Ethel Cain en Madrid: una misa entre guitarras y lágrimas

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El pasado 8 de noviembre, Hayden Anhedönia, mejor conocida como Ethel Cain se presentó en el Teatro Eslava de Madrid, como parte de la gira de su disco Willougby Tucker, I Will Always Love You.

Aterrizando en la capital española por primera vez en su carrera, fue una experiencia que muchos esperaban con ansias. Con una capacidad de 1.200 personas y todas las entradas vendidas en la preventa, el Teatro Eslava se quedó un poco pequeño para la cantante americana, sintiéndose como una vuelta a sus conciertos más tempranos, íntimos y cercanos sus fans.

La noche comenzó con 9million, la banda de Matthew Tomasi, conocido por su trabajo como productor con Ethel Cain, sirviendo como un puente perfecto hacia su mundo. La banda tocó un set con un sonido rock, cercano al shoegaze y lo industrial, creando un ambiente con un tono introspectivo, pero animado.

Anhedönia abrió con “Willoughby’s Theme”, una entrada cinematográfica que hizo emocionar al teatro entero. La secuencia de temas del nuevo álbum, “Janie”, “Fuck Me Eyes”, “Nettles” y “Dust Bowl”, marcó un inicio potente y atmosférico. Cada canción sirvió como un capítulo sobre la historia de amor trágica que sigue el disco. En vivo, su voz suena aún más desgarradora, con matices entre lo celestial y lo terrenal. Las transiciones entre canciones, especialmente “Willoughby’s Interlude”, controlan el tempo emocional, con pausas, silencios y ecos que mantenían al público suspendido.

Hacia la mitad del set, cambió el tono para sumergirse en su proyecto más ambiental, “Perverts”, lanzado a principios de año. Con “Vacillator” y “Onanist”, el escenario se llenó de neblina, oscuridad y un sonido casi sacro. Fue el tramo más introspectivo del concierto, donde el público pasó del grito a la contemplación. Un momento casi intimidante, en el cual le cantó cara a cara a varios fans en primera fila, reafirmando que es una artista que entiende el directo como una experiencia sensorial completa, más que como un simple concierto.

Tras ese paréntesis, el set regresó a su narrativa principal con “A Knock at the Door”, “Radio Towers” y “Tempest”. Aquí el público volvió a corear, pero una mezcla de nostalgia y comunión. “Tempest” fue especialmente emotiva, un clímax contenido donde la iluminación y la voz de Ethel se fundieron en un mismo crescendo. Su control del dramatismo, sin caer en lo teatral, fue impresionante.

Al comenzar “Sun Bleached Flies” el Teatro Eslava se transformó. Las luces doradas bañaron el escenario mientras los fans cantaban cada palabra, muchos con lágrimas en los ojos. La cantante se mostró vulnerable, canalizando algo más grande que ella.

Después del falso final, volvió para el encore con “Family Tree”, “Crush” y la icónica “American Teenager”, que cerró la noche con aplausos y saltos. Fue un momento de desahogo total tras toda la contención anterior.

El concierto de Ethel Cain fue una experiencia espiritual disfrazada de pop. Está consiguió crear su propio universo dentro del teatro, donde la fe, la tragedia y el amor se cantaron con una voz angelical entre guitarras lentas y sonidos ambientales. Anhedönia vive sus canciones y las transmite con mucha emoción, explicando por qué su público la sigue con una devoción casi religiosa.

Salir del Teatro Eslava esa noche fue como despertar de un sueño. Fue una experiencia trascendental que sirve como claro ejemplo a seguir en el directo. Una en el que el dolor y la belleza coexistieron, y en Anhedönia no solo se consolidó como una gran artista, sino también como una de las voces más impactantes de nuestra generación.

Fotografía:  Marina Rodríguez, @marinistrumpet