Ali es una persona especial. Pero no porque ella lo sea, que también, sino porque nuestra relación lo es. Hace mucho tiempo empezamos a hablar por correo. Dejamos de hacerlo durante más de un año y, a principios de este, retomamos nuestra relación epistolar. No sabría decir con qué frecuencia lo hacemos, pero solemos escribirnos.
Y aunque me encantaría que la gente pudiera entender lo especial que es nuestra relación, creo que mostrar lo que hablamos haría que perdiera parte de su magia. Por eso he decidido escribir sobre ella.
Esta reflexión no es un artículo al uso: es un correo que le envío a Ali, a Rott —como suelo referirme a ella—. Una reflexión sobre la importancia de las cartas y de parar. Sobre la correspondencia en tiempos de lo inmediato. Una lectura un poco densa, comprometida, pero escrita con la misma pausa con la que se escribe una carta, un correo.
EL CORREO

Hola Rott,
Hoy te escribo como nunca antes lo he hecho, porque siempre te he escrito sin ninguna pretensión. Siempre te he escrito por escribir, por romantizar, por soltar. Pero hoy no.
Creo que alguna vez te he hablado de Calle52, y si no lo he hecho sé que alguna vez te he hablado de los artículos que a veces escribo. El problema es que llevo tiempo dejando textos incompletos, no pudiendo mantener mi flujo de pensamiento o, al menos, no sabiendo plasmarlo. Pero el Día de la Hispanidad, por algún motivo que desconozco y quizá durante un paseo, se me ocurrió escribir de lo epistolar, «lo episcopal» como me gusta decir a mí. Y, en cierto modo, se siente un poco escribir sobre nosotros. Desde que no escribo con regularidad, o al menos desde que no escribo por necesidad, me cuesta mucho mantener el hilo, un argumento. Anoche me preguntaba si, quizás, la respuesta a mi problema es tan fácil como escribirte un correo. Así que eso hago.
En la introducción del protoartículo, nos describía de esta manera:
“La chica del Gmail” es quizá la manera en que más comúnmente me refiera a ella, siendo que es de lo más relevante, memorable y fiel a la naturaleza de nuestra relación. En mi bandeja, la etiqueta “correspondencia” recopila mi día a día de no cada día, mis reflexiones pausadas y compartidas con Ali, con la chica del Gmail. Si solo pudiera encontrar la manera de publicar nuestras intimidades, nuestras reflexiones y nuestras entradas… Pero no sé si quiero que exista ese espacio.
Esa pretensión con la que hoy te escribo es la de intentar descubrir qué es aquello que hace una relación epistolar como la nuestra, una carta, un correo, tan especial. Por eso acudo a este espacio que hemos construido —y sobre todo a ti— una vez más en busca de respuestas. Me hace gracia cómo siempre te destaco los mismos aspectos cuando hablamos de este tema: la pausa, la intención, el pensamiento y el tiempo que muy conscientemente se le dedica a una persona cuando cada mensaje requiere que nos sentemos a escribir. Pero no sé si otro punto importante y no tan explorado es que nos fuerza precisamente a eso, a sentarnos a escribir. Creo que muchas veces pecamos, o peco, de excusar cada decisión que dista de la que querríamos haber tomado, o lo que es lo mismo, confirmar nuestro sesgo. Tendemos a evitar el esfuerzo en pos de lo que nos cuesta poco, pero está claro que cuanto más cuestan las cosas, más grande tiende a ser la recompensa.
Y en un mundo en el que la excusa es causa, pero también consecuencia de lo que dejamos de hacer, la solución puede que sea buscar espacios, crear espacios, donde aquello que intentamos excusar valga la pena porque la recompensa es muy tangible. Y creo que en los correos está esa razón, esa excusa; porque mis excusas giran en torno al escribir, y la recompensa es tu respuesta, el correo. Ni siquiera me pregunto si me sentaría a reflexionar frente a la hoja en blanco si no fuera por hablar contigo, porque sé que la respuesta es que no. Y por eso, en cierta medida, agradezco que seas mi excusa para pensar. Te agradezco, if you may.
Rizando un poco el rizo, y en línea con esto mismo, no sería descabellado decir que encontrar el espacio merecedor de nuestra pausa es una forma de encontrarse a uno mismo; al fin y al cabo, la escritura materializa el pensamiento, y plasmar un pensamiento fomenta la autoconciencia, lo que nos ayuda a encontrarnos. Sin embargo, me parece más bonito pensar que es un acto de pura apreciación por la otra persona, que es la muestra más bonita de interés por mantenerla en nuestra vida. En mi caso, y como ya bien sabes, las gestiones del día a día se me hacen un poco cuesta arriba. No me debería costar tanto responder a los mensajes, ni mantener el contacto con los que quiero, pero mi problema es que tiendo a esperar al momento perfecto para hacer las cosas, el momento en el que siento que no pueden postergarse más.
Y aún así las sigo dejando, pensando que se gestionarán solas. Y no se gestionan. ¿Sabes este sentimiento de culpa que te recorre todo el cuerpo cuando tienes que responder a una persona, pero lo has dejado tanto que no importa lo que digas porque va a sonar a excusa? Yo sí que lo conozco, y mucho. Y no me cuesta decir que es algo de lo que me avergüenzo profundamente. Por eso, siempre intento dejarle claro a los míos lo que parece haberse convertido en uno de mis mantras personales: no me hace falta conocerte, porque te siento. Esto significa, en última instancia, que cuando se conecta realmente con una persona los detalles concretos sobre su vida pasan a un segundo plano, cobrando así más relevancia las sinergias y pequeños gestos que viven en lo presencial. Sé que esta dinámica tenía un nombre, pero la verdad es que no lo recuerdo.
Por otra parte, no puedo evitar buscarle una vuelta retorcida: ¿Y si en realidad te escribo más por mí que por ti? ¿Por sentarme a pensar, por sentarme a escribir? ¿Y si, en realidad, te escribo para sentirme mejor conmigo mismo y te utilizo como medio? ¿Le resta eso algo de valor a todo esto? ¿Me hace peor persona? Yo creo que no, o así quiero pensarlo, porque el recurso de que «todos hacemos las cosas para sentirnos mejor con nosotros mismos» me parece un poco simplón y manido. Así que hasta que no encuentre una mejor razón para explicar el porqué te escribo, concluiré que lo hago porque quiero, porque me da la gana y porque lo disfruto.
Aunque, volviendo un poco al quid de la cuestión, me gusta saber que contigo esto no me pasa, o al menos no me pasa tanto. Una vez más, esto se debe a la naturaleza de nuestra relación. Siento que cada respuesta que me das merece de una equivalente, porque las cartas están hechas para ser respondidas, pero los mensajes no necesariamente. Dicen que «el que no responde es porque no quiere, porque un mensaje se responde en un minuto», pero ¿de qué sirve un mensaje sin una intención detrás? De nada, quizás, y por eso es importante encontrarla. Lo que nos aleja, a mi parecer, de poder mantener una constancia en la comunicación instantánea, de los mensajes, es la percepción de que la intención está en el conjunto de la conversación, y no tanto en los mensajes individuales. Con una carta esto no pasa, porque la intención está necesariamente en el mensaje en la misma medida en que lo está en la conversación. El papel de lo epistolar, de la correspondencia, entra así en juego de una manera en que ya te he comentado hace unos párrafos, y también hace unas líneas: como portador de intención.
Pensando sobre las cartas, también pensaba en lo mucho que suponen para nosotros, que vivimos en el mundo de la inmediatez digital, como algo subversivo y muy, muy especial (aunque sea por descarte, nunca mejor dicho). Una carta, que alguna vez fue tan común y corriente, hoy es algo casi performático. Me encantaría poder mandar doscientas, trescientas, infinitas, a las personas que quiero que sepan que me importan, pero la realidad es que mi capacidad de sentarme a hacer cosas es muy limitada. Quisiera escribir más cartas, pero ni siquiera puedo contestar a los mensajes.
Se me ha vuelto a hacer tarde. Supongo que es el resultado de fraccionar el proceso de escribirte, una vez más. Acabo de releerlo todo y me parece que está quedando más como un artículo al uso y no tanto como uno de nuestros correos. La verdad es que he releído también nuestro hilo, no en profundidad pero sí con la intención de encontrar inspiración y citas para este correo, pero son tantas y tan buenas que se me hace complicado seleccionar las más relevantes. La que sí que tengo clara es la que más me gusta de todas:
“No creo que te hayan sabido a poco las cosas. Más bien las engulles con gusto, y quizás es que estás empachado. La experiencia se digiere, tarde o temprano. El cuerpo es sabio y se deja el sufrimiento para después de la intensidad del acontecer. El cuerpo es sabio y elige sus tiempos, pero no puede dejar de estar sometido a su propia corporalidad.»
Esto es lo que me decías allá por abril, cuando yo andaba por tierras uzbekas y escribía sobre el umbral y la experiencia. Fuiste la primera en leer ese texto, y recuerdo pensar, y escribirte, que ojalá todo el mundo que lo leyera pudiera leer tu respuesta, pero me gusta pensar que es una reliquia que guardo conmigo. Siento que hemos dejado un poco atrás esa fase de escribirnos textos «solemnes», como tú me decías, con cada correo, pero en realidad creo que eso está bien. Está bien porque significa que estoy mejor, que tú también lo estás, que hemos por fin normalizado relacionarnos de esta manera y que por fin estamos utilizando la cajita del Gmail para lo que una vez fue diseñada: comunicarnos sin demasiada pretensión, porque para eso están las cartas.
En ese texto, también, te hablaba de mi rechazo a las exposiciones inmersivas —el cual mantengo— y del museo como lugar donde dejarse rozar por lo poco estimulante. Siempre intento hilar lo que escribo con la actualidad cultural de mi Madrid, y aunque en aquel entonces lo hice en forma de statement sobre una exposición a la que me negué ir, esta vez me gustaría hablarte sobre una que deseo visitar: «Robert Capa. Icons» en el Círculo de Bellas Artes. Me encantaría ir porque Robert Capa fue durante mucho tiempo mi fotógrafo favorito —como el de todo joven fotógrafo— y porque llevo mucho sin ir a exposiciones. En un primer momento pensé en relacionar a Capa con las cartas que se escribía con Gerda Taro por aquello de hilarlo con lo que venimos hablando, pero creo que eso sería muy pretencioso. En su lugar, me comprometo a esperarme para que podamos ir juntos cuando vuelvas a Madrid. Que, por cierto, ¿cuándo vuelves?
Un abrazo,
Peponcio.













