Autor: Pepe Megía

  • «Para eso están las cartas». Correspondencia en tiempos de lo inmediato

    «Para eso están las cartas». Correspondencia en tiempos de lo inmediato

    Ali es una persona especial. Pero no porque ella lo sea, que también, sino porque nuestra relación lo es. Hace mucho tiempo empezamos a hablar por correo. Dejamos de hacerlo durante más de un año y, a principios de este, retomamos nuestra relación epistolar. No sabría decir con qué frecuencia lo hacemos, pero solemos escribirnos.

    Y aunque me encantaría que la gente pudiera entender lo especial que es nuestra relación, creo que mostrar lo que hablamos haría que perdiera parte de su magia. Por eso he decidido escribir sobre ella.

    Esta reflexión no es un artículo al uso: es un correo que le envío a Ali, a Rott —como suelo referirme a ella—. Una reflexión sobre la importancia de las cartas y de parar. Sobre la correspondencia en tiempos de lo inmediato. Una lectura un poco densa, comprometida, pero escrita con la misma pausa con la que se escribe una carta, un correo.

    EL CORREO

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    Hola Rott,

    Hoy te escribo como nunca antes lo he hecho, porque siempre te he escrito sin ninguna pretensión. Siempre te he escrito por escribir, por romantizar, por soltar. Pero hoy no.

    Creo que alguna vez te he hablado de Calle52, y si no lo he hecho sé que alguna vez te he hablado de los artículos que a veces escribo. El problema es que llevo tiempo dejando textos incompletos, no pudiendo mantener mi flujo de pensamiento o, al menos, no sabiendo plasmarlo. Pero el Día de la Hispanidad, por algún motivo que desconozco y quizá durante un paseo, se me ocurrió escribir de lo epistolar, «lo episcopal» como me gusta decir a mí. Y, en cierto modo, se siente un poco escribir sobre nosotros. Desde que no escribo con regularidad, o al menos desde que no escribo por necesidad, me cuesta mucho mantener el hilo, un argumento. Anoche me preguntaba si, quizás, la respuesta a mi problema es tan fácil como escribirte un correo. Así que eso hago.

    En la introducción del protoartículo, nos describía de esta manera:

    “La chica del Gmail” es quizá la manera en que más comúnmente me refiera a ella, siendo que es de lo más relevante, memorable y fiel a la naturaleza de nuestra relación. En mi bandeja, la etiqueta “correspondencia” recopila mi día a día de no cada día, mis reflexiones pausadas y compartidas con Ali, con la chica del Gmail. Si solo pudiera encontrar la manera de publicar nuestras intimidades, nuestras reflexiones y nuestras entradas… Pero no sé si quiero que exista ese espacio.

    Esa pretensión con la que hoy te escribo es la de intentar descubrir qué es aquello que hace una relación epistolar como la nuestra, una carta, un correo, tan especial. Por eso acudo a este espacio que hemos construido —y sobre todo a ti— una vez más en busca de respuestas. Me hace gracia cómo siempre te destaco los mismos aspectos cuando hablamos de este tema: la pausa, la intención, el pensamiento y el tiempo que muy conscientemente se le dedica a una persona cuando cada mensaje requiere que nos sentemos a escribir. Pero no sé si otro punto importante y no tan explorado es que nos fuerza precisamente a eso, a sentarnos a escribir. Creo que muchas veces pecamos, o peco, de excusar cada decisión que dista de la que querríamos haber tomado, o lo que es lo mismo, confirmar nuestro sesgo. Tendemos a evitar el esfuerzo en pos de lo que nos cuesta poco, pero está claro que cuanto más cuestan las cosas, más grande tiende a ser la recompensa.

    Y en un mundo en el que la excusa es causa, pero también consecuencia de lo que dejamos de hacer, la solución puede que sea buscar espacios, crear espacios, donde aquello que intentamos excusar valga la pena porque la recompensa es muy tangible. Y creo que en los correos está esa razón, esa excusa; porque mis excusas giran en torno al escribir, y la recompensa es tu respuesta, el correo. Ni siquiera me pregunto si me sentaría a reflexionar frente a la hoja en blanco si no fuera por hablar contigo, porque sé que la respuesta es que no. Y por eso, en cierta medida, agradezco que seas mi excusa para pensar. Te agradezco, if you may.

    Rizando un poco el rizo, y en línea con esto mismo, no sería descabellado decir que encontrar el espacio merecedor de nuestra pausa es una forma de encontrarse a uno mismo; al fin y al cabo, la escritura materializa el pensamiento, y plasmar un pensamiento fomenta la autoconciencia, lo que nos ayuda a encontrarnos. Sin embargo, me parece más bonito pensar que es un acto de pura apreciación por la otra persona, que es la muestra más bonita de interés por mantenerla en nuestra vida. En mi caso, y como ya bien sabes, las gestiones del día a día se me hacen un poco cuesta arriba. No me debería costar tanto responder a los mensajes, ni mantener el contacto con los que quiero, pero mi problema es que tiendo a esperar al momento perfecto para hacer las cosas, el momento en el que siento que no pueden postergarse más.

    Y aún así las sigo dejando, pensando que se gestionarán solas. Y no se gestionan. ¿Sabes este sentimiento de culpa que te recorre todo el cuerpo cuando tienes que responder a una persona, pero lo has dejado tanto que no importa lo que digas porque va a sonar a excusa? Yo sí que lo conozco, y mucho. Y no me cuesta decir que es algo de lo que me avergüenzo profundamente. Por eso, siempre intento dejarle claro a los míos lo que parece haberse convertido en uno de mis mantras personales: no me hace falta conocerte, porque te siento. Esto significa, en última instancia, que cuando se conecta realmente con una persona los detalles concretos sobre su vida pasan a un segundo plano, cobrando así más relevancia las sinergias y pequeños gestos que viven en lo presencial. Sé que esta dinámica tenía un nombre, pero la verdad es que no lo recuerdo.

    Por otra parte, no puedo evitar buscarle una vuelta retorcida: ¿Y si en realidad te escribo más por mí que por ti? ¿Por sentarme a pensar, por sentarme a escribir? ¿Y si, en realidad, te escribo para sentirme mejor conmigo mismo y te utilizo como medio? ¿Le resta eso algo de valor a todo esto? ¿Me hace peor persona? Yo creo que no, o así quiero pensarlo, porque el recurso de que «todos hacemos las cosas para sentirnos mejor con nosotros mismos» me parece un poco simplón y manido. Así que hasta que no encuentre una mejor razón para explicar el porqué te escribo, concluiré que lo hago porque quiero, porque me da la gana y porque lo disfruto.

    Aunque, volviendo un poco al quid de la cuestión, me gusta saber que contigo esto no me pasa, o al menos no me pasa tanto. Una vez más, esto se debe a la naturaleza de nuestra relación. Siento que cada respuesta que me das merece de una equivalente, porque las cartas están hechas para ser respondidas, pero los mensajes no necesariamente. Dicen que «el que no responde es porque no quiere, porque un mensaje se responde en un minuto», pero ¿de qué sirve un mensaje sin una intención detrás? De nada, quizás, y por eso es importante encontrarla. Lo que nos aleja, a mi parecer, de poder mantener una constancia en la comunicación instantánea, de los mensajes, es la percepción de que la intención está en el conjunto de la conversación, y no tanto en los mensajes individuales. Con una carta esto no pasa, porque la intención está necesariamente en el mensaje en la misma medida en que lo está en la conversación. El papel de lo epistolar, de la correspondencia, entra así en juego de una manera en que ya te he comentado hace unos párrafos, y también hace unas líneas: como portador de intención.

    Pensando sobre las cartas, también pensaba en lo mucho que suponen para nosotros, que vivimos en el mundo de la inmediatez digital, como algo subversivo y muy, muy especial (aunque sea por descarte, nunca mejor dicho). Una carta, que alguna vez fue tan común y corriente, hoy es algo casi performático. Me encantaría poder mandar doscientas, trescientas, infinitas, a las personas que quiero que sepan que me importan, pero la realidad es que mi capacidad de sentarme a hacer cosas es muy limitada. Quisiera escribir más cartas, pero ni siquiera puedo contestar a los mensajes.

    Se me ha vuelto a hacer tarde. Supongo que es el resultado de fraccionar el proceso de escribirte, una vez más. Acabo de releerlo todo y me parece que está quedando más como un artículo al uso y no tanto como uno de nuestros correos. La verdad es que he releído también nuestro hilo, no en profundidad pero sí con la intención de encontrar inspiración y citas para este correo, pero son tantas y tan buenas que se me hace complicado seleccionar las más relevantes. La que sí que tengo clara es la que más me gusta de todas:

    “No creo que te hayan sabido a poco las cosas. Más bien las engulles con gusto, y quizás es que estás empachado. La experiencia se digiere, tarde o temprano. El cuerpo es sabio y se deja el sufrimiento para después de la intensidad del acontecer. El cuerpo es sabio y elige sus tiempos, pero no puede dejar de estar sometido a su propia corporalidad.»

    Esto es lo que me decías allá por abril, cuando yo andaba por tierras uzbekas y escribía sobre el umbral y la experiencia. Fuiste la primera en leer ese texto, y recuerdo pensar, y escribirte, que ojalá todo el mundo que lo leyera pudiera leer tu respuesta, pero me gusta pensar que es una reliquia que guardo conmigo. Siento que hemos dejado un poco atrás esa fase de escribirnos textos «solemnes», como tú me decías, con cada correo, pero en realidad creo que eso está bien. Está bien porque significa que estoy mejor, que tú también lo estás, que hemos por fin normalizado relacionarnos de esta manera y que por fin estamos utilizando la cajita del Gmail para lo que una vez fue diseñada: comunicarnos sin demasiada pretensión, porque para eso están las cartas.

    En ese texto, también, te hablaba de mi rechazo a las exposiciones inmersivas —el cual mantengo— y del museo como lugar donde dejarse rozar por lo poco estimulante. Siempre intento hilar lo que escribo con la actualidad cultural de mi Madrid, y aunque en aquel entonces lo hice en forma de statement sobre una exposición a la que me negué ir, esta vez me gustaría hablarte sobre una que deseo visitar: «Robert Capa. Icons»  en el Círculo de Bellas Artes. Me encantaría ir porque Robert Capa fue durante mucho tiempo mi fotógrafo favorito —como el de todo joven fotógrafo— y porque llevo mucho sin ir a exposiciones. En un primer momento pensé en relacionar a Capa con las cartas que se escribía con Gerda Taro por aquello de hilarlo con lo que venimos hablando, pero creo que eso sería muy pretencioso. En su lugar, me comprometo a esperarme para que podamos ir juntos cuando vuelvas a Madrid. Que, por cierto, ¿cuándo vuelves?

    Un abrazo, 

    Peponcio.

  • OKGo y la creatividad sin medios

    OKGo y la creatividad sin medios

    La magia del videoclip reside en su capacidad de darle vida a las ideas expresadas a través de la música. Sin embargo, en algunos casos la relación entre un vídeo y una canción es tan simbiótica que el uno no se entendería sin la otra. Y para ello, la creatividad es más importante que los medios.

    Aún recuerdo las largas noches de estudio, con el papel en una mano y el ratón en la otra, viendo las recomendaciones que YouTube me hacía de vídeos que pensaba que podrían interesarme. Aún recuerdo ver los videoclips, todos y cada uno de ellos, que me hacían percibir las canciones de otra manera.

    Hace no tanto, YouTube me volvió a recomendar uno de esos vídeos: “A Stone Only Rolls Downhill”, de la banda americana OKGo. Al comienzo, un mensaje en pantalla: “64 videos on 64 phones”. Lo que parecía un vídeo común, normal y corriente, fue transformándose poco a poco hasta rozar casi lo absurdo. Cada uno de esos 64 teléfonos reproducía un vídeo individual, sincronizado meticulosamente para formar un mosaico en movimiento que hace cuestionarse los límites de lo posible.

    Y entonces, comenzó mi hiperfijación. No sabía que se podían ver todos los videoclips de una banda seguidos en una sola noche, pero cada uno me parecía mejor que el anterior. Desde elaboradas máquinas de Rube Goldberg hasta una coreografía en gravedad cero, todos cuentan con ese “algo” especial que te hace querer volver a verlo.

    En mi fiebre del momento me topé con un vídeo que, sin haber visto antes, me resultaba muy familiar. Cuatro tíos, vestidos de camisa hortera y corbata, saltaban y bailaban en ocho máquinas de correr con una puesta en escena simple, pero hipnótica. Al parecer, “Here We Go Again” fue, allá por 2006, uno de los contenidos más vistos de todo YouTube. Cuando se me ocurrió mirar en los comentarios, uno me llamó especialmente la atención:

    “Recuerdo que durante mis prácticas en un estudio, uno de los directores nos enseñó sobre la creatividad con recursos limitados en el cine. Usó este videoclip como ejemplo, mostrando que todo lo que se necesitaba era el ángulo de cámara adecuado y un poco de creatividad para hacer un vídeo entretenido. Todavía me encanta volver a esto y maravillarme con la coreografía.”

    “Creatividad con recursos limitados”, pensé. Me dio por preguntarme hasta qué punto la falta de recursos puede ser motor de la creatividad, la chispa de las buenas ideas. En Brasil, existe el concepto de la gambiarra para referirse a “el arte de apañarse con lo que se tiene”. En la India, a esto se le conoce como jugaad, y tanto la una como la otra no dejan de ser ejemplos de innovación frugal: la capacidad de crear soluciones efectivas y económicas usando recursos limitados. Damian Kulash, vocalista de OKGo y director de sus videoclips, abordaba este tema en uno de sus making-offs:

    “Nuestros vídeos siempre empiezan con ideas locas y ambiciosas, pero todo el mundo puede tener ideas locas. La parte complicada es hacer que pasen, traerlas a la realidad, y eso requiere de mucha gente con una predisposición y un skillset muy específicos. […] Tienes que navegar las realidades de tus recursos limitados, y ver qué puedes hacer con lo que tienes a tu disposición. Pero eso requiere una forma de pensar muy concreta.”

    El discurso de que se necesita dinero, medios, recursos, para crear, es el “lo dejo cuando quiera” y el “mañana me pongo” del creativo. Creemos que necesitamos que todo esté perfecto para poder ponernos a trabajar, pero lo único que necesitamos es eso, ponernos a trabajar. El éxito -o el fracaso- de una idea, de un proyecto, depende, muchas veces, de una suerte de intransigencia sana que nos hace intentarlo, intentarlo y volver a intentarlo. 

    ¿Cómo surgen las ideas?

    Sin embargo, muchas veces lo difícil no es intentarlo, sino saber dónde enfocar nuestros esfuerzos y discernir si vale la pena hacerlo. En su icónica TED talk, Damian describe el proceso de tener una idea como algo no lineal, que no depende de la voluntad de tenerla ni del tiempo que se le dedique. Habla de ponerse a sí mismo en situaciones donde las ideas vuelen y se encuentren latentes, en el aire, esperando a ser cogidas. Y cogerlas. Muchas veces un concepto no es fruto de la inspiración repentina, sino de la suma de pequeñas partes que por sí mismas tienen un significado muy distinto al que tienen en conjunto. Según sus propias palabras,

    “tendemos a pensar en la creatividad como un estallido de ideas que simplemente llevas a cabo, pero realmente es un proceso en el que persigues objetivos. Es cuando intentas llevarlas a cabo que lo que es y no es posible aparece visible. Las ideas fracasan cuando pensamos que se empieza con un concepto claro y que sabemos exactamente hacia dónde se dirige.”

    Pero el foco está, o lo quiero poner, en ponerse a uno mismo en situaciones. En línea con el discurso de la importancia del vivir experiencias, la mejor manera de vivir, de sentir, es queriendo hacerlo proactivamente. Las ideas son consecuencia de las situaciones en las que nos ponemos, y muchas veces nos enfocamos de más en tenerlas y nos olvidamos del proceso. Tenemos que coger las cosas que nos rodean, aquellas a las que todos tenemos acceso, y hacer algo distinto con ellas. Y ahí está la magia. La creatividad.

    Lo cercano y la creación

    Creo que es más fácil cogerle cariño a aquello que nos ha supuesto una inversión cuantificable, porque el valor de partida es materialmente mayor. Sin embargo, creo también que el cariño que deriva de transformar lo aparentemente vulgar, sin valor, en objeto de deseo, es más fuerte, más especial. Y eso se nota. 

    A pesar de todo lo que ha hecho la banda, a día de hoy muchos los conocen como “los de la máquina de correr”, según expresa el propio Damian. Irónicamente, es también uno de los vídeos menos elaborados de toda su carrera. ¿Quizá es porque es una muestra de creatividad bruta e innegable? ¿O simplemente fue el primero?

    Es posible que la fascinación que nos genera lo que percibimos como frugal surja del sentirlo cercano. El ser humano tiene la tendencia -o necesidad- de identificarse con su entorno. Cuando nos sentimos cercanos a aquello que nos gusta, nos inspira. Keith Haring o Basquiat son referentes de tantos jóvenes artistas porque al percibirlos replicables, fomentan la creación. Y es en ese proceso, en esa búsqueda de la réplica, en la cercanía, que uno encuentra las ideas, la inspiración y a sí mismo. El creativo es hambriento e inquieto por naturaleza, pero el no consumar ese hambre no implica menos creatividad. Por eso, nuestra primera batalla debería ser contra nuestros propios sesgos, aceptar que el medio es independiente de la voluntad del crear. Hay que despertar, ponerse a hacer cosas y dejar de culpar al resto de nuestros propios fallos.

    Hace menos de un mes, OKGo lo volvió a hacer. El nuevo videoclip para su canción “Love” ha conseguido, una vez más, ese momento “wow” que, con un poco de suerte, hará que alguien indague hasta toparse con las máquinas de correr. El máximo exponente de su filosofía, y ese “algo” que parece tan abstracto y lejano, se entiende gracias a una de sus grandes citas:

    “We invested all this time and effort so you could have 3 minutes of wow in your day, and a real sense of joy about other humans in the world.”

  • El umbral o sentir hasta no sentir

    El umbral o sentir hasta no sentir

    ¿Y si no fuera cuestión de vivir más experiencias, sino que hemos perdido la capacidad para sentirlas? ¿Qué pueden decirnos nuestros sentimientos sobre el umbral y la intensidad?

    En Madrid hace calor en verano, o eso es lo que me digo para justificar el no estar. Últimamente estoy saliendo de mi burbuja, dándome cuenta de que mi vida no es vida, es sueño.

    Hace poco, o no tan poco, escribía sobre el umbral. Para variar, nunca terminé. Cuando Inés, la misma persona que me habló sobre los musgos, me explicó por qué soy un intenso, resoné con sus palabras. Me dijo que me aburro fácil, que cualquier experiencia me sabe a poco y que necesito frenesí. Pero Inés me conoció en 2023, y quizá la idea que tiene de mí es la de entonces.

    Cuando me dijo eso, pensé en el umbral. Según lo definía, es algo así como el estado basal, en reposo, con el que comparamos aquello que nos pasa. Cuando tenemos el umbral bajo, casi toda experiencia es válida. Cuando lo tenemos por las nubes, nada nos es suficiente, nos asusta aburrirnos. Es entonces cuando surge la espiral. La espiral del malestar, de la falta de calma, de la somatización del estrés y la infelicidad. Cuando nada es suficiente, la búsqueda de experiencias opaca las experiencias en sí mismas. Es un arma de doble filo.

    Algo parecido ocurre con la ambición. ¿Cuánto éxito es suficiente? La respuesta es fácil: nunca es suficiente. Aquellos momentos en los que somos conscientes de nuestras experiencias, de nuestro éxito, es cuando lo somos también de nuestro umbral. Por eso, existe una relación simbiótica entre la ambición y el arrepentimiento, entre la experiencia y la nostalgia. La una vive de la otra, la otra vive de la una.

    2023 no me fue suficiente, me supo a poco. Objetivamente fue un año extraordinariamente cargado de experiencias, pero mi umbral me cegaba en todo momento. Recuerdo pensar, ya por entonces, que mis emociones no iban acorde con las que se esperaría que tuviera. Simplemente, dejé de sentir. Si nada era suficiente, entonces, ¿qué podría serlo? Dos años después, pega la nostalgia, el arrepentimiento. Nostalgia por la voluntad de volver a vivir las experiencias; arrepentimiento por no haberlas valorado suficiente.

    Tiene gracia escribir esto desde Bukhara, a casi seis mil kilómetros de casa, pero es ahora que estoy volviendo a darme cuenta de dónde está mi umbral. Estoy mirando una madrasa, la más bonita que he visto nunca, y creo que es por el contexto pero pienso en lo increíble de crear. Pienso en que, muchas veces, no es sino hasta que chocamos con el muro del bloqueo creativo que nos damos cuenta del privilegio que es la inspiración. Anhelamos una época en que dábamos la creación por sentado, pero que no la valorábamos porque nos sabía a poco. Una vez más, se repite el ciclo: umbral, nostalgia, arrepentimiento.

    Madrasa Nadir Devonbegi, Bukhara, Uzbekistán.

    Arte en tiempos de intensidad

    Allá por 2018, fui por primera vez a una exposición inmersiva. Era de Van Gogh, con pantallas gigantes y proyecciones 360. Hoy me han ofrecido ir a la del Titanic, en Madrid hasta el 1 de junio y con una propuesta parecida. Pero dije que no. Me da un poco de rabia depender de grandes estímulos y de pantallas para poder disfrutar de la cultura, aunque en el fondo lo entiendo. Hace no tanto, los museos eran uno de los pocos lugares donde uno podía, con algo de esfuerzo, dejarse tocar por lo poco estimulante. Ahora, parece que incluso ese espacio ha sido arrasado por la lógica del estímulo. Las experiencias inmersivas prometen hacernos “sentir más”, “más rápido” y “más intensamente”. Ya no basta con mirar a Van Gogh: hay que estar dentro de él, rodeado de pantallas, de sonido, de movimiento. Y lo entiendo, pero también me da rabia. Creo que debe fomentarse el predisponerse a ciertas experiencias, el aprender a controlar nuestro umbral. Quizá el esfuerzo consciente que implica bajarlo no compense con los beneficios de hacerlo, pero eso uno nunca lo sabe hasta que lo prueba. Para sentir hay que querer sentir, y para querer sentir hay que pararse a pensar.

    Van Gogh Alive – The Experience. Fotograma de «la copia, de la copia, de la copia«, 2019.

    El umbral y el sentir

    Vivir en automático significa no saber, no ser consciente de dónde estamos, o serlo y no asimilarlo. Cuando estoy en redes, estoy en automático, porque no me permito aburrirme. Mi umbral dopamínico, mi estado basal, se encuentra por las nubes, y de repente, lo cotidiano no suple mis necesidades hormonales. Odio el discurso moralista antirredes —que cada cual haga lo que le venga en gana—, pero odio la dependencia aún más, si cabe. Necesito sentir. Sentir el mundo a mi alrededor, la gente que me acompaña y mis pensamientos. Y no soy capaz. Y como no soy capaz, lo busco. Y como lo busco y no lo encuentro, lo busco más fuerte. Lo fuerzo. Me frustro. Y vuelta a empezar.

    En Madrid hace calor en verano. Mucho calor. Tanto calor, que no puedo soportar no vivir como quisiera, mantener mi umbral a un nivel normal. Huyo. Pero, ¿de qué huyo? Quizá no huyo, y me busco, pero no me encuentro. Dicen que es el camino, y no la meta. Dicen que son los musgos, y no la cima. Pero es la incertidumbre sobre si hay siquiera un final la que me insta a buscarlo, y la que me frustra y me hace plantearme si vale la pena el intentar llegar. Por eso, me regocijo en mi nostalgia, porque la nostalgia es consecuencia de la experiencia, y la experiencia no la siento hasta una vez pasada.

    No me gusta el calor, pero lo prefiero a que se enfríen las cosas. Me revuelco en el dolor, en el pasado, en el dolor de un pasado mejor, porque lo prefiero a no sentir. Es mejor sentir dolor a no sentir nada, y lo contrario al amor es la indiferencia. Me gustaría bajar mi umbral, porque echo de menos sorprenderme, pero creo que me da miedo. Me da miedo porque bajarlo me haría saciar las ganas de hacer más, de ser más y mejor. 

    Echo de menos crear. Echo de menos querer, la ambición y sentir. Echo de menos estar bien, pero ahora no sé si alguna vez lo estuve. Echo de menos Madrid, el calor y aborrecerlo. Echo de menos conocer mi zona de confort para poder salir de ella. Echo de menos dar por sentado; la incertidumbre me agota, pero quizá es incompatible con la intensidad.

    Quiero fluir. Quiero construir y sentir que construyo, y quiero no necesitar hacerlo. Quiero sentir que no siento, pero eso siempre me afectó, así que no quiero sentir que siento, ni quiero sentir que no siento.

    Quiero y no quiero. Tengo y no tengo. Soy y no soy.

    Hace calor en Madrid, pero hoy quiero sentir calor.

  • La ciudad como zoo: Aislamiento social y fotografía urbana

    La ciudad como zoo: Aislamiento social y fotografía urbana

    Somos criaturas sociales. Como especie, estar en compañía trasciende el disfrute y pasa a ser necesidad para la supervivencia y desarrollo. La tendencia del hombre a agruparse es la que suscitó su paso de nómada a sedentario, y del asentamiento a la estructura social.

    La transición de la tribu al pueblo, y del pueblo a la ciudad, parece positiva en términos evolutivos: cuanto más avanzada una sociedad, más sencilla es la vida para sus habitantes. Sin embargo, la rapidez del cambio de lo primitivo a lo moderno implica que, aún habiéndonos adaptado a la comodidad de la metrópoli, seguimos viviendo en condiciones antinaturales. Nos hicimos urbanos antes de serlo biológicamente. La evolución no nos ha alcanzado, y de la disonancia surge el malestar.

    En 1969, Desmond Morris hablaba del “Zoo Humano”. En su libro, a medio camino entre etología y sociología, compara al ciudadano con el animal en cautiverio a partir del análisis de sus comportamientos. Para él, el hecho de que los animales “bajo circunstancias normales, en sus hábitats naturales, no se automutilan, masturban, desarrollan úlceras estomacales, sufren de obesidad […]” mientras que “entre los urbanitas, como es evidente, todas estas cosas ocurren”, es un reflejo de la ciudad como antihábitat. El hombre primitivo tenía una necesidad de territorio y espacios. El hombre moderno, por su parte, decidió olvidarse de su naturaleza para cubrir sus necesidades a costa de su espacio personal. Nos empeñamos en pensar que vivimos en junglas de asfalto cuando, la realidad, es que vivimos en zoos humanos. Esto, a menudo, deriva en un deterioro del entorno relacional del individuo y en un profundo sentimiento de soledad.

    Transeúnte por Madrid, 2019. Pepe Megía.

    La importancia de decorar tu habitación

    Aunque hay muchos prismas desde los que abordar esta cuestión, creo que el más interesante es el de la necesidad de conectar. La idea de la urbe como antihábitat surge, en esencia, de la necesidad humana de afecto, de conexión, que cuando no se ve cubierta aturde. Quizá más que aturdir confunde, desconcierta, y la incertidumbre no permite actuar con claridad. El humano se ha propuesto encontrar una respuesta lógica a su entorno, a comprenderlo, a controlarlo; sin embargo, hay ocasiones en que nuestra propia naturaleza se le escapa a la razón.

    Y es que la conexión no es solo entre individuos. Nuestra necesidad de trascendencia es el motor del arte, de la vida, y de la búsqueda de la esencia. La importancia de encontrar nuestra esencia reside en la necesidad de plasmarla en el espacio físico, de hacer nuestro lo que nos rodea. Cuando Morris habla de la privación de territorio, establece una relación indirecta entre la soledad y la percepción de nuestro espacio. Si ya de por sí nuestro entorno nos empuja al aislamiento, la percepción del habitáculo como celda en vez de hogar depende de lo nuestro que lo sintamos. La vivienda es dónde vivimos; el hogar, cómo lo sentimos.

    En muchas ciudades, especialmente entre los jóvenes, la dificultad de acceder a una vivienda propia hace del hogar un lugar transitorio, más parecido a una jaula que a un refugio. La incertidumbre sobre la permanencia en un espacio impide construir un sentido de arraigo, y un apartamento deja de ser hogar cuando no podemos apropiarnos de él. La ciudad, que debería ofrecer estabilidad y comunidad, se convierte así en un espacio de paso, donde las relaciones con el entorno y con otros son necesariamente efímeras.

    La razón, según Morris, es que hemos evolucionado para vivir en grupos no mayores de 150 individuos, y establecer una conexión emocional en comunidades más grandes es prácticamente imposible. El hombre urbano se cruza con miles de personas cada día sin poder interactuar ni relacionarse con ellas. En respuesta, opta por actuar como si no estuvieran allí, relegando a quienes lo rodean a un segundo plano, donde se difuminan y se vuelven parte del paisaje. Como no podemos gestionar emocionalmente la multitud que nos rodea, recurrimos a la indiferencia. No es hostilidad, es autopreservación: la interacción con desconocidos consume energía sin ofrecer la recompensa emocional de las relaciones significativas. Es así como la ciudad, con su sobreabundancia de estímulos y su densidad poblacional aplastante, empuja necesariamente al aislamiento.

    Transeúnte en Picadilly, 2018. Pepe Megía.

    Indiferencia y fotografía

    Paradójicamente, es esta indiferencia ante el prójimo que fomenta el desarrollo de disciplinas como la fotografía callejera. El entorno urbano es ideal para el fotógrafo y el flâneur, porque se infiere que el sujeto permanecerá ajeno a la presencia del observador. Bruce Gilden, leyenda viva de la agencia Magnum, ejemplifica este principio en su serie Facing New York. A pesar de su técnica intrusiva, violenta y abrupta, con flash en mano y gran angulares, asegura jamás haber tenido problemas ni enfrentamientos directos. En una entrevista para WYNC, reconoció que “mucha gente que camina por la ciudad está perdida en sus pensamientos, y no presta atención a la cámara”.

    Quizá por eso la fotografía callejera engancha como ninguna otra. Que el arte de transmitir no resida en la exposición, sino en la composición y espontaneidad, la hace tan accesible como lejana. Aquí no vale con saber: hay que sentir. Sentir el ambiente, el contexto, la calle, la gente. El instinto del fotógrafo, el “ojo”, puede que tenga una raíz mucho más sociológica que artística. Implica anticiparse, abraza la indiscreción y obliga a convertir la cámara en una extensión de la mirada. El paso de transeúnte a observador activo solo requiere de dos elementos: agallas y una cámara. Así que tú, que compraste una compacta para sacarla de fiesta, o tú, que guardas la antigua digital de tus padres, ¡saca tu cámara y ponte a observar!

  • El error y la creación: Por qué lo tangible nos conecta con lo humano

    El error y la creación: Por qué lo tangible nos conecta con lo humano

    Me gusta escribir a mano, me gusta mi Polaroid y, en general, me gusta lo físico. Creo que hay algo especial en lo tangible; un cariño, un sentimiento, un afecto… diferente. Parece mentira que en el mundo de lo digital la tendencia vuelva a ser lo analógico, pero es ese “nosequé” que enamora de un vinilo, de un carrete o de un abrazo que nos conecta con lo auténtico, lo humano.

    El error y la creación

    El primer instinto, quizá, sea el de relacionar lo físico con lo finito; sin embargo, puede que la clave esté más en lo permanente. Creo que el concepto de no poder ignorar los errores otorga ese punto de realismo del que muchas veces carece lo digital, que en cierta medida engancha pero que, sobre todo, obliga a pensar antes de hacer.

    María en Chipre. 2022.

    Van Neistat decía, en su vídeo sobre el porqué de escribir con máquina, que es el concepto de plasmar pensamientos sin tapujos lo que permite “capturar nuestra voz”. La simbiosis entre lo que piensa nuestra mente y lo que escriben nuestras manos se alcanza al entender que las palabras, aunque no definitivas, adquieren otra dimensión en el momento en el que se escriben sobre papel. Aunque dicen que el mayor enemigo del creativo es la falta de inspiración, si hay algo peor que la página en blanco es la página en limpio. El miedo a no cumplir, a las expectativas -tanto propias como ajenas-, parece el principal obstáculo para la producción cuando, lejos de ser un problema, el error es el testimonio de la evolución de las ideas. Así, en lo físico, la imperfección se convierte en declaración de intenciones: marca la diferencia entre lo infinitamente editable y lo que reclama nuestra atención aquí y ahora.

    Polloglifos, pentimenti y trascendencia

    Leía hoy en las noticias sobre los polloglifos, las imágenes ocultas detrás de las pinturas de Pollock. Parecen haberse encontrado pinturas previas al goteo con imágenes recurrentes de licores, autorretratos, monos, payasos y elefantes, despertando un debate sobre su intencionalidad y conexión con su salud mental. Aunque no necesariamente iguales, la idea del polloglifo me hizo pensar en un concepto al que se me introdujo hace muy poco: el pentimento. En el mundo del arte, los pentimenti (plural del italiano “arrepentimento”) son cambios visibles o alteraciones en una obra que revelan las modificaciones durante su creación. El Matrimonio Arnolfini, de Van Eyck; el Salvator Mundi, de Da Vinci; o El viejo guitarrista, de Picasso, contienen algunos de los pentimenti más conocidos. A raíz de este fenómeno, me surgía la pregunta: ¿cuándo es que una obra puede permitirse mostrarse imperfecta?  A lo que mi instinto me responde que casi siempre, pues es el error, la iteración visible, lo que conecta con lo profundamente humano.

    Tienda Olivetti

    En una cultura de inmediatez digital, de gratificación instantánea y dopamina fácil quizá buscamos un refugio en lo tangible. El renacimiento de la fotografía analógica, el resurgir de las handycam o la vuelta a la escritura a mano no son simples nostalgias pasajeras, sino ejemplos de un deseo de conexión más profunda con lo que hacemos. Cuando cada disparo o pincelada es (casi) definitivo, nos comprometemos más con la obra y con nosotros mismos. La apreciación intencional, tan propia del flâneur y tan familiar para el snob, es casi una meditación que nos reconecta con nuestra verdadera esencia.

    Hará cosa de dos años, hablaba con Inés sobre el camino y el final. Usando el símil de una ruta en la montaña, ella me recriminaba el cómo vivo demasiado enfocado en llegar a la cima como para pararme a observar los musgos del camino. Me reí. Yo le dije que si la vida es mirar musgos, no hay motivación para llegar a la cima. Se rió. Cuando volvía a hablar de esto con Alberto, que está mucho más enfocado en llegar a la cima que yo, creo que entendí lo que decía Inés sobre mirar los musgos. Discutimos sobre la gratificación tardía, que cuando algo no está a un clic de distancia, invertir tiempo y esfuerzo otorga a la experiencia un valor distinto: no solo es el resultado final, sino el trayecto mismo el que adquiere significado. Lo físico nos empuja a tomarnos un tiempo para cada decisión.

    Jackson Pollock. Tony Vaccaro.

    Tal vez, en el fondo, buscamos aquello que nos ancle al presente. Es curioso como, tanto lo positivo como lo negativo del digital, sea una hiperconectividad que aísla y reúne al mismo tiempo. Quedar con alguien en una fecha, en un lugar, y confiar en que aparecerá a la hora acordada, es un acto que roza lo subversivo en una época en que todo es modificable al instante y a golpe de mensaje. La duda, la espera, la anticipación, forman parte de la experiencia de lo humano, pero cada vez más nos esforzamos en eliminar cualquier tipo de incertidumbre con herramientas que, en teoría, facilitan nuestra vida, pero que en realidad nos sumergen en un flujo constante de ansiedad, reajustes y microgestión. Lo físico, lo definitivo, lo que no puede corregirse sin dejar una huella, nos devuelve el control sobre nuestro propio tiempo. Y eso está bien.