Autor: Alberto Noriega

  • El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    El misterio de la familia a través de Sentimental Value y El Sur

    Hay un momento en la vida en el que tus padres empiezan a dejar de ser figuras intocables para convertirse, aunque solo sea en parte, en personas de carne y hueso. Es una transición extraña, llena de recovecos y calles sin salida, y que probablemente nunca llega a completarse del todo.

    En las relaciones familiares existen roles muy rígidos: el hijo, el padre, la madre, el abuelo. Y para romperlos, cada uno tendría que empezar a actuar como realmente es, sin respetar esas normas invisibles que sostienen la familia y correr el riesgo de dejar de ser, aunque solo sea por un momento, padre e hijo, para convertirse simplemente en dos personas.

    Cuando cruzas la mayoría de edad, y sobre todo cuando eres un adulto joven, empiezas a darte cuenta del peso de esos roles. De cómo la imagen que tus padres tienen de ti muchas veces ya no se corresponde con quien eres realmente, pero también de cómo la imagen que tú tienes de ellos está construida sobre apenas un pequeño fragmento de sus vidas. Conoces a tus padres como padres, pero no como personas completas. No sabes cómo eran antes de ti, qué les aterraba, qué querían ser, qué decisiones les persiguen todavía hoy.

    En ese espacio aparece El Sur, la película de Víctor Erice estrenada en 1983. La historia se cuenta a través de los ojos de una niña que vive con sus padres en un pueblo perdido del norte de España e intenta descifrar la vida y el comportamiento de su padre. Es una de esas películas que parece más un recuerdo arrancado de la psique de alguien que una ficción. Todo tiene esa sensación borrosa de la infancia, donde las cosas suceden delante de ti, pero nunca acabas de entenderlas del todo.

    Yo también recuerdo las visitas de familiares sin saber muy bien quiénes eran ni de dónde venían. Las fotos en blanco y negro de gente muy seria, con traje, en calles de un Madrid irreconocible. Recuerdo asumir la existencia de mi abuela sin plantearme jamás que había tenido una vida larguísima antes de que yo naciera. Nunca pensé de dónde habían salido todos los objetos de su casa, por qué cocinaba tan bien, o por qué había personas de las que nunca se hablaba. Y aunque parece que con la edad uno sale de ese estado de niebla, creo que es mucho más común de lo que parece seguir viviendo así, rodeado de personas cuya historia desconocemos casi por completo.

    Hay decisiones de un familiar que a ti pueden parecerte incomprensibles y que en realidad llevan gestándose veinte años. Hay silencios que empezaron antes incluso de que nacieras. Y muchas veces heredamos consecuencias sin haber conocido jamás el origen. Tú que estás leyendo esto, ¿sabes dónde nacieron tus bisabuelos, a qué se dedicaban, si emigraron, si lucharon en alguna guerra, cómo murieron? Yo no es que no lo supiera: es que nunca me lo había planteado. Y si no conoces esas vidas, ¿conoces realmente a tus abuelos? ¿A tus padres? ¿A ti mismo?

    Otra película que trata este tema es Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier y probablemente mi película favorita de 2025. Pero mientras El Sur habla del misterio familiar, Sentimental Value habla de la herencia emocional. Durante toda la película, las generaciones anteriores acechan a los personajes como fantasmas. La casa familiar funciona como un punto de conexión físico, mientras que las historias, traumas y silencios familiares actúan como una conexión invisible que atraviesa a todos los personajes.

    Esto se refleja especialmente en la historia de la abuela de la protagonista, que sufrió torturas durante la ocupación nazi y terminó quitándose la vida años después del final de la guerra. Ese dolor atraviesa después la vida de Gustav, luego la relación con sus hijas Nora y Agnes, y finalmente la del hijo de Agnes. Lo más devastador es que Agnes tiene que reconstruir parte de la historia de su propia familia a través de archivos y documentos de biblioteca, porque probablemente su padre nunca fue capaz de contarlo del todo. Y ahí la película muestra algo muy real: las familias muchas veces funcionan como historias incompletas, transmitidas a trozos, deformadas por la memoria y por aquello que cada uno decide callarse.

    En El Sur, sin embargo, hay todavía menos respuestas. La vida de la madre permanece casi completamente oculta, y la del padre se intenta reconstruir a través de conversaciones ajenas, cartas secretas, discusiones escuchadas detrás de puertas cerradas o pequeños gestos imposibles de interpretar cuando eres niño. Nunca llegas a comprender realmente quién era, igual que ocurre en la vida real. No existen archivos ni explicaciones definitivas, solo restos dispersos de una vida anterior que el tiempo vuelve cada vez más borrosos.

    El propio título de la película hace referencia al lugar donde nació y creció el padre, Andalucía, probablemente Sevilla. Que la familia se traslade al norte simboliza también la distancia que intenta poner entre su pasado y su nueva vida. Pero el pasado nunca desaparece del todo. Aunque el silencio intente enterrarlo, siempre termina regresando y condicionando el presente. Y la niña, incapaz todavía de entender lo que ocurre realmente, solo puede asumir cómo ese misterio transforma lentamente su vida.

    El plano final, con ella ya adolescente preparando la maleta para viajar con su abuela a El Sur, recetado como la solución a sus problemas de salud, representa no solo el impulso, si no la necesidad, de intentar reconstruir tus propios orígenes. No para resolver completamente el misterio, porque eso probablemente es imposible, sino para acercarte un poco más a entender quiénes fueron tus padres y, en consecuencia, quién eres tú.

    Desde que vi la película he intentado empezar ese viaje, sin más fuentes que la memoria de mis padres y sin más registros que las historias que todavía recuerdan. Y aun así me entristece pensar que nunca conoceré toda la historia, igual que probablemente ellos tampoco conocerán nunca la mía. Pero creo que es mejor intentarlo que quedarse para siempre en esa mirada infantil donde los padres simplemente existen, sin pasado y sin contradicciones, porque todo lo que ocurrió antes de ti, incluso aquello que nunca llegaste a conocer, también te convirtió en la persona que eres hoy.

    Fotografías: Sentimental Value (2025) arriba y El Sur (1983) abajo

  • Eva Alonso: La inocencia como arma de destrucción masiva en Art Madrid ’26

    Eva Alonso: La inocencia como arma de destrucción masiva en Art Madrid ’26

    Caminar por los pasillos de una feria de arte contemporáneo a veces puede sentirse como deambular por un desierto de discursos encriptados y obras que exigen un manual de instrucciones. Sin embargo, en esta 21ª edición de Art Madrid, que se celebra del 4 al 8 de marzo, hay un rincón que funciona como un oasis visual, o mejor dicho, como un espejismo que te atrae para luego darte una bofetada de realidad. Hablamos del stand B3 de la galería Est_ArtSpace y su proyecto Lemon Juice. Y en medio de este estallido cítrico, una artista brilla con luz propia, armada con pinceles de colores pastel y una ironía letal: Eva Alonso.

    La obra de la artista española es, a primera vista, un caramelo visual. Su paleta de colores vibrantes y su técnica, que se caracteriza por una ejecución rápida, espontánea y engañosamente ingenua, funcionan como una trampa perfecta para el espectador incauto. Te acercas a sus lienzos arrastrado por la nostalgia de los dibujos animados, por ese lenguaje cercano al cartoon clásico que todos tenemos codificado en la memoria como algo seguro, lúdico e inofensivo. Pero es justo en ese momento, cuando has bajado la guardia, cuando Alonso despliega su verdadera artillería.

    Detrás de esa fachada de aparente inocencia y códigos infantiles, Eva Alonso esconde una carga de profundidad, una densidad crítica brutal. Su trabajo es un ejercicio maestro de parodia. No pinta para adornar salones burgueses; pinta para desmantelar. Con una agudeza clínica, la artista toma valores culturales, sociales y religiosos profundamente arraigados en nuestra sociedad y los pasa por el filtro de lo absurdo.

    En un mundo contemporáneo donde lo políticamente correcto parece haber domesticado el filo del arte, Alonso se adentra sin ningún tipo de pudor en terrenos pantanosos. Lo grotesco, lo sexual y lo violento irrumpen en sus cuadros camuflados bajo trazos amables. Es un choque de trenes, una disonancia cognitiva deliberada. Ver una temática perturbadora o una crítica feroz al poder envuelta en la estética de los dibujos animados del sábado por la mañana genera una tensión visual fascinante. Te ríes, pero es una risa nerviosa, la que surge cuando sabes que te están mostrando las costuras más feas de la humanidad en formato de chiste brillante.

    Esta capacidad para usar la ironía punzante como herramienta de desacralización no ha pasado desapercibida en el circuito internacional. Alonso no es una recién llegada. Su lenguaje, tan universal como mordaz, le ha valido formar parte de prestigiosas colecciones como la Colección Solo, y sus obras han sido colgadas en galerías de Barcelona, Madrid, Praga y la siempre competitiva escena de Los Ángeles. Su trayectoria confirma que el humor y la crítica no están reñidos con la alta cultura, sino que son el antídoto necesario contra la pretensión.

    El contexto perfecto: Lemon Juice

    Aunque la obra de Eva Alonso tiene la fuerza suficiente para sostener un discurso individual, su presencia en Art Madrid ’26 se engrandece por el ecosistema en el que ha sido plantada. El proyecto Lemon Juice de Est_ArtSpace ha sido concebido exactamente para esto: para ser un espacio de confrontación, frescura y fricción.

    Alonso no está sola en esta trinchera. La galería ha rodeado su trabajo con una selección de artistas que comparten esa mirada afilada e inconformista. En el mismo stand, el espectador puede dejarse arrastrar por el imaginario psicoerótico y underground del célebre artista canadiense Dave Cooper, o sumergirse en la poética introspectiva y ecologista de Perrilla y Arol, ambos seleccionados en el programa oficial de comisariado de la feria. Todos ellos forman un coro que dialoga con la obra de Alonso, demostrando que el arte contemporáneo aún puede exprimir la actualidad hasta la última gota.

    Obras por Eva Alonso

  • Spotlight 2025 | «Demian» – Teo Planell

    Spotlight 2025 | «Demian» – Teo Planell

    Hace unos meses descubrí la película Wings of Desire de Wim Wenders. Era la típica que llevaba en mi watchlist años y que, por lo que sea, nunca había acabado viendo. Me conmovió profundamente; no he parado de pensar en ella desde ese día. Hacía mucho que no me cruzaba con una obra de tanta profundidad, y el contraste con mucho del arte que consumo en la actualidad me resultó evidente. De repente, la superficialidad moderna se hizo innegable, como si apuntaras con una linterna a aquello que no has querido ver.

    Cuando aparecieron los créditos, tenía más preguntas que respuestas. En poco tiempo estaba leyendo sobre Walter Benjamin, sus Tesis sobre la filosofía de la historia y el cuadro de Paul Klee en el cual se inspira, llamado Angelus Novus. Sobre Rainer Maria Rilke y sus ángeles de las Elegías de Duino; sobre Martin Heidegger y el «Estar-en-el-mundo”. De repente, un hilo de ideas, nombres y nuevas obras que explorar se abría ante mí. Esto es lo que llamo una obra-puerta. No recordaba la última vez que una obra moderna me había abierto tantos caminos.

    Esa sensación de descubrimiento no volvió a repetirse hasta que llegué al disco de Teo Planell, Demian. Como ocurre con muchos álbumes que ahora están en mi Hall of Fame, la primera vez que escuché Demian no conectó conmigo. Tuvo que pasar un tiempo para que volviera a mi vida en el momento perfecto. Entonces empecé a apreciar la sutileza, los detalles, las subidas emocionales, la composición y lo realmente diferente que es. Es como si no tuviera tiempo o espacio que lo condicionara. Es una obra atemporal.

    Empecé a leer sobre Hermann Hesse y su libro Demian. Quillo (colaborador en Calle 52 y amigo) me habló sobre las proyecciones que Teo hizo en el Pequeño Cine Estudio: Paris, Texas, El sabor de las cerezas, La Notte, Wild at Heart. Al buscar sus entrevistas, los nombres y las obras no paraban de salir: Teo mencionaba desde a Bon Iver, Radiohead y Sufjan Stevens hasta a Arcade Fire, Todd Rundgren o Prefab Sprout.

    Ya tenía mi Spotlight escrito y maquetado; iba a ser sobre EARWORM de Laundry Day. Pero cuando me llegó el vinilo de Demian junto al libro de Hesse con la portada del disco, me di cuenta de lo especial que era este proyecto y de que tenía que ser mi Spotlight. Me encantan los artistas que, como Wenders, beben de una fuente tan amplia de referencias e inspiraciones. Admiro que en sus obras se perciba un bagaje cultural que las eleva más allá de un simple producto de consumo. Que profundizan, que piensan y que aportan una entrada más en la historia del arte y del pensamiento que les precede. Siempre he pensado que una disciplina artística nunca puede estar aislada de las demás, y Demian es un testigo de esto.

    Me gusta acabar los Spotlights con lo que me llevo de la obra en cuestión para el año que entra. En este caso, el propósito para 2026 es profundizar más, hablar más de los artistas que amo, de las ideas. Tanto en Calle 52 como en mi vida, hay que hacer más hueco para obras que sean desafiantes: de esas que crecen contigo y en las que no puedes parar de pensar meses después de haberlas encontrado. Esas obras-puerta, que una vez las cruzas nunca vuelves a ser el mismo.

  • Fuji: «El pop mola, bro. El pop es todo»

    Fuji: «El pop mola, bro. El pop es todo»

    En esta conversación con Calle52, Fuji —nombre artístico de Carlos Jiménez— abre la puerta a un universo propio: Super Sweet, su nuevo álbum, un viaje entre nostalgia japonesa, pop ochentero y contradicciones bellas. Un proyecto que, como él mismo dice, “no viene a encajar, sino a contagiar libertad”.

    Identidad y comienzos

    Hay artistas que se inventan en el camino y otros que lo tienen claro desde la primera clase de instituto. Fuji pertenece a la segunda categoría. «Yo ya era Fuji antes de tener un micro delante», dice. Empezó en 2017 haciendo producciones, aunque no tardó en lanzarse a cantar. “Les decía a los chavales: llamadme Fuji, que soy Fuji, que esto me mola”.

    Tras varios años de silencio público, el artista ha pasado los últimos tres buscando su voz, perfeccionando su sonido y encontrando una forma de expresión que le representa. “Por fin siento que he dado con algo que digo: esto soy yo, esto sí que me gusta”.

    Proceso y evolución

    Durante ese tiempo, Fuji estudió diseño de interiores y moda, pero pronto entendió que su camino estaba en la música. “He estado probando mil cosas hasta que por fin me siento cómodo produciendo lo que quiero. Ahora estoy 100% en la música”.

    Su nuevo proyecto, Super Sweet, nace del amor por el pop. “El pop mola, bro. El pop es todo”, afirma riendo. Un álbum de doce canciones donde cada detalle —desde el sonido hasta el estilismo— forma parte de un universo coherente y emocional.

    Super Sweet

    El título surgió entre risas con sus amigos: “Empezamos a decir super sweet para todo: esta comida está súper sweet, este tema está súper sweet… y se quedó”. Pero el concepto tomó forma durante un viaje a Japón, pedaleando de ciudad en ciudad, escuchando música y visualizando el disco en su cabeza.

    «Quiero que la gente baile tranquila, sin presión. Que puedan cantar, moverse, fluir. Todo el disco va de eso: groove, libertad, aroma, color».

    El sonido Fuji

    El álbum combina pop, disco y R&B. “Mi apuesta es hacer algo que aquí no se hace: un género disco-R&B-bailable que puedas escuchar en un club”. Entre los temas destacados menciona 90%, Michelin y Momiji, piezas que funcionan como pilares de su nuevo universo.

    “Sé que habrá críticas por querer llegar a los clubes con este sonido, pero no pasa nada. Lo que quiero es contagiar libertad. La música no tiene que encajar en normas impuestas”.

    Japón, melancolía y estética

    Japón atraviesa todo el proyecto. «Estuve viviendo allí, viajando en bici, pensando en el álbum y en mi vida. Fue un proceso visceral, de abrirme a la vida y poner todo en perspectiva. Llegué a la conclusión de que quiero vivir de la música, que me agobie solo la música».

    La metáfora central del disco es el melocotón: símbolo de belleza y contradicción. “En Japón el melocotón es un símbolo, y a mí me da alergia. Pero me encanta. Es suave, bonito, pero me hace daño. Esa contradicción define mi música”.

    Fuji combina la estética del Japón ochentero —edificios viejos, ventiladores en la calle, trajes con los pies descalzos— con la España más cotidiana y nostálgica. “Me atrae esa cutrería estética, esa libertad sin pretensiones. Hay algo muy honesto en eso”.

    Colaboraciones y futuro

    Entre los colaboradores de Super Sweet se encuentra Rus, en el tema Frankenstein (o quizás Frank), además de posibles apariciones de Fuera!, Suave y Suave y Carmen. “Aún estamos viendo qué temas entran, pero todos forman parte de este mundo que quiero crear”.

    Con Super Sweet, Fuji busca emocionar, divertir y liberar. “Quiero que la gente se identifique sin tener que encajar. Que baile sin pensar. Que sienta lo que yo sentí haciéndolo”.

    La entrevista íntegra, junto con el editorial fotográfico y material inédito, está disponible en el print #001 de Calle52 y en nuestra web.

    Créditos

    Fotografía y estilismo: Tomás Casado (@tomascg_)
    Producción: @discern.creative
    Dirección creativa: Santiago Medina (@santii_medina)
    Entrevista: Alberto Noriega (@alber_noriega)
    Agradecimientos: Adrián Moreta · Kiko Gabana · Gonris · Yaiza Díaz

  • Perfect Days y la carrera de la rata

    Perfect Days y la carrera de la rata

    Una encuesta de Deloitte, publicada hace unos días, sugiere que el burnout o agotamiento está afectando gravemente a los millennials: casi la mitad está dejando sus trabajos por este motivo y el 84 % afirma sentirse exhausto en su puesto actual. La generación Z, por su parte, tiene un enfoque diferente del trabajo. Solo el 6 % afirma que su principal ambición profesional es alcanzar un puesto de liderazgo. En cambio, dan prioridad al equilibrio por encima de ascender en la escala profesional.

    Mientras que los millennials siguen adelante hasta agotarse, la generación Z es más rápida a la hora de dar un paso atrás. Son más propensos a desconectarse o marcharse que a quemarse.

    Todo esto es síntoma de algo. La relación con el trabajo, con la ambición y, en última instancia, con el propósito vital, están en entredicho. Y no hay mejor referencia para intentar entender esta encrucijada que la última película del legendario Wim Wenders, Perfect Days.

    El limpiador de baños

    Estrenada en 2023, Perfect Days sigue la vida de Hirayama, un limpiador de baños públicos en Tokio interpretado por Koji Yakusho. Durante dos horas, vemos a Hirayama cuidar sus plantas, desplazarse de baño en baño con precisión, tomar un refresco en su bar habitual, pasar por la lavandería y leer hasta dormirse. Y aunque hay algunas situaciones que lo sacan de su rutina, que no comentaré para no arruinar la experiencia, sus días son un calco del anterior.

    Una vida que, bajo los estándares de la sociedad actual, podría parecer aburrida o incluso la definición de fracaso. En un momento clave, su hermana le pregunta con desprecio si sigue limpiando baños.

    En una historia más clásica, Hirayama estaría frustrado con su vida. Tendría un gran sueño por cumplir o una meta noble que alcanzar. Secretamente querría ser escritor, o tener su propio negocio de limpieza, y al final de la película conseguiría escapar de su rutina.

    Pero el giro es que nuestro protagonista está satisfecho con su vida. Cada mañana se levanta y, al salir de casa, mira al cielo con una sonrisa. No estamos acostumbrados a protagonistas sin ambición, y al principio pensamos que debe esconder un trauma o que está huyendo de algo. Y aunque nunca conocemos su pasado, quedarse ahí sería quedarse en la superficie.

    ¿Es posible una vida sin ambición?

    Nuestra generación está muy confundida. Un día nos venden que lo correcto es empezar nuestro propio negocio, otro que hay que opositar para buscar la estabilidad, o que lo mejor es tirar el móvil por la ventana y plantar patatas, o estudiar dos másteres para conseguir unas prácticas. Ningún camino se siente del todo correcto y, cuando llega la hora de empezar la carrera profesional, algo no encaja.

    Lo que Wenders propone es una vida donde la satisfacción personal no depende del trabajo, ni del estatus, ni del dinero, sino de los pequeños placeres que pasan desapercibidos en este mundo acelerado. En una cultura donde todo empuja a correr, Hirayama se atreve a quedarse quieto.

    Y si la ambición no es la respuesta, tal vez el problema esté en cómo vivimos: en la distracción constante que nos impide escucharnos.

    Is it really that damn phone?

    Hirayama no tiene smartphone. Escucha sus cassetes en el coche de camino al trabajo, toma fotos con una cámara analógica y lee libros en papel. Wenders sugiere que este consumo de medios más lento y físico es una forma de estar realmente en el mundo, de vivir con atención.

    Y ante la sorpresa de generaciones pasadas que abrazaron lo digital sin mirar atrás, la gen Z está saliendo a la calle con teléfonos de tapa y cámaras de bolsillo. Aunque hay algo performativo en ello —hacer journaling en una libreta de Muji no te va a salvar la vida—, el punto del director va más allá.

    Los momentos más bellos de la película son los que muestran cómo Hirayama se fija en los detalles: los transeúntes reflejados en una superficie metálica, el movimiento de las sombras de los árboles, la nota escondida en la ranura de un baño. Está presente en su día a día, capaz de encontrar belleza donde la mayoría solo ve rutina, si es que ve algo en primer lugar.

    Tiene espacio para pensar, para digerir lo que sea que le haya pasado y para encontrar no solo paz, sino plenitud en su humilde rutina. Nuestra generación, en cambio, casi nunca tiene ese espacio. Y nos está costando caro.

    La decisión

    En un mundo en el que los caminos preestablecidos parecen derrumbarse ante nuestros ojos, nuestra generación se enfrenta a varias preguntas. ¿De verdad merece la pena agotarme persiguiendo una carrera cuyas recompensas parecen cada vez más inciertas? ¿Tengo que convertirme en un vendedor improvisado del TikTok Shop, promocionando productos del Temu para llegar a fin de mes? ¿O simplemente esperar a que empiece la tercera guerra mundial antes de que salga el GTA VI? No tengo respuesta a esas preguntas, pero sospecho que la solución reside en cada uno de nosotros, en encontrar lo que de verdad queremos.

    No hay nada malo en tener un gran sueño y perseguirlo con todo lo que tengas. Tampoco en querer aprender un oficio y vivir una vida tranquila. Pero tiene que ser decisión tuya, no del ruido que te rodea.

    La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora

    Cada vez que me fijo en las ramas de los árboles, que me siento en un banco a observar a mi alrededor, pienso en Hirayama y en cómo afronta su vida.

    Y aunque tampoco sé cuál es la mejor opción para la mía, esos momentos me recuerdan que hay más caminos posibles, que no todo en la vida es alcanzar el éxito como lo entiende la sociedad, y que, aunque parezca que estamos en caída libre, hay belleza en estar vivo, aunque sea de instante en instante.

    Una frase que no ha salido de mi cabeza desde que vi la película es: «La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora». Quizás de eso se trate al final: de aprender a estar presentes, de hacer las paces con lo que somos y con el lugar que ocupamos. De no vivir comparándonos, sino eligiendo con calma qué tipo de vida queremos llevar.

    La ambición no tiene por qué desaparecer, pero tal vez deba transformarse: dejar de ser una carrera hacia arriba y convertirse en una búsqueda hacia adentro. Solo entonces, como Hirayama, podremos mirar al cielo cada mañana y sonreír, sin necesitar nada más.

    Fotos: Perfect Days, 2023, Wim Wenders

  • Averzzo ya no es promesa

    Averzzo ya no es promesa

    No me cansaré de decirlo: Averzzo suena a artista consagrado. Todo en su propuesta tiene ese aire. Desde los visuales hasta los beats. Desde cómo suenan las grabaciones hasta cómo se mueve en el escenario. Tiene gusto. Tiene dirección. Tiene equipo. Y sobre todo, tiene algo que no se compra: criterio.

    Su concierto en Hangar 48 fue otra prueba de que está un paso más cerca del lugar que le pertenece. A pesar de que técnicamente “está empezando”, su música, su directo y su visión artística ya no suenan como alguien en fase inicial.

    De Cuando menos te lo esperas a Joseo Certified

    Su EP anterior, Cuando menos te lo esperas, fue de mis favoritos del año pasado. Perdió por poco ante Niko B., pero ya dejaba claro por dónde iban los tiros.

    Ahora ha vuelto junto a Mario Kun con Joseo Certified, un trabajo a dúo que dominó la segunda mitad del concierto. En directo, Mario aporta el contraste perfecto: energía, carisma, presencia. Fue él quien encendió a la sala. Quien hizo botar al público. Quien transformó el conci en una fiesta.

    Averzzo es versátil. Puede pasar del reggaetón más duro a una atmósfera indie que recuerda a Radiohead. Mario, en cambio, trae el R&B clásico, el swag, la soltura. Y juntos, funcionan. Mucho.

    El R&B en España

    Apareció también Patricia Lint, y qué decir. Lo suyo fue breve, pero dejó huella. Ambos cantaron su tema «TENSIÓN» de Delgarro, el último EP de Patricia, también producido por Manu Oliva (el mismo detrás de Averzzo y Mario Kun). Tiene voz, tiene estilo, y es una apuesta segura para lo que viene.

    Lo que vimos en Hangar 48 no es casualidad. Es el reflejo de un movimiento. El R&B en España está creciendo rápido. Y lo mejor: lo está haciendo con identidad propia.

    Mientras en España el R&B está floreciendo, en Estados Unidos parece estar en pausa. No desaparecido, pero sí menos presente. La ola que lo redefinió hace casi una década —con artistas como Bryson Tiller, 6LACK o el siempre querido Brent Faiyaz— ya no tiene la misma fuerza cultural que en su momento.

    Entre 2015 y 2017, esos nombres eran el presente y el futuro. Una generación que trajo algo nuevo: un R&B más crudo, más oscuro, más urbano. Letras vulnerables, bases minimalistas, estética callejera mezclada con sensibilidad emocional. Lo tenían todo: el sonido, la imagen, la energía de lo que estaba a punto de explotar. Y tengo la sensación que algo así está pasando en nuestro país.

    No se puede hablar de este momento sin mencionar a Choclock. Parte clave en la producción de Joseo Certified, pero también figura central del movimiento. No siempre está delante, pero su influencia se nota. Sabe cómo acompañar a los nuevos sin eclipsarlos. Y eso vale oro.

    Detalles que marcan la diferencia

    Todo en el concierto tenía intención y se notaba el trabajo detrás. El merch estaba increíble —yo me pillé la ya icónica camiseta de Girls Love My Swag—, y los visuales simples pero efectivos, reflejaban la estética de cada proyecto. En uno de los momentos más top de la noche, lanzaron billetes customizados de Mario y Averzzo con una máquina de hacer llover dinero. Y entre luces, humo y barras, apareció un guitarrista que elevó el show a otro nivel. Todo esto no fue un bolo más. Si hubiera que resumir el show en una palabra sería: serio.

    Averzzo no es un nombre más. Es alguien que está construyendo algo sólido. Tiene visión, tiene sonido, y tiene la ambición de quien sabe lo que quiere. Y si este concierto sirve para algo, es para confirmar que esto va en serio. Y lo mejor de todo: esto acaba de empezar y ya hay un nuevo álbum en camino.

    Fotos by Pepe Megía

  • Luces, flash y deseo: el Studio 54 de Tod Papageorge

    Luces, flash y deseo: el Studio 54 de Tod Papageorge

    A finales de los 70, Nueva York fue muchas cosas a la vez: decadente y elegante, sucia y gloriosa, insegura y creativa. Pero sobre todo, fue libre. Y ninguna postal lo simboliza mejor que Studio 54. Durante algo más de dos años —de diciembre de 1977 a febrero de 1980— este club ubicado en un antiguo teatro de Manhattan fue el epicentro de una noche sin moral ni medida, donde las estrellas del cine, la música y el arte bailaban codo a codo con completos desconocidos que habían logrado burlar el temido filtro de la puerta. Todo podía pasar allí. Y, de hecho, pasaba.

    Es en ese contexto donde aparece Tod Papageorge. Armado con su Leica y un flash imponente, se infiltró en ese Olimpo de lentejuelas no para fotografiar la fama, sino para atrapar lo que flotaba entre las luces estroboscópicas: miradas, cuerpos, gestos, una coreografía espontánea y brutalmente honesta. Décadas después, ese archivo sale a la luz en el fotolibro Studio 54 (Stanley/Barker), una cápsula de tiempo tan íntima como resplandeciente que ahora se reedita con una edición limitada por el décimo aniversario.

    El fotógrafo incómodo

    Papageorge no era un paparazzi. Era un poeta de la imagen. Como dijo en una entrevista con Revista Don, nunca le interesó capturar a los famosos en situaciones escandalosas. “Lo último que yo tenía en mente era hacer fotos de celebridades. Lo primero era la belleza”, confesó. Esa belleza, para él, se encontraba en una mujer danzando con los ojos cerrados, en una pareja perdiéndose en su burbuja, en la tensión de un rostro que lo decía todo sin decir nada.

    Era, como él mismo reconoce, un intruso. Un desconocido con una cámara desproporcionada al cuello, observando una fiesta a la que no pertenecía. Pero justo por eso sus fotos no intentan impresionar: simplemente revelan. Sus imágenes no buscan la anécdota, sino la emoción. Y eso las convierte en arte.

    Un club, una ciudad, un mito

    Studio 54 fue la culminación de una ciudad que todavía vivía al límite. Fundado por Steve Rubell e Ian Schrager, dos empresarios veinteañeros con ojo para el espectáculo y olfato para la provocación, el club convirtió un antiguo plató de televisión de la CBS en un templo pagano. Se accedía por una pequeña puerta donde Rubell, copa en mano, decidía quién entraba y quién no, en una selección arbitraria y cruel que solo alimentaba el deseo.

    Dentro, todo era permitido: sexo, cocaína, lentejuelas, piel. Andy Warhol se codeaba con Bianca Jagger, Grace Jones cabalgaba un caballo blanco y Dalí hablaba con dealers mientras Truman Capote se deshacía en risas. Aquello era Sodoma y Gomorra con DJ. Y sin embargo, en las fotos de Papageorge, más que escándalo hay poesía.

    El tiempo revelado

    ¿Por qué ahora? ¿Por qué estas fotos salieron a la luz casi cuarenta años después? Según el propio fotógrafo, fue un galerista alemán, Thomas Zander, quien redescubrió las imágenes y propuso su publicación. Aquel interés desencadenó una revisión de archivos, una exposición en Paris Photo y finalmente este libro, que recoge 70 imágenes inéditas.

    Y no es casual. El culto por el archivo, por la belleza encontrada en la fotografía analógica sin filtros ni retoques, vive hoy un renacimiento. Como ocurre con el redescubrimiento de autores como Winogrand o Saul Leiter, hay un deseo generacional de mirar atrás, de tocar algo real. Studio 54 no solo retrata una fiesta: retrata un mundo que se ha ido.

    Más que nostalgia

    Lo fascinante de este libro no es solo lo que muestra, sino lo que sugiere. Frente a las imágenes sobreproducidas de la cultura visual contemporánea, estas fotos son como haikus visuales: breves, intensos, abiertos. Son el testimonio de una mirada que supo estar en el lugar justo, en el momento exacto, sin necesidad de dirigir nada.

    En una era obsesionada con el yo y la exposición constante, Papageorge nos recuerda que observar también es un acto de creación. Que hay un poder profundo en no querer controlar la escena, sino en dejar que el mundo se exprese. Y que, a veces, el flash más potente es el que revela lo que siempre estuvo allí, pero nadie miraba.

    Todas las fotos son de Tod Papageorge

  • Cuando la inspiración no está en internet: Bráulio Amado y el arte de mirar

    Cuando la inspiración no está en internet: Bráulio Amado y el arte de mirar

    Hace poco, en una conversación con una niña de nueve años de mi familia, me contó que se había comprado un cuaderno nuevo para pintar. Estaba emocionada. Pero cuando se sentó frente a la hoja en blanco, lo primero que pidió fue: “¿Podemos buscar algo en Pinterest?”. Le sugerimos que quizá podía mirar a su alrededor, o dibujar algo de su cabeza, algo que se imaginara. “Es que si no me va a quedar muy feo”, respondió. Y fue una frase que se me quedó clavada. No por su dramatismo, sino por su sinceridad.

    La hoja en blanco le parecía imposible si no tenía algo que copiar. Algo validado, algo “bonito”. Y lo más curioso fue darme cuenta de que esa forma de pensar no era tan distinta a la de muchos diseñadores profesionales. Esa sensación de que sin un moodboard no se puede empezar. De que la creatividad tiene que ser una réplica, no una búsqueda. Y al final, como no abrimos Pinterest, no pintó nada.

    Esta plataforma acaba de lanzar nuevas herramientas de búsqueda visual con inteligencia artificial que no solo reconocen elementos dentro de una imagen, sino que generan términos y conexiones que te llevan, sin darte cuenta, por caminos ya trazados. También ha tenido que empezar a etiquetar contenido generado por IA, tras verse inundada por ilustraciones falsas y estéticas que se repiten en bucle. Cuanto más potentes se vuelven estas funciones, más difícil resulta escapar de su lógica.

    Y, sin embargo, basta con mirar a Bráulio Amado para recordar que la inspiración no necesita Wi-Fi.

    Cuando lo que ves no está en la pantalla

    Bráulio es portugués, vive en Nueva York, y ha diseñado portadas para Frank Ocean, André 3000, Róisín Murphy, Rex Orange County o Alex Anwandter. Ha trabajado para el New York Times, Boiler Room, A24, y un larguísimo etcétera de clientes que podrían deslumbrar a cualquier portafolio. Pero lo que más impresiona no es su lista de encargos, sino su manera de mirar.

    Donde otros buscan referencias en lo digital, Amado encuentra fragmentos de belleza en lo roto, lo sucio, lo cotidiano. Una grieta en la pared del metro. Un papel rasgado en la acera. El color desteñido de un cartel olvidado. Su trabajo está lleno de ruido, de asimetrías, de errores convertidos en estilo. En un mundo que exige limpieza y perfección, él devuelve el caos a la gráfica, y lo hace con una sinceridad que no se puede falsificar.

    “Me aburro rápido de lo que hago”, dijo en una entrevista con The Creative Independent. “Por eso experimento todo el tiempo. Me dejo llevar por lo que encuentro.” Y en esa frase hay algo esencial: Bráulio no empieza desde un trend, sino desde el mundo. Camina, observa, acumula texturas visuales como quien colecciona hojas secas, y después, en su estudio, deja que todo eso se mezcle y explote.

    ¿Diseñas tú o diseña el algoritmo?

    El ciclo es siempre el mismo: el brief llega, abrimos Pinterest, y empezamos a nadar en un mar de imágenes que ya han sido vistas miles de veces por otros creativos que hicieron lo mismo el día anterior. Los moodboards se llenan rápido. La estética es coherente. Los colores están en tendencia. Pero algo falta. Todo se parece demasiado entre sí. Como si el diseño, más que expresión, se hubiera convertido en un eco de otros ecos.

    Pero ojalá fuera solo Pinterest: también están Instagram, Are.na, Cosmos, Behance… plataformas pensadas para compartir inspiración que, sin querer, han convertido la creatividad en un sistema de reciclaje infinito. La sobreabundancia de imágenes crea una ilusión de abundancia creativa, pero muchas veces desemboca en lo contrario: saturación, parálisis, repetición. Guardamos cientos de referencias en tableros que nunca volvemos a abrir, como un síndrome de Diógenes visual en el que coleccionamos ideas ajenas con la esperanza de que alguna se transforme en una propia. Pero esa acumulación no siempre es fértil. A menudo, lo único que hace es anestesiar la mirada. Cuanto más vemos, menos vemos. Cuanto más guardamos, menos creamos. Como si la creatividad se hubiera convertido en el arte de curar lo que ya está curado.

    Ver lento, ver hondo

    Quizá la gran pregunta no es “¿dónde encontramos inspiración?”, sino “¿cómo miramos?”. ¿Estamos tan distraídos que ya no vemos lo que nos rodea? ¿Hemos perdido la capacidad de observar con pausa, con profundidad, con hambre? La mirada de Amado parece ser una respuesta a esa anestesia visual. Su trabajo no es solo gráfico: es una invitación a prestar atención.

    La velocidad con la que consumimos imágenes ha deformado nuestra sensibilidad. Pero cuando uno se detiene a mirar con calma los carteles de Bráulio, los fanzines que edita, los libros-archivo que publica con su estudio B.A.D., aparece otra cosa. Una voz. Un gesto. Un temblor que no viene de seguir una tendencia sino de escuchar al entorno.

    Cada pieza suya parece preguntarnos: ¿cuánto hace que no te fijas en lo que hay en tu calle?

    Tirar las reglas por la ventana

    Braulio aprendió diseño en estudios como Pentagram, donde entendió las reglas, la retícula, la armonía. Luego trabajó en Bloomberg Businessweek, donde esas reglas fueron “quemadas y lanzadas por la ventana”, como él mismo lo describe. De ahí, su enfoque libre, desobediente, punk.

    Hoy, desde su propio estudio, B.A.D., mezcla ilustración, collage, tipografía manual, found imagery, y cualquier cosa que le resulte emocionalmente honesta. Diseña carteles para raves, portadas de discos, merchandising raro, libros-objeto. Publica zines como quien lanza piedras al lago. No busca complacer. Busca provocar.

    “Todo lo que hago está a medio camino entre lo que quería hacer y lo que salió por accidente”, ha dicho. Y en ese espacio entre intención y accidente, se cuela algo profundamente humano. Un diseño que no pretende parecer perfecto, sino real.

    Lo físico como acto de resistencia

    En tiempos de scroll infinito, Bráulio sigue creyendo en el papel. En la tinta. En la textura de un póster que alguien pega en una pared y arranca otro al mes siguiente. Dice que muchos de sus carteles nunca llegan a imprimirse, que viven sobre todo en internet, pero que diseñar para lo físico sigue siendo su parte favorita del trabajo.

    Ahí hay una lección: crear objetos que puedan tocarse, guardarse, releerse. Hacer algo que dure. Que no dependa del algoritmo para existir. El mundo físico como espacio de resistencia. Como refugio frente al ruido.

    Una mirada que contagia

    Quizá la enseñanza más importante de Bráulio Amado no está en su estilo gráfico, sino en su forma de mirar. Su trabajo no intenta agradar. No pide permiso. Se permite el error, el exceso, la mancha, el chiste absurdo, la fealdad encantadora. Y esa libertad se contagia.

    No todos podemos hacer lo que él hace. Pero sí podemos mirar como él mira. Salir a la calle sin auriculares. Dejar el teléfono en el bolsillo. Fijarnos en la pintura descascarada de una verja. En la tipografía mal alineada de una pizzería. En la sombra que hace una bolsa de plástico sobre el suelo. El mundo está lleno de ideas esperando ser robadas.

    Solo hace falta mirar.

    Fotos de Bráulio Amado

  • El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    Recorría la exposición Max Ernst: Surrealismo, Arte y Cine en el Círculo de Bellas Artes de Madrid cuando algo me detuvo en seco. Rodeado de formas oníricas, collages imposibles y bestiarios inventados, un cuadro destacaba por encima del resto. La tentación de San Antonio brillaba con una intensidad casi antinatural, como si los monstruos que lo habitan siguieran susurrando algo al espectador. Me acerqué. Leí el cartel. Y entonces descubrí una historia extraordinaria.

    En 1945, el productor David L. Loew y el director Albert Lewin organizaron un concurso insólito: invitaron a once artistas de renombre a pintar su interpretación de las tentaciones de San Antonio. El cuadro ganador aparecería en su próxima película, The Private Affairs of Bel Ami, basada en la novela de Guy de Maupassant. El jurado era tan ecléctico como influyente: Marcel Duchamp, Alfred H. Barr Jr. (fundador del MoMA) y el marchante Sidney Janis. Entre los participantes, nombres como Salvador Dalí, Leonora Carrington, Paul Delvaux, Dorothea Tanning o Ivan Le Lorraine Albright. La competición era feroz. Pero ganó Ernst.

    Su lienzo no solo acabó colándose en la película, sino que lo hizo con honores: fue el único segmento rodado en color en una cinta por lo demás completamente en blanco y negro. Un gesto sutil pero contundente, que transformaba ese momento del filme en una irrupción de pesadilla. Un paréntesis en el que el arte abría una ventana al subconsciente.

    La tentación de San Antonio (1945), Paul Delvaux

    El anacoreta y sus visiones

    San Antonio Abad fue un monje egipcio del siglo III, considerado uno de los padres del monacato cristiano. Según las fuentes hagiográficas, se retiró al desierto para vivir en soledad y oración, pero allí fue asediado por visiones demoníacas que intentaban quebrantar su fe. Estas tentaciones han sido representadas durante siglos por artistas como El Bosco, Matthias Grünewald, Pieter Brueghel el Viejo y, en el siglo XX, Salvador Dalí. Cada interpretación proyecta no solo el tormento espiritual del santo, sino también los miedos colectivos de su época.

    Ernst reinterpretó este mito desde una perspectiva surrealista, filtrando la iconografía cristiana a través del lenguaje del inconsciente. En su cuadro, San Antonio aparece postrado en una postura vulnerable, envuelto en una túnica roja que lo convierte en el epicentro visual. Alrededor, una jauría de seres híbridos —mezcla de insectos, pájaros y organismos imposibles— lo rodean en un paisaje árido y perturbador. No hay un cielo protector ni una fuente de redención: solo el reflejo de sus terrores. Ernst dijo que los monstruos no vienen de fuera, sino de dentro. Que San Antonio, como todos nosotros, lucha contra los fantasmas que él mismo ha generado.

    La tentación de San Antonio (1945), Leonora Carrington

    De Maupassant al celuloide

    La novela original de Maupassant, Bel Ami (1885), narra el ascenso social de Georges Duroy, un hombre sin escrúpulos que seduce a mujeres influyentes para trepar en la jerarquía parisina. En su adaptación cinematográfica, Albert Lewin buscaba subrayar el conflicto moral del protagonista, su corrupción progresiva, su incapacidad para resistir el poder, el deseo y la ambición. La imagen de San Antonio tentado por demonios funcionaba como un espejo simbólico de ese conflicto: el cuerpo y el alma frente al mundo y sus ofertas.

    Por eso, en un momento clave de la película, el personaje principal contempla la pintura de Ernst. La escena actúa como una alegoría directa de su crisis interior. En lugar de describir con palabras el dilema del personaje, Lewin lo proyecta visualmente en un cuadro, dando al arte plástico un papel narrativo fundamental. Es un ejemplo brillante de cómo el cine puede dialogar con otras disciplinas para construir significados más complejos.

    La tentación de San Antonio (1945), Dorothea Tanning

    El surrealismo y sus demonios

    El encargo llegó en un momento crucial para el surrealismo. En 1945, con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, muchos de sus exponentes vivían exiliados en América. El movimiento, nacido en París en los años 20 de la mano de André Breton, buscaba liberar al arte de la lógica, el control y la moral burguesa. Para ello, se adentraba en el subconsciente, los sueños y el automatismo.

    Max Ernst, alemán de nacimiento, había pasado por el dadaísmo antes de convertirse en una figura clave del surrealismo. Su obra mezclaba la ironía con lo mítico, lo científico con lo erótico, y lo religioso con lo grotesco. La tentación de San Antonio condensa todas estas tensiones. Es al mismo tiempo una visión espiritual, una pesadilla y una sátira. En ella no hay ángeles ni demonios como absolutos morales: hay arquetipos descompuestos, signos flotantes de un alma que se descompone.

    La tentación de San Antonio (1946), Salvador Dalí

    Las tentaciones de los otros

    Aunque la pintura de Ernst fue la ganadora, el concurso dio lugar a una serie de obras fascinantes que merecen ser recordadas. La versión de Salvador Dalí, por ejemplo, muestra a San Antonio enfrentando una columna de elefantes con patas de insecto que cargan símbolos de deseo: una mujer desnuda, un obelisco, una torre barroca. La obra, más onírica y teatral, refleja el estilo característico de Dalí, quien se consideraba el heredero directo de los místicos españoles.

    Paul Delvaux presentó una escena más estática, poblada de mujeres desnudas y figuras clásicas entre ruinas, como si la tentación fuera la melancolía por un mundo perdido. Ivan Albright, por su parte, optó por un enfoque más físico y grotesco, con texturas cargadas y cuerpos en descomposición.

    La propuesta de Leonora Carrington, por su parte, se alejaba de lo monumental y apostaba por una atmósfera íntima y esotérica, donde las tentaciones adoptaban formas femeninas ambiguas y rituales, envueltas en un lenguaje simbólico profundamente personal.

    Cada cuadro, aunque no seleccionado, fue una lectura personal del deseo, la fe y el tormento. En conjunto, forman una colección de visiones que dicen tanto del mito como de quienes lo reinterpretan.

    La tentación de San Antonio (1945), Horace Pippin

    Una batalla simbólica

    Es sorprendente pensar que en pleno auge del arte de vanguardia, un grupo de artistas tan innovadores decidiera enfrentarse a un tema religioso clásico. Pero ahí está el poder del mito: su capacidad para regenerarse en nuevos lenguajes. El concurso de La tentación de San Antonio no fue un simple encargo decorativo. Fue un duelo simbólico entre los demonios internos de una época y las herramientas del arte moderno para representarlos.

    La exposición en el Círculo de Bellas Artes no solo nos permite contemplar la obra ganadora en todo su esplendor, sino que ofrece una ventana a ese instante en que cine, pintura y literatura se cruzaron para contar una misma historia desde ángulos distintos. Hasta el 5 de mayo, Madrid se convierte en ese desierto simbólico donde San Antonio sigue resistiendo, y donde los monstruos, al menos por un momento, pueden ser contemplados sin miedo.

  • El arte como oficio: Tom Sachs, Frank Ocean y la construcción de lo eterno

    El arte como oficio: Tom Sachs, Frank Ocean y la construcción de lo eterno

    Hace unas semanas, Nike anunció su nueva colaboración con Tom Sachs: las NikeCraft Mars Yard 3.0. Para muchos, este lanzamiento es solo la continuación de una línea de zapatillas que ha alcanzado un estatus de culto, un objeto de deseo en la intersección entre el arte y el diseño funcional. Pero detrás de Sachs hay otra colaboración menos evidente, más subterránea, más influyente de lo que muchos imaginan: su trabajo con Frank Ocean.

    La industria musical tiene un problema con el tiempo. Lo exige todo de inmediato. Álbumes, giras, promociones. Canciones que apenas nacen y ya deben ser virales. Ocean, que en 2012 había roto todas las expectativas con Channel Orange, llevaba años desaparecido, escondido en un limbo creativo mientras su discográfica esperaba. Pero Frank Ocean no es un artista que se rinda al reloj de la industria. Cuando reapareció en 2016 con Endless, lo hizo con una jugada maestra.

    No era solo un álbum. Era un statement. Un “fuck you” a las discográficas, una ruptura con la forma en que la música es consumida. Ocean entregó Endless a Def Jam, cumpliendo así su contrato, y al día siguiente, como un golpe de genio, lanzó Blonde, esta vez de manera independiente. Pero Endless era más que una estrategia contractual. Era una obra de arte conceptual. Y ahí es donde entra Tom Sachs.

    El encuentro de dos outsiders

    Frank Ocean contactó a Tom Sachs personalmente. No fue al revés. Buscaba algo. Buscaba a alguien que entendiera lo que quería hacer. Sachs, con su estética brutalista, con su obsesión por lo hecho a mano, con su insistencia en el trabajo físico como forma de expresión, era la pieza perfecta del rompecabezas.

    Sachs no es un diseñador de moda ni un director de arte convencional. Es un artista que construye con sus manos, con madera, con metal, con pegamento. Es un fanático del craft, de la repetición, del trabajo meticuloso hasta el agotamiento. Para Ocean, que en ese momento estaba obsesionado con la idea de desafiar las estructuras de la música, Sachs representaba algo fundamental: la resistencia a lo inmediato.

    Si Ocean quería mostrarle al mundo que el arte no es un simple producto sino un proceso, Sachs era la persona que podía darle forma a esa idea.

    Endless y la instalación Troyan’s, 2016

    Endless: la escalera que nunca termina

    Cuando Endless se estrenó como un visual-album, muchos lo vieron como una curiosidad. Ocean, en una habitación casi vacía, construía una escalera en espiral. Pero era mucho más que eso. Sachs diseñó el espacio. Sachs influyó en la narrativa. Sachs construyó los elementos clave del video.

    La escalera no era solo un objeto arquitectónico. Era un símbolo. Como dijo el propio Sachs en una entrevista con Pitchfork, representaba la escalera al cielo. El largo, agotador, a veces absurdo camino hacia la realización personal y artística. La versión completa de la grabación duró 140 horas. Un recordatorio de que el arte verdadero no es instantáneo. Se construye, pieza a pieza, con sudor, con paciencia, con frustración.

    Pero la escalera no era el único elemento clave de Endless. También estaba el altavoz monumental, la instalación Toyan’s. Sachs ya había trabajado con estos colosales sistemas de sonido en su serie Boombox Retrospective, un proyecto que homenajeaba la cultura del sonido portátil, la idea de que el audio, como el arte, debería ser transportable, compartido, unificador. En Endless, el altavoz gigante se convierte en una especie de tótem. Es la voz amplificada. Es el eco de Ocean en un espacio vacío. Es el símbolo de que la música, incluso cuando parece atrapada en una estructura (el contrato con Def Jam, la industria), encuentra la manera de resonar, de escapar, de hacerse oír.

    Boys Don’t Cry, 2016

    Boys Don’t Cry y la fisicalidad de la memoria

    Cuando Ocean lanzó Blonde, no lo hizo solo con un disco. Lo acompañó con Boys Don’t Cry, una revista impresa, un objeto tangible en un mundo donde la música ya no tiene forma física. Y de nuevo, Sachs estaba ahí.

    Tom Sachs describió la revista como “la versión impresa de mi película de 2011, Color.” Color era un experimento visual que jugaba con la materialidad del color, con la fisicalidad de lo que normalmente percibimos como una abstracción. Boys Don’t Cry funcionaba de la misma manera: era una declaración de que las ideas deben ocupar espacio. Que la música debía volver a sentirse real, como un objeto que puedes tocar, subrayar, guardar en una estantería.

    ¿Qué aportó exactamente Sachs a Boys Don’t Cry? Diseño. Concepto. Pero, sobre todo, espíritu. Porque al igual que Ocean, Sachs cree en la permanencia del arte. En su capacidad de resistir la obsolescencia. En su necesidad de existir más allá de lo digital.

    Escenario en el FYF Fest, 2017

    FYF Fest 2017: El mundo de Sachs

    El 22 de julio de 2017, Frank Ocean regresó a los escenarios con una gira minimalista e íntima, pero con un diseño visual impactante. Para su presentación en el FYF Fest, en Los Ángeles, confió una vez más en Tom Sachs para crear un escenario que rompiera con las convenciones de los espectáculos en vivo. En lugar de pantallas gigantes y efectos ostentosos, Sachs diseñó un espacio que recordaba a un estudio de grabación improvisado, con una estética industrial, cables a la vista y micrófonos montados en estructuras de bricolaje.

    El elemento más llamativo fue una cámara de vídeo en mano, que seguía a Ocean durante la actuación y proyectaba su imagen en una pantalla CRT, evocando la sensación de un archivo VHS casero. En ese mismo escenario, apareció Brad Pitt, quien, en una de las imágenes más enigmáticas de la noche, sostuvo un teléfono móvil en la oreja mientras Ocean interpretaba Close to You de Stevie Wonder. Pitt estaba atravesando su divorcio con Angelina Jolie, y en una entrevista con GQ, había mencionado que escuchaba mucho a Frank Ocean durante ese período difícil.

    Créditos en «The Hero’s Journey» de Tom Sachs

    The Hero’s Journey: el camino del artista

    Un mes más tade, el 8 de agosto de 2017, Sachs lanzó un cortometraje en colaboración con NikeCraft titulado The Hero’s Journey. Y en los créditos aparecía un nombre inesperado: Frank Ocean. Su título ya lo dice todo. The Hero’s Journey hace referencia a la estructura narrativa clásica de Joseph Campbell, ese viaje del héroe en el que alguien se enfrenta a un desafío, desciende a lo más profundo de su ser y regresa transformado.

    Ocean era la persona perfecta para aparecer en esta historia. En muchos sentidos, su carrera había seguido exactamente ese camino. Se enfrentó a la industria. Se retiró. Se reconstruyó. Y regresó con algo que rompió las reglas del juego.

    Pero The Hero’s Journey no era solo una película sobre Ocean. Era, en esencia, un reflejo de su colaboración con Sachs. Ambos creen en el proceso. Ambos saben que el arte no es un destino, sino un trayecto lleno de pruebas. Y ambos entienden que la verdadera resistencia en el mundo moderno es la paciencia.

    Fran Ocean en «Endless», 2016

    La construcción de lo eterno

    La colaboración entre Frank Ocean y Tom Sachs no es una de esas asociaciones comerciales vacías donde dos nombres se unen por conveniencia. Es una exploración genuina de lo que significa crear.

    Construir una escalera en Endless no es un truco visual. Es una metáfora del trabajo real. Sacar una revista como Boys Don’t Cry no es una simple estrategia de marketing. Es un gesto de resistencia en un mundo que ha convertido el arte en contenido desechable. Y The Hero’s Journey no es solo un corto de Nike. Es una prueba de que la verdadera creatividad exige tiempo, dedicación y un rechazo absoluto a la velocidad impuesta por la industria.

    Hoy, mientras el mundo espera las NikeCraft Mars Yard 3.0, vale la pena recordar que lo importante no es solo el producto final, sino lo que representa. Sachs y Ocean nos han mostrado que el arte no es inmediatez. Es proceso. Es repetición. Es una escalera que, paso a paso, nos lleva a algo más grande que nosotros mismos.