Categoría: Arte

  • ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    ‘Proust y las Artes’ y las migas de una magdalena

    Algunas exposiciones no se recorren: se habitan. Proust y las Artes es una de ellas. Más que ordenar influencias o trazar genealogías, propone un clima. Uno en el que los objetos no ilustran una obra, sino que la respiran. Como si al mirarlos pudiéramos entender algo del deseo profundo que mueve a quien escribe. O a quien recuerda.

    Conviene señalar que, cuando leas estas líneas, aún estarás a tiempo de visitar Proust y las Artes, la exposición que acoge —no sin resonancia— el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza; un lugar que para mí sigue siendo más que un museo: un refugio abrumador, casi doméstico. Abierta al público hasta el 8 de junio de 2025, la muestra articula un diálogo preciso entre la literatura de Marcel Proust y las múltiples disciplinas artísticas que influyeron de forma decisiva en su obra. Responsables del prensado de los volúmenes que llevo hojeando cada noche y de la reorganización de un imaginario que creía ya configurado.

    No es imprescindible haber leído En busca del tiempo perdido para adentrarse en esta propuesta curatorial. El recorrido trasciende lo estrictamente literario: interpela desde lo personal, lo sedimentado, lo que resiste al tiempo. Al igual que Proust transformó sus referentes estéticos en una arquitectura de la memoria, la exposición articula un conjunto de piezas —pintura, escultura, música, artes decorativas— que actuaron como detonantes de su universo sensorial, o como prolongaciones inevitables del mismo. Más que una exposición sobre un autor, se trata de una reflexión sobre cómo el arte no solo da forma a una obra, sino también a una manera de ver.

    Por ello, dejarse conducir por el recorrido de la exposición es, también, una forma de habitar aquello que dio forma a la sensibilidad de Proust. Atestiguamos un París aristocrático, atravesado por corrientes estéticas y filosóficas cuya discusión permeaba los salones, las páginas y los gestos. Ese entramado intelectual y social no solo alimentó su escritura, sino que dejó una huella profunda en su forma de entender el tiempo, la belleza y la memoria; elementos que hoy reconocemos como legado y como herencia viva.

    El Círculo de la Rue Royale, James Tissot, 1868. 

    El archivo de mi bolsillo

    Meto la mano en el bolsillo interior de una chaqueta que llevaba tiempo sin usar. Encuentro un corcho de vino, probablemente rescatado de una noche compartida, conservado con la intención —quizá inconsciente— de fijar un instante. Sin proponérnoslo, asistimos constantemente a la construcción de una memoria privada, resistente al desgaste del tiempo, hecha de objetos mínimos. Tarjetas de visita olvidadas, postales alojadas entre las páginas de un libro, o playlists que intentan preservar el sonido preciso de una mañana de domingo. Ídolos discretos que acumulamos con los años, y que acaban configurando una narrativa personal, casi secreta.

    De alguna forma, todo eso —lo aparentemente irrelevante— es responsable de la aparición de ideas que, en un principio, no imaginábamos posibles. La obra de Proust, vasta y minuciosa, nace precisamente de esa atención rigurosa a lo cotidiano, a aquello que miraba con una devoción casi absoluta. Sus viajes a Venecia, por ejemplo, revelan una fijación temprana por la sensibilidad artística, por la arquitectura gótica y por una ciudad que, aún hoy, parece empeñada en preservar una idea de belleza detenida en el tiempo. En este sentido, la exposición se configura como un diario visual e íntimo, donde se despliega todo aquello que fascinaba a Proust y que, lentamente, fue sedimentándose en un compendio emocional y, más tarde, literario.

    La Dogana y San Giorgio Maggiore, atribuida a Johannes Vermeer, hacia 1670.

    Arqueología íntima

    No conviene subestimar el valor de esos objetos que decidimos preservar para fijar un instante. Hay un placer —a veces culposo— en volver a morder nuestra propia magdalena, como si ese gesto sencillo pudiera restituir, aunque sea por un segundo, un momento de felicidad ya vivido. Tal vez lo interesante del espacio material que habitamos reside justamente en su capacidad de convertirse en excusa: en la posibilidad de condensar, en pequeños fetiches, fragmentos de una realidad que ya fue.

    Eso sí, sin caer —inadvertidamente— en el trampantojo de la nostalgia o en el mito de una edad de oro idealizada. Porque, seamos honestos, a veces sucede. El recuerdo de lo imperfecto queda atrapado en un objeto cualquiera, que con el tiempo se convierte en símbolo de aquello que se añora en medio de la agitación del presente. En el caso de Proust, el refugio en las artes no le ahorró el aislamiento de una enfermedad prolongada. Fue entre las paredes de una habitación clausurada —convertida en mundo propio— donde comenzó a escribir En busca del tiempo perdido, impulsado por una ambición estética que hoy digerimos, en parte, gracias a los museos y a obras como la suya. Incluso en el encierro, su mirada permanecía orientada hacia la belleza.

    Hôtel des Roches Noires, Trouville, Claude Monet, 1870.

    Por eso tratamos de no olvidar la responsabilidad emocional que asumimos —consciente o inconscientemente— al recuperar esa forma de magia íntima, casi química, que se activa cuando volvemos a meter la mano en el bolsillo y encontramos, por ejemplo, un corcho de vino. El vértigo del pasado se impone, a veces disfrazado de un síndrome de Stendhal que no proviene de una obra colgada en la pared, sino de nuestro propio imaginario, moldeado por aquello que vivimos y decidimos guardar.

    Se produce entonces una suerte de comunión entre el presente y ese objeto aparentemente banal, al que reconocemos como la raíz de algo que consideraríamos incluso más bello que en el momento original. El germen de una obra, quizá, o de una sensibilidad que se alimenta de fragmentos —artísticos, filosóficos, afectivos— que vamos reuniendo para entendernos un poco más.

    Y tal vez no quede otra opción que rendirse al temblor emocional de ese reencuentro con tiempos anteriores. Con una versión de nosotros mismos que, por un instante, vuelve a ser posible. Con las mañanas de domingo. Con una playlist en bucle.

    Retrato de Marcel Proust, Jacques-Émile Blanche, 1892

  • La Neomudéjar: El museo como oasis, cuerpo y aquelarre.

    La Neomudéjar: El museo como oasis, cuerpo y aquelarre.

    La Neomudéjar es museo vivo, un organismo que se transforma con cada exposición como lo hace el cuerpo con cada vivencia. Las obras son devueltas a su razón original, las resucita.

    El primer día que entré en aquel lugar, pensé: No sé quién dirige este sitio, pero todo, dede el espacio, que se devora a sí mismo replegándose en hiedras de herrumbre, hasta la curaduría, que devuelve a la obra su dimensión extracorpórea, convierten La Neomudéjar en el aquelarre artístico perfecto.

    Y entonces, una pregunta comenzó a rondar mi imaginario, sin piedad:

     ¿Qué convierte a un museo en un museo?

    Vista exterior de La Neomudéjar

    Más allá de consideraciones descriptivas o institucionales, al debate sobre la ontología del museo subyace siempre una tendencia necrofílica.

    Esta discusión se instaura como tal en el siglo XX, con la eclosión de la Teoría Crítica. La disciplina, liderada por un grupo de pensadores acuñados como la Escuela de Frankfurt, respondía -entre otras- a la necesidad de repensar radicalmente la filosofía del arte y la cultura desde la cual se venía interpretando, hasta el momento, toda producción de la industria occidental.

    Casi todos los textos de la Escuela resultarían relevantes para este artículo, especialmente por su carácter subversivo, que es exactamente lo que consigue encarnar La Neomudéjar (prometo ahondar en esta cuestión más tarde, permítanme por el momento continuar con la historia). El caso es que uno de estos autores, Walter Benjamin, publica un ensayo que coloca en el foco a la institución del museo: Historia y Coleccionismo, del 89.

    Walter Benjamin

    Este hombre se dio cuenta de que el arte, lo estético, no podía -ni debía- estudiarse sin realizar un análisis exhaustivo de sus condiciones de aparición. ¿Esto qué significa?

    Pues que ni el comisariado de una exposición ni la traducción de una obra literaria son actividades inocentes.

    El primer caso, por ejemplo. Las obras que se exponen en una sala, el orden en que se exponen y la narrativa que las cohesiona conforman una versión de los hechos que se presenta como la mejor- en los casos más considerados- o como la única -en los más escandalosos-. 

    Cuando la realidad es que uno de los grandes pilares de la genealogía artística, del nacimiento del arte, ha sido siempre la resistencia.

    La industria cultural tiene la obligación ya no política, sino moral, de no olvidarlo.

    Dirigir una exposición sobre géneros como el house o la música disco ignorando el hecho de que fueron concebidos en la ebullición afroamericana, latina y queer de los suburbios de Estados Unidos como un escape a la represión corporal de su realidad, es arrancarle el alma, la razón de ser, a dicha manifestación artística. Y manipular la verdad cultural.

    Larry Levan, el mesías del house.

    Cuando el coleccionismo y su consiguiente materialización en el museo no exigen a la mirada que “renuncie a la actitud tranquila, contemplativa frente a su objeto, para hacerse consciente de la constelación crítica en la que dicho fragmento del pasado se encuentra precisamente con el presente” (Benjamin, 1989, p.91), es que algo no está bien.

    Si el museo no articula sus obras de manera que conserven su razón vital, entonces, efectivamente, la institución museística será fetichista, perversa y necrófila. Y los que mueren son siempre los mismos.

    En los bares, en las calles, en las casas o en los discursos.

    Los mismos.

    La Neomudéjar como resurrección

    Empezaba estas líneas hablando de la arquitectura del museo. Probablemente, porque es lo que más caracteriza al espacio y la decisión está lejos de ser únicamente estética.

    Como tampoco lo es el jardín que lleva a aquella sala en que se conserva un Generador Atlas Diesel de Estocolmo, que aprovisionó en su momento la estación del Mediodía. Ni la sofisticadísima librería, que sin duda hace justicia a su reconocido archivo transfeminista kuir (ATK); ni la barra de vino y cerveza que conecta ambas estancias.

    La huella ferroviaria del Museo.

    Ni los artistas que, de vez en cuando, puedes encontrar ultimando sus lienzos en las plataformas superiores, como ánimas guardianas de la estructura.

    A Walter Benjamin le hubiera encantado La Neomudéjar, no me cabe duda.

    Todos estos elementos conforman una arquitectura del sentido, una coreografía de la presencia que mantiene las obras en su más vivo esplendor.

    Una vez lo comprendo, acude veloz a mi memoria una cena, un verano: Hay una diferencia entre el erudito y el que verdaderamente comprende, me dijo alguien una noche. Mientras chupaba la cabeza de una gamba rizada y escarlata, mis cejas dibujaron una V.

    “El erudito clava las mariposas, las estudia anatómicamente una vez muertas, y entonces, las exhibe.

    El que verdaderamente comprende, las observa en vuelo, capta su naturaleza. Convive con el saber dejándose envolver, dejándose calar; formando parte del mismo.”

    La Neomudéjar es un oasis.

    Trucos y pócimas cerca de la Línea 1

    James George Frazer, un antropólogo escocés, escribe en 1890 La rama dorada. En uno de los capítulos, habla de magia simpatética, un término que trata de condensar la idea de que “lo semejante produce lo semejante”.

    Definitivamente, La Neomudéjar es un espacio místico.

    Lo son las vigas metálicas que se alzan, robustas e incansables, en una poética de lo resistente, pero también del rastro, de la huella. Lo son las paredes que, alguna vez abandonadas por el orden hegemónico, resucitaron replegándose sobre sí mismas y dando lugar a impensables paletas terrosas y cerúleas sobre las que se extienden las obras de aquellos que también se replegaron alguna vez sobre sí mismos, y en cuyos pliegues irrumpieron una epistemología, una estética y una política propias.

    Sí, quizá no haya respondido a la pregunta de ¿Qué convierte a un museo en un museo?, pero una cosa tengo clara, y es por qué La Neomudéjar es, sin duda, mi museo favorito de Madrid:

    Por su dimensión simpatética.

    Porque el cuerpo del museo es el mismo que el de quienes allí exponen, el de quienes allí se habla y, seguramente, el de quienes allí acuden.

    Porque en él se viven cosas que no se viven en ningún otro.

    Citas:

    Benjamin, Walter. “Historia y Coleccionismo: Eduard Fuchs. En: Discursos Interrumpidos I. Trad.
    Jesús Aguirre. Taurus, Madrid, 1989a, 89—135.

  • OKGo y la creatividad sin medios

    OKGo y la creatividad sin medios

    La magia del videoclip reside en su capacidad de darle vida a las ideas expresadas a través de la música. Sin embargo, en algunos casos la relación entre un vídeo y una canción es tan simbiótica que el uno no se entendería sin la otra. Y para ello, la creatividad es más importante que los medios.

    Aún recuerdo las largas noches de estudio, con el papel en una mano y el ratón en la otra, viendo las recomendaciones que YouTube me hacía de vídeos que pensaba que podrían interesarme. Aún recuerdo ver los videoclips, todos y cada uno de ellos, que me hacían percibir las canciones de otra manera.

    Hace no tanto, YouTube me volvió a recomendar uno de esos vídeos: “A Stone Only Rolls Downhill”, de la banda americana OKGo. Al comienzo, un mensaje en pantalla: “64 videos on 64 phones”. Lo que parecía un vídeo común, normal y corriente, fue transformándose poco a poco hasta rozar casi lo absurdo. Cada uno de esos 64 teléfonos reproducía un vídeo individual, sincronizado meticulosamente para formar un mosaico en movimiento que hace cuestionarse los límites de lo posible.

    Y entonces, comenzó mi hiperfijación. No sabía que se podían ver todos los videoclips de una banda seguidos en una sola noche, pero cada uno me parecía mejor que el anterior. Desde elaboradas máquinas de Rube Goldberg hasta una coreografía en gravedad cero, todos cuentan con ese “algo” especial que te hace querer volver a verlo.

    En mi fiebre del momento me topé con un vídeo que, sin haber visto antes, me resultaba muy familiar. Cuatro tíos, vestidos de camisa hortera y corbata, saltaban y bailaban en ocho máquinas de correr con una puesta en escena simple, pero hipnótica. Al parecer, “Here We Go Again” fue, allá por 2006, uno de los contenidos más vistos de todo YouTube. Cuando se me ocurrió mirar en los comentarios, uno me llamó especialmente la atención:

    “Recuerdo que durante mis prácticas en un estudio, uno de los directores nos enseñó sobre la creatividad con recursos limitados en el cine. Usó este videoclip como ejemplo, mostrando que todo lo que se necesitaba era el ángulo de cámara adecuado y un poco de creatividad para hacer un vídeo entretenido. Todavía me encanta volver a esto y maravillarme con la coreografía.”

    “Creatividad con recursos limitados”, pensé. Me dio por preguntarme hasta qué punto la falta de recursos puede ser motor de la creatividad, la chispa de las buenas ideas. En Brasil, existe el concepto de la gambiarra para referirse a “el arte de apañarse con lo que se tiene”. En la India, a esto se le conoce como jugaad, y tanto la una como la otra no dejan de ser ejemplos de innovación frugal: la capacidad de crear soluciones efectivas y económicas usando recursos limitados. Damian Kulash, vocalista de OKGo y director de sus videoclips, abordaba este tema en uno de sus making-offs:

    “Nuestros vídeos siempre empiezan con ideas locas y ambiciosas, pero todo el mundo puede tener ideas locas. La parte complicada es hacer que pasen, traerlas a la realidad, y eso requiere de mucha gente con una predisposición y un skillset muy específicos. […] Tienes que navegar las realidades de tus recursos limitados, y ver qué puedes hacer con lo que tienes a tu disposición. Pero eso requiere una forma de pensar muy concreta.”

    El discurso de que se necesita dinero, medios, recursos, para crear, es el “lo dejo cuando quiera” y el “mañana me pongo” del creativo. Creemos que necesitamos que todo esté perfecto para poder ponernos a trabajar, pero lo único que necesitamos es eso, ponernos a trabajar. El éxito -o el fracaso- de una idea, de un proyecto, depende, muchas veces, de una suerte de intransigencia sana que nos hace intentarlo, intentarlo y volver a intentarlo. 

    ¿Cómo surgen las ideas?

    Sin embargo, muchas veces lo difícil no es intentarlo, sino saber dónde enfocar nuestros esfuerzos y discernir si vale la pena hacerlo. En su icónica TED talk, Damian describe el proceso de tener una idea como algo no lineal, que no depende de la voluntad de tenerla ni del tiempo que se le dedique. Habla de ponerse a sí mismo en situaciones donde las ideas vuelen y se encuentren latentes, en el aire, esperando a ser cogidas. Y cogerlas. Muchas veces un concepto no es fruto de la inspiración repentina, sino de la suma de pequeñas partes que por sí mismas tienen un significado muy distinto al que tienen en conjunto. Según sus propias palabras,

    “tendemos a pensar en la creatividad como un estallido de ideas que simplemente llevas a cabo, pero realmente es un proceso en el que persigues objetivos. Es cuando intentas llevarlas a cabo que lo que es y no es posible aparece visible. Las ideas fracasan cuando pensamos que se empieza con un concepto claro y que sabemos exactamente hacia dónde se dirige.”

    Pero el foco está, o lo quiero poner, en ponerse a uno mismo en situaciones. En línea con el discurso de la importancia del vivir experiencias, la mejor manera de vivir, de sentir, es queriendo hacerlo proactivamente. Las ideas son consecuencia de las situaciones en las que nos ponemos, y muchas veces nos enfocamos de más en tenerlas y nos olvidamos del proceso. Tenemos que coger las cosas que nos rodean, aquellas a las que todos tenemos acceso, y hacer algo distinto con ellas. Y ahí está la magia. La creatividad.

    Lo cercano y la creación

    Creo que es más fácil cogerle cariño a aquello que nos ha supuesto una inversión cuantificable, porque el valor de partida es materialmente mayor. Sin embargo, creo también que el cariño que deriva de transformar lo aparentemente vulgar, sin valor, en objeto de deseo, es más fuerte, más especial. Y eso se nota. 

    A pesar de todo lo que ha hecho la banda, a día de hoy muchos los conocen como “los de la máquina de correr”, según expresa el propio Damian. Irónicamente, es también uno de los vídeos menos elaborados de toda su carrera. ¿Quizá es porque es una muestra de creatividad bruta e innegable? ¿O simplemente fue el primero?

    Es posible que la fascinación que nos genera lo que percibimos como frugal surja del sentirlo cercano. El ser humano tiene la tendencia -o necesidad- de identificarse con su entorno. Cuando nos sentimos cercanos a aquello que nos gusta, nos inspira. Keith Haring o Basquiat son referentes de tantos jóvenes artistas porque al percibirlos replicables, fomentan la creación. Y es en ese proceso, en esa búsqueda de la réplica, en la cercanía, que uno encuentra las ideas, la inspiración y a sí mismo. El creativo es hambriento e inquieto por naturaleza, pero el no consumar ese hambre no implica menos creatividad. Por eso, nuestra primera batalla debería ser contra nuestros propios sesgos, aceptar que el medio es independiente de la voluntad del crear. Hay que despertar, ponerse a hacer cosas y dejar de culpar al resto de nuestros propios fallos.

    Hace menos de un mes, OKGo lo volvió a hacer. El nuevo videoclip para su canción “Love” ha conseguido, una vez más, ese momento “wow” que, con un poco de suerte, hará que alguien indague hasta toparse con las máquinas de correr. El máximo exponente de su filosofía, y ese “algo” que parece tan abstracto y lejano, se entiende gracias a una de sus grandes citas:

    “We invested all this time and effort so you could have 3 minutes of wow in your day, and a real sense of joy about other humans in the world.”

  • Robert Valley: El autor más emocional de la animación futurista

    Robert Valley: El autor más emocional de la animación futurista

    En la actualidad, donde la animación a menudo trata de buscar la perfección técnica y agradar al espectador, Robert Valley prefiere imponer una mirada propia. Prefiere que duela. Que se sienta. Que el trazo corte. Y así, como una cicatriz, su arte ha abierto paso hasta convertirse en una voz propia dentro de un contexto cada vez más y más igual. 

    Nacido en Vancouver en 1969 y formado en el mundo del videoclip y la animación, Valley se ha convertido en uno de los ilustradores más reconocibles de la actualidad. Su estilo, influido por el cómic europeo, el art déco y la estética urbana de los 90, es puro ritmo visual.

    Y ahora, estará en la cuarta temporada de Love, Death & Robots (Netflix, 15 de mayo 2025) con un nuevo episodio titulado 400 Boys. Dirigido por Valley y animado por Passion Animation Studios, este capítulo promete ser una joya visual más de su única colección.

    El arte de no encajar: su propia visión del futuro

    Valley no pinta cuerpos. De hecho, dibuja estados expandidos del alma. Sus formas alargadas y raras desobedecen la anatomía convencional: estirando los cuerpos, usualmente con piernas largas y torsos comprimidos. Es curioso cómo este estilo extremo que usa para los cuerpos no es un capricho, es una estrategia narrativa. Valley dibuja emociones desde la forma. La tensión, el cansancio, el deseo, la violencia… todo expresado en sus visuales. 


    Robert Valley, 033

    Su estilo no pretende innovar desde la tecnología, como el futurismo clásico, sino desde una emoción tanto punk como poética. Su visión del futuro es sucia, rota, distorsionada y extiende el presente hasta que se deforma. Sus ambientes urbanos parecen pesadillas y sus personajes se sienten más como conceptos que como simples seres humanos.

    Tiene un gran dominio del lenguaje gráfico y en cómo controla el peso visual. Sus composiciones están llenas de dinamismo, vacíos dramáticos y contrastes precisos entre luz y sombra. Respira cine, con planos que parecen pensados más como storyboard que como una ilustración estática o un guión. Que así ha confesado en entrevistas, mientras escribe en el guión, va dibujando sobre él.

    The Woodstock Trip

    Gorillaz, Tron y DC

    Fue parte del ADN visual de los Gorillaz, colaborando en videoclips como Clint Eastwood, Feel Good Inc. o El Mañana, junto a Jamie Hewlett. Lo que explica su sentido del ritmo y su estética musical. Su paso por la animación le dio algo que muchos admiran: la obsesión por la fluidez, el movimiento.

    Además, diseñó personajes para Tron: Uprising para Disney XD, participó en AEon Flux, y dejó su sello en proyectos como The Beatles: Rock Band o Wonder Woman para DC Nation. Y en campañas como la de Sony’s PlayStation y Central Dance.

    Pero quizás su mayor contribución al campo visual es que ha demostrado que la autoría total es posible. Valley escribe, dirige, diseña, anima, edita y narra. Con una coherencia estética que se impone. Cada trazo lleva su firma al igual que cada silencio. 

    Love, Death & Robots: Belleza y brutalidad

    Su técnica se aleja de la animación tradicional. Está más cerca al cómic en movimiento. Planos que parecen viñetas con vida. Valley juega con fondos minimalistas y colores eléctricos, generando un ritmo visual que hipnotiza de lo diferente que es para la vista.

    En Zima Blue, su episodio para la primera temporada de Love, Death & Robots de Netflix, exploró el viaje interior de un artista en busca de su origen más simple, más puro. Aquí, la tecnología no es protagonista, sino escenografía. El verdadero foco está en el alma, en el vacío que queda cuando se ha alcanzado todo. Una fábula existencial, inspirada por el escritor Alastair Reynolds, contada por Valley con azules intensos y siluetas futuristas.

    En Ice, episodio de la segunda temporada, trasladó su sensibilidad a un planeta helado donde dos hermanos luchan por encajar en un mundo que favorece a los “modificados”. Una historia que pone en primer plano la experiencia humana, exclusión y valentía.

    Hay algo muy humano en todo lo que hace. Incluso cuando sus mundos parecen sacados de una distopía retro y futurista a la vez, sus historias están llenas de seres vulnerables, imperfectos, contradictorios. Normalizando la fragilidad, no como debilidad, sino como motor narrativo.

    Pear Cider and Cigarettes

    Su obra es profundamente personal, emocionalmente cruda. No aconseja. Solo muestra. Como en Pear Cider and Cigarettes, cortometraje autobiográfico nominado al Oscar en 2017, donde se atrevió a narrar la decadencia física y emocional de su mejor amigo Techno sin adornos ni redención. Una especie de confesión animada, contada con la voz rasposa de quien ha vivido demasiado.

    La imperfección es su estética

    Mientras otros buscan limpiar la imagen, él la ensucia con vida. Y así, en cada episodio, corto o videoclip, Robert Valley ha logrado algo que pocos artistas alcanzan: crear un lenguaje visual propio, reconocible al instante, que se ve y se siente. Un futurismo emocional que no promete salvación, pero sí belleza. Una belleza sucia, eléctrica, incompleta. Como nosotros.En un presente saturado de efectos sin efecto, Valley representa lo contrario: el trazo que cuenta, la forma que siente, la imagen que duele. Su nueva entrega en Love, Death & Robots no es solo un regreso esperado; es una afirmación. La prueba de que todavía hay espacio para lo autoral, lo incómodo, lo profundamente honesto.

  • Cuando la inspiración no está en internet: Bráulio Amado y el arte de mirar

    Cuando la inspiración no está en internet: Bráulio Amado y el arte de mirar

    Hace poco, en una conversación con una niña de nueve años de mi familia, me contó que se había comprado un cuaderno nuevo para pintar. Estaba emocionada. Pero cuando se sentó frente a la hoja en blanco, lo primero que pidió fue: “¿Podemos buscar algo en Pinterest?”. Le sugerimos que quizá podía mirar a su alrededor, o dibujar algo de su cabeza, algo que se imaginara. “Es que si no me va a quedar muy feo”, respondió. Y fue una frase que se me quedó clavada. No por su dramatismo, sino por su sinceridad.

    La hoja en blanco le parecía imposible si no tenía algo que copiar. Algo validado, algo “bonito”. Y lo más curioso fue darme cuenta de que esa forma de pensar no era tan distinta a la de muchos diseñadores profesionales. Esa sensación de que sin un moodboard no se puede empezar. De que la creatividad tiene que ser una réplica, no una búsqueda. Y al final, como no abrimos Pinterest, no pintó nada.

    Esta plataforma acaba de lanzar nuevas herramientas de búsqueda visual con inteligencia artificial que no solo reconocen elementos dentro de una imagen, sino que generan términos y conexiones que te llevan, sin darte cuenta, por caminos ya trazados. También ha tenido que empezar a etiquetar contenido generado por IA, tras verse inundada por ilustraciones falsas y estéticas que se repiten en bucle. Cuanto más potentes se vuelven estas funciones, más difícil resulta escapar de su lógica.

    Y, sin embargo, basta con mirar a Bráulio Amado para recordar que la inspiración no necesita Wi-Fi.

    Cuando lo que ves no está en la pantalla

    Bráulio es portugués, vive en Nueva York, y ha diseñado portadas para Frank Ocean, André 3000, Róisín Murphy, Rex Orange County o Alex Anwandter. Ha trabajado para el New York Times, Boiler Room, A24, y un larguísimo etcétera de clientes que podrían deslumbrar a cualquier portafolio. Pero lo que más impresiona no es su lista de encargos, sino su manera de mirar.

    Donde otros buscan referencias en lo digital, Amado encuentra fragmentos de belleza en lo roto, lo sucio, lo cotidiano. Una grieta en la pared del metro. Un papel rasgado en la acera. El color desteñido de un cartel olvidado. Su trabajo está lleno de ruido, de asimetrías, de errores convertidos en estilo. En un mundo que exige limpieza y perfección, él devuelve el caos a la gráfica, y lo hace con una sinceridad que no se puede falsificar.

    “Me aburro rápido de lo que hago”, dijo en una entrevista con The Creative Independent. “Por eso experimento todo el tiempo. Me dejo llevar por lo que encuentro.” Y en esa frase hay algo esencial: Bráulio no empieza desde un trend, sino desde el mundo. Camina, observa, acumula texturas visuales como quien colecciona hojas secas, y después, en su estudio, deja que todo eso se mezcle y explote.

    ¿Diseñas tú o diseña el algoritmo?

    El ciclo es siempre el mismo: el brief llega, abrimos Pinterest, y empezamos a nadar en un mar de imágenes que ya han sido vistas miles de veces por otros creativos que hicieron lo mismo el día anterior. Los moodboards se llenan rápido. La estética es coherente. Los colores están en tendencia. Pero algo falta. Todo se parece demasiado entre sí. Como si el diseño, más que expresión, se hubiera convertido en un eco de otros ecos.

    Pero ojalá fuera solo Pinterest: también están Instagram, Are.na, Cosmos, Behance… plataformas pensadas para compartir inspiración que, sin querer, han convertido la creatividad en un sistema de reciclaje infinito. La sobreabundancia de imágenes crea una ilusión de abundancia creativa, pero muchas veces desemboca en lo contrario: saturación, parálisis, repetición. Guardamos cientos de referencias en tableros que nunca volvemos a abrir, como un síndrome de Diógenes visual en el que coleccionamos ideas ajenas con la esperanza de que alguna se transforme en una propia. Pero esa acumulación no siempre es fértil. A menudo, lo único que hace es anestesiar la mirada. Cuanto más vemos, menos vemos. Cuanto más guardamos, menos creamos. Como si la creatividad se hubiera convertido en el arte de curar lo que ya está curado.

    Ver lento, ver hondo

    Quizá la gran pregunta no es “¿dónde encontramos inspiración?”, sino “¿cómo miramos?”. ¿Estamos tan distraídos que ya no vemos lo que nos rodea? ¿Hemos perdido la capacidad de observar con pausa, con profundidad, con hambre? La mirada de Amado parece ser una respuesta a esa anestesia visual. Su trabajo no es solo gráfico: es una invitación a prestar atención.

    La velocidad con la que consumimos imágenes ha deformado nuestra sensibilidad. Pero cuando uno se detiene a mirar con calma los carteles de Bráulio, los fanzines que edita, los libros-archivo que publica con su estudio B.A.D., aparece otra cosa. Una voz. Un gesto. Un temblor que no viene de seguir una tendencia sino de escuchar al entorno.

    Cada pieza suya parece preguntarnos: ¿cuánto hace que no te fijas en lo que hay en tu calle?

    Tirar las reglas por la ventana

    Braulio aprendió diseño en estudios como Pentagram, donde entendió las reglas, la retícula, la armonía. Luego trabajó en Bloomberg Businessweek, donde esas reglas fueron “quemadas y lanzadas por la ventana”, como él mismo lo describe. De ahí, su enfoque libre, desobediente, punk.

    Hoy, desde su propio estudio, B.A.D., mezcla ilustración, collage, tipografía manual, found imagery, y cualquier cosa que le resulte emocionalmente honesta. Diseña carteles para raves, portadas de discos, merchandising raro, libros-objeto. Publica zines como quien lanza piedras al lago. No busca complacer. Busca provocar.

    “Todo lo que hago está a medio camino entre lo que quería hacer y lo que salió por accidente”, ha dicho. Y en ese espacio entre intención y accidente, se cuela algo profundamente humano. Un diseño que no pretende parecer perfecto, sino real.

    Lo físico como acto de resistencia

    En tiempos de scroll infinito, Bráulio sigue creyendo en el papel. En la tinta. En la textura de un póster que alguien pega en una pared y arranca otro al mes siguiente. Dice que muchos de sus carteles nunca llegan a imprimirse, que viven sobre todo en internet, pero que diseñar para lo físico sigue siendo su parte favorita del trabajo.

    Ahí hay una lección: crear objetos que puedan tocarse, guardarse, releerse. Hacer algo que dure. Que no dependa del algoritmo para existir. El mundo físico como espacio de resistencia. Como refugio frente al ruido.

    Una mirada que contagia

    Quizá la enseñanza más importante de Bráulio Amado no está en su estilo gráfico, sino en su forma de mirar. Su trabajo no intenta agradar. No pide permiso. Se permite el error, el exceso, la mancha, el chiste absurdo, la fealdad encantadora. Y esa libertad se contagia.

    No todos podemos hacer lo que él hace. Pero sí podemos mirar como él mira. Salir a la calle sin auriculares. Dejar el teléfono en el bolsillo. Fijarnos en la pintura descascarada de una verja. En la tipografía mal alineada de una pizzería. En la sombra que hace una bolsa de plástico sobre el suelo. El mundo está lleno de ideas esperando ser robadas.

    Solo hace falta mirar.

    Fotos de Bráulio Amado

  • ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    ‘Sleeping on Floors’: Un descanso en la huída

    Hay discos que no sólo se escuchan: se viven, se habitan y se recuerdan. Cleopatra, de The Lumineers, es uno de ellos. Un álbum que desde 2016 sigue latiendo en quienes lo hicieron suyo. Esta es una crónica sobre una banda, una película y un viaje emocional que empieza en una carretera americana y termina, de algún modo, en Madrid.

    La noche madrileña se dispone, una vez más, a ser escenario de uno de los rituales musicales más esperados del año: el regreso de The Lumineers, en concierto. Justo en la antesala de ese estío que cada año suspende la ciudad en un paréntesis latente, como si Madrid necesitara despojarse de sí misma para recobrar el aliento. Camino por Malasaña cuando uno de los carteles de la gira, aferrado a una pared descascarillada, irrumpe en mi trayecto con la contundencia de lo inevitable. La fecha, destacada en mayúsculas, me reclama. Y con ella, la urgencia de escribir. Quiero escribir sobre el grupo y sobre ese álbum que, sin previo aviso, vino a definir lo que suena de fondo en casa o vibra en mis auriculares mientras camino hacia algún lugar.

    Quiero detenerme en el imaginario que lo sustenta, en el concepto narrativo que da forma a cada canción, a los silencios entre tracks, y que he recomendado tantas veces con la devoción con la que se comparten ciertas películas o poemas. Hay entusiasmos que no se explican, se contagian. Sobre todo cuando el otro ya conoce aquello de lo que hablamos y basta un gesto o un verso para entendernos. Y es precisamente esto lo que despliega Sleeping on Floors. Isaac Ravishankara concibe un largometraje cuya sinopsis visual —presentada en forma de videoclip— acompaña una de las piezas homónimas más emblemáticas de la banda y, a su vez, da inicio a Cleopatra: un álbum tejido con melodías que esta noche esperamos escuchar en vivo, como quien asiste a un reencuentro con algo íntimo y largamente esperado.

    Portada del álbum «Cleopatra»

    Km 0

    Un primer plano de Cleo abre el film, anticipando el deseo inminente de huida junto a Anthony. Juntos dejan atrás su hogar en California y emprenden un rumbo incierto hacia Nueva York. Son figuras arrastradas por esa emoción ambigua, agridulce, de quien necesita escapar sin saber del todo si ha elegido bien, pero obedeciendo unas instrucciones que resuenan —casi a gritos— dentro de la cabeza. La intuición, una vez más, impone su ley. Así comienza un viaje de varios días a través del país, con un propósito silencioso pero firme: construir un nuevo hogar juntos. Uno donde, por ahora, cada noche se duerme sobre un suelo distinto siendo el trayecto en sí el único territorio posible hasta alcanzar el destino final.

    A medida que avanza la trama, somos testigos de la comunión entre dos almas enamoradas. Por supuesto, no exentas de sus fracturas emocionales, de sus miedos, de esos saltos al vacío —y siempre de espaldas— que sólo el amor se atreve a dar. Justamente ahí reside una de las cosas que más me fascinan de su vínculo: la decisión de recorrer una carretera incierta, con paradas imprevistas y encuentros fugaces con personas que también arrastran sus propias historias en reparación. Ravishankara no sólo condensa en ochenta minutos la poética sonora de The Lumineers, sino que consigue algo aún más delicado: hacernos sentir cerca, casi cómplices, de dos personajes que apenas acabamos de conocer durante una noche que se parece demasiado a las nuestras. Una noche en la que también nosotros queremos sentir.

    Fotograma inicial de la película «Sleeping on Floors»

    ¿En qué suelo dormirás tú?

    El espacio que Ravishankara concede al espectador se sitúa lejos de la perfección técnica a la que nos ha acostumbrado la industria audiovisual, pero muy cerca de algo más valioso: el cumplimiento pleno de su propósito. Nos lleva lejos, con Cleo y Anthony, en un coche desvencijado que atraviesa los paisajes abiertos de Estados Unidos, mientras la emoción —más que la nitidez— guía la mirada. Por eso, tanto si hoy asistes al Movistar Arena como si dejas que las canciones suenen a todo volumen en casa, no estarás simplemente escuchando un disco ni viendo una película. Estarás habitando una historia pensada para volverse parte de ti, de tu memoria y de ese momento en el que le recomendaste a alguien una canción de The Lumineers.

    “It’s better to feel pain, than nothing at all

    The opposite of love’s indifference

    So pay attention now

    I’m standing on your porch screaming out

    And I won’t leave until you come downstairs.”

    — Stubborn Love, The Lumineers

  • El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    El pincel que venció a los demonios: Max Ernst y “La tentación de San Antonio»

    Recorría la exposición Max Ernst: Surrealismo, Arte y Cine en el Círculo de Bellas Artes de Madrid cuando algo me detuvo en seco. Rodeado de formas oníricas, collages imposibles y bestiarios inventados, un cuadro destacaba por encima del resto. La tentación de San Antonio brillaba con una intensidad casi antinatural, como si los monstruos que lo habitan siguieran susurrando algo al espectador. Me acerqué. Leí el cartel. Y entonces descubrí una historia extraordinaria.

    En 1945, el productor David L. Loew y el director Albert Lewin organizaron un concurso insólito: invitaron a once artistas de renombre a pintar su interpretación de las tentaciones de San Antonio. El cuadro ganador aparecería en su próxima película, The Private Affairs of Bel Ami, basada en la novela de Guy de Maupassant. El jurado era tan ecléctico como influyente: Marcel Duchamp, Alfred H. Barr Jr. (fundador del MoMA) y el marchante Sidney Janis. Entre los participantes, nombres como Salvador Dalí, Leonora Carrington, Paul Delvaux, Dorothea Tanning o Ivan Le Lorraine Albright. La competición era feroz. Pero ganó Ernst.

    Su lienzo no solo acabó colándose en la película, sino que lo hizo con honores: fue el único segmento rodado en color en una cinta por lo demás completamente en blanco y negro. Un gesto sutil pero contundente, que transformaba ese momento del filme en una irrupción de pesadilla. Un paréntesis en el que el arte abría una ventana al subconsciente.

    La tentación de San Antonio (1945), Paul Delvaux

    El anacoreta y sus visiones

    San Antonio Abad fue un monje egipcio del siglo III, considerado uno de los padres del monacato cristiano. Según las fuentes hagiográficas, se retiró al desierto para vivir en soledad y oración, pero allí fue asediado por visiones demoníacas que intentaban quebrantar su fe. Estas tentaciones han sido representadas durante siglos por artistas como El Bosco, Matthias Grünewald, Pieter Brueghel el Viejo y, en el siglo XX, Salvador Dalí. Cada interpretación proyecta no solo el tormento espiritual del santo, sino también los miedos colectivos de su época.

    Ernst reinterpretó este mito desde una perspectiva surrealista, filtrando la iconografía cristiana a través del lenguaje del inconsciente. En su cuadro, San Antonio aparece postrado en una postura vulnerable, envuelto en una túnica roja que lo convierte en el epicentro visual. Alrededor, una jauría de seres híbridos —mezcla de insectos, pájaros y organismos imposibles— lo rodean en un paisaje árido y perturbador. No hay un cielo protector ni una fuente de redención: solo el reflejo de sus terrores. Ernst dijo que los monstruos no vienen de fuera, sino de dentro. Que San Antonio, como todos nosotros, lucha contra los fantasmas que él mismo ha generado.

    La tentación de San Antonio (1945), Leonora Carrington

    De Maupassant al celuloide

    La novela original de Maupassant, Bel Ami (1885), narra el ascenso social de Georges Duroy, un hombre sin escrúpulos que seduce a mujeres influyentes para trepar en la jerarquía parisina. En su adaptación cinematográfica, Albert Lewin buscaba subrayar el conflicto moral del protagonista, su corrupción progresiva, su incapacidad para resistir el poder, el deseo y la ambición. La imagen de San Antonio tentado por demonios funcionaba como un espejo simbólico de ese conflicto: el cuerpo y el alma frente al mundo y sus ofertas.

    Por eso, en un momento clave de la película, el personaje principal contempla la pintura de Ernst. La escena actúa como una alegoría directa de su crisis interior. En lugar de describir con palabras el dilema del personaje, Lewin lo proyecta visualmente en un cuadro, dando al arte plástico un papel narrativo fundamental. Es un ejemplo brillante de cómo el cine puede dialogar con otras disciplinas para construir significados más complejos.

    La tentación de San Antonio (1945), Dorothea Tanning

    El surrealismo y sus demonios

    El encargo llegó en un momento crucial para el surrealismo. En 1945, con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, muchos de sus exponentes vivían exiliados en América. El movimiento, nacido en París en los años 20 de la mano de André Breton, buscaba liberar al arte de la lógica, el control y la moral burguesa. Para ello, se adentraba en el subconsciente, los sueños y el automatismo.

    Max Ernst, alemán de nacimiento, había pasado por el dadaísmo antes de convertirse en una figura clave del surrealismo. Su obra mezclaba la ironía con lo mítico, lo científico con lo erótico, y lo religioso con lo grotesco. La tentación de San Antonio condensa todas estas tensiones. Es al mismo tiempo una visión espiritual, una pesadilla y una sátira. En ella no hay ángeles ni demonios como absolutos morales: hay arquetipos descompuestos, signos flotantes de un alma que se descompone.

    La tentación de San Antonio (1946), Salvador Dalí

    Las tentaciones de los otros

    Aunque la pintura de Ernst fue la ganadora, el concurso dio lugar a una serie de obras fascinantes que merecen ser recordadas. La versión de Salvador Dalí, por ejemplo, muestra a San Antonio enfrentando una columna de elefantes con patas de insecto que cargan símbolos de deseo: una mujer desnuda, un obelisco, una torre barroca. La obra, más onírica y teatral, refleja el estilo característico de Dalí, quien se consideraba el heredero directo de los místicos españoles.

    Paul Delvaux presentó una escena más estática, poblada de mujeres desnudas y figuras clásicas entre ruinas, como si la tentación fuera la melancolía por un mundo perdido. Ivan Albright, por su parte, optó por un enfoque más físico y grotesco, con texturas cargadas y cuerpos en descomposición.

    La propuesta de Leonora Carrington, por su parte, se alejaba de lo monumental y apostaba por una atmósfera íntima y esotérica, donde las tentaciones adoptaban formas femeninas ambiguas y rituales, envueltas en un lenguaje simbólico profundamente personal.

    Cada cuadro, aunque no seleccionado, fue una lectura personal del deseo, la fe y el tormento. En conjunto, forman una colección de visiones que dicen tanto del mito como de quienes lo reinterpretan.

    La tentación de San Antonio (1945), Horace Pippin

    Una batalla simbólica

    Es sorprendente pensar que en pleno auge del arte de vanguardia, un grupo de artistas tan innovadores decidiera enfrentarse a un tema religioso clásico. Pero ahí está el poder del mito: su capacidad para regenerarse en nuevos lenguajes. El concurso de La tentación de San Antonio no fue un simple encargo decorativo. Fue un duelo simbólico entre los demonios internos de una época y las herramientas del arte moderno para representarlos.

    La exposición en el Círculo de Bellas Artes no solo nos permite contemplar la obra ganadora en todo su esplendor, sino que ofrece una ventana a ese instante en que cine, pintura y literatura se cruzaron para contar una misma historia desde ángulos distintos. Hasta el 5 de mayo, Madrid se convierte en ese desierto simbólico donde San Antonio sigue resistiendo, y donde los monstruos, al menos por un momento, pueden ser contemplados sin miedo.

  • El umbral o sentir hasta no sentir

    El umbral o sentir hasta no sentir

    ¿Y si no fuera cuestión de vivir más experiencias, sino que hemos perdido la capacidad para sentirlas? ¿Qué pueden decirnos nuestros sentimientos sobre el umbral y la intensidad?

    En Madrid hace calor en verano, o eso es lo que me digo para justificar el no estar. Últimamente estoy saliendo de mi burbuja, dándome cuenta de que mi vida no es vida, es sueño.

    Hace poco, o no tan poco, escribía sobre el umbral. Para variar, nunca terminé. Cuando Inés, la misma persona que me habló sobre los musgos, me explicó por qué soy un intenso, resoné con sus palabras. Me dijo que me aburro fácil, que cualquier experiencia me sabe a poco y que necesito frenesí. Pero Inés me conoció en 2023, y quizá la idea que tiene de mí es la de entonces.

    Cuando me dijo eso, pensé en el umbral. Según lo definía, es algo así como el estado basal, en reposo, con el que comparamos aquello que nos pasa. Cuando tenemos el umbral bajo, casi toda experiencia es válida. Cuando lo tenemos por las nubes, nada nos es suficiente, nos asusta aburrirnos. Es entonces cuando surge la espiral. La espiral del malestar, de la falta de calma, de la somatización del estrés y la infelicidad. Cuando nada es suficiente, la búsqueda de experiencias opaca las experiencias en sí mismas. Es un arma de doble filo.

    Algo parecido ocurre con la ambición. ¿Cuánto éxito es suficiente? La respuesta es fácil: nunca es suficiente. Aquellos momentos en los que somos conscientes de nuestras experiencias, de nuestro éxito, es cuando lo somos también de nuestro umbral. Por eso, existe una relación simbiótica entre la ambición y el arrepentimiento, entre la experiencia y la nostalgia. La una vive de la otra, la otra vive de la una.

    2023 no me fue suficiente, me supo a poco. Objetivamente fue un año extraordinariamente cargado de experiencias, pero mi umbral me cegaba en todo momento. Recuerdo pensar, ya por entonces, que mis emociones no iban acorde con las que se esperaría que tuviera. Simplemente, dejé de sentir. Si nada era suficiente, entonces, ¿qué podría serlo? Dos años después, pega la nostalgia, el arrepentimiento. Nostalgia por la voluntad de volver a vivir las experiencias; arrepentimiento por no haberlas valorado suficiente.

    Tiene gracia escribir esto desde Bukhara, a casi seis mil kilómetros de casa, pero es ahora que estoy volviendo a darme cuenta de dónde está mi umbral. Estoy mirando una madrasa, la más bonita que he visto nunca, y creo que es por el contexto pero pienso en lo increíble de crear. Pienso en que, muchas veces, no es sino hasta que chocamos con el muro del bloqueo creativo que nos damos cuenta del privilegio que es la inspiración. Anhelamos una época en que dábamos la creación por sentado, pero que no la valorábamos porque nos sabía a poco. Una vez más, se repite el ciclo: umbral, nostalgia, arrepentimiento.

    Madrasa Nadir Devonbegi, Bukhara, Uzbekistán.

    Arte en tiempos de intensidad

    Allá por 2018, fui por primera vez a una exposición inmersiva. Era de Van Gogh, con pantallas gigantes y proyecciones 360. Hoy me han ofrecido ir a la del Titanic, en Madrid hasta el 1 de junio y con una propuesta parecida. Pero dije que no. Me da un poco de rabia depender de grandes estímulos y de pantallas para poder disfrutar de la cultura, aunque en el fondo lo entiendo. Hace no tanto, los museos eran uno de los pocos lugares donde uno podía, con algo de esfuerzo, dejarse tocar por lo poco estimulante. Ahora, parece que incluso ese espacio ha sido arrasado por la lógica del estímulo. Las experiencias inmersivas prometen hacernos “sentir más”, “más rápido” y “más intensamente”. Ya no basta con mirar a Van Gogh: hay que estar dentro de él, rodeado de pantallas, de sonido, de movimiento. Y lo entiendo, pero también me da rabia. Creo que debe fomentarse el predisponerse a ciertas experiencias, el aprender a controlar nuestro umbral. Quizá el esfuerzo consciente que implica bajarlo no compense con los beneficios de hacerlo, pero eso uno nunca lo sabe hasta que lo prueba. Para sentir hay que querer sentir, y para querer sentir hay que pararse a pensar.

    Van Gogh Alive – The Experience. Fotograma de «la copia, de la copia, de la copia«, 2019.

    El umbral y el sentir

    Vivir en automático significa no saber, no ser consciente de dónde estamos, o serlo y no asimilarlo. Cuando estoy en redes, estoy en automático, porque no me permito aburrirme. Mi umbral dopamínico, mi estado basal, se encuentra por las nubes, y de repente, lo cotidiano no suple mis necesidades hormonales. Odio el discurso moralista antirredes —que cada cual haga lo que le venga en gana—, pero odio la dependencia aún más, si cabe. Necesito sentir. Sentir el mundo a mi alrededor, la gente que me acompaña y mis pensamientos. Y no soy capaz. Y como no soy capaz, lo busco. Y como lo busco y no lo encuentro, lo busco más fuerte. Lo fuerzo. Me frustro. Y vuelta a empezar.

    En Madrid hace calor en verano. Mucho calor. Tanto calor, que no puedo soportar no vivir como quisiera, mantener mi umbral a un nivel normal. Huyo. Pero, ¿de qué huyo? Quizá no huyo, y me busco, pero no me encuentro. Dicen que es el camino, y no la meta. Dicen que son los musgos, y no la cima. Pero es la incertidumbre sobre si hay siquiera un final la que me insta a buscarlo, y la que me frustra y me hace plantearme si vale la pena el intentar llegar. Por eso, me regocijo en mi nostalgia, porque la nostalgia es consecuencia de la experiencia, y la experiencia no la siento hasta una vez pasada.

    No me gusta el calor, pero lo prefiero a que se enfríen las cosas. Me revuelco en el dolor, en el pasado, en el dolor de un pasado mejor, porque lo prefiero a no sentir. Es mejor sentir dolor a no sentir nada, y lo contrario al amor es la indiferencia. Me gustaría bajar mi umbral, porque echo de menos sorprenderme, pero creo que me da miedo. Me da miedo porque bajarlo me haría saciar las ganas de hacer más, de ser más y mejor. 

    Echo de menos crear. Echo de menos querer, la ambición y sentir. Echo de menos estar bien, pero ahora no sé si alguna vez lo estuve. Echo de menos Madrid, el calor y aborrecerlo. Echo de menos conocer mi zona de confort para poder salir de ella. Echo de menos dar por sentado; la incertidumbre me agota, pero quizá es incompatible con la intensidad.

    Quiero fluir. Quiero construir y sentir que construyo, y quiero no necesitar hacerlo. Quiero sentir que no siento, pero eso siempre me afectó, así que no quiero sentir que siento, ni quiero sentir que no siento.

    Quiero y no quiero. Tengo y no tengo. Soy y no soy.

    Hace calor en Madrid, pero hoy quiero sentir calor.

  • El arte como oficio: Tom Sachs, Frank Ocean y la construcción de lo eterno

    El arte como oficio: Tom Sachs, Frank Ocean y la construcción de lo eterno

    Hace unas semanas, Nike anunció su nueva colaboración con Tom Sachs: las NikeCraft Mars Yard 3.0. Para muchos, este lanzamiento es solo la continuación de una línea de zapatillas que ha alcanzado un estatus de culto, un objeto de deseo en la intersección entre el arte y el diseño funcional. Pero detrás de Sachs hay otra colaboración menos evidente, más subterránea, más influyente de lo que muchos imaginan: su trabajo con Frank Ocean.

    La industria musical tiene un problema con el tiempo. Lo exige todo de inmediato. Álbumes, giras, promociones. Canciones que apenas nacen y ya deben ser virales. Ocean, que en 2012 había roto todas las expectativas con Channel Orange, llevaba años desaparecido, escondido en un limbo creativo mientras su discográfica esperaba. Pero Frank Ocean no es un artista que se rinda al reloj de la industria. Cuando reapareció en 2016 con Endless, lo hizo con una jugada maestra.

    No era solo un álbum. Era un statement. Un “fuck you” a las discográficas, una ruptura con la forma en que la música es consumida. Ocean entregó Endless a Def Jam, cumpliendo así su contrato, y al día siguiente, como un golpe de genio, lanzó Blonde, esta vez de manera independiente. Pero Endless era más que una estrategia contractual. Era una obra de arte conceptual. Y ahí es donde entra Tom Sachs.

    El encuentro de dos outsiders

    Frank Ocean contactó a Tom Sachs personalmente. No fue al revés. Buscaba algo. Buscaba a alguien que entendiera lo que quería hacer. Sachs, con su estética brutalista, con su obsesión por lo hecho a mano, con su insistencia en el trabajo físico como forma de expresión, era la pieza perfecta del rompecabezas.

    Sachs no es un diseñador de moda ni un director de arte convencional. Es un artista que construye con sus manos, con madera, con metal, con pegamento. Es un fanático del craft, de la repetición, del trabajo meticuloso hasta el agotamiento. Para Ocean, que en ese momento estaba obsesionado con la idea de desafiar las estructuras de la música, Sachs representaba algo fundamental: la resistencia a lo inmediato.

    Si Ocean quería mostrarle al mundo que el arte no es un simple producto sino un proceso, Sachs era la persona que podía darle forma a esa idea.

    Endless y la instalación Troyan’s, 2016

    Endless: la escalera que nunca termina

    Cuando Endless se estrenó como un visual-album, muchos lo vieron como una curiosidad. Ocean, en una habitación casi vacía, construía una escalera en espiral. Pero era mucho más que eso. Sachs diseñó el espacio. Sachs influyó en la narrativa. Sachs construyó los elementos clave del video.

    La escalera no era solo un objeto arquitectónico. Era un símbolo. Como dijo el propio Sachs en una entrevista con Pitchfork, representaba la escalera al cielo. El largo, agotador, a veces absurdo camino hacia la realización personal y artística. La versión completa de la grabación duró 140 horas. Un recordatorio de que el arte verdadero no es instantáneo. Se construye, pieza a pieza, con sudor, con paciencia, con frustración.

    Pero la escalera no era el único elemento clave de Endless. También estaba el altavoz monumental, la instalación Toyan’s. Sachs ya había trabajado con estos colosales sistemas de sonido en su serie Boombox Retrospective, un proyecto que homenajeaba la cultura del sonido portátil, la idea de que el audio, como el arte, debería ser transportable, compartido, unificador. En Endless, el altavoz gigante se convierte en una especie de tótem. Es la voz amplificada. Es el eco de Ocean en un espacio vacío. Es el símbolo de que la música, incluso cuando parece atrapada en una estructura (el contrato con Def Jam, la industria), encuentra la manera de resonar, de escapar, de hacerse oír.

    Boys Don’t Cry, 2016

    Boys Don’t Cry y la fisicalidad de la memoria

    Cuando Ocean lanzó Blonde, no lo hizo solo con un disco. Lo acompañó con Boys Don’t Cry, una revista impresa, un objeto tangible en un mundo donde la música ya no tiene forma física. Y de nuevo, Sachs estaba ahí.

    Tom Sachs describió la revista como “la versión impresa de mi película de 2011, Color.” Color era un experimento visual que jugaba con la materialidad del color, con la fisicalidad de lo que normalmente percibimos como una abstracción. Boys Don’t Cry funcionaba de la misma manera: era una declaración de que las ideas deben ocupar espacio. Que la música debía volver a sentirse real, como un objeto que puedes tocar, subrayar, guardar en una estantería.

    ¿Qué aportó exactamente Sachs a Boys Don’t Cry? Diseño. Concepto. Pero, sobre todo, espíritu. Porque al igual que Ocean, Sachs cree en la permanencia del arte. En su capacidad de resistir la obsolescencia. En su necesidad de existir más allá de lo digital.

    Escenario en el FYF Fest, 2017

    FYF Fest 2017: El mundo de Sachs

    El 22 de julio de 2017, Frank Ocean regresó a los escenarios con una gira minimalista e íntima, pero con un diseño visual impactante. Para su presentación en el FYF Fest, en Los Ángeles, confió una vez más en Tom Sachs para crear un escenario que rompiera con las convenciones de los espectáculos en vivo. En lugar de pantallas gigantes y efectos ostentosos, Sachs diseñó un espacio que recordaba a un estudio de grabación improvisado, con una estética industrial, cables a la vista y micrófonos montados en estructuras de bricolaje.

    El elemento más llamativo fue una cámara de vídeo en mano, que seguía a Ocean durante la actuación y proyectaba su imagen en una pantalla CRT, evocando la sensación de un archivo VHS casero. En ese mismo escenario, apareció Brad Pitt, quien, en una de las imágenes más enigmáticas de la noche, sostuvo un teléfono móvil en la oreja mientras Ocean interpretaba Close to You de Stevie Wonder. Pitt estaba atravesando su divorcio con Angelina Jolie, y en una entrevista con GQ, había mencionado que escuchaba mucho a Frank Ocean durante ese período difícil.

    Créditos en «The Hero’s Journey» de Tom Sachs

    The Hero’s Journey: el camino del artista

    Un mes más tade, el 8 de agosto de 2017, Sachs lanzó un cortometraje en colaboración con NikeCraft titulado The Hero’s Journey. Y en los créditos aparecía un nombre inesperado: Frank Ocean. Su título ya lo dice todo. The Hero’s Journey hace referencia a la estructura narrativa clásica de Joseph Campbell, ese viaje del héroe en el que alguien se enfrenta a un desafío, desciende a lo más profundo de su ser y regresa transformado.

    Ocean era la persona perfecta para aparecer en esta historia. En muchos sentidos, su carrera había seguido exactamente ese camino. Se enfrentó a la industria. Se retiró. Se reconstruyó. Y regresó con algo que rompió las reglas del juego.

    Pero The Hero’s Journey no era solo una película sobre Ocean. Era, en esencia, un reflejo de su colaboración con Sachs. Ambos creen en el proceso. Ambos saben que el arte no es un destino, sino un trayecto lleno de pruebas. Y ambos entienden que la verdadera resistencia en el mundo moderno es la paciencia.

    Fran Ocean en «Endless», 2016

    La construcción de lo eterno

    La colaboración entre Frank Ocean y Tom Sachs no es una de esas asociaciones comerciales vacías donde dos nombres se unen por conveniencia. Es una exploración genuina de lo que significa crear.

    Construir una escalera en Endless no es un truco visual. Es una metáfora del trabajo real. Sacar una revista como Boys Don’t Cry no es una simple estrategia de marketing. Es un gesto de resistencia en un mundo que ha convertido el arte en contenido desechable. Y The Hero’s Journey no es solo un corto de Nike. Es una prueba de que la verdadera creatividad exige tiempo, dedicación y un rechazo absoluto a la velocidad impuesta por la industria.

    Hoy, mientras el mundo espera las NikeCraft Mars Yard 3.0, vale la pena recordar que lo importante no es solo el producto final, sino lo que representa. Sachs y Ocean nos han mostrado que el arte no es inmediatez. Es proceso. Es repetición. Es una escalera que, paso a paso, nos lleva a algo más grande que nosotros mismos.

  • La ciudad como zoo: Aislamiento social y fotografía urbana

    La ciudad como zoo: Aislamiento social y fotografía urbana

    Somos criaturas sociales. Como especie, estar en compañía trasciende el disfrute y pasa a ser necesidad para la supervivencia y desarrollo. La tendencia del hombre a agruparse es la que suscitó su paso de nómada a sedentario, y del asentamiento a la estructura social.

    La transición de la tribu al pueblo, y del pueblo a la ciudad, parece positiva en términos evolutivos: cuanto más avanzada una sociedad, más sencilla es la vida para sus habitantes. Sin embargo, la rapidez del cambio de lo primitivo a lo moderno implica que, aún habiéndonos adaptado a la comodidad de la metrópoli, seguimos viviendo en condiciones antinaturales. Nos hicimos urbanos antes de serlo biológicamente. La evolución no nos ha alcanzado, y de la disonancia surge el malestar.

    En 1969, Desmond Morris hablaba del “Zoo Humano”. En su libro, a medio camino entre etología y sociología, compara al ciudadano con el animal en cautiverio a partir del análisis de sus comportamientos. Para él, el hecho de que los animales “bajo circunstancias normales, en sus hábitats naturales, no se automutilan, masturban, desarrollan úlceras estomacales, sufren de obesidad […]” mientras que “entre los urbanitas, como es evidente, todas estas cosas ocurren”, es un reflejo de la ciudad como antihábitat. El hombre primitivo tenía una necesidad de territorio y espacios. El hombre moderno, por su parte, decidió olvidarse de su naturaleza para cubrir sus necesidades a costa de su espacio personal. Nos empeñamos en pensar que vivimos en junglas de asfalto cuando, la realidad, es que vivimos en zoos humanos. Esto, a menudo, deriva en un deterioro del entorno relacional del individuo y en un profundo sentimiento de soledad.

    Transeúnte por Madrid, 2019. Pepe Megía.

    La importancia de decorar tu habitación

    Aunque hay muchos prismas desde los que abordar esta cuestión, creo que el más interesante es el de la necesidad de conectar. La idea de la urbe como antihábitat surge, en esencia, de la necesidad humana de afecto, de conexión, que cuando no se ve cubierta aturde. Quizá más que aturdir confunde, desconcierta, y la incertidumbre no permite actuar con claridad. El humano se ha propuesto encontrar una respuesta lógica a su entorno, a comprenderlo, a controlarlo; sin embargo, hay ocasiones en que nuestra propia naturaleza se le escapa a la razón.

    Y es que la conexión no es solo entre individuos. Nuestra necesidad de trascendencia es el motor del arte, de la vida, y de la búsqueda de la esencia. La importancia de encontrar nuestra esencia reside en la necesidad de plasmarla en el espacio físico, de hacer nuestro lo que nos rodea. Cuando Morris habla de la privación de territorio, establece una relación indirecta entre la soledad y la percepción de nuestro espacio. Si ya de por sí nuestro entorno nos empuja al aislamiento, la percepción del habitáculo como celda en vez de hogar depende de lo nuestro que lo sintamos. La vivienda es dónde vivimos; el hogar, cómo lo sentimos.

    En muchas ciudades, especialmente entre los jóvenes, la dificultad de acceder a una vivienda propia hace del hogar un lugar transitorio, más parecido a una jaula que a un refugio. La incertidumbre sobre la permanencia en un espacio impide construir un sentido de arraigo, y un apartamento deja de ser hogar cuando no podemos apropiarnos de él. La ciudad, que debería ofrecer estabilidad y comunidad, se convierte así en un espacio de paso, donde las relaciones con el entorno y con otros son necesariamente efímeras.

    La razón, según Morris, es que hemos evolucionado para vivir en grupos no mayores de 150 individuos, y establecer una conexión emocional en comunidades más grandes es prácticamente imposible. El hombre urbano se cruza con miles de personas cada día sin poder interactuar ni relacionarse con ellas. En respuesta, opta por actuar como si no estuvieran allí, relegando a quienes lo rodean a un segundo plano, donde se difuminan y se vuelven parte del paisaje. Como no podemos gestionar emocionalmente la multitud que nos rodea, recurrimos a la indiferencia. No es hostilidad, es autopreservación: la interacción con desconocidos consume energía sin ofrecer la recompensa emocional de las relaciones significativas. Es así como la ciudad, con su sobreabundancia de estímulos y su densidad poblacional aplastante, empuja necesariamente al aislamiento.

    Transeúnte en Picadilly, 2018. Pepe Megía.

    Indiferencia y fotografía

    Paradójicamente, es esta indiferencia ante el prójimo que fomenta el desarrollo de disciplinas como la fotografía callejera. El entorno urbano es ideal para el fotógrafo y el flâneur, porque se infiere que el sujeto permanecerá ajeno a la presencia del observador. Bruce Gilden, leyenda viva de la agencia Magnum, ejemplifica este principio en su serie Facing New York. A pesar de su técnica intrusiva, violenta y abrupta, con flash en mano y gran angulares, asegura jamás haber tenido problemas ni enfrentamientos directos. En una entrevista para WYNC, reconoció que “mucha gente que camina por la ciudad está perdida en sus pensamientos, y no presta atención a la cámara”.

    Quizá por eso la fotografía callejera engancha como ninguna otra. Que el arte de transmitir no resida en la exposición, sino en la composición y espontaneidad, la hace tan accesible como lejana. Aquí no vale con saber: hay que sentir. Sentir el ambiente, el contexto, la calle, la gente. El instinto del fotógrafo, el “ojo”, puede que tenga una raíz mucho más sociológica que artística. Implica anticiparse, abraza la indiscreción y obliga a convertir la cámara en una extensión de la mirada. El paso de transeúnte a observador activo solo requiere de dos elementos: agallas y una cámara. Así que tú, que compraste una compacta para sacarla de fiesta, o tú, que guardas la antigua digital de tus padres, ¡saca tu cámara y ponte a observar!