El umbral o sentir hasta no sentir

Inés en Japón, 2023.

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¿Y si no fuera cuestión de vivir más experiencias, sino que hemos perdido la capacidad para sentirlas? ¿Qué pueden decirnos nuestros sentimientos sobre el umbral y la intensidad?

En Madrid hace calor en verano, o eso es lo que me digo para justificar el no estar. Últimamente estoy saliendo de mi burbuja, dándome cuenta de que mi vida no es vida, es sueño.

Hace poco, o no tan poco, escribía sobre el umbral. Para variar, nunca terminé. Cuando Inés, la misma persona que me habló sobre los musgos, me explicó por qué soy un intenso, resoné con sus palabras. Me dijo que me aburro fácil, que cualquier experiencia me sabe a poco y que necesito frenesí. Pero Inés me conoció en 2023, y quizá la idea que tiene de mí es la de entonces.

Cuando me dijo eso, pensé en el umbral. Según lo definía, es algo así como el estado basal, en reposo, con el que comparamos aquello que nos pasa. Cuando tenemos el umbral bajo, casi toda experiencia es válida. Cuando lo tenemos por las nubes, nada nos es suficiente, nos asusta aburrirnos. Es entonces cuando surge la espiral. La espiral del malestar, de la falta de calma, de la somatización del estrés y la infelicidad. Cuando nada es suficiente, la búsqueda de experiencias opaca las experiencias en sí mismas. Es un arma de doble filo.

Algo parecido ocurre con la ambición. ¿Cuánto éxito es suficiente? La respuesta es fácil: nunca es suficiente. Aquellos momentos en los que somos conscientes de nuestras experiencias, de nuestro éxito, es cuando lo somos también de nuestro umbral. Por eso, existe una relación simbiótica entre la ambición y el arrepentimiento, entre la experiencia y la nostalgia. La una vive de la otra, la otra vive de la una.

2023 no me fue suficiente, me supo a poco. Objetivamente fue un año extraordinariamente cargado de experiencias, pero mi umbral me cegaba en todo momento. Recuerdo pensar, ya por entonces, que mis emociones no iban acorde con las que se esperaría que tuviera. Simplemente, dejé de sentir. Si nada era suficiente, entonces, ¿qué podría serlo? Dos años después, pega la nostalgia, el arrepentimiento. Nostalgia por la voluntad de volver a vivir las experiencias; arrepentimiento por no haberlas valorado suficiente.

Tiene gracia escribir esto desde Bukhara, a casi seis mil kilómetros de casa, pero es ahora que estoy volviendo a darme cuenta de dónde está mi umbral. Estoy mirando una madrasa, la más bonita que he visto nunca, y creo que es por el contexto pero pienso en lo increíble de crear. Pienso en que, muchas veces, no es sino hasta que chocamos con el muro del bloqueo creativo que nos damos cuenta del privilegio que es la inspiración. Anhelamos una época en que dábamos la creación por sentado, pero que no la valorábamos porque nos sabía a poco. Una vez más, se repite el ciclo: umbral, nostalgia, arrepentimiento.

Madrasa Nadir Devonbegi, Bukhara, Uzbekistán.

Arte en tiempos de intensidad

Allá por 2018, fui por primera vez a una exposición inmersiva. Era de Van Gogh, con pantallas gigantes y proyecciones 360. Hoy me han ofrecido ir a la del Titanic, en Madrid hasta el 1 de junio y con una propuesta parecida. Pero dije que no. Me da un poco de rabia depender de grandes estímulos y de pantallas para poder disfrutar de la cultura, aunque en el fondo lo entiendo. Hace no tanto, los museos eran uno de los pocos lugares donde uno podía, con algo de esfuerzo, dejarse tocar por lo poco estimulante. Ahora, parece que incluso ese espacio ha sido arrasado por la lógica del estímulo. Las experiencias inmersivas prometen hacernos “sentir más”, “más rápido” y “más intensamente”. Ya no basta con mirar a Van Gogh: hay que estar dentro de él, rodeado de pantallas, de sonido, de movimiento. Y lo entiendo, pero también me da rabia. Creo que debe fomentarse el predisponerse a ciertas experiencias, el aprender a controlar nuestro umbral. Quizá el esfuerzo consciente que implica bajarlo no compense con los beneficios de hacerlo, pero eso uno nunca lo sabe hasta que lo prueba. Para sentir hay que querer sentir, y para querer sentir hay que pararse a pensar.

Van Gogh Alive – The Experience. Fotograma de «la copia, de la copia, de la copia«, 2019.

El umbral y el sentir

Vivir en automático significa no saber, no ser consciente de dónde estamos, o serlo y no asimilarlo. Cuando estoy en redes, estoy en automático, porque no me permito aburrirme. Mi umbral dopamínico, mi estado basal, se encuentra por las nubes, y de repente, lo cotidiano no suple mis necesidades hormonales. Odio el discurso moralista antirredes —que cada cual haga lo que le venga en gana—, pero odio la dependencia aún más, si cabe. Necesito sentir. Sentir el mundo a mi alrededor, la gente que me acompaña y mis pensamientos. Y no soy capaz. Y como no soy capaz, lo busco. Y como lo busco y no lo encuentro, lo busco más fuerte. Lo fuerzo. Me frustro. Y vuelta a empezar.

En Madrid hace calor en verano. Mucho calor. Tanto calor, que no puedo soportar no vivir como quisiera, mantener mi umbral a un nivel normal. Huyo. Pero, ¿de qué huyo? Quizá no huyo, y me busco, pero no me encuentro. Dicen que es el camino, y no la meta. Dicen que son los musgos, y no la cima. Pero es la incertidumbre sobre si hay siquiera un final la que me insta a buscarlo, y la que me frustra y me hace plantearme si vale la pena el intentar llegar. Por eso, me regocijo en mi nostalgia, porque la nostalgia es consecuencia de la experiencia, y la experiencia no la siento hasta una vez pasada.

No me gusta el calor, pero lo prefiero a que se enfríen las cosas. Me revuelco en el dolor, en el pasado, en el dolor de un pasado mejor, porque lo prefiero a no sentir. Es mejor sentir dolor a no sentir nada, y lo contrario al amor es la indiferencia. Me gustaría bajar mi umbral, porque echo de menos sorprenderme, pero creo que me da miedo. Me da miedo porque bajarlo me haría saciar las ganas de hacer más, de ser más y mejor. 

Echo de menos crear. Echo de menos querer, la ambición y sentir. Echo de menos estar bien, pero ahora no sé si alguna vez lo estuve. Echo de menos Madrid, el calor y aborrecerlo. Echo de menos conocer mi zona de confort para poder salir de ella. Echo de menos dar por sentado; la incertidumbre me agota, pero quizá es incompatible con la intensidad.

Quiero fluir. Quiero construir y sentir que construyo, y quiero no necesitar hacerlo. Quiero sentir que no siento, pero eso siempre me afectó, así que no quiero sentir que siento, ni quiero sentir que no siento.

Quiero y no quiero. Tengo y no tengo. Soy y no soy.

Hace calor en Madrid, pero hoy quiero sentir calor.