Somos criaturas sociales. Como especie, estar en compañía trasciende el disfrute y pasa a ser necesidad para la supervivencia y desarrollo. La tendencia del hombre a agruparse es la que suscitó su paso de nómada a sedentario, y del asentamiento a la estructura social.
La transición de la tribu al pueblo, y del pueblo a la ciudad, parece positiva en términos evolutivos: cuanto más avanzada una sociedad, más sencilla es la vida para sus habitantes. Sin embargo, la rapidez del cambio de lo primitivo a lo moderno implica que, aún habiéndonos adaptado a la comodidad de la metrópoli, seguimos viviendo en condiciones antinaturales. Nos hicimos urbanos antes de serlo biológicamente. La evolución no nos ha alcanzado, y de la disonancia surge el malestar.
En 1969, Desmond Morris hablaba del “Zoo Humano”. En su libro, a medio camino entre etología y sociología, compara al ciudadano con el animal en cautiverio a partir del análisis de sus comportamientos. Para él, el hecho de que los animales “bajo circunstancias normales, en sus hábitats naturales, no se automutilan, masturban, desarrollan úlceras estomacales, sufren de obesidad […]” mientras que “entre los urbanitas, como es evidente, todas estas cosas ocurren”, es un reflejo de la ciudad como antihábitat. El hombre primitivo tenía una necesidad de territorio y espacios. El hombre moderno, por su parte, decidió olvidarse de su naturaleza para cubrir sus necesidades a costa de su espacio personal. Nos empeñamos en pensar que vivimos en junglas de asfalto cuando, la realidad, es que vivimos en zoos humanos. Esto, a menudo, deriva en un deterioro del entorno relacional del individuo y en un profundo sentimiento de soledad.

La importancia de decorar tu habitación
Aunque hay muchos prismas desde los que abordar esta cuestión, creo que el más interesante es el de la necesidad de conectar. La idea de la urbe como antihábitat surge, en esencia, de la necesidad humana de afecto, de conexión, que cuando no se ve cubierta aturde. Quizá más que aturdir confunde, desconcierta, y la incertidumbre no permite actuar con claridad. El humano se ha propuesto encontrar una respuesta lógica a su entorno, a comprenderlo, a controlarlo; sin embargo, hay ocasiones en que nuestra propia naturaleza se le escapa a la razón.
Y es que la conexión no es solo entre individuos. Nuestra necesidad de trascendencia es el motor del arte, de la vida, y de la búsqueda de la esencia. La importancia de encontrar nuestra esencia reside en la necesidad de plasmarla en el espacio físico, de hacer nuestro lo que nos rodea. Cuando Morris habla de la privación de territorio, establece una relación indirecta entre la soledad y la percepción de nuestro espacio. Si ya de por sí nuestro entorno nos empuja al aislamiento, la percepción del habitáculo como celda en vez de hogar depende de lo nuestro que lo sintamos. La vivienda es dónde vivimos; el hogar, cómo lo sentimos.
En muchas ciudades, especialmente entre los jóvenes, la dificultad de acceder a una vivienda propia hace del hogar un lugar transitorio, más parecido a una jaula que a un refugio. La incertidumbre sobre la permanencia en un espacio impide construir un sentido de arraigo, y un apartamento deja de ser hogar cuando no podemos apropiarnos de él. La ciudad, que debería ofrecer estabilidad y comunidad, se convierte así en un espacio de paso, donde las relaciones con el entorno y con otros son necesariamente efímeras.
La razón, según Morris, es que hemos evolucionado para vivir en grupos no mayores de 150 individuos, y establecer una conexión emocional en comunidades más grandes es prácticamente imposible. El hombre urbano se cruza con miles de personas cada día sin poder interactuar ni relacionarse con ellas. En respuesta, opta por actuar como si no estuvieran allí, relegando a quienes lo rodean a un segundo plano, donde se difuminan y se vuelven parte del paisaje. Como no podemos gestionar emocionalmente la multitud que nos rodea, recurrimos a la indiferencia. No es hostilidad, es autopreservación: la interacción con desconocidos consume energía sin ofrecer la recompensa emocional de las relaciones significativas. Es así como la ciudad, con su sobreabundancia de estímulos y su densidad poblacional aplastante, empuja necesariamente al aislamiento.

Indiferencia y fotografía
Paradójicamente, es esta indiferencia ante el prójimo que fomenta el desarrollo de disciplinas como la fotografía callejera. El entorno urbano es ideal para el fotógrafo y el flâneur, porque se infiere que el sujeto permanecerá ajeno a la presencia del observador. Bruce Gilden, leyenda viva de la agencia Magnum, ejemplifica este principio en su serie Facing New York. A pesar de su técnica intrusiva, violenta y abrupta, con flash en mano y gran angulares, asegura jamás haber tenido problemas ni enfrentamientos directos. En una entrevista para WYNC, reconoció que “mucha gente que camina por la ciudad está perdida en sus pensamientos, y no presta atención a la cámara”.
Quizá por eso la fotografía callejera engancha como ninguna otra. Que el arte de transmitir no resida en la exposición, sino en la composición y espontaneidad, la hace tan accesible como lejana. Aquí no vale con saber: hay que sentir. Sentir el ambiente, el contexto, la calle, la gente. El instinto del fotógrafo, el “ojo”, puede que tenga una raíz mucho más sociológica que artística. Implica anticiparse, abraza la indiscreción y obliga a convertir la cámara en una extensión de la mirada. El paso de transeúnte a observador activo solo requiere de dos elementos: agallas y una cámara. Así que tú, que compraste una compacta para sacarla de fiesta, o tú, que guardas la antigua digital de tus padres, ¡saca tu cámara y ponte a observar!

