. La religiosidad contemporánea refleja así un cambio profundo: la fe se reinventa y se adapta, infiltrando cada vez más nuestra vida cotidiana sin perder su capacidad de generar sentido. 

    El cristianismo nunca desapareció: permanece flotando, infiltrado como una estructura cultural que ha moldeado nuestra sensibilidad mucho antes de que aprendiéramos a nombrarla. Esta no es la vuelta de la religión clásica, sino una pos-religión, donde lo simbólico, lo emocional y lo identitario pesan más que el dogma. 

  • El renacimiento del claroscuro en el cine contemporáneo 

    El renacimiento del claroscuro en el cine contemporáneo 

    Del barroco a la gran pantalla, la oscuridad ha vuelto a ser un lenguaje. El claroscuro, ese diálogo entre luz y sombra que Caravaggio convirtió en plegaria, regresa al cine contemporáneo como gesto de resistencia frente a la claridad inmediata de nuestro tiempo. 

    I. La sombra como origen 

    Caravaggio utilizaba un lenguaje de oscuridad para crear dramatismo y tensión entre personajes que emergían de tinieblas y divinidades rotas. Sus personajes parecen estar entre un limbo de la vida y la muerte.Prostitutas, ladrones, mendigos para representar las figuras sagradas, entender que la divinidad se encuentra en los rincones más inhóspitos. Este concepto no podría ser llevado de otra forma que entendiendo que la verdad debe aparecer entre las sombras. 

    Unos siglos más tarde, el cine heredó este gusto por las sombras. El expresionismo alemán distorsionó la luz para convertirla en arquitectura del miedo: El gabinete del doctor Caligari o Nosferatu no mostraban sombras, las fabricaban y usaban como personajes en sí mismas. Más tarde, el film noir de los cuarenta convirtió la penumbra en callejón moral. Perspectivas inclinadas, persianas que recortan rostros, humo y sospecha. 
    El claroscuro era más que una técnica: era una forma de mirar la fragilidad humana. 

    NOSFERATU   (1922)

    II. La era sin sombras 

    Pero toda estética tiene su eclipse. Con la llegada del color y la televisión, el cine se alejó de las tinieblas. La claridad pasó a ser sinónimo de progreso: ver, entender y consumir se convirtieron en un mismo acto. La industria y la tecnología empujaron hacia una imagen plana, uniforme, higiénica.  

    Durante los 2000, la digitalización borró casi por completo el espacio de la sombra. Las cámaras de alta sensibilidad y las pantallas retroiluminadas exigían luz en cada rincón. En las redes, el brillo constante se convirtió en valor estético. Todo debía ser visible, todo debía ser legible. 
    El claroscuro —esa pausa entre lo que se muestra y lo que se oculta— dejó de tener lugar. 

    El espectador ya no se sumergía en la oscuridad; la evitaba. 

    III. El regreso en el cine

     Sin embargo, en la última década el claroscuro está de vuelta. Ha resurgido en el cine contemporáneo no como nostalgia hacia lo que fue, sino como lenguaje del desencanto. Un nuevo idioma de resistencia, vinculado a la búsqueda de pensamiento. 
    En un tiempo tan acelerado como el que habitamos, donde las imágenes se consumen con la misma rapidez con la que se olvidan, no es extraño que surja un cine que reivindique el silencio, la pausa y la oscuridad. En una época en que todo se ilumina para ser entendido al instante, el claroscuro devuelve al espectador el derecho a mirar de nuevo, a pensar sobre lo que ve

    En tiempos en que la imagen se ha vuelto democrática y omnipresente, El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, o Ida (2013), de Paweł Pawlikowski, utilizan el blanco y negro no como gesto nostálgico, sino como reacción. Frente al exceso de visibilidad, su claroscuro no busca embellecer, sino devolver al espectador el acto de observar. 

    Pedro Costa lo entiende a la perfección. En Vitalina Varela (2019), la oscuridad no es un efecto visual: es el propio mundo. Las figuras parecen talladas en piedra, y cada rayo de luz tiene el peso de una plegaria. En su Lisboa, la penumbra no es ausencia, sino dignidad. Costa redefine el cine social: no lo concibe como espejo fiel de la realidad, sino como un lenguaje capaz de representarla, de trascender su literalidad

    VITALINA VARELA   (2019)

    Robert Eggers, en El faro (2019), usa el blanco y negro para construir un delirio mitológico: la sombra es deseo, tormenta y locura. Joel Coen, en The Tragedy of Macbeth (2021), recupera la geometría del expresionismo alemán para encerrar a sus personajes en una moral hecha de líneas y brumas. Y Edward Berger, en Conclave (2024), convierte la penumbra en símbolo del poder: la luz no revela, interroga. 

    Finalmente, El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010) de Apichatpong abre otra puerta. En ella, la noche no es simple oscuridad: es el territorio donde lo visible y lo soñado se confunden. El claroscuro, en su forma más pura, vuelve a ser un espacio donde la imagen recupera su misterio. 

    UNCLE BOONMEE WHO CAN RECALL HIS PAST LIVES   (2010)


    En todos ellos, la sombra vuelve a ser voz. Frente a la transparencia del algoritmo, la sombra reaparece como resistencia: en un mundo que lo muestra todo, filmar lo invisible o incluso el hecho de no filmar se ha vuelto un gesto político. 

    IV. La penumbra se vuelve calle 

    El claroscuro contemporáneo no pertenece solo al cine. Se ha filtrado en la estética urbana, la fotografía y la moda. 

    Gabriel Moses lo ha convertido en su firma: luces doradas que bañan cuerpos negros, una espiritualidad callejera heredera directa del barroco. En su universo visual —de campañas para Nike a videoclips para Travis Scott o Little Simz— la oscuridad es poder. Lo mismo sucede en piezas como N95 de Kendrick Lamar o High Jack de A$AP Rocky, donde la sombra se sincroniza con el ritmo. 

    A$AP ROCKY – “HIGHJACK”   (2024)

    Fotógrafos como Campbell Addy o Ronan McKenzie también recurren a ese misterio en sus retratos, oponiéndose al brillo plano de las pantallas. 

    Incluso la moda se ha contagiado: diseñadores como Ib Kamara han hecho de la penumbra un tejido, un modo de pensar la identidad visual más allá de la luz. 

    V. Cierre 

    Quizá este “renacimiento del claroscuro” no se debe entender tanto como una tendencia visual sino como una respuesta emocional. 

    Después de años de saturación y exceso de visibilidad, la sombra vuelve a ofrecer silencio: un espacio donde no todo tiene que explicarse, donde mirar implica fe

    El claroscuro contemporáneo no busca solo la belleza en la oscuridad, sino la verdad que habita en ella. 
    Nos recuerda que lo invisible también existe, que la sombra revela. 

    Hay historias que solo pueden contarse cuando la luz no llega del todo y precisamente por eso merecen ser contadas.