El renacimiento del claroscuro en el cine contemporáneo 

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Del barroco a la gran pantalla, la oscuridad ha vuelto a ser un lenguaje. El claroscuro, ese diálogo entre luz y sombra que Caravaggio convirtió en plegaria, regresa al cine contemporáneo como gesto de resistencia frente a la claridad inmediata de nuestro tiempo. 

I. La sombra como origen 

Caravaggio utilizaba un lenguaje de oscuridad para crear dramatismo y tensión entre personajes que emergían de tinieblas y divinidades rotas. Sus personajes parecen estar entre un limbo de la vida y la muerte.Prostitutas, ladrones, mendigos para representar las figuras sagradas, entender que la divinidad se encuentra en los rincones más inhóspitos. Este concepto no podría ser llevado de otra forma que entendiendo que la verdad debe aparecer entre las sombras. 

Unos siglos más tarde, el cine heredó este gusto por las sombras. El expresionismo alemán distorsionó la luz para convertirla en arquitectura del miedo: El gabinete del doctor Caligari o Nosferatu no mostraban sombras, las fabricaban y usaban como personajes en sí mismas. Más tarde, el film noir de los cuarenta convirtió la penumbra en callejón moral. Perspectivas inclinadas, persianas que recortan rostros, humo y sospecha. 
El claroscuro era más que una técnica: era una forma de mirar la fragilidad humana. 

NOSFERATU   (1922)

II. La era sin sombras 

Pero toda estética tiene su eclipse. Con la llegada del color y la televisión, el cine se alejó de las tinieblas. La claridad pasó a ser sinónimo de progreso: ver, entender y consumir se convirtieron en un mismo acto. La industria y la tecnología empujaron hacia una imagen plana, uniforme, higiénica.  

Durante los 2000, la digitalización borró casi por completo el espacio de la sombra. Las cámaras de alta sensibilidad y las pantallas retroiluminadas exigían luz en cada rincón. En las redes, el brillo constante se convirtió en valor estético. Todo debía ser visible, todo debía ser legible. 
El claroscuro —esa pausa entre lo que se muestra y lo que se oculta— dejó de tener lugar. 

El espectador ya no se sumergía en la oscuridad; la evitaba. 

III. El regreso en el cine

 Sin embargo, en la última década el claroscuro está de vuelta. Ha resurgido en el cine contemporáneo no como nostalgia hacia lo que fue, sino como lenguaje del desencanto. Un nuevo idioma de resistencia, vinculado a la búsqueda de pensamiento. 
En un tiempo tan acelerado como el que habitamos, donde las imágenes se consumen con la misma rapidez con la que se olvidan, no es extraño que surja un cine que reivindique el silencio, la pausa y la oscuridad. En una época en que todo se ilumina para ser entendido al instante, el claroscuro devuelve al espectador el derecho a mirar de nuevo, a pensar sobre lo que ve

En tiempos en que la imagen se ha vuelto democrática y omnipresente, El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, o Ida (2013), de Paweł Pawlikowski, utilizan el blanco y negro no como gesto nostálgico, sino como reacción. Frente al exceso de visibilidad, su claroscuro no busca embellecer, sino devolver al espectador el acto de observar. 

Pedro Costa lo entiende a la perfección. En Vitalina Varela (2019), la oscuridad no es un efecto visual: es el propio mundo. Las figuras parecen talladas en piedra, y cada rayo de luz tiene el peso de una plegaria. En su Lisboa, la penumbra no es ausencia, sino dignidad. Costa redefine el cine social: no lo concibe como espejo fiel de la realidad, sino como un lenguaje capaz de representarla, de trascender su literalidad

VITALINA VARELA   (2019)

Robert Eggers, en El faro (2019), usa el blanco y negro para construir un delirio mitológico: la sombra es deseo, tormenta y locura. Joel Coen, en The Tragedy of Macbeth (2021), recupera la geometría del expresionismo alemán para encerrar a sus personajes en una moral hecha de líneas y brumas. Y Edward Berger, en Conclave (2024), convierte la penumbra en símbolo del poder: la luz no revela, interroga. 

Finalmente, El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010) de Apichatpong abre otra puerta. En ella, la noche no es simple oscuridad: es el territorio donde lo visible y lo soñado se confunden. El claroscuro, en su forma más pura, vuelve a ser un espacio donde la imagen recupera su misterio. 

UNCLE BOONMEE WHO CAN RECALL HIS PAST LIVES   (2010)


En todos ellos, la sombra vuelve a ser voz. Frente a la transparencia del algoritmo, la sombra reaparece como resistencia: en un mundo que lo muestra todo, filmar lo invisible o incluso el hecho de no filmar se ha vuelto un gesto político. 

IV. La penumbra se vuelve calle 

El claroscuro contemporáneo no pertenece solo al cine. Se ha filtrado en la estética urbana, la fotografía y la moda. 

Gabriel Moses lo ha convertido en su firma: luces doradas que bañan cuerpos negros, una espiritualidad callejera heredera directa del barroco. En su universo visual —de campañas para Nike a videoclips para Travis Scott o Little Simz— la oscuridad es poder. Lo mismo sucede en piezas como N95 de Kendrick Lamar o High Jack de A$AP Rocky, donde la sombra se sincroniza con el ritmo. 

A$AP ROCKY – “HIGHJACK”   (2024)

Fotógrafos como Campbell Addy o Ronan McKenzie también recurren a ese misterio en sus retratos, oponiéndose al brillo plano de las pantallas. 

Incluso la moda se ha contagiado: diseñadores como Ib Kamara han hecho de la penumbra un tejido, un modo de pensar la identidad visual más allá de la luz. 

V. Cierre 

Quizá este “renacimiento del claroscuro” no se debe entender tanto como una tendencia visual sino como una respuesta emocional. 

Después de años de saturación y exceso de visibilidad, la sombra vuelve a ofrecer silencio: un espacio donde no todo tiene que explicarse, donde mirar implica fe

El claroscuro contemporáneo no busca solo la belleza en la oscuridad, sino la verdad que habita en ella. 
Nos recuerda que lo invisible también existe, que la sombra revela. 

Hay historias que solo pueden contarse cuando la luz no llega del todo y precisamente por eso merecen ser contadas.