El arte como oficio: Tom Sachs, Frank Ocean y la construcción de lo eterno

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Hace unas semanas, Nike anunció su nueva colaboración con Tom Sachs: las NikeCraft Mars Yard 3.0. Para muchos, este lanzamiento es solo la continuación de una línea de zapatillas que ha alcanzado un estatus de culto, un objeto de deseo en la intersección entre el arte y el diseño funcional. Pero detrás de Sachs hay otra colaboración menos evidente, más subterránea, más influyente de lo que muchos imaginan: su trabajo con Frank Ocean.

La industria musical tiene un problema con el tiempo. Lo exige todo de inmediato. Álbumes, giras, promociones. Canciones que apenas nacen y ya deben ser virales. Ocean, que en 2012 había roto todas las expectativas con Channel Orange, llevaba años desaparecido, escondido en un limbo creativo mientras su discográfica esperaba. Pero Frank Ocean no es un artista que se rinda al reloj de la industria. Cuando reapareció en 2016 con Endless, lo hizo con una jugada maestra.

No era solo un álbum. Era un statement. Un “fuck you” a las discográficas, una ruptura con la forma en que la música es consumida. Ocean entregó Endless a Def Jam, cumpliendo así su contrato, y al día siguiente, como un golpe de genio, lanzó Blonde, esta vez de manera independiente. Pero Endless era más que una estrategia contractual. Era una obra de arte conceptual. Y ahí es donde entra Tom Sachs.

El encuentro de dos outsiders

Frank Ocean contactó a Tom Sachs personalmente. No fue al revés. Buscaba algo. Buscaba a alguien que entendiera lo que quería hacer. Sachs, con su estética brutalista, con su obsesión por lo hecho a mano, con su insistencia en el trabajo físico como forma de expresión, era la pieza perfecta del rompecabezas.

Sachs no es un diseñador de moda ni un director de arte convencional. Es un artista que construye con sus manos, con madera, con metal, con pegamento. Es un fanático del craft, de la repetición, del trabajo meticuloso hasta el agotamiento. Para Ocean, que en ese momento estaba obsesionado con la idea de desafiar las estructuras de la música, Sachs representaba algo fundamental: la resistencia a lo inmediato.

Si Ocean quería mostrarle al mundo que el arte no es un simple producto sino un proceso, Sachs era la persona que podía darle forma a esa idea.

Endless y la instalación Troyan’s, 2016

Endless: la escalera que nunca termina

Cuando Endless se estrenó como un visual-album, muchos lo vieron como una curiosidad. Ocean, en una habitación casi vacía, construía una escalera en espiral. Pero era mucho más que eso. Sachs diseñó el espacio. Sachs influyó en la narrativa. Sachs construyó los elementos clave del video.

La escalera no era solo un objeto arquitectónico. Era un símbolo. Como dijo el propio Sachs en una entrevista con Pitchfork, representaba la escalera al cielo. El largo, agotador, a veces absurdo camino hacia la realización personal y artística. La versión completa de la grabación duró 140 horas. Un recordatorio de que el arte verdadero no es instantáneo. Se construye, pieza a pieza, con sudor, con paciencia, con frustración.

Pero la escalera no era el único elemento clave de Endless. También estaba el altavoz monumental, la instalación Toyan’s. Sachs ya había trabajado con estos colosales sistemas de sonido en su serie Boombox Retrospective, un proyecto que homenajeaba la cultura del sonido portátil, la idea de que el audio, como el arte, debería ser transportable, compartido, unificador. En Endless, el altavoz gigante se convierte en una especie de tótem. Es la voz amplificada. Es el eco de Ocean en un espacio vacío. Es el símbolo de que la música, incluso cuando parece atrapada en una estructura (el contrato con Def Jam, la industria), encuentra la manera de resonar, de escapar, de hacerse oír.

Boys Don’t Cry, 2016

Boys Don’t Cry y la fisicalidad de la memoria

Cuando Ocean lanzó Blonde, no lo hizo solo con un disco. Lo acompañó con Boys Don’t Cry, una revista impresa, un objeto tangible en un mundo donde la música ya no tiene forma física. Y de nuevo, Sachs estaba ahí.

Tom Sachs describió la revista como “la versión impresa de mi película de 2011, Color.” Color era un experimento visual que jugaba con la materialidad del color, con la fisicalidad de lo que normalmente percibimos como una abstracción. Boys Don’t Cry funcionaba de la misma manera: era una declaración de que las ideas deben ocupar espacio. Que la música debía volver a sentirse real, como un objeto que puedes tocar, subrayar, guardar en una estantería.

¿Qué aportó exactamente Sachs a Boys Don’t Cry? Diseño. Concepto. Pero, sobre todo, espíritu. Porque al igual que Ocean, Sachs cree en la permanencia del arte. En su capacidad de resistir la obsolescencia. En su necesidad de existir más allá de lo digital.

Escenario en el FYF Fest, 2017

FYF Fest 2017: El mundo de Sachs

El 22 de julio de 2017, Frank Ocean regresó a los escenarios con una gira minimalista e íntima, pero con un diseño visual impactante. Para su presentación en el FYF Fest, en Los Ángeles, confió una vez más en Tom Sachs para crear un escenario que rompiera con las convenciones de los espectáculos en vivo. En lugar de pantallas gigantes y efectos ostentosos, Sachs diseñó un espacio que recordaba a un estudio de grabación improvisado, con una estética industrial, cables a la vista y micrófonos montados en estructuras de bricolaje.

El elemento más llamativo fue una cámara de vídeo en mano, que seguía a Ocean durante la actuación y proyectaba su imagen en una pantalla CRT, evocando la sensación de un archivo VHS casero. En ese mismo escenario, apareció Brad Pitt, quien, en una de las imágenes más enigmáticas de la noche, sostuvo un teléfono móvil en la oreja mientras Ocean interpretaba Close to You de Stevie Wonder. Pitt estaba atravesando su divorcio con Angelina Jolie, y en una entrevista con GQ, había mencionado que escuchaba mucho a Frank Ocean durante ese período difícil.

Créditos en «The Hero’s Journey» de Tom Sachs

The Hero’s Journey: el camino del artista

Un mes más tade, el 8 de agosto de 2017, Sachs lanzó un cortometraje en colaboración con NikeCraft titulado The Hero’s Journey. Y en los créditos aparecía un nombre inesperado: Frank Ocean. Su título ya lo dice todo. The Hero’s Journey hace referencia a la estructura narrativa clásica de Joseph Campbell, ese viaje del héroe en el que alguien se enfrenta a un desafío, desciende a lo más profundo de su ser y regresa transformado.

Ocean era la persona perfecta para aparecer en esta historia. En muchos sentidos, su carrera había seguido exactamente ese camino. Se enfrentó a la industria. Se retiró. Se reconstruyó. Y regresó con algo que rompió las reglas del juego.

Pero The Hero’s Journey no era solo una película sobre Ocean. Era, en esencia, un reflejo de su colaboración con Sachs. Ambos creen en el proceso. Ambos saben que el arte no es un destino, sino un trayecto lleno de pruebas. Y ambos entienden que la verdadera resistencia en el mundo moderno es la paciencia.

Fran Ocean en «Endless», 2016

La construcción de lo eterno

La colaboración entre Frank Ocean y Tom Sachs no es una de esas asociaciones comerciales vacías donde dos nombres se unen por conveniencia. Es una exploración genuina de lo que significa crear.

Construir una escalera en Endless no es un truco visual. Es una metáfora del trabajo real. Sacar una revista como Boys Don’t Cry no es una simple estrategia de marketing. Es un gesto de resistencia en un mundo que ha convertido el arte en contenido desechable. Y The Hero’s Journey no es solo un corto de Nike. Es una prueba de que la verdadera creatividad exige tiempo, dedicación y un rechazo absoluto a la velocidad impuesta por la industria.

Hoy, mientras el mundo espera las NikeCraft Mars Yard 3.0, vale la pena recordar que lo importante no es solo el producto final, sino lo que representa. Sachs y Ocean nos han mostrado que el arte no es inmediatez. Es proceso. Es repetición. Es una escalera que, paso a paso, nos lleva a algo más grande que nosotros mismos.