Desde mudarse a Madrid con la excusa de estudiar bachillerato artístico hasta firmar con una de las multinacionales más punteras del mundo (Interscope), la evolución de Judeline es digna de película. Musicalmente empezó con canciones cálidas y tranquilas como «De Una Manera» u «otro lugar» y ahora, con “Bodhiria”, explora un territorio más oscuro y envenenado.

En «INRI», Judeline suena como una cobra saliendo de una cesta. Tanto el beat como la letra están cargados de sabor y misterio, y además dejan espacio para que la voz susurrada de Lara suene gigante. Y es que Tuiste y Mayo se han convertido en una especie de maestros del diseño sonoro; siempre aportando texturas envolventes y explosiones sin clichés. Es bonito pensar que tres personas se puedan entender tan bien a la hora de construir un universo tan afilado como este disco.
Bodhiria está lleno de micromomentos de euforia. Por ejemplo, en “mangata”, Judeline clama “se escucha abajo del agua «i-li-re-li-re-ri-ro»” y las voces están colocadas de tal manera que parece que suenan debajo del mar. La letra narra la historia de una chica hechizada por la luna que recuerda con desesperación un desamor. Un gran primer single que combina trazas de techno con una sensibilidad minimalista.
En cambio, “angelA” parece la canción de los créditos iniciales de Kim Possible si existiera en 2024. “Mi toto la sangre de Cristo, bebé, bébetela, métela” posiblemente te frene en medio de la calle y te haga tragar saliva (caso real). La canción sirve como presentación del personaje que narra esta historia, una especie de alter-ego. Aquí también encontramos la inevitable conexión de Lara con África en “me tiene metida en su boca, Dios mío, mā shā’a Allāh”, que significa “lo que Dios ha querido”. Este interés siempre ha estado presente desde el inicio de su carrera, romantizando el narcotráfico en “TANGER-ZAHARA” o mismamente en INRI: «el niño que me quiere es de afuera, habla darija”.
En el plano visual, la portada de JP Bonino y los videoclips de Nono Ayuso y Rodrigo Inada, traducen a la perfección lo que la música suscita: sueños, enamoramientos y mucho veneno. A través de una paleta de colores basada en tonos tierra, grises y negros, los directores han sido capaces de desarrollar el universo “Bodhiria», usando elementos de la cultura andalusí como las “cobijás” de Vejer o la plena devoción cristiana, con escenas de estampas, rosarios y una iglesia llena de sus propios familiares. . Tanto “mangata” como “INRI” han sido nominados para los UKMVA, los premios más serios de videoclips del mundo.
Y es que desde sus inicios, Lara siempre ha contado con su familia en su música (never forget su tío bailando «CANIJO» en una playa de Cádiz) y es imposible no sentir nada al ver los videos de su padre Javier tocando el cuatro venezolano para “JOROPO”, una canción que te agita el cuerpo y te recuerda que estamos ante uno de los talentos más singulares del país. Una dosis de tierra en un disco tan celestial. La canción cuenta con uno de los momentos más vocalmente interesantes del disco, donde escuchamos por primera vez, el registro grave de Lara y un delivery más directo, menos susurrado. Quizás se echan de menos más momentos así. A veces, el sello «Judeline» puede pesar demasiado y ese arrastre de las palabras puede dificultar su comprensión e incluso volverse cargante por momentos.
“JOROPO” no es el único guiño a Venezuela. En «BRUJERÍA!», Lara canta «yo sé que soy un jaleo, un bululú» una palabra venezolana que significa desorden y alboroto. La primera escucha de este tema puede ser hasta desconcertante, sobre todo en el estribillo donde la percusión se desata. Sin embargo, es una de las razones por las que este disco es necesario. Hay que incomodar, hay que levantar cejas, hay que cortar la corriente. Ya habrá tiempo para asimilarlo.

Está claro que la música de Judeline está cargada de espiritualidad y quién mejor que Rob Bisel para elevarla. Bisel es un productor americano que ha formado parte de los proyectos que más han impactado la cultura como el disco-monstruo de SZA «SOS», la idiosincrasia de Tyler, The Creator «IGOR» o la carta a corazón abierto de Kendrick Lamar, «Mr. Morale & The Big Steppers». Su sello está muy presente en «zarcillos de plata», que recuerda al baladón de SZA «Nobody Gets Me», con guitarras filtradas y coros celestiales. En este caso se trata de un repaso por una relación intensísima con un gangster acompañado de un delivery vocal emocionante con voice cracks (claramente intencionados) y miles de segundas voces que te llevan al cielo. Si ya funcionaba como single, en el disco aún más. Aporta variedad dentro del universo «Bodhiria».
Sin embargo, Judeline sigue confiando en artistas locales como Ralphie Choo, aunque como él mismo dice, es un artista «del mundo». Ralphie está presente en canciones como «4esquinitas» o “4 angelitos”. En esta última, escuchamos la ya clásica flauta de DRUMMIE con palmas, adlibs y mucha urgencia. Desde su primer encuentro en “EN EL CIELO” saltaron chispas. Ambos entienden sus respectivos universos y ambos atraviesan momentos muy parecidos.
Otro que está en la misma página es Rusowsky, uno de los pocos nombres que podrían encajar en el disco. Vocalmente, se podría decir que Lara y Rus son hermanos. Un tono susurrado, consonantes masticadas y un halo de misterio. Tras escuchar “Heavenly” es posible que de repente te encuentres en la ducha cantando “llévame llévame iiihhh, hacia allí hacia allí iiihhh” (caso real)

En fin, llámala «Yudlain», «Yudlín», «Judelín» o «Judeline» pero nadie se veía venir que una chica de 2003 de Caños de Meca fuese a ser una de las figuras con más proyección del país. “Bodhiria” es uno de esos proyectos con los que a uno le entran ganas de ponerse a hacer cosas, reunir referencias y pintar la imagen que siempre has querido pintar. Ha bajado un ángel del cielo y se llama Judeline.

