La Boca del Lobo, el último trabajo de Carlos Ares, es una pintura rupestre en forma de melodía. El pino mojado, las cabañas de barro, las cuevas y sus estalactitas. Se siente como descubrir unos dibujos milenarios en medio de un páramo. Su paisaje sonoro, para quienes no nos podemos considerar connoisseurs del folk, nos pilló desprevenidos. Tuvimos que dejar a un lado sonidos más artificiales y robóticos para reconectar con lo primitivo de este arte. Cencerros, cacerolas, guitarras y, ¿un saxofón? Carlos Ares nos tiende la mano para llevarnos de ruta por la montaña y el patrimonio galaico en una de sus tres fechas agotadas en la capital.
Como si fuésemos al Teatro Nacional, el escenario de La Riviera estaba tapado cuando entramos al recinto. Cualquier cosa nos podíamos esperar de uno de los artistas más célebres del indie español. La gente abarataba la barra de la sala, cogían un sitio para poder bailar sin chocarse y tanteaban si llevarse algo del merchandising para casa. En conciertos con público más adulto de lo que habituamos tiendo a observar más mi alrededor. Es revitalizador darte cuenta que hay vida más allá de la juventud. Quizás ese es uno de los puntos más favorables que asocio a Carlos Ares: lograr que mis padres y yo nos encontremos en un concierto.
La música que actuaba como preludio del gran acto era original: el cantautor había preparado música de manera extraordinaria para que la gente fuese aclimatándose. Cuando cesaron las instrumentales y se corrió el telón, una gran cabaña prehistórica se cierne sobre el público. Alrededor de ella, numerosos instrumentos y artilugios improvisados que aportan atmósfera. Un mecanismo de cuerdas y poleas sostiene unos cencerros que se acabarán usando brevemente durante el concierto, lo cual me dio bastante pena. De pronto, de la cabaña emergió una banda que saludó al público como si de una obra de teatro se tratase. Carlos Ares fue el último en salir de aquella casucha, dando comienzo a un concierto que hipnotizó a todos los asistentes.
Los acordes de Días de Perros abrieron la noche, revolucionando al público y poniendo a prueba las rodillas de toda la sala. Sin parar a descansar, las guitarras transicionaron a Aquí Todavía, de su primer LP Peregrino. Fue un inicio marcado por saltos, cánticos y un repertorio de canciones que todo el mundo se sabía. Es por ello que, al entrar en un segundo acto algo más calmado, se sentía como si el ritmo hubiese dado un volantazo del que luego fue complicado recomponerse. Con esto me refiero a un setlist más calmado, más folk que rock, que hizo que los asistentes perdiesen ligeramente el hilo. Si a esto le sumas una acústica que dejó que desear, hubieron pasajes agridulces que no llegaban a estar a la altura de la euforia colectiva que se sufrió con los temas más populares.

Fue en un interludio que logró bajar las revoluciones y acercarnos al cantante que el concierto volvió a alcanzar las expectativas que tenía. El escenario tornó a un minimalismo que nos permitió tener un momento íntimo con Carlos Ares. Los saltos al son de guitarras y lo estrambótico de la puesta en escena pasaron a ser un número de butacas y una luz tenue. Los miembros de la banda iluminaron la sala con Importante y Collar, dos de los fragmentos más memorables del disco. El público mandaba callar, dejando que las cuerdas y la voz del cantante inundasen La Riviera. Fue el momento más bonito y sentido del concierto. Los destellos instrumentales favorecían a una voz que no podía hacerlo todo sola.

Para dar cierre al concierto, Carlos Ares recurrió a clásicos de su repertorio como Rocíos y Peregrino para ponerle broche de oro a una de sus tres grandes noches en Madrid. Para su última canción, la banda sorprendió con un saxofón que acentuó Peregrino, logrando traer una versión exclusiva para conciertos que sonó de maravilla. Después de agradecer al público y la banda por su exquisita labor, Carlos Ares nos concedió Páramo en forma de bis.
La cabaña volvió a tomar relevancia cuando todos los integrantes de la banda se adentraron en ella, no sin echar un último vistazo a un público que les despedía con aplausos y gritos. Entraron en la cabaña, lo cual me parece significativo y vital para entender el propósito de su música: Carlos Ares no trata de salir de su cabaña, sino que nos invita a entrar en ella. Invitación que nunca podremos rechazar.




