Una encuesta de Deloitte, publicada hace unos días, sugiere que el burnout o agotamiento está afectando gravemente a los millennials: casi la mitad está dejando sus trabajos por este motivo y el 84 % afirma sentirse exhausto en su puesto actual. La generación Z, por su parte, tiene un enfoque diferente del trabajo. Solo el 6 % afirma que su principal ambición profesional es alcanzar un puesto de liderazgo. En cambio, dan prioridad al equilibrio por encima de ascender en la escala profesional.
Mientras que los millennials siguen adelante hasta agotarse, la generación Z es más rápida a la hora de dar un paso atrás. Son más propensos a desconectarse o marcharse que a quemarse.
Todo esto es síntoma de algo. La relación con el trabajo, con la ambición y, en última instancia, con el propósito vital, están en entredicho. Y no hay mejor referencia para intentar entender esta encrucijada que la última película del legendario Wim Wenders, Perfect Days.

El limpiador de baños
Estrenada en 2023, Perfect Days sigue la vida de Hirayama, un limpiador de baños públicos en Tokio interpretado por Koji Yakusho. Durante dos horas, vemos a Hirayama cuidar sus plantas, desplazarse de baño en baño con precisión, tomar un refresco en su bar habitual, pasar por la lavandería y leer hasta dormirse. Y aunque hay algunas situaciones que lo sacan de su rutina, que no comentaré para no arruinar la experiencia, sus días son un calco del anterior.
Una vida que, bajo los estándares de la sociedad actual, podría parecer aburrida o incluso la definición de fracaso. En un momento clave, su hermana le pregunta con desprecio si sigue limpiando baños.
En una historia más clásica, Hirayama estaría frustrado con su vida. Tendría un gran sueño por cumplir o una meta noble que alcanzar. Secretamente querría ser escritor, o tener su propio negocio de limpieza, y al final de la película conseguiría escapar de su rutina.
Pero el giro es que nuestro protagonista está satisfecho con su vida. Cada mañana se levanta y, al salir de casa, mira al cielo con una sonrisa. No estamos acostumbrados a protagonistas sin ambición, y al principio pensamos que debe esconder un trauma o que está huyendo de algo. Y aunque nunca conocemos su pasado, quedarse ahí sería quedarse en la superficie.

¿Es posible una vida sin ambición?
Nuestra generación está muy confundida. Un día nos venden que lo correcto es empezar nuestro propio negocio, otro que hay que opositar para buscar la estabilidad, o que lo mejor es tirar el móvil por la ventana y plantar patatas, o estudiar dos másteres para conseguir unas prácticas. Ningún camino se siente del todo correcto y, cuando llega la hora de empezar la carrera profesional, algo no encaja.
Lo que Wenders propone es una vida donde la satisfacción personal no depende del trabajo, ni del estatus, ni del dinero, sino de los pequeños placeres que pasan desapercibidos en este mundo acelerado. En una cultura donde todo empuja a correr, Hirayama se atreve a quedarse quieto.
Y si la ambición no es la respuesta, tal vez el problema esté en cómo vivimos: en la distracción constante que nos impide escucharnos.

Is it really that damn phone?
Hirayama no tiene smartphone. Escucha sus cassetes en el coche de camino al trabajo, toma fotos con una cámara analógica y lee libros en papel. Wenders sugiere que este consumo de medios más lento y físico es una forma de estar realmente en el mundo, de vivir con atención.
Y ante la sorpresa de generaciones pasadas que abrazaron lo digital sin mirar atrás, la gen Z está saliendo a la calle con teléfonos de tapa y cámaras de bolsillo. Aunque hay algo performativo en ello —hacer journaling en una libreta de Muji no te va a salvar la vida—, el punto del director va más allá.
Los momentos más bellos de la película son los que muestran cómo Hirayama se fija en los detalles: los transeúntes reflejados en una superficie metálica, el movimiento de las sombras de los árboles, la nota escondida en la ranura de un baño. Está presente en su día a día, capaz de encontrar belleza donde la mayoría solo ve rutina, si es que ve algo en primer lugar.
Tiene espacio para pensar, para digerir lo que sea que le haya pasado y para encontrar no solo paz, sino plenitud en su humilde rutina. Nuestra generación, en cambio, casi nunca tiene ese espacio. Y nos está costando caro.

La decisión
En un mundo en el que los caminos preestablecidos parecen derrumbarse ante nuestros ojos, nuestra generación se enfrenta a varias preguntas. ¿De verdad merece la pena agotarme persiguiendo una carrera cuyas recompensas parecen cada vez más inciertas? ¿Tengo que convertirme en un vendedor improvisado del TikTok Shop, promocionando productos del Temu para llegar a fin de mes? ¿O simplemente esperar a que empiece la tercera guerra mundial antes de que salga el GTA VI? No tengo respuesta a esas preguntas, pero sospecho que la solución reside en cada uno de nosotros, en encontrar lo que de verdad queremos.
No hay nada malo en tener un gran sueño y perseguirlo con todo lo que tengas. Tampoco en querer aprender un oficio y vivir una vida tranquila. Pero tiene que ser decisión tuya, no del ruido que te rodea.

La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora
Cada vez que me fijo en las ramas de los árboles, que me siento en un banco a observar a mi alrededor, pienso en Hirayama y en cómo afronta su vida.
Y aunque tampoco sé cuál es la mejor opción para la mía, esos momentos me recuerdan que hay más caminos posibles, que no todo en la vida es alcanzar el éxito como lo entiende la sociedad, y que, aunque parezca que estamos en caída libre, hay belleza en estar vivo, aunque sea de instante en instante.
Una frase que no ha salido de mi cabeza desde que vi la película es: «La próxima vez será la próxima vez, ahora es ahora». Quizás de eso se trate al final: de aprender a estar presentes, de hacer las paces con lo que somos y con el lugar que ocupamos. De no vivir comparándonos, sino eligiendo con calma qué tipo de vida queremos llevar.
La ambición no tiene por qué desaparecer, pero tal vez deba transformarse: dejar de ser una carrera hacia arriba y convertirse en una búsqueda hacia adentro. Solo entonces, como Hirayama, podremos mirar al cielo cada mañana y sonreír, sin necesitar nada más.
Fotos: Perfect Days, 2023, Wim Wenders

