Categoría: Think Piece

  • Cuando la vida se interrumpe

    Cuando la vida se interrumpe

    El pasado viernes 14 de noviembre, mi padre me llamó por teléfono con una voz temblorosa. Al principio pensé que era una de esas llamadas que todos los días solía hacerme en las que a veces el silencio pesa más que las palabras. Pero no. Esa mañana me dijo que le habían detectado en una biopsia unas células cancerígenas, un linfoma agresivo. Uno de los cánceres más comunes, pero también de los que más rápido avanzan. Ambos nos echamos a llorar, separados por unos cuantos km, unidos por la línea frágil de una llamada que lo cambió todo.

    Desde entonces, no podía dejar de pensar en todo lo que había hecho por última vez sin saber que mi padre tenía cáncer. La última comida tranquila, la última broma inocente, el último tren, la última llamada sin miedo. Vivir sabiendo es distinto a vivir sin saber. La vida te sorprende con noticias que abren una grieta en tu rutina, y lo más difícil no es acostumbrarse a ello, sino aprender a mirar a través de ella.

    De pronto, comprendí que toda noticia grave es también una lección sobre el tiempo, ya que te obliga a pensar no tanto en lo que vendrá, sino en cómo has estado viviendo hasta ahora.

    Ver a mi padre derrumbarse fue, quizás, lo más duro. Su hermano murió con 21 años por leucemia, y él tenía solo 18 años cuando le tocó aprender lo que significaba perder demasiado pronto. Desde entonces, el cáncer era el monstruo que habitaba en las sombras de su casa. Y, de repente, volvía a tenerle delante, más cerca que nunca. Creo que el verdadero golpe no fue la palabra en sí, sino el peso simbólico de la repetición.

    Pasamos meses de incertidumbre, de pruebas, de silencios incómodos en las comidas, de noches sin dormir, de navidades que fueron cualquier cosa menos normales. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es “normal” cuando el miedo te invade?

    A finales de enero, recibimos la noticia que nos devolvió la esperanza: las células cancerígenas no pasaban de un susto. Era libre. Estaba a salvo. Y algo cambió en todos nosotros. Pudimos respirar. Mi padre, que durante meses no había tenido ganas de nada, volvió a levantar cabeza como si el mundo le ofreciera una segunda oportunidad.

    Pero también pienso muchas veces en quienes no tienen la misma suerte. En quienes reciben la misma noticia y no llega el alivio después, sino una cuesta cada vez más empinada. Es imposible no sentir que la vida a veces reparte sus cartas con cierta injusticia, que el azar decide demasiado. Esa consciencia también te cambia: te hace valorar cada pequeño gesto, cada día sin miedo, como un regalo que podría no haber llegado, y te recuerda lo poco que, en realidad, necesita cambiar la vida para que todo se sienta diferente.

    Esa experiencia me hizo pensar en cómo a veces vivimos de manera automática, esperando grandes sustos para recordar lo esencial de la vida. Él ha podido vivir una segunda vida, una que empieza sin miedo, pero tal vez deberíamos vivir así desde el principio, como si ya hubiéramos pasado por el susto y conocido el valor de estar vivos.

    Mi padre dice ahora que está más feliz que nunca viviendo su segunda vida. Yo pienso que quizás no hay segundas vidas, sino una sola que se interrumpe y reanuda cada vez que despertamos de una ilusión de seguridad. Lo valioso es conservar lo que aprendemos en ese intervalo, cuando el tiempo se detiene y nos obliga a mirar lo esencial.

    Y también te enseña quién merece tu tiempo. Cuando me pasó esto, no tuve ganas de contárselo a nadie salvo a mi pareja y a tres o cuatro amigos de verdad. Ni un solo mensaje a los demás, ni una sola llamada. Y ahí me di cuenta: si en el momento más duro de mi vida solo necesitaba a esa gente, es que el resto no se merecía nada de mí. Al mismo tiempo, vi con claridad qué cosas de mi vida merecían mi energía y cuáles eran solo ruido que había que silenciar. El susto no crea relaciones nuevas, solo te muestra cuáles ya valían la pena desde siempre, y te obliga a poner el foco donde de verdad importa.

    Cada uno aprende de estas lecciones como puede. Nadie tiene el manual del duelo, ni de la gratitud. Pero, lo que sí sé es que, después de aquella llamada, la vida ya no fue la misma. Y no tiene por qué volver a serlo. Tal vez, precisamente, de eso se trate. Aquella noticia que nos dieron un 14 de noviembre nos mostró algo esencial: el tiempo no es infinito. Nos obliga a elegir qué importa de verdad y a vivir con esa claridad, aunque sea incómoda. Porque cuando la rutina se rompe, lo que queda es la decisión de no desperdiciar lo que viene después.

  • El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    Hay un momento en la vida en el que tus padres empiezan a dejar de ser figuras intocables para convertirse, aunque solo sea en parte, en personas de carne y hueso. Es una transición extraña, llena de recovecos y calles sin salida, y que probablemente nunca llega a completarse del todo.

    En las relaciones familiares existen roles muy rígidos: el hijo, el padre, la madre, el abuelo. Y para romperlos, cada uno tendría que empezar a actuar como realmente es, sin respetar esas normas invisibles que sostienen la familia y correr el riesgo de dejar de ser, aunque solo sea por un momento, padre e hijo, para convertirse simplemente en dos personas.

    Cuando cruzas la mayoría de edad, y sobre todo cuando eres un adulto joven, empiezas a darte cuenta del peso de esos roles. De cómo la imagen que tus padres tienen de ti muchas veces ya no se corresponde con quien eres realmente, pero también de cómo la imagen que tú tienes de ellos está construida sobre apenas un pequeño fragmento de sus vidas. Conoces a tus padres como padres, pero no como personas completas. No sabes cómo eran antes de ti, qué les aterraba, qué querían ser, qué decisiones les persiguen todavía hoy.

    En ese espacio aparece El Sur, la película de Víctor Erice estrenada en 1983. La historia se cuenta a través de los ojos de una niña que vive con sus padres en un pueblo perdido del norte de España e intenta descifrar la vida y el comportamiento de su padre. Es una de esas películas que parece más un recuerdo arrancado de la psique de alguien que una ficción. Todo tiene esa sensación borrosa de la infancia, donde las cosas suceden delante de ti, pero nunca acabas de entenderlas del todo.

    Yo también recuerdo las visitas de familiares sin saber muy bien quiénes eran ni de dónde venían. Las fotos en blanco y negro de gente muy seria, con traje, en calles de un Madrid irreconocible. Recuerdo asumir la existencia de mi abuela sin plantearme jamás que había tenido una vida larguísima antes de que yo naciera. Nunca pensé de dónde habían salido todos los objetos de su casa, por qué cocinaba tan bien, o por qué había personas de las que nunca se hablaba. Y aunque parece que con la edad uno sale de ese estado de niebla, creo que es mucho más común de lo que parece seguir viviendo así, rodeado de personas cuya historia desconocemos casi por completo.

    Hay decisiones de un familiar que a ti pueden parecerte incomprensibles y que en realidad llevan gestándose veinte años. Hay silencios que empezaron antes incluso de que nacieras. Y muchas veces heredamos consecuencias sin haber conocido jamás el origen. Tú que estás leyendo esto, ¿sabes dónde nacieron tus bisabuelos, a qué se dedicaban, si emigraron, si lucharon en alguna guerra, cómo murieron? Yo no es que no lo supiera: es que nunca me lo había planteado. Y si no conoces esas vidas, ¿conoces realmente a tus abuelos? ¿A tus padres? ¿A ti mismo?

    Otra película que trata este tema es Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier y probablemente mi película favorita de 2025. Pero mientras El Sur habla del misterio familiar, Sentimental Value habla de la herencia emocional. Durante toda la película, las generaciones anteriores acechan a los personajes como fantasmas. La casa familiar funciona como un punto de conexión físico, mientras que las historias, traumas y silencios familiares actúan como una conexión invisible que atraviesa a todos los personajes.

    Esto se refleja especialmente en la historia de la abuela de la protagonista, que sufrió torturas durante la ocupación nazi y terminó quitándose la vida años después del final de la guerra. Ese dolor atraviesa después la vida de Gustav, luego la relación con sus hijas Nora y Agnes, y finalmente la del hijo de Agnes. Lo más devastador es que Agnes tiene que reconstruir parte de la historia de su propia familia a través de archivos y documentos de biblioteca, porque probablemente su padre nunca fue capaz de contarlo del todo. Y ahí la película muestra algo muy real: las familias muchas veces funcionan como historias incompletas, transmitidas a trozos, deformadas por la memoria y por aquello que cada uno decide callarse.

    En El Sur, sin embargo, hay todavía menos respuestas. La vida de la madre permanece casi completamente oculta, y la del padre se intenta reconstruir a través de conversaciones ajenas, cartas secretas, discusiones escuchadas detrás de puertas cerradas o pequeños gestos imposibles de interpretar cuando eres niño. Nunca llegas a comprender realmente quién era, igual que ocurre en la vida real. No existen archivos ni explicaciones definitivas, solo restos dispersos de una vida anterior que el tiempo vuelve cada vez más borrosos.

    El propio título de la película hace referencia al lugar donde nació y creció el padre, Andalucía, probablemente Sevilla. Que la familia se traslade al norte simboliza también la distancia que intenta poner entre su pasado y su nueva vida. Pero el pasado nunca desaparece del todo. Aunque el silencio intente enterrarlo, siempre termina regresando y condicionando el presente. Y la niña, incapaz todavía de entender lo que ocurre realmente, solo puede asumir cómo ese misterio transforma lentamente su vida.

    El plano final, con ella ya adolescente preparando la maleta para viajar con su abuela a El Sur, recetado como la solución a sus problemas de salud, representa no solo el impulso, si no la necesidad, de intentar reconstruir tus propios orígenes. No para resolver completamente el misterio, porque eso probablemente es imposible, sino para acercarte un poco más a entender quiénes fueron tus padres y, en consecuencia, quién eres tú.

    Desde que vi la película he intentado empezar ese viaje, sin más fuentes que la memoria de mis padres y sin más registros que las historias que todavía recuerdan. Y aun así me entristece pensar que nunca conoceré toda la historia, igual que probablemente ellos tampoco conocerán nunca la mía. Pero creo que es mejor intentarlo que quedarse para siempre en esa mirada infantil donde los padres simplemente existen, sin pasado y sin contradicciones, porque todo lo que ocurrió antes de ti, incluso aquello que nunca llegaste a conocer, también te convirtió en la persona que eres hoy.

    Fotografías: Sentimental Value (2025) arriba y El Sur (1983) abajo

  • El ataque de los clones y la disolución de la identidad

    El ataque de los clones y la disolución de la identidad

    El olvido y la nostalgia nos han traído de vuelta últimamente el reggaeton antiguo, a Chief Keef o incluso el 2016 como pack completo, pero algo se ha apoderado últimamente del terrorífico nicho del “underground” en España: una guerra de clones.

    Es aquella frase que te dice tu madre cuando ve que has comprado unos pantalones de campana: las modas son cíclicas. Es de esas cosas que asumes como obvias y que acabas repitiendo porque, tal y como auguraba tu madre y antes de eso tu abuela, es cierta. Las influencias han existido siempre, es imposible no asemejarse mínimamente a lo que consumes cuando te pones a hacer algo y una parte de nuestra escena se ha construido en torno a ellas. A nadie se le escapan las acusaciones de “ser Drake” hacia C.Tangana en 2016, el cómo Yung Beef trajo 808 Mafia o incluso que cuando Kidd Keo aún sonaba fresco fue por hacer una especie de Spanish Remix de Débrouillard de Damso.

    Claro está, el panorama nacional era bastante más desolador por entonces, las referencias se traían de fuera, y no solían ser desde luego tan exageradas, adaptando incluso el pitch de la voz. Aquí no estamos hablando de importación de un sonido o de semejanzas mínimas, la receta secreta que parece haberse popularizado consiste en coger un artista de nicho que sigue haciendo música y replicar casi al milímetro su sound selection, estructuras, referencias o incluso los flows, aunque por supuesto peor. 

    Esto resulta ya sintomático, no son casos aislados sino una fórmula y es que estamos a un paseo por TikTok de descubrir al nuevo clon del artista nicho de turno. La explicación de este éxito es simple, cuando escuchas algo que ya te suena, tu cerebro no tiene nada a lo que acostumbrarse, no hay disonancia alguna, ni un proceso de entender su universo; no te “enamoras” del artista porque ya lo conoces de alguna parte. Hay veces que, si salta en aleatorio, simplemente asumes que es del artista original y continúas tu camino, y eso es premiado por el algoritmo. Además, si copiar se vuelve un estilo en sí mismo, uno siempre se siente más legitimado a hacerlo.

    Un caso especialmente asombroso es el de Diegales. Este chico, antes de ser conocido como el Claudio Montana de pega, ha coqueteado con un caso de personalidad múltiple: en Te quiero interpreta a Delaossa, en Diego hace de RALY o, en café con chocolate, de tarchi. En otro tema, mientras realiza sus ya habituales ejercicios mímicos de Claudio, su productor se encarga de replicar punto por punto el sonido de Ultralágrima en Sobre cómo volar una cometa, y resulta difícil no sonreirse. Tampoco es una cuestión de apuntar con el dedo, en este nuevo armario tenemos también versiones de 8belial, mvrk, Hoke o Metrika, porque cualquier artista en auge es susceptible de ser multiplicado, especialmente si su ritmo de producción no es frenético. 

    En cuanto a estos imitadores no pienso ser el gris de mochila que no deje a los chavales que camelen, pero esto no es camelar, sino que roza la falta de amor propio. Siempre hubo en la cultura urbana un cierto orgullo de ser metafóricamente el “padre de” y ante todo una verguenza de ser el “hijo/clon de”, sobre todo si tu padre no era de tu círculo o era contemporáneo, pero parece haberse desvanecido ante la perspectiva de pegar un tema. Si el mejor argumento que tienes para ser escuchado es haberle robado la identidad sonora o incluso visual a alguien quizás no deberías estar haciendo música, sino copywriting. Permitidme ser un romántico, pero prefiero un artista malo que un clon, al menos es más honesto. Por lo demás, un artista malo puede convertirse, eventualmente, en uno bueno, pero si intentas construir el edificio por el tejado e imitar el producto final de alguien que lleva años construyendo, en el mejor de los casos tendrás una cáscara pulida, que además de estar completamente hueca, brilla menos que la original.

    Ahora bien, no va solo de los propios clones. Esto sería bastante menos relevante si la respuesta del público no los hubiese posicionado en el centro del debate público y sobre todo, si no fuese una respuesta sintomática: necesitar más. Permitidme ser más romántico aún, pero el encanto de un artista reside precisamente en la atmósfera que lo envuelve, en la persona que lo sustenta. Mataría por tener una librería infinita de temas de ciertos artistas, pero no es posible, y ahí está la gracia de esperar un release, de emocionarse, desesperarse o acabar decepcionado, de rebuscar snippets o de enseñarselo a alguien como si fuese una parte más de tí. Porque la figura por detrás importa. Estos neoartistas ni traen nada nuevo, ni traen nada mágico, sólo se regodean en la forma olvidando que el casio de tenía tu abuelo nunca será igual al que hay en la relojería de tu barrio, por mucho que el modelo se parezca. Que esto valga nos hace resultar caricaturescos como agentes de consumo. 

    Si en la época en la que el contenido de redes está siendo cada vez más conformado por agentes de IA —no hay más que abrir YouTube o Twitter para verlo— lo último que se necesita es un reciclaje humano de referencias que además siguen produciéndose. Quizás lo mejor sea fingir un olvido colectivo de sus nombres, dejar de pretender que es algo involuntario u orgánico y señalar sin mucho ánimo pero con el labio algo torcido al que lo siga intentando si se quiere mantener cierta emoción en todo esto. 

  • Barbenheimer: En Busca del Sentido

    Barbenheimer: En Busca del Sentido

    El fenómeno ‘Barbenheimer’: En el crisol de la cultura popular, un par de películas aún sin estrenar desatan un debate filosófico inesperado, haciendo que nos cuestionemos nuestras propias nociones de felicidad, responsabilidad y el verdadero significado de la vida.

    Barbenheimer

    El Renacimiento de un Antiguo Debate

    Hace unos 2300 años, nació una disputa filosófica que sigue siendo relevante hoy en día: el epicureísmo vs el estoicismo. El epicureísmo se basa en su concepción y búsqueda del placer. Un placer obtenido desde la inteligencia es un placer bueno porque nos da la felicidad, nos aparta del dolor y nos ayuda a conseguir el equilibrio (entre cuerpo y mente), la tranquilidad o el estado ideal, la ataraxia. “La clave de una vida feliz es acumular la mayor cantidad de placer y reducir al máximo el dolor”.

    En el estoicismo, sobre todo primó la idea del control de las pasiones y la consecución de la felicidad prescindiendo del placer y el deseo. Pues ambos estados mentales perturban el equilibrio y la virtud. Así, el autocontrol de los apetitos y la renuncia de los bienes materiales serían la clave para alcanzar el equilibrio, la felicidad y la libertad, lo que el estoicismo define como apatía. “El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos”.

    Barbenheimer

    El Fenómeno ‘Barbenheimer

    La pregunta de Barbie u Oppenheimer representan de alguna forma estas dos corrientes de pensamiento. Su imagen ha transcendido más allá de la obra que hay detrás. Todavía no han salido ninguna de las dos películas, así que no puedo hablar de los temas y conceptos que ambas obras quieren transmitir. Recordemos que este revuelo se ha generado con un par de posters y trailers.

    Este choque de realidades casi absurdo, ha resultado en una de las campañas de publicidad más exitosas de los últimos tiempos, beneficiando a ambas obras y creando Barbenheimer. De una manera involuntaria, estas dos obras han despertado un debate que lleva siendo relevante desde el comienzo del ser humano.

    ¿Optimismo o pesimismo?, ¿evasión o responsabilidad?, ¿deseo o desapego? Son preguntas que, de alguna forma, nuestra generación no ha sabido, o no puede responder. Por un lado, todos queremos ser felices y optimistas, pero por otro, es imposible no tener en cuenta todo lo que ha ocurrido los últimos años, pandemias, crisis y guerras, y que dudes si las cosas vas a ir a mejor o a peor.

    Barbenheimer

    Creo que normalmente cuando algo conecta tanto como ha conectado Barbenheimer, es por que toca conceptos más universales y profundos del ser humano y muestra algo de la realidad actual que nadie se había parado a mostrar.

    La Reflexión Contemporánea: Entre la Búsqueda de la Felicidad y la Aceptación de la Realidad

    Así, nos encontramos en un cruce de caminos entre el epicureísmo y el estoicismo, el placer y la renuncia, la Barbie y el Oppenheimer. Esta yuxtaposición de ideales y deseos nos habla de un mundo lleno de contrastes y de una sociedad que oscila entre la búsqueda del disfrute y el reconocimiento de la dureza de la realidad. Estas películas, aún sin estrenar, han conseguido provocar un debate que nos lleva a cuestionar nuestra propia naturaleza, nuestra visión del mundo y cómo nos enfrentamos a la vida.

    El éxito publicitario que han cosechado estas dos obras, más allá de su contenido, resalta la relevancia y la necesidad de estos debates filosóficos en nuestro tiempo. La elección entre estos valores y formas de ver la vida son cuestiones que aún hoy no tenemos claras respuestas, quizás porque no existen respuestas absolutas.

    Barbenheimer

    El dilema de Barbenheimer, sin embargo, no solo encarna nuestras incertidumbres, sino también nuestras esperanzas. A pesar de las adversidades y las dudas, todos seguimos buscando, luchando, soñando. Queremos la felicidad y la ataraxia del epicureísmo, pero también buscamos la fortaleza y la libertad del estoicismo.

    En última instancia, nos recuerdan que, a pesar de las diferencias y las incertidumbres, todos somos parte de una humanidad común en busca de sentido y propósito, un esfuerzo tan antiguo como la propia civilización. Las dudas siempre van a persistir y este debate nunca se acabará. De alguna forma, tenemos que aprender a lidiar con ambas corrientes, tanto en nosotros mismos, como en el resto.

  • La tóxica relación entre artistas y su público

    La tóxica relación entre artistas y su público

    En el escenario de la cultura y el entretenimiento, surge una pregunta que resuena constantemente: ¿le deben los artistas algo a su público?, ¿los fans tienen derecho a demandar a un artista? Analizamos las distintas perspectivas de esta cuestión y exploramos algunos ejemplos que ilustran esta compleja relación, desde «Whole Lotta Red» a «Motomami».

    Un Pacto Implícito

    Rosalía en su Motomami Tour

    En la ecuación del arte y el entretenimiento, existe una relación simbiótica entre el artista y su público. Los espectadores proporcionan la apreciación, la adoración y, a menudo, el apoyo financiero que permiten al artista continuar creando. En ese sentido, algunos sostienen que los artistas tienen la obligación de considerar a su público, ya que es este último el que, en última instancia, permite que su carrera prospere. Son los que compran el ticket para su película o la entrada de su concierto, así que de alguna forma, controlan su carrera.

    Esto puede derivar en actitudes controladoras de los fans, exigiendo un tratamiento especifico, nueva música cuando ellos quieren o que el artista siga haciendo el mismo estilo de arte que a ellos les gusta de él. De esta cuestión surge el termino «fan service» que sirve para descalificar a una obra que se ha hecho con la única idea de contentar las demandas de los fans, no hay riesgo ni innovación. Artistas como Tyler the Creator, ha expresado su difícil relación con sus seguidores. Respondiendo a un fan que criticaba su nueva música comentó: «te gustaba cuando te contaba lo triste que estaba en los discos, ¿pero cuando la mierda cambia y me siento genial, no puedes lidiar con ello porque no puedes identificarte?».

    La Cultura de Microondas

    Convención de Marvel, 2022

    Con los fans cada día más exigentes, hay un peligro de que, cada vez más, el arte se convierta en un producto de consumo, creado para gustar y apaciguar a los fans, que evolucionan a ser un agujero negro devorador de contenido. Cuando un artista saca un álbum, por ejemplo, a las horas las redes sociales están repletas de opiniones autoritarias sobre la calidad del producto, normalmente radicales. O es un clásico o es una mierda. Normalmente si es más o menos lo que se esperaba es un triunfo, si no, se le ve al artista como un traidor. El apoyo incondicional resulta que era condicional, a que lance el producto que a mí como consumidor me satisfaga, y que no pase mucho entre lanzamiento y lanzamiento, que si no me aburro.

    Los grandes jugadores en la industria (discorgáficas, productoras de cine, etc) se dan cuenta de esto, y saben capitalizarlo. Un ejemplo claro son las películas de Marvel, pensadas para satisfacer a su audiencia regularmente con 3 o 4 películas al año. No faltan ejemplos en la industria de la música. Álbumes de 20 canciones, 2 o 3 proyectos al año, sin grandes riesgos ni experimentaciones. Y lo peor, es que funciona perfectamente, y me atrevería a decir que este modelo es como se mantienen las luces encendidas en las oficinas de la industria del entretenimiento.

    El Arte Como Expresión Personal

    Playboi Carti

    Por otro lado, existe la visión del arte como una forma de expresión personal, donde el artista no tiene obligaciones más allá de su propia creatividad e integridad artística. Muchos defienden que los artistas deben tener la libertad de explorar, innovar y expresarse sin estar restringidos por las expectativas del público.

    Todavía recuerdo como los fans llamaban «Whole Lotta Mid» al último álbum de Playboi Carti. El mismo álbum que hoy en día se considera un clásico, llena estadios y prácticamente ha creado un nuevo genero. Cuantas innovaciones y momentos de cambio históricos en el arte no hubieramos tenido, si los artistas hubieran hecho lo que los fans esperaban de ellos. Si no hubieran tenido la valentía de ir contra corriente y enfrentarse a lo que es, efectivamente, su única forma de sustento.

    También me acuerdo de como se recibió al último disco de Rosalía en España el día de lanzamiento por una gran parte de fans, comparándolo con «El Mal Querer», llorando porque no era lo que querían. Ahora nadie se atreve a cuestionar el éxito artístico y cultural que ha sido «Motomami».

    Como en muchos aspectos de la vida, la clave puede residir en el equilibrio. Los artistas no pueden ignorar por completo a su público, ya que su apoyo es esencial para su carrera. Sin embargo, también es importante que los artistas mantengan su autenticidad y no se vean obligados a sacrificar su creatividad para complacer a los demás. De hecho, es imprescindible, si queremos que el arte siga evolucionando y sorprendiendo.

    Al final, los artistas que pasan a la historia son los que crean sin miedo, los que arriesgan todo y se expresan con el corazón. Como fans, no podemos exigir que los artistas nos den lo que queremos, por que así, nos privaríamos de los clásicos del futuro.