Categoría: Expos

  • De The Corridor Gallery a Casa Bruto: Una nueva forma de habitar el arte 

    De The Corridor Gallery a Casa Bruto: Una nueva forma de habitar el arte 

    Tras el éxito del CAP.5 Casa Bruto vuelve a abrir sus puertas el próximo 30 de mayo con el CAP. 6, una nueva edición de este proyecto cultural independiente

    En un barrio cualquiera de Madrid, hace más de un año que Mar Sempere y Albert Marcos tuvieron la iniciativa de crear The Corridor Gallery, una galería de fotografía en el absurdamente largo pasillo de su piso. 

    Tras cinco ediciones se consolidan como un espacio cultural y artístico en formato pop-up que tiene como propuesta una alternativa de vivir la cultura, dejando a un lado el arte como un tema de élite.

    Rompiendo con esa distancia, han construido un lugar donde obra, artista y espectador conviven más cerca que nunca. Fuera de los códigos habituales de los espacios expositivos.

    En febrero de 2026 The Corridor Gallery desaparece para dar la bienvenida a Casa Bruto. Un rebranding completo es lo que ha marcado las últimas exposiciones: un espacio de texturas con zona para performances y una identidad visual que compone el nuevo imaginario que expande las posibilidades del proyecto original.  

    https://www.instagram.com/casabruto_

    En esta ocasión, Casa Bruto presenta una propuesta curatorial que mira hacia lo popular, lo cotidiano y aquello que permanece. Una edición que reúne los proyectos fotográficos de Paola Arbildua y Marta Vizoso y la performance de el Refranero Español en Movimiento.

    Primero, Fototeca, de Paola Arbildua, nace de la necesidad de estar presente y encontrar verdad en el entorno inmediato. A través del teléfono móvil, la artista construye un archivo instintivo de escenas cotidianas donde Madrid deja de ser ajena y empieza a sentirse hogar. 

    Por su parte, Mixto, de Marta Vizoso, parte de un gesto aparentemente simple, fotografiar cada sándwich mixto que se come. Lo que comenzó como un juego termina convirtiéndose en una reivindicación del Madrid sencillo y popular, de sus bares, sus rutinas y esos gestos cotidianos que construyen memoria.

    La programación contará también con el Refranero Español en Movimiento, un proyecto de Sara Herrera que reinterpreta refranes populares desde el cuerpo, la imagen y el movimiento, trasladando la tradición oral al presente a través de un lenguaje performativo.

    En medio de un Madrid hostil que se percibe como un lugar de paso (un lugar no lugar), la temática de esta exposición nos recuerda que a pesar de la inmediatez y los estímulos esta ciudad también puede ser un hogar donde se construyen recuerdos colectivamente. 


    Fotos por Albert Marcos

  • «Este y otros mundos». La última exposición de Elttaller que explora los espacios

    «Este y otros mundos». La última exposición de Elttaller que explora los espacios

    En pleno Madrid Río, donde cada vez podemos descubrir más propuestas creativas, el pasado 6 de febrero El taller inauguró la exposición “este y otros mundos” formada por los artistas Pablo J. Maté, Javi Mosquera y Carmen Posada. 

    Este proyecto se trata de un espacio autogestionado por Lucía Sánchez y Pablo J. Maté que da respuesta a la falta de oportunidades para los que se quieren dedicar al arte. Creo que este tipo de iniciativas marcan la diferencia para dejar de encasillarnos en “emergentes” y ser artistas sin más. 

    Durante la exposición, detrás de estas paredes se esconde una filosofía protagonizada por Foucault, quien bebe de Borges para su obra Las palabras y las cosas. De aquí, viene el concepto heterotopía que dialoga con el pensamiento actual que cuestiona las órdenes establecidas y el significado de las cosas, idea que se materializa mediante esta exposición.

    Nos encontramos en un punto de inflexión de la historia de inquietud reflexionando sobre lo que ya está establecido. En cuanto al territorio, la exposición encarna la experimentación con los espacios y cómo éstos se convierten en «lugares otros», «lugares inclasificables» o «lugares fuera de lugar» que cuestionan las clasificaciones construidas socialmente.

    Los tres artistas juegan con el tiempo y el paisaje construyendo una nueva realidad a través de su propio imaginario que surge si te preguntas qué relación podemos construir con los lugares que habitamos. 

    Teniendo en cuenta lo que es posible decir o saber en nuestra época, lo que ya sabemos de tiempos pasados o visualizar mundos futuristas; Pablo, Carmen y Javi realizan una investigación visual e individual. 

    Por una parte, Pablo J. Maté nos presenta Tajo abierto  que trata sobre la identidad colectiva a través de los espacios que son modificados visiblemente. Investiga como las rocas sacadas de canteras nunca volverán a su estado inicial pero se convertirán en otros cuerpos en nuevas ubicaciones. Su propia familia emigró desde Torrequemada, Cáceres al barrio de San Blas, Madrid afectados por por el éxodo rural español de mediados del siglo XX.  

    Mediante sus fotografias percibimos la memoria de una familia y de unos lugares marcados por la migración, y así entender que nada es cómo lo conocemos, que tanto las personas como los lugares tienen una historia detrás. 

    Por otro lado, Javi Mosquera realiza una arqueología de lo visual. Su estudio consiste en representar el hacer primitivo de nuestros antepasados pintando en las cuevas que él identifica como una “pulsión latente”.  A Mosquera le interesa representar paisajes inventados antes de que la humanidad se interesara en sistemas de pensamiento y la ordenación del mundo.

    El artista indaga sobre la construcción pictórica del paisaje desde la acción más pura y no desde el pensamiento. Recupera materiales como el ladrillo como acto de resistencia contra un consumo pasivo que escapa del control humano a propósito. 

    Por último, la artista Carmen Posada crea un paisaje del futuro que personalmente me conecta directamente con la idea principal de la exposición: la construcción social del significado de las cosas y cómo cambian a lo largo del tiempo. En este caso, la artista nos presenta a través de su imaginación un futuro incierto que nos parece conocido pero a la vez extraño.

    Su obra muestra lugares ficticios donde solo quedan restos de lo que conocemos, fósiles de animales que ya desaparecieron. Lo que me atrapó fue la elección de colores vivos y la inocencia en su estética para envolver la inquietante idea de la extinción.

    La trayectoria de El taller empieza con dos amigos que se quieren hacer un hueco en el mundo del arte y apunta a nuevas propuestas que por muy pequeñas que sean enriquecen el panorama artístico español e inspiran a los que lo vemos desde fuera.

  • Eva Alonso: La inocencia como arma de destrucción masiva en Art Madrid ’26

    Eva Alonso: La inocencia como arma de destrucción masiva en Art Madrid ’26

    Caminar por los pasillos de una feria de arte contemporáneo a veces puede sentirse como deambular por un desierto de discursos encriptados y obras que exigen un manual de instrucciones. Sin embargo, en esta 21ª edición de Art Madrid, que se celebra del 4 al 8 de marzo, hay un rincón que funciona como un oasis visual, o mejor dicho, como un espejismo que te atrae para luego darte una bofetada de realidad. Hablamos del stand B3 de la galería Est_ArtSpace y su proyecto Lemon Juice. Y en medio de este estallido cítrico, una artista brilla con luz propia, armada con pinceles de colores pastel y una ironía letal: Eva Alonso.

    La obra de la artista española es, a primera vista, un caramelo visual. Su paleta de colores vibrantes y su técnica, que se caracteriza por una ejecución rápida, espontánea y engañosamente ingenua, funcionan como una trampa perfecta para el espectador incauto. Te acercas a sus lienzos arrastrado por la nostalgia de los dibujos animados, por ese lenguaje cercano al cartoon clásico que todos tenemos codificado en la memoria como algo seguro, lúdico e inofensivo. Pero es justo en ese momento, cuando has bajado la guardia, cuando Alonso despliega su verdadera artillería.

    Detrás de esa fachada de aparente inocencia y códigos infantiles, Eva Alonso esconde una carga de profundidad, una densidad crítica brutal. Su trabajo es un ejercicio maestro de parodia. No pinta para adornar salones burgueses; pinta para desmantelar. Con una agudeza clínica, la artista toma valores culturales, sociales y religiosos profundamente arraigados en nuestra sociedad y los pasa por el filtro de lo absurdo.

    En un mundo contemporáneo donde lo políticamente correcto parece haber domesticado el filo del arte, Alonso se adentra sin ningún tipo de pudor en terrenos pantanosos. Lo grotesco, lo sexual y lo violento irrumpen en sus cuadros camuflados bajo trazos amables. Es un choque de trenes, una disonancia cognitiva deliberada. Ver una temática perturbadora o una crítica feroz al poder envuelta en la estética de los dibujos animados del sábado por la mañana genera una tensión visual fascinante. Te ríes, pero es una risa nerviosa, la que surge cuando sabes que te están mostrando las costuras más feas de la humanidad en formato de chiste brillante.

    Esta capacidad para usar la ironía punzante como herramienta de desacralización no ha pasado desapercibida en el circuito internacional. Alonso no es una recién llegada. Su lenguaje, tan universal como mordaz, le ha valido formar parte de prestigiosas colecciones como la Colección Solo, y sus obras han sido colgadas en galerías de Barcelona, Madrid, Praga y la siempre competitiva escena de Los Ángeles. Su trayectoria confirma que el humor y la crítica no están reñidos con la alta cultura, sino que son el antídoto necesario contra la pretensión.

    El contexto perfecto: Lemon Juice

    Aunque la obra de Eva Alonso tiene la fuerza suficiente para sostener un discurso individual, su presencia en Art Madrid ’26 se engrandece por el ecosistema en el que ha sido plantada. El proyecto Lemon Juice de Est_ArtSpace ha sido concebido exactamente para esto: para ser un espacio de confrontación, frescura y fricción.

    Alonso no está sola en esta trinchera. La galería ha rodeado su trabajo con una selección de artistas que comparten esa mirada afilada e inconformista. En el mismo stand, el espectador puede dejarse arrastrar por el imaginario psicoerótico y underground del célebre artista canadiense Dave Cooper, o sumergirse en la poética introspectiva y ecologista de Perrilla y Arol, ambos seleccionados en el programa oficial de comisariado de la feria. Todos ellos forman un coro que dialoga con la obra de Alonso, demostrando que el arte contemporáneo aún puede exprimir la actualidad hasta la última gota.

    Obras por Eva Alonso

  • SOUR SELECT: Destilados ácidos y esencias contemporáneas en Est_ArtSpace

    SOUR SELECT: Destilados ácidos y esencias contemporáneas en Est_ArtSpace

    El 18 de febrero tuvo lugar en Est_ArtSpace el opening de SOUR SELECT, una exposición que reúne a 16 artistas y que se instala en Est_Gallery, una de las salas del espacio. Desde el primer momento quedó claro que no era una exposición pensada para el tránsito ligero ni para la foto rápida. La atmósfera era otra: conversaciones detenidas frente a las piezas, gente que volvía sobre sus pasos, silencios que no tenían que ver con desinterés sino con concentración.

    La extracción como método

    La exposición se articula desde una idea concreta: la extracción. No acumular discursos, sino reducirlos hasta que quede lo imprescindible. Cada artista trabaja desde su propio imaginario —memoria, infancia, cultura popular, cuerpo, iconografía religiosa, lenguajes urbanos— con una intención clara: tensar el lenguaje hasta concentrarlo.

    No hay suavidad innecesaria.
    No hay voluntad de neutralizar.

    Las obras funcionan como concentrados visuales. Algunas golpean de frente. Otras operan desde la sutileza. Pero ninguna se diluye ni se resuelve en una mirada rápida.

    Dieciséis prácticas, una misma densidad

    En el cruce entre lo urbano y lo fantástico, DEIH despliega universos que beben del cómic y la ciencia ficción sin perder peso pictórico.

    Diego Cerero Molina introduce escenas ambiguas donde lo humano y lo animal se funden en una inquietud que no busca resolverse. Gabi de la Merced construye composiciones densas donde iconografía histórica, mitológica y pop colisionan con precisión formal.

    Gyuk fragmenta la figura humana hasta convertirla en contenedor emocional. Jaime Sancorlo articula una fricción clara entre guerra e infancia, interrumpiendo escenas solemnes con gestos irónicos de eco pop que desestabilizan la lectura.

    Jazzy Dope traslada la energía del graffiti hacia una narrativa pictórica íntima; Jesús Aguado desarrolla una poética directa y contenida, donde figuras híbridas y paisajes inesperados condensan humor y tensión sin artificio.

    Título: Miro el reloj y siento que no llego a nada… Autor: Jazzy Dope

    Juanjo Surace combina sátira y extrañeza en universos que rozan lo grotesco sin perder equilibrio. Juli About, desde la porcelana, introduce una fragilidad material que contrasta con la densidad conceptual del conjunto. 

    Título: FiestApp. Autor: Juanjo Surace 

    Luciano Sánchez deforma iconos infantiles hasta revelar el reverso ácido de la cultura pop y MalOjo cruza lo religioso y lo contemporáneo en una iconografía híbrida.

    Título: La guerra de los Mundos. Autor: Luciano Sánchez.

    Miguel Piñeiro transforma objetos cotidianos en construcciones hiperrealistas cargadas de ironía y trampantojo; Óscar Llorens trabaja la memoria y la infancia desde el color y la resonancia emocional; Penelope Clarinha despliega una pintura delicada y feroz al mismo tiempo; Penrider construye en grafito un universo de silencios densos y símbolos latentes; y Reme Amorós utiliza ironía y paradoja para transformar lo cotidiano en superficies atravesadas por tensiones emocionales y sociales.

    Título: No ducks given. Autor: Miguel Piñeiro.

    La diversidad técnica es evidente. Lo que cohesiona el conjunto no es el estilo, sino la intensidad sostenida.

    Intensidades que no se neutralizan

    Tras recorrer la sala, la sensación no tiene que ver con la variedad sino con el grado de concentración. No hay piezas que funcionen como descanso visual ni como relleno. Cada obra mantiene una temperatura propia.

    Algunas acideces son suaves y persistentes. Otras se presentan de forma más directa. Pero en todos los casos hay una voluntad clara de no suavizar el gesto para hacerlo cómodo.

    En un contexto saturado de imágenes rápidas, SOUR SELECT plantea otra relación con la mirada. No propone espectáculo, propone densidad.

    Más actitud que tendencia

    Lo interesante de SOUR SELECT no es que intente definir “qué está pasando” en el arte contemporáneo. No lo pretende. Tampoco intenta representar una escena.

    Funciona más bien como una toma de posición.

    Apostar por obra con carácter.
    Por lenguajes que no se suavizan para encajar.
    Por imágenes que no buscan consenso.

    La acidez aquí no es una cuestión estética. Es una forma de situarse.

    Y quizá por eso la sensación al salir no es dulce. Es un leve ardor que permanece. Lo suficiente para recordar que cuando el arte aprieta, cuando destila en lugar de acumular, cuando afila en vez de adornar, algo se activa.

    La exposición puede visitarse hasta el 25 de abril en Est_Gallery, dentro de Est_ArtSpace. Un recorrido que no busca agradar ni simplificar, sino concentrar. Y que demuestra que, cuando la intensidad no se negocia, la imagen permanece.

  • 14 millones de ojos: La mirada colectiva de Madrid

    14 millones de ojos: La mirada colectiva de Madrid

    Hasta el 11 de enero, la Sala Canal de Isabel II presenta 14 millones de ojos, una exposición que despliega por primera vez fuera del Museo Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) una amplia selección de su fondo fotográfico. El título, tomado de la cifra de habitantes de la Comunidad de Madrid, juega con una idea poderosa: la del archivo como cuerpo colectivo, formado por las miradas de quienes observan, documentan y también de quienes son observados.

    La muestra, comisariada por Olga Fernández López, profesora e investigadora especializada en prácticas curatoriales contemporáneas, parte de una intención clara: releer la historia visual de los últimos setenta años a través de la fotografía española e iberoamericana. No se trata de una exposición cronológica, sino de un tejido narrativo de fragmentos, de un collage de imágenes que respiran juntas. En ellas habita la historia reciente de España, pero también el modo en que el país ha aprendido a mirarse, a representarse y a reconocerse.

    El fondo fotográfico del CA2M se ha conformado a lo largo de más de tres décadas a través de adquisiciones, donaciones, premios y proyectos editoriales. Surgido de una política pública de apoyo a la creación contemporánea, el archivo reúne desde obras documentales de los años cincuenta hasta experimentaciones digitales de los 2000. En total, más de 3.000 piezas que constituyen uno de los acervos más importantes de fotografía contemporánea en España.

    El comisariado de Fernández López se apoya en la arquitectura del espacio —el antiguo depósito de aguas del barrio de Chamberí— para estructurar la exposición en cuatro niveles, cuatro tiempos, cuatro miradas: En este lugar, En este tiempo, En esta fotografía y En este cuerpo. Cada planta se convierte en un estrato, una capa de lectura que conecta la historia íntima y social de la imagen con el presente de quien la contempla.

    En este lugar

    El recorrido comienza en la planta baja con una declaración de intenciones: la fotografía como forma de pertenencia. En este lugar explora Madrid como territorio simbólico, pero también como epicentro de lo cotidiano, del trabajo, del tránsito y de la vida. La ciudad y sus alrededores aparecen como un escenario donde se cruzan las memorias rurales y los nuevos imaginarios urbanos.

    La imagen de Ramón MasatsLebrija, Sevilla, 1961, funciona aquí como apertura y como raíz. Su blanco y negro áspero muestra a un grupo de campesinos inclinados sobre la tierra: cuerpos tensos, gestos detenidos, una España que todavía se movía al ritmo del campo. Frente a esa imagen de quietud ritual, Miguel Trillo irrumpe desde el color con En la puerta del pub Tránsito Sur, 1989: dos chicas jóvenes posan ante un muro amarillo, atentas a la cámara, desafiantes, vibrantes.

    El diálogo entre ambas escenas —el sur agrario y la juventud madrileña de la posmovida— condensa el tránsito de un país entero: de la obediencia a la expresión, del silencio al gesto. Entre ellas se cuelan imágenes de Luis BaylónRicardo Cases o Carlos Pérez Siquier, que convierten la calle en laboratorio visual. La ciudad se muestra como un cuerpo vivo, y el espectador, al descender la escalera circular del depósito, siente que pisa sobre los ecos de su propia memoria.

    Ramón Masats, Lebrija, Sevilla, 1961. 

    En este tiempo

    El segundo piso sitúa al visitante en los años noventa, momento de mutación cultural en el que la fotografía se emancipa del registro y se adentra en el territorio del arte contemporáneoEn este tiempo aborda esa transición: cuando la cámara deja de mirar hacia fuera y comienza a mirar hacia dentro.

    Aquí, Alberto García-Alix nos enfrenta a la crudeza de lo autobiográfico: Willy y Reyes embarazada (1982) capta la ternura y la vulnerabilidad sin artificio. La luz entra por la ventana, suaviza las sombras y convierte la escena doméstica en un manifiesto de vida y deseo. A su alrededor, obras de Cristina García RoderoChema MadozManuel Vilariño o Cristina de Middel amplían el registro de lo humano a lo simbólico, jugando con la metáfora y la puesta en escena.

    En este bloque también se hace visible el cambio institucional: la irrupción de nuevos espacios como el propio CA2M o el Museo Reina Sofía, que comenzaron a integrar la fotografía dentro de sus colecciones permanentes. Olga Fernández subraya en el texto curatorial cómo estos años fueron decisivos para legitimar la fotografía como un lenguaje del pensamiento, más allá de la mera documentación de lo real.

    El visitante percibe esa transformación a través de la convivencia de formatos: negativos ampliados, copias vintage, fotolibros, vídeos y series de autor. Cada pieza conserva una temperatura emocional distinta, pero juntas configuran un relato donde el tiempo no es lineal, sino sensorial.

    Alberto García-Alix, Willy y Reyes embarazada, 1982.

    En esta fotografía

    La tercera planta abre un espacio de reflexión sobre el propio medio. En esta fotografía se pregunta por la relación entre imagen y verdad, y por la creciente consciencia de la fotografía como construcción.

    A comienzos de los 2000, la práctica fotográfica se vuelve autorreferencial: mira su propio artificio, se interroga, se fragmenta.

    Graciela Iturbide, con Naturata XV (2000), fotografía un grupo de cactus monumentales que parecen figuras humanas. Su luz dorada, su composición sobria y su silencio absoluto la convierten en una escena sagrada: un recordatorio de que incluso lo vegetal puede portar memoria.

    Cerca de ella, Joan Fontcuberta despliega su ironía crítica sobre el engaño visual, y Carmela García presenta imágenes que cruzan performance, feminidad y mito: cuerpos en suspensión, flores invertidas, naturalezas muertas que respiran.

    Este bloque funciona como una meditación sobre la ilusión fotográfica y la fragilidad de la mirada. El visitante percibe que todo lo que ve es simultáneamente cierto y falso: las imágenes no mienten, pero tampoco dicen la verdad. Como escribe la comisaria en el texto de sala, “cada fotografía es una forma de creer”.

    Graciela Iturbide, Naturata XV, 2000.

    En este cuerpo

    El último piso —quizás el más emocionante y político— lleva por título En este cuerpo. Aquí, la exposición se llena de presencias, de gestos, de vulnerabilidades. Olga Fernández propone pensar el cuerpo como archivo de las emociones y territorio de lo común.

    En Duelo. Canosa di Puglia (2000), Cristina García Rodero retrata una procesión de mujeres envueltas en velos negros, sus rostros cubiertos, sus pasos firmes. La escena, captada con la profundidad que caracteriza a la autora, condensa siglos de ritual y de resistencia femenina. Cada cuerpo es una oración y una historia.

    En contraste, las fotografías de Andrés Senra documentan las acciones urbanas de Radical Gai y Lesbianas Sin Organización durante los noventa: activismo queer, pancartas, cuerpos que se tumban en el asfalto como denuncia ante el silencio institucional del sida. En su blanco y negro vibran la rabia y la ternura.

    Y como epílogo visual, una imagen de Alex WebbBorder Crossings, San Ysidro, 1979. Un helicóptero desciende sobre uncampo de flores amarillas mientras varias figuras alzan los brazos. La belleza y la amenaza coexisten en el mismo plano. Webb nos recuerda que todo cuerpo observado está también en peligro; que mirar es un acto político.

    Cristina García Rodero, Duelo. Canosa di Puglia, 2000.

    Un archivo de miradas

    En conjunto, 14 millones de ojos no es solo una exposición de fotografía: es una declaración sobre la mirada pública, sobre la responsabilidad de un archivo colectivo.

    La colección del CA2M, al exponerse en la Sala Canal, sale de su espacio habitual y se ofrece al tránsito, a la intemperie, al contacto con nuevos públicos. La comisaria habla de “una pluralidad de voces” y de “diálogos entre obras que se responden entre sí”, y esa es quizá la clave del recorrido: no hay una historia única, sino un conjunto de conversaciones abiertas.

    El visitante sale con la sensación de haber recorrido no una exposición, sino una ciudad hecha de imágenes: calles que conducen de una planta a otra, cuerpos que dialogan entre sí, luces que cambian a medida que ascendemos por la escalera del depósito.

    Hay en todo el proyecto una voluntad de mirar hacia atrás sin nostalgia, de entender la fotografía no como documento inmóvil, sino como organismo vivo. Cada imagen conserva su pulso: las risas de los jóvenes de Trillo, el silencio mineral de Iturbide, la danza ritual de García Rodero, la ironía de Fontcuberta, la ternura de García-Alix. Todas comparten algo esencial: el deseo de ser vistas, el deseo de permanecer.

    Mirar en común

    Quizá por eso el título resuena tanto: 14 millones de ojos. No se refiere solo a las fotografías ni a quienes las hicieron, sino a nosotros, los que miramos. Porque toda exposición es un pacto de miradas: las que estaban antes y las que llegan ahora. Mirar, en el fondo, también es una forma de pertenencia.

    Y cuando salimos a la calle, después del recorrido, los ojos tardan unos segundos en acostumbrarse al sol de Madrid. Durante ese instante de luz blanca, todo lo que hemos visto —los cuerpos, las flores, los rituales, las ruinas— permanece suspendido en la retina. Un recordatorio de que la memoria, como la fotografía, no se apaga: se revela con el tiempo.

  • ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    Algunas exposiciones no se recorren: se habitan. Proust y las Artes es una de ellas. Más que ordenar influencias o trazar genealogías, propone un clima. Uno en el que los objetos no ilustran una obra, sino que la respiran. Como si al mirarlos pudiéramos entender algo del deseo profundo que mueve a quien escribe. O a quien recuerda.

    Conviene señalar que, cuando leas estas líneas, aún estarás a tiempo de visitar Proust y las Artes, la exposición que acoge —no sin resonancia— el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza; un lugar que para mí sigue siendo más que un museo: un refugio abrumador, casi doméstico. Abierta al público hasta el 8 de junio de 2025, la muestra articula un diálogo preciso entre la literatura de Marcel Proust y las múltiples disciplinas artísticas que influyeron de forma decisiva en su obra. Responsables del prensado de los volúmenes que llevo hojeando cada noche y de la reorganización de un imaginario que creía ya configurado.

    No es imprescindible haber leído En busca del tiempo perdido para adentrarse en esta propuesta curatorial. El recorrido trasciende lo estrictamente literario: interpela desde lo personal, lo sedimentado, lo que resiste al tiempo. Al igual que Proust transformó sus referentes estéticos en una arquitectura de la memoria, la exposición articula un conjunto de piezas —pintura, escultura, música, artes decorativas— que actuaron como detonantes de su universo sensorial, o como prolongaciones inevitables del mismo. Más que una exposición sobre un autor, se trata de una reflexión sobre cómo el arte no solo da forma a una obra, sino también a una manera de ver.

    Por ello, dejarse conducir por el recorrido de la exposición es, también, una forma de habitar aquello que dio forma a la sensibilidad de Proust. Atestiguamos un París aristocrático, atravesado por corrientes estéticas y filosóficas cuya discusión permeaba los salones, las páginas y los gestos. Ese entramado intelectual y social no solo alimentó su escritura, sino que dejó una huella profunda en su forma de entender el tiempo, la belleza y la memoria; elementos que hoy reconocemos como legado y como herencia viva.

    El Círculo de la Rue Royale, James Tissot, 1868. 

    El archivo de mi bolsillo

    Meto la mano en el bolsillo interior de una chaqueta que llevaba tiempo sin usar. Encuentro un corcho de vino, probablemente rescatado de una noche compartida, conservado con la intención —quizá inconsciente— de fijar un instante. Sin proponérnoslo, asistimos constantemente a la construcción de una memoria privada, resistente al desgaste del tiempo, hecha de objetos mínimos. Tarjetas de visita olvidadas, postales alojadas entre las páginas de un libro, o playlists que intentan preservar el sonido preciso de una mañana de domingo. Ídolos discretos que acumulamos con los años, y que acaban configurando una narrativa personal, casi secreta.

    De alguna forma, todo eso —lo aparentemente irrelevante— es responsable de la aparición de ideas que, en un principio, no imaginábamos posibles. La obra de Proust, vasta y minuciosa, nace precisamente de esa atención rigurosa a lo cotidiano, a aquello que miraba con una devoción casi absoluta. Sus viajes a Venecia, por ejemplo, revelan una fijación temprana por la sensibilidad artística, por la arquitectura gótica y por una ciudad que, aún hoy, parece empeñada en preservar una idea de belleza detenida en el tiempo. En este sentido, la exposición se configura como un diario visual e íntimo, donde se despliega todo aquello que fascinaba a Proust y que, lentamente, fue sedimentándose en un compendio emocional y, más tarde, literario.

    La Dogana y San Giorgio Maggiore, atribuida a Johannes Vermeer, hacia 1670.

    Arqueología íntima

    No conviene subestimar el valor de esos objetos que decidimos preservar para fijar un instante. Hay un placer —a veces culposo— en volver a morder nuestra propia magdalena, como si ese gesto sencillo pudiera restituir, aunque sea por un segundo, un momento de felicidad ya vivido. Tal vez lo interesante del espacio material que habitamos reside justamente en su capacidad de convertirse en excusa: en la posibilidad de condensar, en pequeños fetiches, fragmentos de una realidad que ya fue.

    Eso sí, sin caer —inadvertidamente— en el trampantojo de la nostalgia o en el mito de una edad de oro idealizada. Porque, seamos honestos, a veces sucede. El recuerdo de lo imperfecto queda atrapado en un objeto cualquiera, que con el tiempo se convierte en símbolo de aquello que se añora en medio de la agitación del presente. En el caso de Proust, el refugio en las artes no le ahorró el aislamiento de una enfermedad prolongada. Fue entre las paredes de una habitación clausurada —convertida en mundo propio— donde comenzó a escribir En busca del tiempo perdido, impulsado por una ambición estética que hoy digerimos, en parte, gracias a los museos y a obras como la suya. Incluso en el encierro, su mirada permanecía orientada hacia la belleza.

    Hôtel des Roches Noires, Trouville, Claude Monet, 1870.

    Por eso tratamos de no olvidar la responsabilidad emocional que asumimos —consciente o inconscientemente— al recuperar esa forma de magia íntima, casi química, que se activa cuando volvemos a meter la mano en el bolsillo y encontramos, por ejemplo, un corcho de vino. El vértigo del pasado se impone, a veces disfrazado de un síndrome de Stendhal que no proviene de una obra colgada en la pared, sino de nuestro propio imaginario, moldeado por aquello que vivimos y decidimos guardar.

    Se produce entonces una suerte de comunión entre el presente y ese objeto aparentemente banal, al que reconocemos como la raíz de algo que consideraríamos incluso más bello que en el momento original. El germen de una obra, quizá, o de una sensibilidad que se alimenta de fragmentos —artísticos, filosóficos, afectivos— que vamos reuniendo para entendernos un poco más.

    Y tal vez no quede otra opción que rendirse al temblor emocional de ese reencuentro con tiempos anteriores. Con una versión de nosotros mismos que, por un instante, vuelve a ser posible. Con las mañanas de domingo. Con una playlist en bucle.

    Retrato de Marcel Proust, Jacques-Émile Blanche, 1892