Hasta el 11 de enero, la Sala Canal de Isabel II presenta 14 millones de ojos, una exposición que despliega por primera vez fuera del Museo Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) una amplia selección de su fondo fotográfico. El título, tomado de la cifra de habitantes de la Comunidad de Madrid, juega con una idea poderosa: la del archivo como cuerpo colectivo, formado por las miradas de quienes observan, documentan y también de quienes son observados.
La muestra, comisariada por Olga Fernández López, profesora e investigadora especializada en prácticas curatoriales contemporáneas, parte de una intención clara: releer la historia visual de los últimos setenta años a través de la fotografía española e iberoamericana. No se trata de una exposición cronológica, sino de un tejido narrativo de fragmentos, de un collage de imágenes que respiran juntas. En ellas habita la historia reciente de España, pero también el modo en que el país ha aprendido a mirarse, a representarse y a reconocerse.
El fondo fotográfico del CA2M se ha conformado a lo largo de más de tres décadas a través de adquisiciones, donaciones, premios y proyectos editoriales. Surgido de una política pública de apoyo a la creación contemporánea, el archivo reúne desde obras documentales de los años cincuenta hasta experimentaciones digitales de los 2000. En total, más de 3.000 piezas que constituyen uno de los acervos más importantes de fotografía contemporánea en España.
El comisariado de Fernández López se apoya en la arquitectura del espacio —el antiguo depósito de aguas del barrio de Chamberí— para estructurar la exposición en cuatro niveles, cuatro tiempos, cuatro miradas: En este lugar, En este tiempo, En esta fotografía y En este cuerpo. Cada planta se convierte en un estrato, una capa de lectura que conecta la historia íntima y social de la imagen con el presente de quien la contempla.
En este lugar
El recorrido comienza en la planta baja con una declaración de intenciones: la fotografía como forma de pertenencia. En este lugar explora Madrid como territorio simbólico, pero también como epicentro de lo cotidiano, del trabajo, del tránsito y de la vida. La ciudad y sus alrededores aparecen como un escenario donde se cruzan las memorias rurales y los nuevos imaginarios urbanos.
La imagen de Ramón Masats, Lebrija, Sevilla, 1961, funciona aquí como apertura y como raíz. Su blanco y negro áspero muestra a un grupo de campesinos inclinados sobre la tierra: cuerpos tensos, gestos detenidos, una España que todavía se movía al ritmo del campo. Frente a esa imagen de quietud ritual, Miguel Trillo irrumpe desde el color con En la puerta del pub Tránsito Sur, 1989: dos chicas jóvenes posan ante un muro amarillo, atentas a la cámara, desafiantes, vibrantes.
El diálogo entre ambas escenas —el sur agrario y la juventud madrileña de la posmovida— condensa el tránsito de un país entero: de la obediencia a la expresión, del silencio al gesto. Entre ellas se cuelan imágenes de Luis Baylón, Ricardo Cases o Carlos Pérez Siquier, que convierten la calle en laboratorio visual. La ciudad se muestra como un cuerpo vivo, y el espectador, al descender la escalera circular del depósito, siente que pisa sobre los ecos de su propia memoria.

Ramón Masats, Lebrija, Sevilla, 1961.
En este tiempo
El segundo piso sitúa al visitante en los años noventa, momento de mutación cultural en el que la fotografía se emancipa del registro y se adentra en el territorio del arte contemporáneo. En este tiempo aborda esa transición: cuando la cámara deja de mirar hacia fuera y comienza a mirar hacia dentro.
Aquí, Alberto García-Alix nos enfrenta a la crudeza de lo autobiográfico: Willy y Reyes embarazada (1982) capta la ternura y la vulnerabilidad sin artificio. La luz entra por la ventana, suaviza las sombras y convierte la escena doméstica en un manifiesto de vida y deseo. A su alrededor, obras de Cristina García Rodero, Chema Madoz, Manuel Vilariño o Cristina de Middel amplían el registro de lo humano a lo simbólico, jugando con la metáfora y la puesta en escena.
En este bloque también se hace visible el cambio institucional: la irrupción de nuevos espacios como el propio CA2M o el Museo Reina Sofía, que comenzaron a integrar la fotografía dentro de sus colecciones permanentes. Olga Fernández subraya en el texto curatorial cómo estos años fueron decisivos para legitimar la fotografía como un lenguaje del pensamiento, más allá de la mera documentación de lo real.
El visitante percibe esa transformación a través de la convivencia de formatos: negativos ampliados, copias vintage, fotolibros, vídeos y series de autor. Cada pieza conserva una temperatura emocional distinta, pero juntas configuran un relato donde el tiempo no es lineal, sino sensorial.

Alberto García-Alix, Willy y Reyes embarazada, 1982.
En esta fotografía
La tercera planta abre un espacio de reflexión sobre el propio medio. En esta fotografía se pregunta por la relación entre imagen y verdad, y por la creciente consciencia de la fotografía como construcción.
A comienzos de los 2000, la práctica fotográfica se vuelve autorreferencial: mira su propio artificio, se interroga, se fragmenta.
Graciela Iturbide, con Naturata XV (2000), fotografía un grupo de cactus monumentales que parecen figuras humanas. Su luz dorada, su composición sobria y su silencio absoluto la convierten en una escena sagrada: un recordatorio de que incluso lo vegetal puede portar memoria.
Cerca de ella, Joan Fontcuberta despliega su ironía crítica sobre el engaño visual, y Carmela García presenta imágenes que cruzan performance, feminidad y mito: cuerpos en suspensión, flores invertidas, naturalezas muertas que respiran.
Este bloque funciona como una meditación sobre la ilusión fotográfica y la fragilidad de la mirada. El visitante percibe que todo lo que ve es simultáneamente cierto y falso: las imágenes no mienten, pero tampoco dicen la verdad. Como escribe la comisaria en el texto de sala, “cada fotografía es una forma de creer”.

Graciela Iturbide, Naturata XV, 2000.
En este cuerpo
El último piso —quizás el más emocionante y político— lleva por título En este cuerpo. Aquí, la exposición se llena de presencias, de gestos, de vulnerabilidades. Olga Fernández propone pensar el cuerpo como archivo de las emociones y territorio de lo común.
En Duelo. Canosa di Puglia (2000), Cristina García Rodero retrata una procesión de mujeres envueltas en velos negros, sus rostros cubiertos, sus pasos firmes. La escena, captada con la profundidad que caracteriza a la autora, condensa siglos de ritual y de resistencia femenina. Cada cuerpo es una oración y una historia.
En contraste, las fotografías de Andrés Senra documentan las acciones urbanas de Radical Gai y Lesbianas Sin Organización durante los noventa: activismo queer, pancartas, cuerpos que se tumban en el asfalto como denuncia ante el silencio institucional del sida. En su blanco y negro vibran la rabia y la ternura.
Y como epílogo visual, una imagen de Alex Webb: Border Crossings, San Ysidro, 1979. Un helicóptero desciende sobre uncampo de flores amarillas mientras varias figuras alzan los brazos. La belleza y la amenaza coexisten en el mismo plano. Webb nos recuerda que todo cuerpo observado está también en peligro; que mirar es un acto político.

Cristina García Rodero, Duelo. Canosa di Puglia, 2000.
Un archivo de miradas
En conjunto, 14 millones de ojos no es solo una exposición de fotografía: es una declaración sobre la mirada pública, sobre la responsabilidad de un archivo colectivo.
La colección del CA2M, al exponerse en la Sala Canal, sale de su espacio habitual y se ofrece al tránsito, a la intemperie, al contacto con nuevos públicos. La comisaria habla de “una pluralidad de voces” y de “diálogos entre obras que se responden entre sí”, y esa es quizá la clave del recorrido: no hay una historia única, sino un conjunto de conversaciones abiertas.
El visitante sale con la sensación de haber recorrido no una exposición, sino una ciudad hecha de imágenes: calles que conducen de una planta a otra, cuerpos que dialogan entre sí, luces que cambian a medida que ascendemos por la escalera del depósito.
Hay en todo el proyecto una voluntad de mirar hacia atrás sin nostalgia, de entender la fotografía no como documento inmóvil, sino como organismo vivo. Cada imagen conserva su pulso: las risas de los jóvenes de Trillo, el silencio mineral de Iturbide, la danza ritual de García Rodero, la ironía de Fontcuberta, la ternura de García-Alix. Todas comparten algo esencial: el deseo de ser vistas, el deseo de permanecer.
Mirar en común
Quizá por eso el título resuena tanto: 14 millones de ojos. No se refiere solo a las fotografías ni a quienes las hicieron, sino a nosotros, los que miramos. Porque toda exposición es un pacto de miradas: las que estaban antes y las que llegan ahora. Mirar, en el fondo, también es una forma de pertenencia.
Y cuando salimos a la calle, después del recorrido, los ojos tardan unos segundos en acostumbrarse al sol de Madrid. Durante ese instante de luz blanca, todo lo que hemos visto —los cuerpos, las flores, los rituales, las ruinas— permanece suspendido en la retina. Un recordatorio de que la memoria, como la fotografía, no se apaga: se revela con el tiempo.

