Al final de un tramo de escaleras que parece conducir a un recoveco sin salida, el espacio se abre a una penumbra teñida de verdes y naranjas. Las paredes vibran con colores antinaturales, las sombras se alargan y las imágenes antiguas comienzan a moverse. Cruzar el umbral de Expresionismo. Un arte de cine es como entrar en un lienzo expresionista: no se accede solo a una sala, sino a un estado mental.
Sombras, desasosiego, estallidos de color y la sensación de caminar hacia una ciudad subterránea salida de Metrópolismarcan el ritmo del recorrido. La muestra no pretende explicar el expresionismo, sino hacerlo sentir. Y ahí reside su mayor fuerza: en una experiencia tan envolvente como inquietante.
La exposición, que recorrió la Fundación Canal (Sala Mateo Inurria 2, Madrid) del 8 de octubre de 2025 al 4 de enero de 2026, reunió 152 piezas —entre ellas 76 obras de pintura, dibujo, grabado, litografía y escultura, junto a 19 fragmentos cinematográficos y 57 fotogramas de once películas clave del cine mudo alemán— para reconstruir uno de los capítulos más decisivos de la historia del arte europeo. Organizada en colaboración con la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau de Wiesbaden y el Institut für Kulturaustausch de Tubinga, la muestra propuso algo que va más allá de la simple exhibición: demostrar cómo, por primera vez, el cine fue considerado un igual de la pintura, la escultura o la arquitectura.
Durante un breve pero intensísimo periodo histórico, Alemania se situó en la vanguardia del arte mundial. El expresionismo no solo reflejó el pasado y mostró el presente, sino que fue capaz de profetizar —con inquietante precisión— el futuro de un país que acabaría cayendo en el abismo del nazismo. El arte anticipó el horror.
Un arte nacido de la crisis
El expresionismo surgió en la Alemania de principios del siglo XX como respuesta a una época marcada por la industrialización acelerada, la fractura social y el trauma de la Primera Guerra Mundial. Su lenguaje visual —basado en colores violentos, perspectivas distorsionadas y figuras deformadas— no buscaba representar fielmente la realidad, sino exteriorizar emociones intensas, revelar lo que se esconde bajo la superficie de lo visible y transmitir un sentimiento colectivo de angustia.
Lejos del equilibrio clásico, el expresionismo apostó por el exceso, la tensión y la herida. Fue un movimiento cultural revolucionario, rompedor, que pretendía unir arte y vida y difuminar las fronteras entre las distintas disciplinas. Pintura, escultura, literatura, música, teatro y, finalmente, cine comenzaron a tejer un universo común. El ideal de la Gesamtkunstwerk —la “obra de arte total”— encontró en el cine un medio idóneo para expandirse y alcanzar a un público masivo.
En pintura, los grandes impulsores de esta estética fueron los grupos Die Brücke (El Puente) y Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), que se rebelaron contra la moral burguesa, denunciaron la alienación urbana y se volcaron en la expresión subjetiva del mundo interior. En las salas de la Fundación Canal conviven obras de Ernst Ludwig Kirchner, Franz Marc, Emil Nolde, Otto Dix, George Grosz, Max Beckmann, Käthe Kollwitz o August Macke, entre otros, en diálogo directo con el cine.

Autorretrato como soldado, Ernst Ludwig Kirchner (1915)
Cuando la pintura aprendió a filmar
La exposición traza un diálogo constante entre el expresionismo plástico y el cine alemán de la época, invitando al espectador a adentrarse en un imaginario tan fascinante como perturbador a través de pinturas, dibujos, esculturas, fotografías, litografías y proyecciones que se entrelazan con fragmentos de algunas de las películas más influyentes del cine mudo. No se trata de una simple yuxtaposición de disciplinas, sino del encuentro entre dos lenguajes que por primera vez comenzaron a reconocerse como iguales.
Entre los títulos que articulan este recorrido destacan El gabinete del Dr. Caligari (1920), Nosferatu (1921), El Gólem (1920), Dr. Mabuse: El gran jugador (1922) y Metrópolis (1927), junto a otras obras como El último, Las aventuras del príncipe Achmed, Misterios de un alma, Nervios, De la mañana a la medianoche o Sumurun. Todas ellas trasladan al cine los códigos visuales del expresionismo: la deformación del espacio, el contraste de luces y sombras y la intensidad emocional.
En estas películas, la ciudad se convierte en un escenario mental, el cuerpo en una superficie donde se proyecta el conflicto interior y la imagen deja de describir para expresar. Desde la geometría angustiante de Caligari, al claroscuro simbólico de Nosferatu o la monumental arquitectura distópica de Metrópolis, el cine expresa los miedos, tensiones y fantasmas de la sociedad alemana de entreguerras.
La inclusión de Las aventuras del príncipe Achmed (1926), considerada la primera película de animación que se conserva, subraya además hasta qué punto el expresionismo fue más que un estilo: fue un modo de mirar el mundo, capaz de impregnar incluso los lenguajes más incipientes del cine.

Fotograma de la película Las Aventuras del príncipe Achmed (1926)
La muestra permite comprobar cómo esta estética no solo creó algunos de los iconos visuales más poderosos del siglo XX, sino que dio origen a un lenguaje cinematográfico moderno cuya huella sigue viva hoy en autores como Tim Burton, Guillermo del Toro, David Lynch o en universos distópicos como el de Blade Runner de Ridley Scott. Cuando la pintura aprendió a filmar, el cine aprendió a soñar —y a inquietar— de otra manera.
Cuatro bloques para una herida colectiva
La narrativa del recorrido se articula en cuatro grandes bloques temáticos que funcionan como estaciones emocionales:
1. Ruptura / Liberación
Muestra la tensión permanente de la Alemania de entreguerras: crisis económicas, inflación, polarización ideológica y, al mismo tiempo, una fuerte liberación cultural. El contraste entre campo y ciudad, la crítica a la burguesía, la alienación del obrero y la fascinación por espacios marginales como ferias y circos se hacen visibles tanto en los lienzos como en el cine. La vida urbana aparece como frenesí, pero también como corrupción y decadencia.
2. Forma / Deformación
Aquí la estructura original —del rostro, de la ciudad, del cuerpo— se deforma hasta convertirse en reflejo de crisis psicológicas, sociales y existenciales. Calles torcidas, edificios inclinados y figuras angulosas convierten el espacio urbano en una jaula opresiva. En esta sección dialogan obras como Calle en Soest de Christian Rohlfs con los fragmentos de Metrópolis.
3. Sueño / Trauma
El expresionismo como espejo del subconsciente. Pesadillas, miedos reprimidos, delirios y deseos aparecen como vehículos para canalizar el trauma colectivo de la posguerra. Aquí el arte se funde con el psicoanálisis y lo onírico. Películas como Misterios de un alma o Nosferatu convierten la pantalla en una superficie donde se proyectan los fantasmas sociales.
4. El Monstruo
El cierre del recorrido conduce a una sala abovedada, oscura, teñida de luz verdosa. Allí aguardan las imágenes más memorables del icono del cine expresionista: Nosferatu. El monstruo se presenta como materialización de la fragmentación del mundo moderno y metáfora de la fragilidad humana. Garra, colmillo y sombra sellan el relato con una sensación que los románticos llamarían sublime.

Fotograma de la película Nosferatu (1922)
Ciudades, máquinas y cuerpos derrotados
En este universo, las nuevas ciudades industrializadas son concebidas como entornos asfixiantes y devoradores. El ser humano aparece reducido a un simple engranaje de una gran maquinaria social. Los obreros de Metrópolis, avanzando de forma mecánica hacia la fábrica, dialogan con los paisajes urbanos torcidos de Otto Dix. La ciudad deja de ser refugio y se convierte en amenaza.

La Gran Ciudad, Otto Dix (1927-1928)
Los cuerpos también sufren esta violencia simbólica: se deforman, se quiebran, se vuelven grotescos. El malestar interior se proyecta sobre la carne. La angustia colectiva se representa mediante retratos exagerados, caricaturas, pesadillas cinematográficas, vampiros demacrados, robots sin alma y distopías gobernadas por minorías a costa del sacrificio de las masas.
Todo ello queda plasmado en las escenas de Erich Drechsler, los soldados mutilados de Otto Dix, las mujeres rotas de Käthe Kollwitz, o las esculturas orgánicas y futuristas de Rudolf Belling.
Mujeres, dolor y resistencia
Especial relevancia adquiere la presencia de Käthe Kollwitz, artista hostigada por el régimen nazi y tachada de “arte degenerado”. Sus litografías de tiza muestran mujeres quebradas por el duelo, el hambre y la muerte. Kollwitz perdió a un hijo en la Primera Guerra Mundial y su obra se convierte en uno de los testimonios más descarnados del sufrimiento civil. En esa línea, la figura femenina en el expresionismo oscila entre la madre doliente, la mujer fatal y el cuerpo vulnerado por la violencia histórica.

Las Madres, Käthe Kollwitz (1921-1922)
Un arte perseguido que sobrevivió
El ascenso del nazismo marcó el principio del fin del expresionismo en Alemania. Considerado Entartete Kunst (arte degenerado), fue perseguido, censurado y expulsado de museos. Muchos artistas se exiliaron, otros fueron silenciados. Sin embargo, su legado sobrevivió. Algunas copias de películas mudas se conservaron incluso en el Archivo Nacional de Japón.
Hoy, más de un siglo después, esa estética sigue viva. El comisario de la muestra, Maximilian Letze, señala que Metrópolis sigue siendo la pieza más emblemática no solo por sus hallazgos visuales, sino porque representa la lucha del trabajador frente a la explotación industrial, una metáfora que continúa siendo dolorosamente actual.

Fotograma de la película Metrópolis (1927)
Una exposición como inmersión emocional
Más que una retrospectiva, Expresionismo. Un arte de cine es una experiencia sensorial e intelectual. El visitante no solo observa las obras: las atraviesa. El recorrido propone una travesía por los deseos, los miedos, las pulsiones y los traumas de una sociedad que, sin saberlo, se asomaba al mayor horror de su historia.
Al abandonar la sala del monstruo, la sensación no es de cierre, sino de eco. El expresionismo no termina: resuena. En el cine contemporáneo, en la estética urbana, en las distopías digitales, en nuestras propias ansiedades colectivas. Porque si algo demuestra esta exposición es que el arte no solo refleja su tiempo: también lo interpela desde el futuro.

