El error y la creación: Por qué lo tangible nos conecta con lo humano

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Me gusta escribir a mano, me gusta mi Polaroid y, en general, me gusta lo físico. Creo que hay algo especial en lo tangible; un cariño, un sentimiento, un afecto… diferente. Parece mentira que en el mundo de lo digital la tendencia vuelva a ser lo analógico, pero es ese “nosequé” que enamora de un vinilo, de un carrete o de un abrazo que nos conecta con lo auténtico, lo humano.

El error y la creación

El primer instinto, quizá, sea el de relacionar lo físico con lo finito; sin embargo, puede que la clave esté más en lo permanente. Creo que el concepto de no poder ignorar los errores otorga ese punto de realismo del que muchas veces carece lo digital, que en cierta medida engancha pero que, sobre todo, obliga a pensar antes de hacer.

María en Chipre. 2022.

Van Neistat decía, en su vídeo sobre el porqué de escribir con máquina, que es el concepto de plasmar pensamientos sin tapujos lo que permite “capturar nuestra voz”. La simbiosis entre lo que piensa nuestra mente y lo que escriben nuestras manos se alcanza al entender que las palabras, aunque no definitivas, adquieren otra dimensión en el momento en el que se escriben sobre papel. Aunque dicen que el mayor enemigo del creativo es la falta de inspiración, si hay algo peor que la página en blanco es la página en limpio. El miedo a no cumplir, a las expectativas -tanto propias como ajenas-, parece el principal obstáculo para la producción cuando, lejos de ser un problema, el error es el testimonio de la evolución de las ideas. Así, en lo físico, la imperfección se convierte en declaración de intenciones: marca la diferencia entre lo infinitamente editable y lo que reclama nuestra atención aquí y ahora.

Polloglifos, pentimenti y trascendencia

Leía hoy en las noticias sobre los polloglifos, las imágenes ocultas detrás de las pinturas de Pollock. Parecen haberse encontrado pinturas previas al goteo con imágenes recurrentes de licores, autorretratos, monos, payasos y elefantes, despertando un debate sobre su intencionalidad y conexión con su salud mental. Aunque no necesariamente iguales, la idea del polloglifo me hizo pensar en un concepto al que se me introdujo hace muy poco: el pentimento. En el mundo del arte, los pentimenti (plural del italiano “arrepentimento”) son cambios visibles o alteraciones en una obra que revelan las modificaciones durante su creación. El Matrimonio Arnolfini, de Van Eyck; el Salvator Mundi, de Da Vinci; o El viejo guitarrista, de Picasso, contienen algunos de los pentimenti más conocidos. A raíz de este fenómeno, me surgía la pregunta: ¿cuándo es que una obra puede permitirse mostrarse imperfecta?  A lo que mi instinto me responde que casi siempre, pues es el error, la iteración visible, lo que conecta con lo profundamente humano.

Tienda Olivetti

En una cultura de inmediatez digital, de gratificación instantánea y dopamina fácil quizá buscamos un refugio en lo tangible. El renacimiento de la fotografía analógica, el resurgir de las handycam o la vuelta a la escritura a mano no son simples nostalgias pasajeras, sino ejemplos de un deseo de conexión más profunda con lo que hacemos. Cuando cada disparo o pincelada es (casi) definitivo, nos comprometemos más con la obra y con nosotros mismos. La apreciación intencional, tan propia del flâneur y tan familiar para el snob, es casi una meditación que nos reconecta con nuestra verdadera esencia.

Hará cosa de dos años, hablaba con Inés sobre el camino y el final. Usando el símil de una ruta en la montaña, ella me recriminaba el cómo vivo demasiado enfocado en llegar a la cima como para pararme a observar los musgos del camino. Me reí. Yo le dije que si la vida es mirar musgos, no hay motivación para llegar a la cima. Se rió. Cuando volvía a hablar de esto con Alberto, que está mucho más enfocado en llegar a la cima que yo, creo que entendí lo que decía Inés sobre mirar los musgos. Discutimos sobre la gratificación tardía, que cuando algo no está a un clic de distancia, invertir tiempo y esfuerzo otorga a la experiencia un valor distinto: no solo es el resultado final, sino el trayecto mismo el que adquiere significado. Lo físico nos empuja a tomarnos un tiempo para cada decisión.

Jackson Pollock. Tony Vaccaro.

Tal vez, en el fondo, buscamos aquello que nos ancle al presente. Es curioso como, tanto lo positivo como lo negativo del digital, sea una hiperconectividad que aísla y reúne al mismo tiempo. Quedar con alguien en una fecha, en un lugar, y confiar en que aparecerá a la hora acordada, es un acto que roza lo subversivo en una época en que todo es modificable al instante y a golpe de mensaje. La duda, la espera, la anticipación, forman parte de la experiencia de lo humano, pero cada vez más nos esforzamos en eliminar cualquier tipo de incertidumbre con herramientas que, en teoría, facilitan nuestra vida, pero que en realidad nos sumergen en un flujo constante de ansiedad, reajustes y microgestión. Lo físico, lo definitivo, lo que no puede corregirse sin dejar una huella, nos devuelve el control sobre nuestro propio tiempo. Y eso está bien.