Categoría: Cine

  • El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    Hay un momento en la vida en el que tus padres empiezan a dejar de ser figuras intocables para convertirse, aunque solo sea en parte, en personas de carne y hueso. Es una transición extraña, llena de recovecos y calles sin salida, y que probablemente nunca llega a completarse del todo.

    En las relaciones familiares existen roles muy rígidos: el hijo, el padre, la madre, el abuelo. Y para romperlos, cada uno tendría que empezar a actuar como realmente es, sin respetar esas normas invisibles que sostienen la familia y correr el riesgo de dejar de ser, aunque solo sea por un momento, padre e hijo, para convertirse simplemente en dos personas.

    Cuando cruzas la mayoría de edad, y sobre todo cuando eres un adulto joven, empiezas a darte cuenta del peso de esos roles. De cómo la imagen que tus padres tienen de ti muchas veces ya no se corresponde con quien eres realmente, pero también de cómo la imagen que tú tienes de ellos está construida sobre apenas un pequeño fragmento de sus vidas. Conoces a tus padres como padres, pero no como personas completas. No sabes cómo eran antes de ti, qué les aterraba, qué querían ser, qué decisiones les persiguen todavía hoy.

    En ese espacio aparece El Sur, la película de Víctor Erice estrenada en 1983. La historia se cuenta a través de los ojos de una niña que vive con sus padres en un pueblo perdido del norte de España e intenta descifrar la vida y el comportamiento de su padre. Es una de esas películas que parece más un recuerdo arrancado de la psique de alguien que una ficción. Todo tiene esa sensación borrosa de la infancia, donde las cosas suceden delante de ti, pero nunca acabas de entenderlas del todo.

    Yo también recuerdo las visitas de familiares sin saber muy bien quiénes eran ni de dónde venían. Las fotos en blanco y negro de gente muy seria, con traje, en calles de un Madrid irreconocible. Recuerdo asumir la existencia de mi abuela sin plantearme jamás que había tenido una vida larguísima antes de que yo naciera. Nunca pensé de dónde habían salido todos los objetos de su casa, por qué cocinaba tan bien, o por qué había personas de las que nunca se hablaba. Y aunque parece que con la edad uno sale de ese estado de niebla, creo que es mucho más común de lo que parece seguir viviendo así, rodeado de personas cuya historia desconocemos casi por completo.

    Hay decisiones de un familiar que a ti pueden parecerte incomprensibles y que en realidad llevan gestándose veinte años. Hay silencios que empezaron antes incluso de que nacieras. Y muchas veces heredamos consecuencias sin haber conocido jamás el origen. Tú que estás leyendo esto, ¿sabes dónde nacieron tus bisabuelos, a qué se dedicaban, si emigraron, si lucharon en alguna guerra, cómo murieron? Yo no es que no lo supiera: es que nunca me lo había planteado. Y si no conoces esas vidas, ¿conoces realmente a tus abuelos? ¿A tus padres? ¿A ti mismo?

    Otra película que trata este tema es Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier y probablemente mi película favorita de 2025. Pero mientras El Sur habla del misterio familiar, Sentimental Value habla de la herencia emocional. Durante toda la película, las generaciones anteriores acechan a los personajes como fantasmas. La casa familiar funciona como un punto de conexión físico, mientras que las historias, traumas y silencios familiares actúan como una conexión invisible que atraviesa a todos los personajes.

    Esto se refleja especialmente en la historia de la abuela de la protagonista, que sufrió torturas durante la ocupación nazi y terminó quitándose la vida años después del final de la guerra. Ese dolor atraviesa después la vida de Gustav, luego la relación con sus hijas Nora y Agnes, y finalmente la del hijo de Agnes. Lo más devastador es que Agnes tiene que reconstruir parte de la historia de su propia familia a través de archivos y documentos de biblioteca, porque probablemente su padre nunca fue capaz de contarlo del todo. Y ahí la película muestra algo muy real: las familias muchas veces funcionan como historias incompletas, transmitidas a trozos, deformadas por la memoria y por aquello que cada uno decide callarse.

    En El Sur, sin embargo, hay todavía menos respuestas. La vida de la madre permanece casi completamente oculta, y la del padre se intenta reconstruir a través de conversaciones ajenas, cartas secretas, discusiones escuchadas detrás de puertas cerradas o pequeños gestos imposibles de interpretar cuando eres niño. Nunca llegas a comprender realmente quién era, igual que ocurre en la vida real. No existen archivos ni explicaciones definitivas, solo restos dispersos de una vida anterior que el tiempo vuelve cada vez más borrosos.

    El propio título de la película hace referencia al lugar donde nació y creció el padre, Andalucía, probablemente Sevilla. Que la familia se traslade al norte simboliza también la distancia que intenta poner entre su pasado y su nueva vida. Pero el pasado nunca desaparece del todo. Aunque el silencio intente enterrarlo, siempre termina regresando y condicionando el presente. Y la niña, incapaz todavía de entender lo que ocurre realmente, solo puede asumir cómo ese misterio transforma lentamente su vida.

    El plano final, con ella ya adolescente preparando la maleta para viajar con su abuela a El Sur, recetado como la solución a sus problemas de salud, representa no solo el impulso, si no la necesidad, de intentar reconstruir tus propios orígenes. No para resolver completamente el misterio, porque eso probablemente es imposible, sino para acercarte un poco más a entender quiénes fueron tus padres y, en consecuencia, quién eres tú.

    Desde que vi la película he intentado empezar ese viaje, sin más fuentes que la memoria de mis padres y sin más registros que las historias que todavía recuerdan. Y aun así me entristece pensar que nunca conoceré toda la historia, igual que probablemente ellos tampoco conocerán nunca la mía. Pero creo que es mejor intentarlo que quedarse para siempre en esa mirada infantil donde los padres simplemente existen, sin pasado y sin contradicciones, porque todo lo que ocurrió antes de ti, incluso aquello que nunca llegaste a conocer, también te convirtió en la persona que eres hoy.

    Fotografías: Sentimental Value (2025) arriba y El Sur (1983) abajo

  • Microdramas: Historias sin tiempo 

    Microdramas: Historias sin tiempo 

    Llevo un tiempo observando diariamente en las tiendas de alimentación o en el metro a personas absortas en telenovelas en vertical de corta duración. Esta curiosidad me hizo indagar qué eran exactamente estas miniseries diseñadas para no soltar al espectador ni un instante. Aquí la unidad mínima de sentido es el minuto y lo que encontré es el nacimiento de un lenguaje que, aunque es heredero del cine parece haber tomado un camino radicalmente distinto. 


    Las imágenes suelen ser archivos que reflejan los contextos sociales/culturales de una época, pero más allá de ocupar ese lugar, el cine también ha sido y es un lugar de dar lugar al pensamiento. Una parte necesaria en todo el proceso desde la escritura hasta que está en manos del espectador exige un proceso de digestión que ahora estamos vomitando. Lo que tenemos ahora el microdrama no es una evolución de este sino su hijo bastardo. 

    La industria del microdrama 

    En China, esta lógica se ha convertido en industria.  Filman en vertical para pantallas de teléfono y fragmentan historias en noventa episodios de apenas dos minutos.  

    Se distribuyen en aplicaciones como FlexTV, ReelShort o DramaBox. Historias de consumo rápido, con argumentos directos y arquetípicos: amores imposibles, traiciones familiares, ascensos sociales, venganzas, etc. 

    Títulos como La sexy esposa del presidente, La novia del rey lobo o El jefe detrás de las escenas es mi esposo. 

    El rodaje dura alrededor de dos semanas. El presupuesto para el rodaje rara vez supera los 200.000 dólares, pero la mayor parte del dinero de la serie no se invierte en la obra, sino en publicidad: hasta un millón por campaña. La lógica es clara: producir barato, circular rápido y capturar la atención. 

    Y funciona, algunas series de Flex TV generan millones de dólares semanales. 

    No es un fenómeno marginal. El mercado chino de microdramas superó los cinco mil millones de dólares en 2023 y sigue creciendo a un ritmo vertiginoso. Lo que empezó como entretenimiento desechable se ha convertido en la nueva industria cinematográfica de China. 

    El modelo también está estudiado al milímetro: los primeros episodios son gratuitos; después, el espectador paga por desbloquear capítulos o soporta bloques interminables de anuncios. No se compra una historia. Se compra dopamina. 

    El formato proviene de las novelas web chinas, relatos breves publicados diariamente, diseñados para leerse en menos de diez minutos y generar dependencia. El microdrama hereda esa misma lógica: consumo fragmentado, recompensa inmediata, continuidad infinita. 

    Un nuevo lenguaje audiovisual 

    Reducir los microdramas a un suceso puntual sería mirarlo con demasiada distancia. Lo interesante es que están desarrollando un nuevo lenguaje. 

    Primero, la verticalidad cambia la composición: el encuadre obliga a otra mirada del rostro. Segundo, el tempo: la edición hiperacelerada, el punto de giro cada minuto y la elipsis instantánea configuran un ritmo que no da lugar a la inmersión sino a la captación continua. Tercero, el algoritmo es el criterio que moldea la narrativa. El guion deja de ser de un autor para estar marcado por un algoritmo dramaturgo que dicta cuándo cortar, cuándo aparecer un cliffhanger y qué imagen repetir. 

    Cuando el tiempo se acorta, el lenguaje cambia, los planos largos desaparecen, la puesta en escena se simplifica y el subtexto y la ambigüedad se eliminan. Todo se vuelve frontal. Podríamos decir que el microdrama no es “cine corto”. Es otra especie diferente a él:  Una ficción adaptada al ecosistema del algoritmo, el cual no solo marca lo que ves, sino que crea el lenguaje audiovisual que más le favorece. 

    Psicología del consumo 

    Este modelo no solo transforma cómo se produce. También transforma cómo miramos y fragmenta la mirada. 

    Muchos prefieren pagar o aguantar bloques interminables de publicidad con tal de conocer el desenlace. La experiencia guarda menos similitud con ver una serie asemejándose más a jugar a una máquina tragaperras narrativa. 

    La historia deja de ser un recorrido emocional y se limita a una sucesión de estímulos. Ya no se recuerda la trama completa; solo se persiguen momentos. Es la lógica de la gratificación instantánea aplicada a la ficción: enseña a esperar menos y a exigir más estímulo por unidad de tiempo, reconfigurando lo que es soportable en una narración. 

    Perder la noción del tiempo haciendo scroll durante media hora resulta más cómodo que enfrentarse a una película de dos horas. La concentración prolongada se siente como un esfuerzo innecesario. 

    La mutación con la IA

    En este contexto, la inteligencia artificial aparece casi como consecuencia directa. 

    Si el microdrama ya reduce el relato a fórmula (rostros, diálogos funcionales, escenarios repetibles) la automatización del proceso parece el siguiente paso lógico. Guiones generados por patrones, actores digitales, decorados virtuales, montaje automático. 

    La IA no solo abarata costes, sino que introduce otro lenguaje. 

    No crea desde la experiencia humana, sino desde el cálculo de probabilidades. Aprende qué giro engancha más, qué duración retiene mejor y qué rostro genera más clics. 

    Es la narración optimizada y el riesgo es evidente: cuando la lógica del algoritmo predomina, la imagen deja de explorar lo desconocido y comienza a repetir lo que ya funciona. La ficción se vuelve predecible, y completamente prefabricada. 

    Cierre 

    No se trata de demonizar el formato, toda época inventa sus propias formas. Pero conviene preguntarse qué desaparece cuando la duración se comprime tanto. No se trata de prohibir la brevedad. Pero esta golpea con la experiencia del cine. El tiempo muerto de una película es tiempo de pensamiento y ese tiempo de suspensión dota a la obra de profundidad haciendo que pueda pertenecer en el espectador.  Aceptar la prisa como criterio estético es eliminar el lugar para el pensamiento.  

    No compro el argumento de que este formato puede democratizar el acceso y cree oportunidades, un lugar donde la obra pasa al último plano no profesionalizas el sector solo industrializas la adicción por eso hay que exigir marcos que protejan la creatividad y el trabajo artesano el cual adquirirá un valor distintivo ante la producción en masa. 

    No es cuestión de romanticismo contra modernidad, pero creo que no debemos premiar estructuras que olvidan por completo la búsqueda de la novedad en la narrativa o que ni siquiera busquen emocionar al espectador sino tan solo hacerle recordar emociones primarias universales. Quizás el problema no es la brevedad de la obra, sino que nosotros no sepamos habitarlas más tiempo. 

    Hay que saber convivir con tu tiempo, es necesario. Pero quizás debamos poner el foco en el proceso, en el desarrollo de una historia dándole el tiempo necesario para escribirse y para nacer.  

    Profesionalizar los procesos artísticos confronta de manera directa con la vocación que nos sumerge a él que suele ser la espontaneidad y la pasión. Pero la profesionalización de este no tiene que entenderse como un sinónimo de robotizar los procesos de desarrollo. Las imágenes necesitan tiempo para existir y para llegar a ser. 

  • Expresionismo y el cine: la vanguardia que transformó el miedo

    Expresionismo y el cine: la vanguardia que transformó el miedo

    Al final de un tramo de escaleras que parece conducir a un recoveco sin salida, el espacio se abre a una penumbra teñida de verdes y naranjas. Las paredes vibran con colores antinaturales, las sombras se alargan y las imágenes antiguas comienzan a moverse. Cruzar el umbral de Expresionismo. Un arte de cine es como entrar en un lienzo expresionista: no se accede solo a una sala, sino a un estado mental.

    Sombras, desasosiego, estallidos de color y la sensación de caminar hacia una ciudad subterránea salida de Metrópolismarcan el ritmo del recorrido. La muestra no pretende explicar el expresionismo, sino hacerlo sentir. Y ahí reside su mayor fuerza: en una experiencia tan envolvente como inquietante.

    La exposición, que recorrió la Fundación Canal (Sala Mateo Inurria 2, Madrid) del 8 de octubre de 2025 al 4 de enero de 2026, reunió 152 piezas —entre ellas 76 obras de pintura, dibujo, grabado, litografía y escultura, junto a 19 fragmentos cinematográficos y 57 fotogramas de once películas clave del cine mudo alemán— para reconstruir uno de los capítulos más decisivos de la historia del arte europeo. Organizada en colaboración con la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau de Wiesbaden y el Institut für Kulturaustausch de Tubinga, la muestra propuso algo que va más allá de la simple exhibición: demostrar cómo, por primera vez, el cine fue considerado un igual de la pintura, la escultura o la arquitectura.

    Durante un breve pero intensísimo periodo histórico, Alemania se situó en la vanguardia del arte mundial. El expresionismo no solo reflejó el pasado y mostró el presente, sino que fue capaz de profetizar —con inquietante precisión— el futuro de un país que acabaría cayendo en el abismo del nazismo. El arte anticipó el horror.

    Un arte nacido de la crisis

    El expresionismo surgió en la Alemania de principios del siglo XX como respuesta a una época marcada por la industrialización acelerada, la fractura social y el trauma de la Primera Guerra Mundial. Su lenguaje visual —basado en colores violentos, perspectivas distorsionadas y figuras deformadas— no buscaba representar fielmente la realidad, sino exteriorizar emociones intensas, revelar lo que se esconde bajo la superficie de lo visible y transmitir un sentimiento colectivo de angustia.

    Lejos del equilibrio clásico, el expresionismo apostó por el exceso, la tensión y la herida. Fue un movimiento cultural revolucionario, rompedor, que pretendía unir arte y vida y difuminar las fronteras entre las distintas disciplinas. Pintura, escultura, literatura, música, teatro y, finalmente, cine comenzaron a tejer un universo común. El ideal de la Gesamtkunstwerk —la “obra de arte total”— encontró en el cine un medio idóneo para expandirse y alcanzar a un público masivo.

    En pintura, los grandes impulsores de esta estética fueron los grupos Die Brücke (El Puente) y Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), que se rebelaron contra la moral burguesa, denunciaron la alienación urbana y se volcaron en la expresión subjetiva del mundo interior. En las salas de la Fundación Canal conviven obras de Ernst Ludwig Kirchner, Franz Marc, Emil Nolde, Otto Dix, George Grosz, Max Beckmann, Käthe Kollwitz o August Macke, entre otros, en diálogo directo con el cine.

    Autorretrato como soldado, Ernst Ludwig Kirchner (1915)

    Cuando la pintura aprendió a filmar

    La exposición traza un diálogo constante entre el expresionismo plástico y el cine alemán de la época, invitando al espectador a adentrarse en un imaginario tan fascinante como perturbador a través de pinturas, dibujos, esculturas, fotografías, litografías y proyecciones que se entrelazan con fragmentos de algunas de las películas más influyentes del cine mudo. No se trata de una simple yuxtaposición de disciplinas, sino del encuentro entre dos lenguajes que por primera vez comenzaron a reconocerse como iguales.

    Entre los títulos que articulan este recorrido destacan El gabinete del Dr. Caligari (1920), Nosferatu (1921), El Gólem (1920), Dr. Mabuse: El gran jugador (1922) y Metrópolis (1927), junto a otras obras como El últimoLas aventuras del príncipe AchmedMisterios de un almaNerviosDe la mañana a la medianoche o Sumurun. Todas ellas trasladan al cine los códigos visuales del expresionismo: la deformación del espacio, el contraste de luces y sombras y la intensidad emocional.

    En estas películas, la ciudad se convierte en un escenario mental, el cuerpo en una superficie donde se proyecta el conflicto interior y la imagen deja de describir para expresar. Desde la geometría angustiante de Caligari, al claroscuro simbólico de Nosferatu o la monumental arquitectura distópica de Metrópolis, el cine expresa los miedos, tensiones y fantasmas de la sociedad alemana de entreguerras.

    La inclusión de Las aventuras del príncipe Achmed (1926), considerada la primera película de animación que se conserva, subraya además hasta qué punto el expresionismo fue más que un estilo: fue un modo de mirar el mundo, capaz de impregnar incluso los lenguajes más incipientes del cine.

    Fotograma de la película Las Aventuras del príncipe Achmed (1926)

    La muestra permite comprobar cómo esta estética no solo creó algunos de los iconos visuales más poderosos del siglo XX, sino que dio origen a un lenguaje cinematográfico moderno cuya huella sigue viva hoy en autores como Tim Burton, Guillermo del Toro, David Lynch o en universos distópicos como el de Blade Runner de Ridley Scott. Cuando la pintura aprendió a filmar, el cine aprendió a soñar —y a inquietar— de otra manera.

    Cuatro bloques para una herida colectiva

    La narrativa del recorrido se articula en cuatro grandes bloques temáticos que funcionan como estaciones emocionales:

    1. Ruptura / Liberación

    Muestra la tensión permanente de la Alemania de entreguerras: crisis económicas, inflación, polarización ideológica y, al mismo tiempo, una fuerte liberación cultural. El contraste entre campo y ciudad, la crítica a la burguesía, la alienación del obrero y la fascinación por espacios marginales como ferias y circos se hacen visibles tanto en los lienzos como en el cine. La vida urbana aparece como frenesí, pero también como corrupción y decadencia.

    2. Forma / Deformación

    Aquí la estructura original —del rostro, de la ciudad, del cuerpo— se deforma hasta convertirse en reflejo de crisis psicológicas, sociales y existenciales. Calles torcidas, edificios inclinados y figuras angulosas convierten el espacio urbano en una jaula opresiva. En esta sección dialogan obras como Calle en Soest de Christian Rohlfs con los fragmentos de Metrópolis.

    3. Sueño / Trauma

    El expresionismo como espejo del subconsciente. Pesadillas, miedos reprimidos, delirios y deseos aparecen como vehículos para canalizar el trauma colectivo de la posguerra. Aquí el arte se funde con el psicoanálisis y lo onírico. Películas como Misterios de un alma o Nosferatu convierten la pantalla en una superficie donde se proyectan los fantasmas sociales.

    4. El Monstruo

    El cierre del recorrido conduce a una sala abovedada, oscura, teñida de luz verdosa. Allí aguardan las imágenes más memorables del icono del cine expresionista: Nosferatu. El monstruo se presenta como materialización de la fragmentación del mundo moderno y metáfora de la fragilidad humana. Garra, colmillo y sombra sellan el relato con una sensación que los románticos llamarían sublime.

    Fotograma de la película Nosferatu (1922)

    Ciudades, máquinas y cuerpos derrotados

    En este universo, las nuevas ciudades industrializadas son concebidas como entornos asfixiantes y devoradores. El ser humano aparece reducido a un simple engranaje de una gran maquinaria social. Los obreros de Metrópolis, avanzando de forma mecánica hacia la fábrica, dialogan con los paisajes urbanos torcidos de Otto Dix. La ciudad deja de ser refugio y se convierte en amenaza.

    La Gran Ciudad, Otto Dix (1927-1928)

    Los cuerpos también sufren esta violencia simbólica: se deforman, se quiebran, se vuelven grotescos. El malestar interior se proyecta sobre la carne. La angustia colectiva se representa mediante retratos exagerados, caricaturas, pesadillas cinematográficas, vampiros demacrados, robots sin alma y distopías gobernadas por minorías a costa del sacrificio de las masas.

    Todo ello queda plasmado en las escenas de Erich Drechsler, los soldados mutilados de Otto Dix, las mujeres rotas de Käthe Kollwitz, o las esculturas orgánicas y futuristas de Rudolf Belling.

    Mujeres, dolor y resistencia

    Especial relevancia adquiere la presencia de Käthe Kollwitz, artista hostigada por el régimen nazi y tachada de “arte degenerado”. Sus litografías de tiza muestran mujeres quebradas por el duelo, el hambre y la muerte. Kollwitz perdió a un hijo en la Primera Guerra Mundial y su obra se convierte en uno de los testimonios más descarnados del sufrimiento civil. En esa línea, la figura femenina en el expresionismo oscila entre la madre doliente, la mujer fatal y el cuerpo vulnerado por la violencia histórica.

    Las Madres, Käthe Kollwitz (1921-1922)

    Un arte perseguido que sobrevivió

    El ascenso del nazismo marcó el principio del fin del expresionismo en Alemania. Considerado Entartete Kunst (arte degenerado), fue perseguido, censurado y expulsado de museos. Muchos artistas se exiliaron, otros fueron silenciados. Sin embargo, su legado sobrevivió. Algunas copias de películas mudas se conservaron incluso en el Archivo Nacional de Japón.

    Hoy, más de un siglo después, esa estética sigue viva. El comisario de la muestra, Maximilian Letze, señala que Metrópolis sigue siendo la pieza más emblemática no solo por sus hallazgos visuales, sino porque representa la lucha del trabajador frente a la explotación industrial, una metáfora que continúa siendo dolorosamente actual.

    Fotograma de la película Metrópolis (1927)

    Una exposición como inmersión emocional

    Más que una retrospectiva, Expresionismo. Un arte de cine es una experiencia sensorial e intelectual. El visitante no solo observa las obras: las atraviesa. El recorrido propone una travesía por los deseos, los miedos, las pulsiones y los traumas de una sociedad que, sin saberlo, se asomaba al mayor horror de su historia.

    Al abandonar la sala del monstruo, la sensación no es de cierre, sino de eco. El expresionismo no termina: resuena. En el cine contemporáneo, en la estética urbana, en las distopías digitales, en nuestras propias ansiedades colectivas. Porque si algo demuestra esta exposición es que el arte no solo refleja su tiempo: también lo interpela desde el futuro.

  • Treinta años de Cinemanía: una celebración de los «clásicos modernos» en la Sala Equis

    Treinta años de Cinemanía: una celebración de los «clásicos modernos» en la Sala Equis

    En otoño de 2025 Cinemanía celebra su trigésimo aniversario regresando al lugar donde nace la cinefilia. En colaboración con la Sala Equis de Madrid, la revista ha organizado un ciclo especial que recopila diez «clásicos modernos» entre 1995–2025.

    Cada martes, durante los meses de octubre y diciembre, vuelven a la gran pantalla títulos que la audiencia y expertos consideran verdaderas “obras maestras” del cine reciente.

    El objetivo es «recordar, descubrir y seguir pensando en el cine juntos»: rescatar una experiencia colectiva en una época dominada por el consumo individual.

    Antes de enumerar las diez de obras seleccionadas, es necesario comprender el concepto de «clásico moderno».

    ¿Qué entendemos por «clásico moderno» dentro del cine?

    Lo «clásico moderno» son películas posteriores a 1959 que rompen con los márgenes del cine clásico centrándose en la visión creativa del director.

    Este concepto se refiere a un punto intermedio entre películas antiguas consideradas hitos del cine y estrenos recientes sin recorrido. Esta intersección se traduce en obras relativamente jóvenes que se comportan como clásicos, ya que tienen la capacidad de influir y dialogar con la tradición.

    Según la teoría cinematográfica entendemos el término «clásico», entre otras cosas, como aquello que persiste a lo largo del tiempo y que, como afirmó Roger Ebert: «sigue siendo joven porque siempre encuentra un nuevo espectador».

    En cambio, lo «moderno» rompe con las convenciones y se caracteriza por las rupturas temporales, la psicología profunda de los personajes, lo subjetivo, los finales abiertos… No obstante, existen obras que aunque pertenezcan a nuestro tiempo contienen la madurez, el influjo cultural y la capacidad de perdurar.

    De aquí nace este híbrido que no necesita envejecer para que se le de relevancia, no depende del éxito comercial, su contexto trasciende e interpela emocionalmente con distintas generaciones.

    Los diez “clásicos modernos” seleccionados

    Este concepto articula el calendario de películas programadas en la Sala Equis este 2025:

    1. Tesis (Alejandro Amenábar, 1996)
    2. Deseando amar (In the Mood for Love, Wong Kar-wai, 2000)
    3. Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
    4. Oldboy (Park Chan-wook, 2003)
    5. Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003)
    6. Eternal Sunshine of the Spotless Mind (¡Olvídate de mí!, Michel Gondry, 2004)
    7. There Will Be Blood (Pozos de ambición, Paul Thomas Anderson, 2007)
    8. La La Land (Damien Chazelle, 2016)
    9. Parásitos (Gisaengchung, Bong Joon-ho, 2019)
    10. Aftersun (Charlotte Wells, 2022)

    «Lalaland» como ejemplo de transcendencia

    De todas las opciones de la lista elegí ir a ver «Lalaland», aunque ya la haya visto cincuenta veces. Lo curioso es que siempre me emociona de la misma manera, como si siguiera esperando ver a Mia eligiendo su vida con Sebastian. Y creo que eso es justo lo que la hace especial.

    La La Land es un ejemplo para comprender qué significa un “clásico moderno”. Es cierto que podemos ver referencias del pasado: Los paraguas de Cherburgo, Un americano en París o Cantando bajo la lluvia, pero la película de Damien Chazelle no mira al musical de Hollywood tradicional como un modelo a seguir, sino como un legado para reinterpretar desde su punto de vista crítico.

    El musical se divide en dos trayectorias que se complementan a la perfección: por un lado, los cánones del musical clásico, la coreografía y el color; y por otro, el final trágico que rompe con la trama lineal clásica. Ésto último, acompaña a la idea moderna de que los sueños no siempre se cumplen y que en la vida real hay que sacrificar la felicidad.

    El color, proveniente del Technicolor, deja de ser un elemento superficial para convertirse en una extensión emocional de los personajes. Incluso su historia de amor se puede entender a través del rojo, amarillo y verde. Huyen del final feliz: eligen la melancolía y la aceptación de que dos personas pueden amarse sin coincidir.

    Es una película profundamente consciente de su tradición, pero sabe que el espectador de hoy carga con expectativas románticas idealizadas y, al mismo tiempo, acepta un final como éste con un escepticismo que el género musical clásico no contemplaba.

    Desde su estreno, el musical ha generado debates sobre la identidad creativa, la parte asociada al arte, la tensión entre fantasía y realidad o la reformulación de un género que parecía agotado. Y eso hace que se comporte como una película destinada a permanecer.

    Este ciclo importa: construir el canon del futuro

    Es importante destacar la intervención cultural por parte de Cinemanía y la Sala Equis en un momento en que el modo de ver el cine lo domina el consumo individual, fragmentado y doméstico. El hecho de que hayan programado diez películas recientes que ya muestran signos de perdurar y todas los sitios de la sala estuviesen llenos representa un despertar de la sociedad.

    La sala de cine conserva algo que ninguna otra experiencia puede replicar para los cinéfilos: el ritual compartido. La oscuridad, la pantalla grande, la presencia de espectadores desconocidos que se reúnen por un mismo motivo…

    En conclusión, lo que hoy llamamos “clásico moderno” depende de la capacidad de una obra para conectar generaciones y generar pensamiento crítico y emocional.

    Que Cinemanía ofrezca estos títulos al espacio donde nació la cinefilia implica reconocer que por su madurez estética e influencia no nos podríamos imaginar un futuro sin estas obras.

    Treinta años después de su fundación, la revista reafirma que el canon no es una circunferencia perfecta, sino una masa que siempre está en movimiento y se construye cada vez que un espectador vuelve a ver una película en distintas etapas de su vida o cada vez que una generación la hace suya.

    Los clásicos no sobreviven sin razón, lo hacen porque seguimos recurriendo a ellos en distintos contextos. Por eso, programarlos hoy es también una forma de imaginar el futuro del cine.

  • El renacimiento del claroscuro en el cine contemporáneo 

    El renacimiento del claroscuro en el cine contemporáneo 

    Del barroco a la gran pantalla, la oscuridad ha vuelto a ser un lenguaje. El claroscuro, ese diálogo entre luz y sombra que Caravaggio convirtió en plegaria, regresa al cine contemporáneo como gesto de resistencia frente a la claridad inmediata de nuestro tiempo. 

    I. La sombra como origen 

    Caravaggio utilizaba un lenguaje de oscuridad para crear dramatismo y tensión entre personajes que emergían de tinieblas y divinidades rotas. Sus personajes parecen estar entre un limbo de la vida y la muerte.Prostitutas, ladrones, mendigos para representar las figuras sagradas, entender que la divinidad se encuentra en los rincones más inhóspitos. Este concepto no podría ser llevado de otra forma que entendiendo que la verdad debe aparecer entre las sombras. 

    Unos siglos más tarde, el cine heredó este gusto por las sombras. El expresionismo alemán distorsionó la luz para convertirla en arquitectura del miedo: El gabinete del doctor Caligari o Nosferatu no mostraban sombras, las fabricaban y usaban como personajes en sí mismas. Más tarde, el film noir de los cuarenta convirtió la penumbra en callejón moral. Perspectivas inclinadas, persianas que recortan rostros, humo y sospecha. 
    El claroscuro era más que una técnica: era una forma de mirar la fragilidad humana. 

    NOSFERATU   (1922)

    II. La era sin sombras 

    Pero toda estética tiene su eclipse. Con la llegada del color y la televisión, el cine se alejó de las tinieblas. La claridad pasó a ser sinónimo de progreso: ver, entender y consumir se convirtieron en un mismo acto. La industria y la tecnología empujaron hacia una imagen plana, uniforme, higiénica.  

    Durante los 2000, la digitalización borró casi por completo el espacio de la sombra. Las cámaras de alta sensibilidad y las pantallas retroiluminadas exigían luz en cada rincón. En las redes, el brillo constante se convirtió en valor estético. Todo debía ser visible, todo debía ser legible. 
    El claroscuro —esa pausa entre lo que se muestra y lo que se oculta— dejó de tener lugar. 

    El espectador ya no se sumergía en la oscuridad; la evitaba. 

    III. El regreso en el cine

     Sin embargo, en la última década el claroscuro está de vuelta. Ha resurgido en el cine contemporáneo no como nostalgia hacia lo que fue, sino como lenguaje del desencanto. Un nuevo idioma de resistencia, vinculado a la búsqueda de pensamiento. 
    En un tiempo tan acelerado como el que habitamos, donde las imágenes se consumen con la misma rapidez con la que se olvidan, no es extraño que surja un cine que reivindique el silencio, la pausa y la oscuridad. En una época en que todo se ilumina para ser entendido al instante, el claroscuro devuelve al espectador el derecho a mirar de nuevo, a pensar sobre lo que ve

    En tiempos en que la imagen se ha vuelto democrática y omnipresente, El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, o Ida (2013), de Paweł Pawlikowski, utilizan el blanco y negro no como gesto nostálgico, sino como reacción. Frente al exceso de visibilidad, su claroscuro no busca embellecer, sino devolver al espectador el acto de observar. 

    Pedro Costa lo entiende a la perfección. En Vitalina Varela (2019), la oscuridad no es un efecto visual: es el propio mundo. Las figuras parecen talladas en piedra, y cada rayo de luz tiene el peso de una plegaria. En su Lisboa, la penumbra no es ausencia, sino dignidad. Costa redefine el cine social: no lo concibe como espejo fiel de la realidad, sino como un lenguaje capaz de representarla, de trascender su literalidad

    VITALINA VARELA   (2019)

    Robert Eggers, en El faro (2019), usa el blanco y negro para construir un delirio mitológico: la sombra es deseo, tormenta y locura. Joel Coen, en The Tragedy of Macbeth (2021), recupera la geometría del expresionismo alemán para encerrar a sus personajes en una moral hecha de líneas y brumas. Y Edward Berger, en Conclave (2024), convierte la penumbra en símbolo del poder: la luz no revela, interroga. 

    Finalmente, El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010) de Apichatpong abre otra puerta. En ella, la noche no es simple oscuridad: es el territorio donde lo visible y lo soñado se confunden. El claroscuro, en su forma más pura, vuelve a ser un espacio donde la imagen recupera su misterio. 

    UNCLE BOONMEE WHO CAN RECALL HIS PAST LIVES   (2010)


    En todos ellos, la sombra vuelve a ser voz. Frente a la transparencia del algoritmo, la sombra reaparece como resistencia: en un mundo que lo muestra todo, filmar lo invisible o incluso el hecho de no filmar se ha vuelto un gesto político. 

    IV. La penumbra se vuelve calle 

    El claroscuro contemporáneo no pertenece solo al cine. Se ha filtrado en la estética urbana, la fotografía y la moda. 

    Gabriel Moses lo ha convertido en su firma: luces doradas que bañan cuerpos negros, una espiritualidad callejera heredera directa del barroco. En su universo visual —de campañas para Nike a videoclips para Travis Scott o Little Simz— la oscuridad es poder. Lo mismo sucede en piezas como N95 de Kendrick Lamar o High Jack de A$AP Rocky, donde la sombra se sincroniza con el ritmo. 

    A$AP ROCKY – “HIGHJACK”   (2024)

    Fotógrafos como Campbell Addy o Ronan McKenzie también recurren a ese misterio en sus retratos, oponiéndose al brillo plano de las pantallas. 

    Incluso la moda se ha contagiado: diseñadores como Ib Kamara han hecho de la penumbra un tejido, un modo de pensar la identidad visual más allá de la luz. 

    V. Cierre 

    Quizá este “renacimiento del claroscuro” no se debe entender tanto como una tendencia visual sino como una respuesta emocional. 

    Después de años de saturación y exceso de visibilidad, la sombra vuelve a ofrecer silencio: un espacio donde no todo tiene que explicarse, donde mirar implica fe

    El claroscuro contemporáneo no busca solo la belleza en la oscuridad, sino la verdad que habita en ella. 
    Nos recuerda que lo invisible también existe, que la sombra revela. 

    Hay historias que solo pueden contarse cuando la luz no llega del todo y precisamente por eso merecen ser contadas. 

  • Perfect Days y la carrera de la rata

    Perfect Days y la carrera de la rata

    Una encuesta de Deloitte, publicada hace unos días, sugiere que el burnout o agotamiento está afectando gravemente a los millennials: casi la mitad está dejando sus trabajos por este motivo y el 84 % afirma sentirse exhausto en su puesto actual. La generación Z, por su parte, tiene un enfoque diferente del trabajo. Solo el 6 % afirma que su principal ambición profesional es alcanzar un puesto de liderazgo. En cambio, dan prioridad al equilibrio por encima de ascender en la escala profesional.

    Mientras que los millennials siguen adelante hasta agotarse, la generación Z es más rápida a la hora de dar un paso atrás. Son más propensos a desconectarse o marcharse que a quemarse.

    Todo esto es síntoma de algo. La relación con el trabajo, con la ambición y, en última instancia, con el propósito vital, están en entredicho. Y no hay mejor referencia para intentar entender esta encrucijada que la última película del legendario Wim Wenders, Perfect Days.

    El limpiador de baños

    Estrenada en 2023, Perfect Days sigue la vida de Hirayama, un limpiador de baños públicos en Tokio interpretado por Koji Yakusho. Durante dos horas, vemos a Hirayama cuidar sus plantas, desplazarse de baño en baño con precisión, tomar un refresco en su bar habitual, pasar por la lavandería y leer hasta dormirse. Y aunque hay algunas situaciones que lo sacan de su rutina, que no comentaré para no arruinar la experiencia, sus días son un calco del anterior.

    Una vida que, bajo los estándares de la sociedad actual, podría parecer aburrida o incluso la definición de fracaso. En un momento clave, su hermana le pregunta con desprecio si sigue limpiando baños.

    En una historia más clásica, Hirayama estaría frustrado con su vida. Tendría un gran sueño por cumplir o una meta noble que alcanzar. Secretamente querría ser escritor, o tener su propio negocio de limpieza, y al final de la película conseguiría escapar de su rutina.

    Pero el giro es que nuestro protagonista está satisfecho con su vida. Cada mañana se levanta y, al salir de casa, mira al cielo con una sonrisa. No estamos acostumbrados a protagonistas sin ambición, y al principio pensamos que debe esconder un trauma o que está huyendo de algo. Y aunque nunca conocemos su pasado, quedarse ahí sería quedarse en la superficie.

    ¿Es posible una vida sin ambición?

    Nuestra generación está muy confundida. Un día nos venden que lo correcto es empezar nuestro propio negocio, otro que hay que opositar para buscar la estabilidad, o que lo mejor es tirar el móvil por la ventana y plantar patatas, o estudiar dos másteres para conseguir unas prácticas. Ningún camino se siente del todo correcto y, cuando llega la hora de empezar la carrera profesional, algo no encaja.

    Lo que Wenders propone es una vida donde la satisfacción personal no depende del trabajo, ni del estatus, ni del dinero, sino de los pequeños placeres que pasan desapercibidos en este mundo acelerado. En una cultura donde todo empuja a correr, Hirayama se atreve a quedarse quieto.

    Y si la ambición no es la respuesta, tal vez el problema esté en cómo vivimos: en la distracción constante que nos impide escucharnos.

    Is it really that damn phone?

    Hirayama no tiene smartphone. Escucha sus cassetes en el coche de camino al trabajo, toma fotos con una cámara analógica y lee libros en papel. Wenders sugiere que este consumo de medios más lento y físico es una forma de estar realmente en el mundo, de vivir con atención.

    Y ante la sorpresa de generaciones pasadas que abrazaron lo digital sin mirar atrás, la gen Z está saliendo a la calle con teléfonos de tapa y cámaras de bolsillo. Aunque hay algo performativo en ello —hacer journaling en una libreta de Muji no te va a salvar la vida—, el punto del director va más allá.

    Los momentos más bellos de la película son los que muestran cómo Hirayama se fija en los detalles: los transeúntes reflejados en una superficie metálica, el movimiento de las sombras de los árboles, la nota escondida en la ranura de un baño. Está presente en su día a día, capaz de encontrar belleza donde la mayoría solo ve rutina, si es que ve algo en primer lugar.

    Tiene espacio para pensar, para digerir lo que sea que le haya pasado y para encontrar no solo paz, sino plenitud en su humilde rutina. Nuestra generación, en cambio, casi nunca tiene ese espacio. Y nos está costando caro.

    La decisión

    En un mundo en el que los caminos preestablecidos parecen derrumbarse ante nuestros ojos, nuestra generación se enfrenta a varias preguntas. ¿De verdad merece la pena agotarme persiguiendo una carrera cuyas recompensas parecen cada vez más inciertas? ¿Tengo que convertirme en un vendedor improvisado del TikTok Shop, promocionando productos del Temu para llegar a fin de mes? ¿O simplemente esperar a que empiece la tercera guerra mundial antes de que salga el GTA VI? No tengo respuesta a esas preguntas, pero sospecho que la solución reside en cada uno de nosotros, en encontrar lo que de verdad queremos.

    No hay nada malo en tener un gran sueño y perseguirlo con todo lo que tengas. Tampoco en querer aprender un oficio y vivir una vida tranquila. Pero tiene que ser decisión tuya, no del ruido que te rodea.

    La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora

    Cada vez que me fijo en las ramas de los árboles, que me siento en un banco a observar a mi alrededor, pienso en Hirayama y en cómo afronta su vida.

    Y aunque tampoco sé cuál es la mejor opción para la mía, esos momentos me recuerdan que hay más caminos posibles, que no todo en la vida es alcanzar el éxito como lo entiende la sociedad, y que, aunque parezca que estamos en caída libre, hay belleza en estar vivo, aunque sea de instante en instante.

    Una frase que no ha salido de mi cabeza desde que vi la película es: «La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora». Quizás de eso se trate al final: de aprender a estar presentes, de hacer las paces con lo que somos y con el lugar que ocupamos. De no vivir comparándonos, sino eligiendo con calma qué tipo de vida queremos llevar.

    La ambición no tiene por qué desaparecer, pero tal vez deba transformarse: dejar de ser una carrera hacia arriba y convertirse en una búsqueda hacia adentro. Solo entonces, como Hirayama, podremos mirar al cielo cada mañana y sonreír, sin necesitar nada más.

    Fotos: Perfect Days, 2023, Wim Wenders

  • «¡El Mar, el Mar, el siempre renovado!»

    «¡El Mar, el Mar, el siempre renovado!»

    Un artículo sobre Las playas de Agnès

    Actualmente, he de decir que me da mucha pereza bañarme; no por nada relacionado con lo otaku – que podría ser, si no, en específico, en la piscina y en el mar.

    De pequeño me encantaba lanzarme al agua y estar ahí metido hasta que las yemas de los dedos se me arrugasen, pero ahora no tengo esa misma ilusión. Por muy raro que parezca prefiero, o estar encerrado como un cromañón en casa, o quemarme la piel y decir que luego será moreno.

    La gracia de lo inesperado

    Hace unos días estaba en La Barceloneta tomando el sol, quemándome como dios manda. Entre mi piel pidiéndome que me vaya de ese lugar y el calor y la humedad juntas, decidí meterme en el agua por mero instinto de supervivencia.

    Una vez dentro, empecé a sonreír como un niño pequeño; volví a tener el sentimiento de poder – corrijo, querer – estar todo el día nadando y luchando con el agua para que la marea no me trague hasta que, no solo las yemas, sino mi cuerpo entero quedase arrugado por el agua. En ese momento entendí aún más lo que Agnès Varda comparte en Las playas de Agnès (Varda, 2008).

    A simple vista, Las playas de Agnès, según Filmaffinity, es un documental autobiográfico en el que “explora sus memorias a través de fotografías, vídeos, entrevistas, representaciones y narraciones de su vida.” (Filmaffinity)

    En un nivel simplista y reducido de lo que es el filme de Agnès, efectivamente, la sinopsis es correcta; sin embargo, es una redacción que hace injusticia a una pieza fílmica más intimista que La espigadora y los espigadores (Varda, 2002).

    ¿Acaso lo nuevo es solo lo desconocido?

    Empecemos por la palabra que emplea la persona que redactó esa sinopsis: “explora […].” (Filmaffinity). Dicho por la RAE, consiste en “Reconocer, registrar, inquirir o averiguar con diligencia una cosa o un lugar.” (RAE)

    Es decir, moverse por unos espacios nuevos. Los cuales, no tienen por qué quedar aislados en el sentido literal de esta palabra; pueden ser lugares que llevan sin visitarse mucho tiempo.

    Quiero creer que Agnès podría haber tenido un razonamiento similar que le llevase a entender por qué le gustan tanto las playas:

    “Si abrieran a la gente encontrarían paisajes. Si me abrieran a mí encontrarían playas.” – A. Varda.

    El abanico de la playa

    La playa, además de ser un sitio donde bañarse, tomar el sol, jugar a algún deporte y exhibir el cuerpo que uno ha estado cuidando y trabajando a lo largo de todo el año, es muchas más cosas: una curandera natural, tanto a nivel mental como a nivel físico – por las propiedades del agua marina. Lo que das te lo cambia por algo renovado.

    Algo que Agnès refleja muy bien la imagen que se adjunta a continuación.

    Cuando Arlette desapareció y surgió Agnès.

    También puede ser un recreo de arquitectura, hasta que la marea lo tira todo abajo. Una máquina del tiempo cuando en la arena se entierra algo de valor personal y se desentierra cuando han pasado los años. E, incluso, puede simbolizar el interior del individuo. Oscuridad y claridad a su vez. Puede ser bruto o calmado, pero siempre atractivo.

    Es más, Agnès le da un significado distinto con algo tan sencillo como es el flujo de los ríos: el recorrido que el agua de estos fenómenos naturales realiza desde que nace hasta que desemboca en el mar. El mar, por tanto, se podría estimar como el resultado, pero ¿y si el resultado estuviese realmente en el nacimiento y no en la desembocadura?

    ¿El pasado puede ayudar?

    Siendo esto el tema del filme: ir hacia atrás para poder avanzar. Agnès, lo refuerza a lo largo del documental con varios planos estáticos de ella caminando hacia atrás; ya sea en un espacio, de su pasado, con gente a su alrededor o solitario

    Agnès caminando hacia atrás.

    El motivo que conduce al individuo a encaminarse hacia atrás para progresar varía en función de la necesidad que tenga: fisiológica, social, de estima o de autorrealización. Comúnmente, sobre todo en el arte, suelen ser estas dos últimas.

    Llega un punto de tu vida en el que para avanzar debes revisitar cierta parte de las experiencias que has vivido; si no, la relación que mantendrás contigo mismo y con tu círculo cercano presente y futuro serán superficiales.

    “El jardín está ahí, pero no las emociones.” – A. Varda

    El peligro de la melancolía

    Una visita que la cineasta francesa propone hacerla desde una perspectiva lo más objetiva posible:

    “ – ¿No te da nostalgia la infancia?
    – En absoluto, pero me gusta ver las fotos.” – A. Varda.

    Es decir, “Nadie se baña dos veces en el mismo río.” (Heráclito). Ese estudio del pasado no puede ser añorando y anhelando los tiempos de antes o intentando recuperar una versión que fuiste/tuviste. Es como si siendo joven, y estudiante, no aprovechases las ventajas monetarias en eventos culturales (cine, museos, etc.).

    “Imaginarme de niña es nadar a contracorriente. Imaginarse de vieja es divertido, es un chiste verde.” – A. Varda

    Un viaje en el que no hay que desesperarse. Agnès hasta visita su casa de la infancia para ver qué es lo que saca en claro de ello:

    «En lo que respecta a ‘la casa de la infancia’, nada.»

    Navegación conjunta e/o individual.

    Ese viaje marítimo puede ser extenso o corto en función de lo que uno haya vivido.

    » ‘¡En el mar hay mucha agua!’ decía el padre de Linou.» – A. Varda

    Un recorrido por lo fragmentado que, al igual que en La espigadora y los espigadores (Varda, 2002), Agnès aconseja que sea colectiva; indirecta o directa, pero si el individualismo puede perder ante el colectivismo, que así sea.

    Por ejemplo, en mitad de su viaje, Agnès ayuda a Blaise y Vincent, los hijos de Pierre: un actor que salió en su película La Pointe Courte. La ayuda que les proporciona es regalarles imágenes exclusivas de las tomas falsas de su padre – a quien no pudieron conocer. De este modo, logra que puedan vivir satisfechos en el presente al revisitar su pasado; en este caso, uno al que materialmente no podían acceder. No porque no quisieran.

    Pierre en La Pointe Courte (Varda, 1955)

    Un trabajo colectivo que es obligatorio, sobre todo, cuando se trata de tus amigos.

    “Conozco los clásicos y conozco a mis amigos.” – A. Varda

    ¿Ese viaje consiste solo en navegar?

    Agnès aporta una herramienta que permite al viajero tomar un papel más activo que pasivo: la pesca. En el mar, además de todo lo que ya he mencionado, también se lleva se pesca. Aunque, como es sello de Agnès, después de hablar un poco del significado textual de esta actividad gastronómica, lo lleva a su campo: mar de recuerdos. Ir hacia atrás, no solo conlleva navegar por el inmenso mar de experiencias que has tenido, sino tirar la red al agua y seleccionar aquellos recuerdos que, en un principio, ayuden a cubrir esa necesidad.

    Estado de la navegación

    Iniciar una nueva relación, romper una, tener una conversación con tus amigos o con tus padres, comenzar un proyecto personal… etc. La travesía marítima puede ser tranquila o tormentosa; depende de las enseñanzas que hayas sacado de esas vivencias, de las que te hayan enseñado en tu educación y, en especial, cómo las apliques. La propia Agnès lo manifiesta:

    “Gracias a las enseñanzas del Sr. Mestre, Linou y yo navegamos en vela por el lago de Thau.»

    Lo fraccionado

    Retomando lo que he mencionado antes de que el individuo: atormentando o calmado es atractivo.

    Agnès y la fragmentación

    Hace unas semanas estuve de viaje en Praga con las personas que más quiero en este mundo. Una de ellas dijo: “Que las catedrales tengan la piedra negra me parece de tener un aura infinita.”. Y es que, traducido a un lenguaje menos coloquial, realmente, es bello ver el callo de las experiencias que han tenido, tanto la catedral como las personas. ¿Por qué? Porque la evolución intrapersonal, conforme más mayores nos hacemos, más se aprecia para establecer un vínculo con una persona; como si es romántico o de amistad.

    Algo similar dice Kanye West en su canción colaborativa con Paul McCartney Only One:

    “Not you are not perfect, but you are not your mistakes.”

    Videoclip Only One

    ¿La catedral de Praga es menos bonita por ver su historia marcada en su piel? No, la hace más bella. Al igual que las imperfecciones de un humano. Pero más bello será si, éste, es consciente de ellas y saca provecho de ellas; como las baldosas de la capilla en la que Agnès hizo una exposición de retratos de Jean Vilar. Lo que lleva a hablar de la fragmentación que ya se ha adelantado con anterioridad en este artículo.

    “Me gusta mucho la idea de fragmentación. Se corresponde muy bien con la cuestión de la memoria. Me gusta cuando las cosas se convierten en rompecabezas.” – A. Varda

    ¿La fragmentación es irreparable?

    Esa visita a tu mar de recuerdos y experiencias nunca suele ser de buen agrado: momentos embarazosos, vivencias que abrieron heridas o que te recuerdan que aún debes sanar/tratar. Situación que te hace cuestionar si el trabajo que te has atrevido a hacer merece la pena, te pasa a ti y a Agnès:

    “Mis recuerdos revolotean en torno a mí como moscas confusas. No sé. Dudo si recordar todo eso. Los recuerdos son como moscas que revolotean. Trocitos de memoria desordenada.”

    Algo que Carolina Durante expresa de manera similar en la canción Verdes, Césped de su último álbum Elige tu propia aventura:

    “Tus recuerdos como moscas, no me dejan nunca en paz. Sobrevuelan mi cabeza, se posan y luego se alejan. Y aunque a veces me haga el tonto, escucho siempre ese ruidito de fondo, tan molesto y que me hace tanto daño.”

    Videoclip Verdes, Césped

    Las versiones de la fragmentación

    En este caso, sobre una relación que se ha roto. Pero esa idea de recuerdos fragmentados que hay que explorar está. Una idea que está presente, incluso, en Todo final es un comienzo de Dolly Alderton; la diferencia está en que, en esta novela, el protagonista se niega tozudamente a no querer explorar esos recuerdos desde una intención de crecimiento.

    Dolly Alderton y el proceso de escribir Todo final es un comienzo.

    La narrativa de Verdes, Césped es no saber qué interpretar ante ese dolor que los recuerdos generan. Y en Las playas de Agnès, Agnès se lanza a la piscina con la intención de nadar hasta que las yemas de sus dedos se queden arrugadas.

    Pese a que haya momentos en los que la rendición es lo más fácil, a la larga, es lo que peores resultados va a dar. Es igual que un puzle: tenemos todas las esquinas hechas, ahora toca la parte más dura, quedarse con los patrones del dibujo para ir poco a poco rellenando el acertijo.

    “Vas colocando las piezas hasta que lo juntas todo.” – A. Varda

    “Pero queda un hueco en el centro.”, A. Varda. ¿Qué es ese hueco? En este punto del viaje, uno está a las puertas del nacimiento del río, del origen de todo el flujo que has recorrido.

    “Pasa en las mejores cenas. Cuando se hace un silencio y alguien dice: ¡Cántate algo!” –  A. Varda.

    I was drownin’, but now I’m swimming!

    Ante esa incertidumbre, lo mejor que hay que hacer es tirarse de cabeza y nadar. Como he comentado antes, el viaje hacia atrás y, por tanto, hacia delante puede ser colectivo o individual. Y el salto, también tiene esas dos posibilidades: puedes encontrar el sentido que tanto andabas buscando en compañía o solo dependiendo de lo que te pida el instinto, pero hay que hacerlo; al igual que el viaje y el salto, el nado puede ser colectivo si uno lo desea.

    ¿Sólo un filme autobiográfico?

    ¿Por qué es una obra dirigida al espectador y no para contar simplemente su vida? ¿Qué es lo que hace que sea una obra para que el espectador haga el mismo trabajo que hace ella? El acto de mirar a la cámara.

    “Si quieres mirar al espectador, tienes que mirar a la cámara. Yo siempre miro a la cámara.” – A. Varda.

    Por lo que el objetivo de Agnès no es solo mostrarnos su vida para que entendamos mejor su persona y su personaje – si es que en su caso hay diferencia alguna, si no, también, incitarnos a ello.

    Conclusión

    Entonces, querida/o lector ¿con qué motivo pescarás en tu mar para recomponer lo fragmentado?

  • ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    Hay discos que no sólo se escuchan: se viven, se habitan y se recuerdan. Cleopatra, de The Lumineers, es uno de ellos. Un álbum que desde 2016 sigue latiendo en quienes lo hicieron suyo. Esta es una crónica sobre una banda, una película y un viaje emocional que empieza en una carretera americana y termina, de algún modo, en Madrid.

    La noche madrileña se dispone, una vez más, a ser escenario de uno de los rituales musicales más esperados del año: el regreso de The Lumineers, en concierto. Justo en la antesala de ese estío que cada año suspende la ciudad en un paréntesis latente, como si Madrid necesitara despojarse de sí misma para recobrar el aliento. Camino por Malasaña cuando uno de los carteles de la gira, aferrado a una pared descascarillada, irrumpe en mi trayecto con la contundencia de lo inevitable. La fecha, destacada en mayúsculas, me reclama. Y con ella, la urgencia de escribir. Quiero escribir sobre el grupo y sobre ese álbum que, sin previo aviso, vino a definir lo que suena de fondo en casa o vibra en mis auriculares mientras camino hacia algún lugar.

    Quiero detenerme en el imaginario que lo sustenta, en el concepto narrativo que da forma a cada canción, a los silencios entre tracks, y que he recomendado tantas veces con la devoción con la que se comparten ciertas películas o poemas. Hay entusiasmos que no se explican, se contagian. Sobre todo cuando el otro ya conoce aquello de lo que hablamos y basta un gesto o un verso para entendernos. Y es precisamente esto lo que despliega Sleeping on Floors. Isaac Ravishankara concibe un largometraje cuya sinopsis visual —presentada en forma de videoclip— acompaña una de las piezas homónimas más emblemáticas de la banda y, a su vez, da inicio a Cleopatra: un álbum tejido con melodías que esta noche esperamos escuchar en vivo, como quien asiste a un reencuentro con algo íntimo y largamente esperado.

    Portada del álbum «Cleopatra»

    Km 0

    Un primer plano de Cleo abre el film, anticipando el deseo inminente de huida junto a Anthony. Juntos dejan atrás su hogar en California y emprenden un rumbo incierto hacia Nueva York. Son figuras arrastradas por esa emoción ambigua, agridulce, de quien necesita escapar sin saber del todo si ha elegido bien, pero obedeciendo unas instrucciones que resuenan —casi a gritos— dentro de la cabeza. La intuición, una vez más, impone su ley. Así comienza un viaje de varios días a través del país, con un propósito silencioso pero firme: construir un nuevo hogar juntos. Uno donde, por ahora, cada noche se duerme sobre un suelo distinto siendo el trayecto en sí el único territorio posible hasta alcanzar el destino final.

    A medida que avanza la trama, somos testigos de la comunión entre dos almas enamoradas. Por supuesto, no exentas de sus fracturas emocionales, de sus miedos, de esos saltos al vacío —y siempre de espaldas— que sólo el amor se atreve a dar. Justamente ahí reside una de las cosas que más me fascinan de su vínculo: la decisión de recorrer una carretera incierta, con paradas imprevistas y encuentros fugaces con personas que también arrastran sus propias historias en reparación. Ravishankara no sólo condensa en ochenta minutos la poética sonora de The Lumineers, sino que consigue algo aún más delicado: hacernos sentir cerca, casi cómplices, de dos personajes que apenas acabamos de conocer durante una noche que se parece demasiado a las nuestras. Una noche en la que también nosotros queremos sentir.

    Fotograma inicial de la película «Sleeping on Floors»

    ¿En qué suelo dormirás tú?

    El espacio que Ravishankara concede al espectador se sitúa lejos de la perfección técnica a la que nos ha acostumbrado la industria audiovisual, pero muy cerca de algo más valioso: el cumplimiento pleno de su propósito. Nos lleva lejos, con Cleo y Anthony, en un coche desvencijado que atraviesa los paisajes abiertos de Estados Unidos, mientras la emoción —más que la nitidez— guía la mirada. Por eso, tanto si hoy asistes al Movistar Arena como si dejas que las canciones suenen a todo volumen en casa, no estarás simplemente escuchando un disco ni viendo una película. Estarás habitando una historia pensada para volverse parte de ti, de tu memoria y de ese momento en el que le recomendaste a alguien una canción de The Lumineers.

    “It’s better to feel pain, than nothing at all

    The opposite of love’s indifference

    So pay attention now

    I’m standing on your porch screaming out

    And I won’t leave until you come downstairs.”

    — Stubborn Love, The Lumineers

  • «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    «Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

    El cine de Guadagnino ha sido siempre un reflejo de la fragilidad del deseo. En Queer, nos enfrenta al anhelo de conexión y al miedo a un amor esquivo, explorando la torpeza, la evasión y la necesidad de pertenecer como ecos de nuestras propias incertidumbres.

    En un tren de Madrid a Barcelona, divago sobre la soledad, abrazando la incomodidad inherente a este tipo de reflexiones. Pero el trayecto, acurrucado en mi asiento, no es más que otro instante en el que pensamientos como estos asaltan mi mente. A veces sucede en el supermercado; otras, mientras espero en una estación de metro. En el fondo, no deja de ser un síntoma del replanteamiento constante de nuestra existencia como acto de supervivencia.

    Conforme maduramos —si es que estamos dispuestos a hacerlo—, resulta inevitable trazar un camino vital moldeado por nuestras ambiciones, cuya forma depende de las aspiraciones laborales, románticas, sociales y culturales que nos imponemos —¿o que nos son impuestas?—.

    Guadagnino, por su parte, lo ha vuelto a lograr. Una vez más, expone en primer plano aquello que tanto nos aterra: la incertidumbre sobre lo que realmente queremos en la vida, especialmente en el amor. Y es que estos 135 minutos de metraje no son sino una excusa para confrontarnos con nuestra propia sensibilidad. Un filme dirigido a un público ávido de historias casi extrasensoriales, que nos sumerjan en una trama sobre personajes en busca de una conexión que trascienda los límites de lo tangible.

    Y es precisamente una de esas reflexiones la que me acompaña en silencio tras salir del cine: ¿es realmente tan difícil encontrar a alguien con quien conectar en un mundo marcado por la liquidez del amor?

    El eco del deseo

    Queer, adaptación de la novela homónima de Burroughs publicada en 1985, nos sitúa en el epicentro de la historia a William Lee (Daniel Craig). Asiduo a los opiáceos y rey indiscutible de la vida nocturna mexicana, se ha convertido en la encarnación del frenesí y en esclavo del tempus fugit. Como muchos hombres de su entorno, oscila entre la autoaceptación y la liberación sexual concebida como un espejismo envuelto en el velo seductor de la lujuria. Las noches de excesos, asfixia y penumbras desembocan en encuentros sexuales casi furtivos, consumados en habitaciones de hotel donde flota la falsa promesa de satisfacción. Espacios donde solo hay lugar para un pacto tácito entre desconocidos: el intercambio de placer con la condición del olvido. 

    Aun así, la narrativa nos permite identificar —más pronto que tarde— el verdadero anhelo del protagonista: un encuentro romántico que sacie su hambre de conexión humana, lejos de las miradas lascivas que se cruzan de un extremo a otro en un bar gay y cuyo recorrido concluye con el orgasmo en brazos de alguien cuyo nombre no recuerdas… o que ni siquiera llegaste a conocer.

    Es precisamente su primer encuentro con Eugene Allerton (Drew Starkey) —y los que le siguen— lo que da origen a un complejo entramado de dinámicas interpersonales. Sus reuniones terminan transformando los roces en caricias y, enmarcadas por una propuesta lumínica que invita al intimismo más puro, se convierten en el lenguaje de dos amantes que hablan con miradas cargadas de palabras y propósito: “I wanna speak… without speaking”.

    Luca Guadagnino en el set de Queer.

    Ser visto

    Pese a ello, Guadagnino sabotea las intenciones de Lee al encarnar en Allerton la problemática central que ya ha explorado en otras obras de su filmografía: ¿por qué me cuesta reconocer quién soy en realidad? ¿Acaso quiero liberarme de aquello que más temo? —“Is it better to speak or to die?”—.

    Así, la relación entre ambos se desliza lentamente por una espiral de apegos convertidos en un auténtico campo de batalla entre la ansiedad por ser amado y la evitación, donde la única bandera blanca parece ondear en el conformismo de una de las partes —“All I ask is be nice to Papa, say… twice a week? That isn’t excessive, is it?”—. No es casual que el rechazo intermitente de uno despierte en el otro un deseo aún más feroz de alcanzar una meta que se aleja con cada intento: la de ser correspondido.

    Aun así, el director nos deja claro que no son el misticismo, la telepatía ni los viajes extradimensionales los que dotan de profundidad a las relaciones. En su ausencia, solo queda la aceptación de lo inevitable: la ruptura. Y con ella, el inicio de un camino propio que enfrente los temores de envejecer en soledad… o, peor aún, atrapado en la inestabilidad.

    Lo que nos une en el silencio

    La complejidad de la propuesta cinematográfica de Guadagnino no radica en sus alegorías ni en sus escenas casi sinónimos de poemas visuales, sino en el desafío que nos plantea: enfrentarnos a nosotros mismos a través de la identificación. No se trata de marcar casillas con tics sobre los efectos del deseo en nosotros, sino de admitir la existencia de aquello que nos horroriza y las decisiones que tomamos para deshacernos de lo que creemos intolerable. Decisiones cuyo remedio suele parecer la huida de la soledad a cualquier precio.

    El amor, como tantas otras cosas que realmente valen la pena, ha de ser torpe. Sin su inevitable patosidad, querer se convierte en un frívolo cálculo y el cariño, en su propio obstáculo, alimentado por el miedo del ”¿y si…?”. Al final, junto al misterio embellecido del porvenir, solo nos queda la paciencia, aferrándonos a la esperanza de que los vínculos que construimos no se desvanezcan por la ausencia de torpeza.

    Mientras tanto, reímos, celebramos, lloramos, salimos, trabajamos y viajamos. Y en algún punto de ese trayecto —quizá en un tren de Madrid a Barcelona—, la incomodidad de nuestros pensamientos se diluye. Porque sabemos que existen personas capaces de hacernos abrazar la verdadera intimidad: la de las miradas cargadas de propósito. La de hablar sin palabras.

  • Parthenope y el poder del cigarrillo

    Parthenope y el poder del cigarrillo

    El 25 de diciembre se estrenaba en los cines españoles el último trabajo de Paolo Sorrentino: Parthenope. Producida por A24, The Apartment Pictures, Pathé Films y Saint Laurent Productions -entre otras-, esta oda a la juventud, la belleza y la nostalgia intercala cada escena con al menos un cigarro. ¿Qué clase de fetiche encuentra Sorrentino en el acto de fumar? ¿Por qué es imprescindible para la película?

    El ritmo de Parthenope

    La realidad es que uno de los grandes desconciertos que provoca la obra de Sorrentino es su ritmo narrativo.  En el caso de Parthenope, la película se construye en los silencios.

    Sorrentino impone una cadencia contemplativa inevitable. Los planos que retratan a Celeste Dalla Porta, así como los que enmarcan la mirada ajena sobre ella, se dilatan hasta el punto de obligar al público a participar en lo que sucede. El cine de Sorrentino es siempre interactivo: es el espectador el que tiene que descifrar el significado que esconden desde los diálogos hasta cada una de las piezas de la banda sonora.

    Sin embargo, escoger un ritmo para la contemplación no es precisamente sencillo. Cada vez lo es menos, de hecho. La contemplación pausada pierde fuelle ante el frenetismo urbano en que estamos inscritos.

    Y aún así, nos queda siempre el cigarro.

    Gary Oldman, John Cheever en Parthenope

    La pausa contemporánea por excelencia es el cigarro. Lo que pretende Sorrentino en Parthenope no es muy distinto a lo que sucede en las cocinas de las previas en casa, en la entrada de los locales y a la salida de los teatros.

    El cigarro permite pensar, digerir, lo que se vive.

    Uno se fuma un cigarro caminando, con los cascos puestos. Esperando a alguien, encaramado en la repisa de alguna boca de Metro. Después de una sesión extensa de balanceo en un pub, cuando le apetece huir del bullicio. O en una terraza, durante una conversación estimulante con amigos, mientras otros hablan. O después de hacer el amor.

    Sorrentino obliga a aquello que muy acertadamente dijo Anne Carson en The Beauty of the Husband (2001): aguantar la belleza. Atreverse a contemplar. Parthenope fuma porque está más interesada en observar qué sucede a su alrededor que en implicarse en las cosas.

    De hecho, Sorrentino obliga en esta película a desprenderse del pudor. Lo presenta como enemigo de la belleza. Algunas escenas pueden llegar a resultar incómodas, como cuando Parthenope se encuentra de repente sentada en una sala del suburbio napolitano, rodeada de gente que presencia como una liturgia la relación sexual entre dos jóvenes que se muestran claramente intimidados, a la que se refieren como la gran fusión. O como el vínculo a tres que existe entre Parthe, su hermano Raimondo (Daniele Rienzo) y su amor de juventud, Sandrino (Dario Aita).

    Como espectador, estas secuencias te colocan en una posición compleja, porque lo que estás viendo, aunque se escapa de todo lo que puede parecerte natural o moral, es inevitablemente bello. Y genuino. Sorrentino es capaz de capturar lo bizarro con una cantidad de matices que te convence, te atrapa.

    Parthenope coquetea con todo y con todos, pero no desde un lugar necesariamente erótico. Es más parecido a esta curiosidad arrolladora que acompaña a la juventud, y que necesita desgranarlo todo pero que teme a su vez la posible decepción que sigue al descubrimiento. Lo amargo de hacerse adulto -propone Sorrentino- es de hecho llegar al fondo de las cosas, descubrir efectivamente que tras las tensiones del deseo a veces sólo queda el humo.

    La película como un proceso de seducción

    Los silencios de Parthenope, de todos modos, no son sólo una invitación al espectador. También son los momentos en que la seducción que envuelve la película, se dispara. El magnetismo de la actriz y de los planos guarda relación con este ritmo narrativo que mencionaba unas líneas atrás, tan dilatado.

    Lo que hace que una persona sea magnética tiene que ver, en muchas ocasiones, con que emana la sensación de que no llega tarde a ningún sitio. Parthenope se recrea en sus gestos como Sorrentino lo hace en su dirección. 

    El acto de exhalar adquiere aquí un gran protagonismo.

    El cigarro participa inevitablemente y desde el principio de los tiempos en el imaginario de la osadía y la seducción, que en la película se presentan como sinónimos. El ritmo de la seducción es el mismo que el del cigarro: requiere que el resto de cosas que suceden a nuestro alrededor se detengan, pasen a un segundo plano.

    No es ninguna casualidad que la joven, en un momento dado, cite a Georges Bataille –reconocido y alabado escritor erótico- diciendo -por supuesto cigarro en mano-:

    – Dígame, ¿no cree usted que el deseo es un misterio y, el sexo, su funeral?

    Parthenope («Parthe»)

    La realidad es que esta película está llena de preguntas. Parthe repite en varias ocasiones que todo lo que ella anhela es tener siempre la respuesta correcta. Sin embargo, en esta proyección nadie está dispuesto a responder ni revelar nada del todo.

    Depende de ti, que la estás viendo, encontrar el hilo oculto que conecta las relaciones entre los personajes, aquello que se dice sin decirse. El guión de Parthenope no se caracteriza por su extensión, sí por su puntería. Todas las intervenciones son breves pero compactas. Es por ello que requieren de una caladita de por medio.

    Las relaciones ambigüas de Parthenope

    Sin embargo, esta tarea no es precisamente fácil teniendo en cuenta las características de los personajes de Sorrentino: eclécticos y cínicos, cuando no exuberantes y terriblemente sensibles.

    Parthenope se encuentra con muchos de estos arquetipos a lo largo de las dos horas y media: su profesor de antropología (Silvio Orlando), renegado de la Academia y guardián de un secreto; la adoradísima Greta Cool –un juguete roto de la actuación- (interpretada por Luisa Ranieri); un cura en quien recae la presión de una hazaña tal como el milagro anual de San Genaro (Peppe Lanzetta); y el más importante de todos: el brillante y alcohólico John Cheever, interpretado por Gary Oldman.

    La decisión de Sorrentino a la hora de escoger a John Cheever como el autor que no sólo lee apasionadamente nuestra protagonista, sino con el que además comparte algunas escenas, no es ninguna casualidad. Ambos creadores comparten las mismas pasiones temáticas: la juventud, la nostalgia, el placer. Cheever es una referencia clave en la película hasta el punto de que, la primera escena en que Parthenope aparece en pantalla, parece inspirada por uno de sus cuentos más famosos: The Swimmer –que, por cierto, te recomiendo que leas porque son 17 páginas sin desperdicio-.

    En fin, es sabido que el director napolitano no deja nada al azar. Al fin y al cabo, Parthenope es el nombre de la sirena que, en la mitología de la ciudad, funda sus ruinas.

    La sirena, también reconocido símbolo de seducción.

    Parthenope saliendo del mar

    Cara al final

    Parthenope va creciendo y el cigarro va a su vez desapareciendo de la pantalla. La película termina con ella ya anciana (pasando el testigo a Stefania Sandrelli), jubilándose como catedrática de antropología. De vuelta en Nápoles, revisa melancólicamente su juventud, y parece entonces haber encontrado algunas de las respuestas.

    Quizá porque, tal y como le advirtió su adorado profesor:

    La antropología es ver. Es dificilísimo ver, porque sólo puedes ver correctamente cuando todo lo demás desaparece. Y todo lo demás es la juventud, la pasión y, por qué no, el amor. La ínfima posibilidad de volver a reír ante un hombre que se cae en medio de una calle del centro.