¿Alguna vez te has preguntado qué hubiera pasado con Rage Against The Machine si el Rock nunca hubiera existido?Seguramente, esa gente hubiera intentado sacar toda la rabia contra el sistema que tenían dentro por alguna otra vía. Acaso, ¿pensáis que Zack de la Rocha se hubiera quedado sentado en una silla esperando a que al guardia de la Bolsa de Nueva York se le olvidara abrir la puerta algún día? Quizás, Tom Morello hubiera desarrollado un extraño afán por John Coltrane, o que se yo, y se hubiera puesto a tocar el puto saxofón, desnudo, en la platea del Saturday Night Live.
Por lo que sea, sabemos que esto no pasó. Ahora bien, por lo que sea, también sabemos que las injusticias sociales no son cosa del pasado porque «bicho malo, nunca muere». Pero, lo que más sabemos, es que ante una injusticia, siempre habrá gente que como Rage Against The Machine, no se quedarían callados por nada para combatirla a través del foco más influyente: el arte. Es por eso que ahora, ha llegado el turno de Maruja y su debut, Pain to Power.
Pain to Power se podría comenzar a exponer de manera bastante justa mediante tal símil con el que ha comenzado este texto. Y es que, es imposible escuchar canciones como Look Down on Us o Trenches y no recordar a la mítica banda de los 90 que aterrorizó a medio mundo y despertó al otro medio. Desde el mismo comienzo de Bloodsport, Harry Wilkinson comienza a retarnos mediante frases como «Break the curse, be defiant, let no man stop ya, lion or the sheep, the victim or the villain?» que nos invitan, a través de una gran potencia vocal y acompañadas de repetitivos y caóticos riffs del saxofón de Joe Carroll y los atronadores bajos y golpes de bombo de Matt Buonaccorsi y Jacob Hayes, no solo a posicionarnos en contra de un mundo corrompido por las atrocidades de las altas esferas, sino a hacerlo de viva voz, dejando claro que apartar la mirada, es igual del cómplice que unirse a ellas. Así, el disco pone sobre la mesa temas frente a los que muchos cierran los ojos, como la intencionada desigualdad de clases que busca marginalizar al pobre, la constante manipulación de las redes sociales que censura y opaca, mediante el Internet Muerto, todo lo que pudiera hacer temblar al poder y la abundancia de genocidios que están ocurriendo en varias partes del mundo, como Palestina, Sudán y Congo en este preciso momento.
Pero, aunque este disco, claramente, nos sitúe en una atmósfera densa, derrochando ira por todos lados, paradójicamente he escuchado pocos álbumes que emanen una sensibilidad como este. A medida que avanza, lo primero se alterna secuencialmente, e hilado a la perfección, más y más con lo segundo hasta ceder con baladas como Saoirse, Zaytoun y Reconcile que pondrían la piel de gallina a más de uno, con la suavidad de un soplido en un instrumento de viento-madera o de unos platillos rozados levemente con la baqueta, dejando claro que el Jazz y el Rock son más parecidos y versátiles de lo que muchos creerían.
Y conformando un ciclo de tragedia y esperanza que se vuelve a repetir sin descanso al volver instantáneamente a la primera canción con el autoplay de Spotify, de igual forma que lo hacía el sueño de libertad y paz de Eren, Armin y Mikasa en esa memorable escena final de Shingeki no Kyojin, hace un par de años en la televisión, o que lo ha hecho siempre la vida misma a través de la historia y su recuerdo, pero por el que siempre merece la pena seguir luchando.
Por todo ello, no me tiembla el pulso al decir que Pain to Power es uno de los discos con mayor cohesión, tanto narrativa como sonora que he escuchado, una recomendación segura y, diría que obligatoria, para cualquiera que aprecie tanto el arte como el sentido común, y sin duda uno de los mejores discos del año.

