«Queer»: los cuerpos hablan, el amor titubea

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El cine de Guadagnino ha sido siempre un reflejo de la fragilidad del deseo. En Queer, nos enfrenta al anhelo de conexión y al miedo a un amor esquivo, explorando la torpeza, la evasión y la necesidad de pertenecer como ecos de nuestras propias incertidumbres.

En un tren de Madrid a Barcelona, divago sobre la soledad, abrazando la incomodidad inherente a este tipo de reflexiones. Pero el trayecto, acurrucado en mi asiento, no es más que otro instante en el que pensamientos como estos asaltan mi mente. A veces sucede en el supermercado; otras, mientras espero en una estación de metro. En el fondo, no deja de ser un síntoma del replanteamiento constante de nuestra existencia como acto de supervivencia.

Conforme maduramos —si es que estamos dispuestos a hacerlo—, resulta inevitable trazar un camino vital moldeado por nuestras ambiciones, cuya forma depende de las aspiraciones laborales, románticas, sociales y culturales que nos imponemos —¿o que nos son impuestas?—.

Guadagnino, por su parte, lo ha vuelto a lograr. Una vez más, expone en primer plano aquello que tanto nos aterra: la incertidumbre sobre lo que realmente queremos en la vida, especialmente en el amor. Y es que estos 135 minutos de metraje no son sino una excusa para confrontarnos con nuestra propia sensibilidad. Un filme dirigido a un público ávido de historias casi extrasensoriales, que nos sumerjan en una trama sobre personajes en busca de una conexión que trascienda los límites de lo tangible.

Y es precisamente una de esas reflexiones la que me acompaña en silencio tras salir del cine: ¿es realmente tan difícil encontrar a alguien con quien conectar en un mundo marcado por la liquidez del amor?

El eco del deseo

Queer, adaptación de la novela homónima de Burroughs publicada en 1985, nos sitúa en el epicentro de la historia a William Lee (Daniel Craig). Asiduo a los opiáceos y rey indiscutible de la vida nocturna mexicana, se ha convertido en la encarnación del frenesí y en esclavo del tempus fugit. Como muchos hombres de su entorno, oscila entre la autoaceptación y la liberación sexual concebida como un espejismo envuelto en el velo seductor de la lujuria. Las noches de excesos, asfixia y penumbras desembocan en encuentros sexuales casi furtivos, consumados en habitaciones de hotel donde flota la falsa promesa de satisfacción. Espacios donde solo hay lugar para un pacto tácito entre desconocidos: el intercambio de placer con la condición del olvido. 

Aun así, la narrativa nos permite identificar —más pronto que tarde— el verdadero anhelo del protagonista: un encuentro romántico que sacie su hambre de conexión humana, lejos de las miradas lascivas que se cruzan de un extremo a otro en un bar gay y cuyo recorrido concluye con el orgasmo en brazos de alguien cuyo nombre no recuerdas… o que ni siquiera llegaste a conocer.

Es precisamente su primer encuentro con Eugene Allerton (Drew Starkey) —y los que le siguen— lo que da origen a un complejo entramado de dinámicas interpersonales. Sus reuniones terminan transformando los roces en caricias y, enmarcadas por una propuesta lumínica que invita al intimismo más puro, se convierten en el lenguaje de dos amantes que hablan con miradas cargadas de palabras y propósito: “I wanna speak… without speaking”.

Luca Guadagnino en el set de Queer.

Ser visto

Pese a ello, Guadagnino sabotea las intenciones de Lee al encarnar en Allerton la problemática central que ya ha explorado en otras obras de su filmografía: ¿por qué me cuesta reconocer quién soy en realidad? ¿Acaso quiero liberarme de aquello que más temo? —“Is it better to speak or to die?”—.

Así, la relación entre ambos se desliza lentamente por una espiral de apegos convertidos en un auténtico campo de batalla entre la ansiedad por ser amado y la evitación, donde la única bandera blanca parece ondear en el conformismo de una de las partes —“All I ask is be nice to Papa, say… twice a week? That isn’t excessive, is it?”—. No es casual que el rechazo intermitente de uno despierte en el otro un deseo aún más feroz de alcanzar una meta que se aleja con cada intento: la de ser correspondido.

Aun así, el director nos deja claro que no son el misticismo, la telepatía ni los viajes extradimensionales los que dotan de profundidad a las relaciones. En su ausencia, solo queda la aceptación de lo inevitable: la ruptura. Y con ella, el inicio de un camino propio que enfrente los temores de envejecer en soledad… o, peor aún, atrapado en la inestabilidad.

Lo que nos une en el silencio

La complejidad de la propuesta cinematográfica de Guadagnino no radica en sus alegorías ni en sus escenas casi sinónimos de poemas visuales, sino en el desafío que nos plantea: enfrentarnos a nosotros mismos a través de la identificación. No se trata de marcar casillas con tics sobre los efectos del deseo en nosotros, sino de admitir la existencia de aquello que nos horroriza y las decisiones que tomamos para deshacernos de lo que creemos intolerable. Decisiones cuyo remedio suele parecer la huida de la soledad a cualquier precio.

El amor, como tantas otras cosas que realmente valen la pena, ha de ser torpe. Sin su inevitable patosidad, querer se convierte en un frívolo cálculo y el cariño, en su propio obstáculo, alimentado por el miedo del ”¿y si…?”. Al final, junto al misterio embellecido del porvenir, solo nos queda la paciencia, aferrándonos a la esperanza de que los vínculos que construimos no se desvanezcan por la ausencia de torpeza.

Mientras tanto, reímos, celebramos, lloramos, salimos, trabajamos y viajamos. Y en algún punto de ese trayecto —quizá en un tren de Madrid a Barcelona—, la incomodidad de nuestros pensamientos se diluye. Porque sabemos que existen personas capaces de hacernos abrazar la verdadera intimidad: la de las miradas cargadas de propósito. La de hablar sin palabras.